Los trajes 1975 | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Miguel Zamora

Los trajes 1975

a Abilio Estévez

La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por primera vez en la casa de la Zona Universitaria en la que su mamá lavaba ropa dos veces por semana. Provenía del hamper de la ropa sucia, en la que impregnada en una camisa de don Emilio se confundía con el sicote y el grajo de los demás miembros de la familia. Don Emilio lo encontró dándole nariz a la camisa, arrodillado junto al lío de ropa y a las piernas de Filia, su madre, que sacaba chispas de jabón en un lavadero de granito a las piezas que Luigi debía irle pasando. ¿Te gusta cómo huele?, le preguntó don Emilio con una voz que transportaba el tufillo a alcantarilla que el Johnnie Walker diario deja en los estómagos de los hombres.

Detrás de las piernas de su madre, por la parte inferior del lavadero, bajaba un agua gris y escamosa en la que Luigi fijó los ojos para decir que sí con la cabeza. Don Emilio lo condujo a su habitación y le mostró una serie de frascos de cristal frente a un espejo en el gavetero. Una luz que parecía melcocha rebotaba entre el cristal y el espejo, don Emilio le apretaba una tetilla. La mano en la tetilla de Luigi era inmensa y peluda, la otra buscaba entre los frascos uno, que tras soltar la tetilla abrió mordiéndose el bigote achocolatado con el labio inferior.

Renata, la mujer de Emilio, le había enseñado a leer y Luigi leyó en voz alta el nombre del diseñador en la botella divisando en su fondo un dedo del preciado líquido sin saber aún de qué se trataba. Don Emilio le hizo levantar la cabecita con un dedo bajo la barbilla y roció el cuello del niño con ganas, ahora hueles a hombre, le dijo, acercando la cara grande de mejillas afeitadas para olerlo mejor.

Luigi “La Fragancia” recordaba aquello con más claridad que su primer polvo y lo recordaba cada vez que, echada la cabeza hacia atrás, aplastaba el spray de aquella pequeña máquina del tiempo. Muchos totos y un solo perfume, decía para que lo escucharan los carajitos del barrio que lo espiaban por la ventana de su habitación cuando se vestía para salir. Los niños comenzaban a llegar con el ruido de la cubeta de agua que Luigi se echaba encima para bañarse, dejando siempre un poco para cepillarse los dientes, cosa que hacía sonora y rítmicamente. Para la mayoría del público la entrada desnuda y húmeda de Luigi, desodorante Rexona en mano, era la mejor parte. Su pene relajado y violeta arrancaba risas y silbidos de chicos y chicas. Se secaba entonces con la mitad de una toalla que ponía a secar sobre el borde superior de la puerta en la que había clavado la foto de una mujer que apretaba sus dos tetas de tiesos pezones como levantan contra la cámara fotográfica aguacates, piñas o berenjenas sus vendedores en las postales turísticas del trópico.

Colgado en una percha de alambre del palo de escoba que Luigi había dispuesto a modo de armario entre dos clavos en un rincón de la pieza, el nuevo traje de pantalón acampanado y chaqueta de generosas solapas de poliéster amarillo contrastaba con el fondo de madera sin pintar de la pared. La camisa crema con ramas de verde bambú, también de poliéster y que fingía ser de seda, descansaba sobre la colchoneta, junto a las medias, los zapatacones y los calzoncillos colocados en una simetría desafiante frente al desorden de trozos de madera, zinc oxidado y plywood podrido con que se había levantado la casucha que compartía con su madre.

Las medias se las ponía sentado en la cama de espaldas a la ventana y metía cada pie en el calcetín correspondiente con el esmero de una madre que lleva la compota hecha en casa a la boca de su hijo. Luego, de la tabla de planchar, que hacía de cómoda cuando no se estaba usando, tomaba el frasco de perfume, que sacaba de su caja, la cual conservaba hasta que el perfume se acabara para volver a meter el pote vacío en su empaque original y regalarlo a una mano que elegía de entre las muchas negras e infantiles que entraban como serpientes desesperadas por la ventana.

Si el pote estaba lleno, y esta vez lo estaba, caminaba los dos pasos hasta el traje y rociaba la textura del tejido sintético empezando por los ruedos en movimiento zigzagueante hasta llegar al cuello, bajando en líneas diagonales varias y al azar por toda la ropa hasta llegar de nuevo a las patas cada vez más anchas del pantalón. Si la fragancia hubiese sido pintura su técnica para aplicarla habría creado una obra de arte abstracta, en la que chorros y chiguetes compondrían patrones de hermosa y accidentada regularidad. Su público no podía detenerse en estos detalles porque Luigi ya se había puesto los pantalones y cómodo en la fibrosa delgadez de su torso desnudo ensayaba frente al espejo de marquito de pino, el único lujo en toda la casa, los pasos que daría esa noche en la discoteca Fuego Fuego. Arañaba el aire con el estilo tigre de kung-fu que le había enseñado un misionero gringo, al son de “La receta de un brujo” de Cuco Valoy que sonaba en el radio de la sala. Se ponía la camisa, apretada y brillosa, y la sumergía en unas caderas en cuyo centro, cerrado el zíper del pantalón, se delineaba la forma de una paloma muerta. Volviéndose hacia la ventana tras la que los niños aplaudían al compás de la música se colocaba la chaqueta dando un golpe con la pelvis por cada botón que aseguraba arrancando más aplausos a la multitud invisible.

Del fondo del barrio llegaron súbitos alaridos y juramentos, una muerte violenta, cosa común los fines de semana, atrajo al público de Luigi hacia esa otra ventana. Cerraba entonces la suya para evadir los gritos que alcanzaban la pieza junto a los grillos de la cañada. Se ponía los zapatos de plataforma ablandados durante la semana y cuyo charol blanco combinaba a la perfección con el resto del atuendo. Arrancaba una esquina de papel al periódico de la tarde, pues debía escribir en él un nombre. El nombre de un comunista. Uno de esos bajo a mierda que querían cerrar las discotecas y poner a todo el mundo a cortar caña como haitianos. Durante la semana, mientras su perfume se desperdiciaba en el salón de clase, se dedicaba por entero a ganarse la confianza de sus compañeros, chicos que repetían hasta el cansancio las palabras pueblo, proletariado y revolución, amanerados que se ufanaban de un extraño interés por los libros.

En un par de segundos ya se había decidido, guardaba el papelito y un cabito de lápiz en el bolsillo del pantalón, volvía a rociarse en el lugar que había elegido hacía años don Emilio y se miraba una última vez al espejo, dedicando especial atención a cada pliegue de la tela, a los botones redondos de jade de fantasía, a la caída de la pata de elefante en cuyo extremo, como bajo una cortina de teatro, asomaba una pulgada perfecta de zapato.

Le era imposible imaginar cómo un hombre famélico de bigotito recortado con regla como Loudón podía hacer una vaina tan bella. Loudón, detrás de la máquina de coser con una cinta métrica de tela a modo de bufanda, lo recibía en una pieza en la que apenas cabían su máquina y él. En un hueco en la pared colgaban los trabajos a entregar; trajes de hombres de diversos colores y en menor cantidad pantalones y camisas sueltas. Detrás de él, en una mesa de madera, en la que Luigi imaginaba al sastre durmiendo la siesta, se amontonaban infinitos cortes de tela en rollos, bollos, fundas plásticas y tiras deshilachadas.

Frente a Loudón y su máquina Singer, como en un consultorio, había una silla de marco de metal y sillín de vinil negro con orificios por los que el relleno color carne sobresalía. Loudón hacía sentar a sus clientes en esa silla antes de tomarles las medidas y escuchaba los deseos que venían a entregarle con sus yardas de lino, dril o algodón. Junto a la silla, Loudón acumulaba revistas de moda más recientes que las que doña Renata le prestaba con devolución a la mamá de Luigi y este no entendía cómo acababan en aquella cueva de paredes tiznadas por el hollín de la lámpara de trementina con que el sastre iluminaba su trabajo las noches que la luz se iba.

Luigi “La Fragancia” encontró la sastrería de Loudón una noche así de oscura, a su regreso de la escuela nocturna que no se decidía a abandonar. Luigi la recuerda porque en el apagón el humo del cigarrillo permanente en la boca de Loudón salía a la acera como niebla morada bajo los rayos de una pequeña luna. Al preguntarle por curiosidad, porque entonces no tenía un peso, cuánto costaba hacerse un traje, el sastre le ofreció hacerle uno gratis si el muchacho le traía la tela. Una semana después, Filia le compró cinco yardas de poliéster azul cielo con las que Loudón confeccionó una maravilla de tres piezas, con botones de nácar y chaqueta de cuatro bolsillos por la que todavía lo recuerdan en San Carlos, donde esa misma noche la manchó de sangre en una pelea.

Para esa primera prueba un Loudón con la boca llena de alfileres le dijo que siempre había querido vestir a un hombre como él, que tenía buena percha, buena espalda y buen talle para tirar tela, que a pesar de su pelo crespo con ese porte se echaría al mundo en un bolsillo. Luego un hombre alto y uniformado entró en la pieza, un coronel, y Loudón lo despachó.

Luigi había visto a aquel tipo junto al presidente Balaguer en las noticias. Era la candela de comunistas y criminales. Su escolta, una bola negra de manteca, lo esperaba en la calle sentado en el sillón del conductor de un Lincoln Continental del año. Al salir Luigi pasó el dedo índice por la carrocería crema como si de un bizcocho se tratara poniéndole tema al escolta que movía el dial de la radio detrás de la voz de Cheo Feliciano. El escolta se llamaba Arsenio. Era sargento mayor y tenía unos dientecitos blancos que parecían de leche. Fue Arsenio quien le ofreció trabajo aquel día frente a la puerta de Loudón. Un trabajo sencillo con una remuneración suficiente para lucir cada viernes un traje distinto. Tú estudias, le dijo, te mueves en ambientes de juventud. Eres simpático, se ve que tienes labia.

Quedaron de verse en la discoteca Fuego Fuego, en la entrada, una mujer que amenazaba a la amante de su marido con un zapato opacó la llegada de Luigi en su traje celeste. Se olió el Paco Rabanne en la muñeca del traje y entró en la discoteca ciego por el humo con “Love to love you baby” vibrando en pisos y paredes. Torsos y cabezas se volvieron para mirarlo, manos se extendieron para chocar las suyas, el aire estaba ahíto de fragancias implacables.

Pidió el cubalibre gratis con que el dueño de la disco devolvía su fidelidad y pidió un segundo cubalibre al ver que Arsenio el escolta se acercaba metido en un polo color vino demasiado pequeño. Hablaron de béisbol unos minutos porque Arsenio no había venido a bailar. La pista se empezaba a llenar de parejas y Luigi se excusó para ir al baño. Frente al espejo del lavamanos sacó el lápiz y el papelito. Se miró las uñas pulcras que Niurka, su exnovia, le había obligado a dejar de comerse, los gemidos de Donna Summer se filtraban hacia el baño como lejanas motocicletas. Puso el nombre y el apellido del elegido en el papelito y dio volumen al afro de su reflejo con la raqueta que siempre llevaba consigo. Al salir le enseñó el papel doblado a Arsenio y esperó a que le pagara un tercer trago para entregárselo. Arsenio puso un peso en la barra y veinte pesos en el bolsillo de la chaqueta del traje nuevo de Luigi.

A partir de entonces todos los sábados Luigi llegaba a la pieza de Loudón con un refresco rojo y una lata de leche condensada para la resaca. Se sentaba en la silla y echaba el refresco y el dulce en un jarro de peltre, moviendo el jarro en círculo para mezclar las dos sustancias contándole detalles sin importancia de la noche anterior mientras el sastre doblado sobre su labor sin decir palabra terminaba una pieza. En esos momentos el hombre adoptaba la misma serenidad y concentración que Luigi le había visto al maestro Rafael Solano frente al piano y Luigi no sabía si echarle setenta o veintiséis años. Haciendo a un lado el trabajo terminado Loudón le señalaba las revistas en las que había marcado algunos diseños especialmente para él con un pedacito de la tela sugerida adherida a la página con un alfiler.

Como si no las tuviese ya escritas en un cuaderno, Loudón se subía a una caja de madera y volvía a tomarle las medidas, diciéndole al rodearle el cuello con el metro: Muchacho, tú todavía estás creciendo. Elegidos los botones y el hilo, Luigi “La Fragancia” se sacaba de la cartera el dinero que había cobrado la noche anterior y se lo ponía sobre la mesa, nunca directamente en sus manos porque Loudón decía que el dinero recogía sucio y quería tocarlo lo menos posible.

Los viernes por la tarde, cuando iba a probarse el traje que iba a estrenar, deseando más y mejores cortes y modelos, Luigi imaginaba que un día no muy lejano se mandaría a hacer dos trajes semanales, uno para el viernes y otro para el sábado para la felicidad de los pequeños fanáticos que lo seguían calle abajo rumbo a su casa cuando regresaba de la sastrería de Loudón con el traje colgándole del hombro y que también lo seguirían en fila india calle arriba cuando, buscando la avenida para salir del barrio y coger la guagua hacia la discoteca, dejara el rastro de su fragancia como una firma asfixiante en el aire. ~


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