Luces y sombras de Francisco Umbral | Letras Libres
artículo no publicado

Luces y sombras de Francisco Umbral

Nunca me he encontrado a gusto con los libros y la figura de Francisco Umbral. Tengo una relación ambivalente, sin que uno de los lados alcance el entusiasmo, aunque sí la admiración y el placer ante algunos tramos de su escritura. Digo tramo con plena conciencia, porque esa alegría no tarda en verse defraudada ante una caída y otra; caídas que tienen que ver con su tendencia a hacer poesía aguada y, por el otro lado, su esencial egotismo y egoísmo. Él puede preferirse por encima de todo, aunque sea para realizar una de esas ceremonias de autoexaltación no exenta de masoquismo, pero ¿no se dio cuenta de que eso es justo lo que no podemos compartir? Una obra, por muy compleja y difícil que sea, propone ser compartida y para ello debe poseer un más allá del yo. Es cierto que el yo de Umbral es, en cierto modo, una invención, una máscara. También lo es que esa máscara está vacía y aceptamos la máscara o no tendremos nada. El contenido de la obra de Umbral es su máscara, y por lo tanto, cuando trata de quitársela (en algunos textos íntimos, relativos a su madre, a su hijo o sobre sí mismo –El hijo de Greta Garbo, Mortal y rosa, Un ser de lejanías) se desgarra: un acto que es paralelo a la condena del otro. El único otro que hay en la obra de Umbral es, en cierta medida, su madre y luego, de manera mítica (que no excluye el peso biográfico), su hijo. Afirma que solo tuvo cinco años de vida, los mismos que vivió su hijo (que vivió en realidad seis), muerto en 1974 de leucemia. Desde un punto de vista de su obra, tan biográfica como mascarada alrededor de una ausencia, el otro apenas si asoma el rostro, y cuando lo hace no tarda en ser emborronado, o más bien, recibe un manotazo. No es que no haya gente, todo lo contrario: hay miles de personajes en su obra, que a veces solo aparecen diciendo su nombre, pero eso no significa que el autor tenga conciencia de la otredad. Y cuando la tiene la resuelve en monigote, mitificación o escarnio, pero no es un otro necesario para saber quién soy sin reducirlo de manera ancilar a mí mismo. Sin duda hay un fuerte nihilismo rebelde en él, desde un comienzo, de ahí que, lanzado a hacerse visible y ser “pagado”, proyectara, desde que llegó a Madrid desde Valladolid, a comienzos de los sesenta, a la fama, a la que suele calificar de gloria.

No exento de lucidez, supo que tenía que forjarse un personaje, porque no podía ir a cara descubierta, entre otras cosas porque esa cara desnuda era una interrogación y un conflicto oscuro vinculado a su nacimiento e infancia. La forja fue una aleación de Cela, Ruano y Gómez de la Serna, una figura a la que dotó de un aliento propio: Umbral. Su nombre también es inventado. En realidad se llamaba Francisco de Jerónimo Alejandro Pérez Martínez, hijo no reconocido de un abogado ilustrado, gran lector, poeta y hombre de personalidad singular: Alejandro Urrutia. Su madre, Ana María Pérez Martínez, fue secretaria de Urrutia. Un dato más: el abogado cordobés afincando en Valladolid, casado, fue padre de Leopoldo de Luis (pseudónimo de Leopoldo Urrutia). Aunque Umbral fue amigo de Leopoldo de Luis desde que llegó a Madrid y hasta el final de su vida, que sucedió dos años antes que la suya, nunca le reveló lo que sabía, que era su hermano. Tampoco se lo dijo a su hijo, el poeta Javier Urrutia, de quien también fue amigo. Su padre fue una realidad silenciada, una habitación vacía que él enmascaró hasta el delirio. La realidad silenciada conoció versiones muy diversas y confusas, y de este modo el padre era uno u otro y ninguno. A la madre, el padre natural la envió a Madrid para no levantar sospechas, en cuya maternidad de Lavapiés dio a luz el 11 de mayo de 1932, y a la vuelta a Valladolid la abuela materna mandó al bebé con una nodriza y luego con una familia, hasta el punto de que durante algunos años su madre fue para él la tía May, como cuenta el periodista Manuel Jabois. El niño vivió hasta los cinco años en Laguna de Duero, fue tardíamente escolarizado y no terminó sus estudios elementales porque había que presentar la partida de nacimiento y entonces se desvelaría su condición de hijo natural. No hace falta ser un lince para observar que tanto ocultamiento y apartamiento produjo en el niño la sospecha de que había algo de lo que avergonzarse. Al parecer, Umbral supo desde pronto quién era su padre, pero, hombre casado y burgués, no lo reconoció ni mantuvo con él trato. Falleció en los años cincuenta. En cuanto a su madre, todo parece indicar que mantuvo con él una relación distante, fría, lo que incidiría, supongo, en un sentimiento de inseguridad grande. Sin embargo, convirtió a su madre en Greta Garbo, una estrella de cine, a un tiempo cercana y lejana. De nuevo, lo más cercano visto a través de una máscara, socializada y, más, aceptada con admiración. Umbral convierte a la madre que lo aleja y lo señala como origen de una vergüenza, de una mácula amenazante, en un ser censado en la fama, mítico. En 1959 se casó con María España y vivió con ella hasta el final de su vida, aunque tuvo numerosos amoríos, de los que hablaba en sus libros y que su mujer consintió. Al final siempre era ella, su mujer, y nunca dejó la casa, nunca se separó. He conocido casos así, como el de Félix Grande con Paca Aguirre. Aunque Umbral exaltó a las mujeres y el erotismo, ninguno de sus amores lo fue suficiente para continuar la aventura. Fueron exaltaciones reales, no lo dudo, pero más eros que amor, más fascinación por la ceremonia que por el camino. Ni Félix ni Umbral dejaron de verse mientras miraban a la amante de turno. Siempre medió, en la fascinación por el otro, un espejo. Les gustaban demasiado las mujeres para que de verdad las amaran. Mi retruécano apunta a esto: a nadie fascinan más las mujeres que a don Juan, pero no las ama, porque es una pasión narcisa que se alimenta de lo momentáneo perpetuado en una errancia que, por definición, solo puede tener un final de cenizas o nostalgia vengativa, como es visible en algunas páginas de los últimos años de Umbral.

A los 68 años publicó Un ser de lejanías. Umbral siempre ha sido afortunado en tomar títulos y frases de poetas, filósofos y gente de la calle. Buen oído, aunque con lastres, como los aumentativos, tan comunes en Juan Ramón Jiménez, y que casan tan mal con las expresiones canallescas, sobre todo porque acentúan la cursilería. A Umbral lo deslumbró el éxito, lo necesitaba más que el comer, porque en él estaban tanto el restañamiento de su herida infantil, la vergüenza y mancha de su origen (tal como se lo transmitió su madre y su oscuro entorno de posguerra), como su venganza. Umbral tomó la U del apellido de su padre, Urrutia, y siempre estuvo en el espacio de entrar o de salir, nunca en casa. Una y otra vez escribe sobre la gloria, la fama, y dice tenerla pero que está vacía, aunque la muestra en bandeja de plata a todos los que le leen. Lo ha ganado todo en este país, y le han pagado más que a nadie, nos reitera. Creía que estaba a la altura de Valle-Inclán, sin darse cuenta de que nunca fue un poeta o novelista de verdad, sí un articulista que tuvo buenas mañanas, aunque ni estas lograron siempre llegar a la tarde. Había que subir la piedra al día siguiente. Una y otra vez escribe que sus artículos son leídos cada día por un millón de personas, y sin duda tiene su valor, pero es, generalmente, el valor de la fama, de la moda, que apenas posee espesor de memoria. Sus libros sobre Lorca o Valle-Inclán difícilmente se sostienen, como los que escribió su admirado Ruano, por ejemplo el de Unamuno. Hay frases, sí, con gracia, a veces, y mucho desatino y abundancia. En Un ser de lejanías podemos ver al miedo y al orgullo darse la mano, y seguir caminando de cara al lector, al que solo se le pide ser un espectador. El escritor a veces hace algún malabarismo, una metáfora atrevida y feliz, una confesión desolada al tiempo que eructa, y desde la página te mira con insolencia, como si no te necesitase, y en cierto modo es así porque él ya es su espejo, de ahí que tienda tanto al espectáculo de la prosa y sus contenidos biográficos, que no son historias personales sino frases sobre sí, confesiones sentimentales o estéticas que se contradicen, qué más da, y cuando la página parece que no da ya más y es la hora, se cierra. Puede decir en algún momento que “estoy ya seguro de ser una gran impostura que, por otra parte, tampoco hace daño a nadie. No era lo que yo quería”, pero es como la confesión del borracho, que no valdrá nada mañana, y en Umbral, no vale en la siguiente página, o tal vez en la misma. No explora, no es fiel a la voz de la escritura salvo para brillar de vez en cuando, apoyado mil y una vez en poetas, de Baudelaire a Neruda, a los que prosea. Sin duda tiene talento y puede escribir: “Amo esta máquina, este pequeño ente de hierro y literatura que es como el esqueleto de un pequeño animal, la osatura de una metáfora.”

He leído y oído muchos elogios a Umbral como escritor, siempre en España, porque en el resto de los países de nuestra lengua no existe, y no digamos en otras. También lo hacen de Ruano, cuyo Diario es apenas legible y sus Memorias, una galería de fantasmas sostenida por un escritor de talento con una moral de supervivencia lujosa, además de ser las memorias de un sinvergüenza y un canalla. Otro de nuestros genios que no pasan de las fronteras patrias, que no pueden extenderse por la lengua española, solo de consumo nacional, y ya de pocos. En Umbral me conmueven el drama y la furia; el niño que hubo, apenas visible, herido en su inocencia y convertido en un afecto que nunca puede ser fraterno aunque lo pretenda, y se vuelve nada más insinuado en deslealtad y traición. La razón, intuyo, radica más en la actitud de su madre, que no lo reconoció como hijo hasta pasados algunos años, que en la ausencia de padre, o en que el padre, que sin duda existió, nunca lo reconociera. La madre no fue Greta Garbo, ni fue hermosa ni una estrella de cine adorada, fue una pobre mujer de provincia víctima de la moral de la época y de su pobreza, y tal vez de su falta de coraje para amar de verdad a su hijo desde un principio. Seguro que además fue muchas más cosas de otro orden.

Francisco Umbral fue en la prensa española y en algunos círculos de Madrid durante algunos años el esplendor de su propia sombra, y convirtió el espacio de su fama, el artículo, en un lecho de halagos y torturas, un espacio de publicidad que todos pagaban con el placer ambiguo de verse aparecer en él. Fue impactante como articulista, entre otras razones porque introdujo en la prensa una subjetividad extraña y atrevida, asistida por un sonajero de metáforas, una ventana diaria que era también un escaparate y un cadáver exquisito. No inauguró un nuevo periodismo, pero sí fue una voz; sin embargo dejó discípulos que heredaron sus tics, y lo que en él era drama y destino, en ellos parece lo que es: un baratillo literario. Defendió la metáfora con la pasión de André Breton, pero más de cien libros de metáforas suponen un problema, y creo que tiene que ver con su ausencia de pensamiento. El pensamiento, como bien supo Machado, que estaba por los sentidos, dota a la obra de estructura y de verdadera comunicación: puede lograr que trascienda la insoslayable subjetividad. Los últimos años de Umbral fueron de premios y de tristeza. En un documental reciente (Anatomía de un dandy) se lo ve en esos tiempos devorado por la máscara, ya ablandada, de viejo león de feria sin dientes. Pocos escritores tan tristes como Umbral. Sin duda fue herido en su infancia y juventud, aunque no más que otros cuyas vidas fueron duras y controvertidas; pero Umbral labró, no sin talento, con esa herida, un puñal con el que forjó algunas páginas memorables y cometió ignominias que ya casi nadie recuerda. Fue un personaje shakesperiano pero sin Shakespeare. Le faltó la obra. ~


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