La vida trascendental de Clarice Lispector | Letras Libres
artículo no publicado

La vida trascendental de Clarice Lispector

Benjamin Moser

Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector

Traducción de Cristina Sánchez-Andrade

Madrid, Siruela, 2017, 496 pp.

Afirma Benjamin Moser (Houston, 1976) en esta nueva aproximación a la vida y la obra de la icónica Clarice Lispector que la imagen que más ha perdurado de la autora de La pasión según G. H. procede de una entrevista de apenas treinta minutos concedida en febrero de 1977 al periodista Júlio Lerner. Lispector se encontraba muy enferma y comenzaba a saborear su fama, sobre todo, entre la juventud universitaria, estatus que aumentaría hasta el presente, cuando basta la mención de su nombre para visualizar las cumbres de la literatura brasileña. El entrevistador “era consciente del tremendo momento y sentía la responsabilidad de cara a la historia”. En la película, grabada en los estudios de tv Cultura de São Paulo con motivo de la adaptación al cine de su novela más social, La hora de la estrella, la escritora de dicción gutural, al igual que sucede en la mayoría de sus ficciones, parece consciente de lo poco que dice así como de lo mucho que calla. “Hablo desde la tumba”, dice en la entrevista que, se diría, dirigió ella misma, pues una vez finalizada pidió a su interlocutor que se emitiera después de su muerte, deseo que fue respetado. Al cabo de cuarenta años no hay semblanza o hagiografía de la autora que omita este dato audiovisual; en cierto modo, funciona como el epígrafe idóneo para quienes tras descubrir sus novelas y relatos más logrados desean saber quién y cómo es la mano que mueve la pluma que los hizo posibles.

Clarice Lispector nació en un pueblo de Ucrania en 1920 cuando su familia judía se desplazaba con su pobreza a cuestas en busca de un lugar para vivir a resguardo de la violencia de los pogromos que siguieron a la Revolución rusa. Su madre se encontraba tan enferma que dependía de los cuidados de su primera hija, Elisa, diez años mayor que Chaya, el primer nombre que recibió Clarice. Pinkhas Lispector, el padre, era un tendero “con un deseo desatado de conocimiento” que hubiera preferido dedicarse al estudio de la Torá, pero carecía de linaje y necesitaba ganar dinero.

Desde Recife, localidad costera del norte de Brasil, unos parientes remitieron a los Lispector los pasaportes necesarios para huir en barco. Dio comienzo la inmersión de Clarice Lispector en una cultura y una lengua nuevas que se mezclarían con el bagaje de la tradición judía que su padre seguiría cultivando por encima de la pobreza cotidiana. Aunque las tres hijas resultaron buenas receptoras, la pequeña Clarice destacó enseguida por su facilidad con los idiomas. Contaba con algunas lecturas: Hermann Hesse, Dostoyevski, y sobre todo la Torá, cuando antes de terminar los estudios de derecho encontró un trabajo en el diario A Noite. En la misma época conoció a Lúcio Cardoso, poeta homosexual del que se enamoró, y escribió Cerca del corazón salvaje, título que sugirió Cardoso, tomado del Retrato del artista adolescente de Joyce, que la autora aún no había leído. La novela resultó un éxito, la crítica la situó en la cima de la narrativa no realista e introspectiva. “Por primera vez una autora brasileña penetra en la complejidad psicológica del alma moderna”, reseñó el crítico Paulo Sérgio Milliet. Más tarde, la poeta Elizabeth Bishop, vecina de Clarice Lispector en Río de Janeiro, la admiró también hasta el punto de acometer su traducción al inglés.

Benjamin Moser nos ofrece en orden cronológico la génesis de cada título de Lispector así como su interpretación desde una perspectiva marcadamente judía. Nos cuenta también cómo fue su recepción entre crítica y público así como las reacciones de la autora, quien fue centrando y cerrando su vida en torno a lo que más le importó: escribir el mundo.

Clarice Lispector desempeñó muy bien el papel de mujer de diplomático a pesar de que, según confesó en sus cartas, le aburría. Su aspecto físico y su elegancia encajaban en ese mundo en el que conoció de cerca a personalidades instauradas en el poder político que trató con la misma naturalidad que a sus vecinos del barrio pobre de Recife de su infancia. Vivió años en Berna, Nápoles, Nueva York, lugares que le servirían para afianzar su identidad brasileña y escribir a sus hermanas, las mejores confidentes de sus avances en la carrera literaria que seguiría transitando a solas, creando un mundo de ficciones la mayoría de las cuales carecían de trama aparente, contaban con personajes femeninos que hablaban con una voz extraña; datos que las editoriales empleaban como argumentos para retrasar, cuando no rechazar, su publicación.

El biógrafo subraya en todo momento los motivos judíos que, “retrabajados, disfrazados, pero sin duda presentes” en los escritos de Clarice Lispector, nos llevarían a la pregunta de hasta qué punto su inclusión es deliberada. Aunque la autora sentenciara que, al igual que más allá de la literatura no había nada, más allá de la humanidad tampoco había nada, practicaba lo que Benjamin Moser tilda de “ateísmo religioso”. En este sentido La pasión según G. H., la novela que escribió en un arrebato a finales de 1963, que “recuerda a obras maestras como Moby Dick y Tristram Shandy”, además de contar cómo se deshace una mujer acomodada también sería la aventura de su encuentro con Dios. Dicho aspecto religioso o trascendental que se destaca y argumenta de manera prolífica en la presente biografía resulta quizá la aportación más destacable que la distinguiría de otras ya existentes, entre las que cabe destacar la de la estudiosa Nádia Battella Gotlib. ~


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