La traición de la realidad | Letras Libres
artículo no publicado

La traición de la realidad

El pasado mes de noviembre, Nigel Farage, el exlíder del UKIP y cara más visible del Brexit, amenazó con que, si el Reino Unido no está fuera de la ue en la primavera de 2019, volverá a hacer campaña por el Leave. El UKIP exige un hard Brexit, un corte radical con la ue que priorice la soberanía sobre los acuerdos comerciales, y si la primera ministra Theresa May no lo consigue “la gente se sentirá traicionada”. En ese caso, el libertador tendrá que volver a la escena política. “¿Cuándo va a recuperar su vida este pobre hombre? Siempre quiere salirse de la vida pública y lo arrastran de nuevo al foco”, bromeó el humorista Andy Hamilton en el popular programa de la bbc Have I got news for you. “Una parte de él parece que disfruta al sentirse traicionado. Es casi como un fetichismo sexual.”

No existe populismo sin traición. Pablo Iglesias piensa que el psoe traicionó al socialismo, Trump que una prensa mentirosa y un establishment corrupto han traicionado a la gente humilde, Orbán que la izquierda traicionó a la Europa cristiana, y Marine Le Pen que Francia está en declive por culpa del islamismo y el multiculturalismo que lo tolera y que ha traicionado los valores occidentales.

El populismo, tan crítico con la corrección política y la cultura de la ofensa, necesita sentirse ofendido. Creerse una víctima suele proporcionar más rédito político que creerse un héroe. Forma parte de la retórica antagonista populista, en constante búsqueda de un chivo expiatorio. Como escribe el filósofo José Luis Villacañas en Populismo, “la fuerza antagónica (la casta, la oligarquía, la élite o como se denomine) puede ser vencida, pero no puede ser recuperada”. Siempre tiene que quedar, como escribe Ernesto Laclau, un resto que “no puede ser una parte legítima de la comunidad.” El populista necesita un enemigo, y por eso siempre actúa como si estuviera en la oposición.

La traición es una ofensa que va más allá. Es más emocional y personal: confiaba en ti y me has fallado. Esa es la retórica. La realidad es otra: nunca confié en ti, pero me beneficia decir que has abusado de mi confianza y me has traicionado. Pablo Iglesias siempre se lamenta de que El País ha traicionado a sus lectores y ha perdido el estatus de intelectual orgánico que ostentaba durante la transición, pero es muy posible que nunca lo considerara un periódico a la altura de sus ideales. Simplemente le sirve para la retórica de la traición.

La sensación de traición es una actitud común en los reaccionarios. El reaccionario es el gran traicionado. Como escribe Mark Lilla en The shipwrecked mind, un ensayo sobre la idea de la reacción (de próxima publicación en España por la editorial Debate), no solo piensa que ha sido traicionado por unas élites; se siente traicionado por la propia historia y el tiempo. “Es un exiliado del tiempo”, escribe Lilla. “Se ve a sí mismo en una postura más firme que sus adversarios porque cree que es el guardián de lo que ya ha pasado realmente, no el profeta de lo que podrá ser.” Pero esto le crea mayor frustración: sabe lo que es el paraíso, porque ya ha pasado, pero no puede volver a él. No le valen las proyecciones del futuro del revolucionario. El revolucionario y el reaccionario sueñan con abstracciones imposibles, pero, a diferencia del revolucionario, el reaccionario tiene la certeza de que su edén ya ocurrió: hubo un momento en el que unos traidores cambiaron el rumbo de la historia y lo estropearon todo. Para volver, solo queda esperar el apocalipsis (en la idea de “cuanto peor, mejor” los reaccionarios se parecen a algunos revolucionarios, que creen que la revolución solo llegará tras el fin del mundo).

¿Cuándo va a recuperar su vida este pobre hombre?, se pregunta Andy Hamilton sobre Farage. ¿Cuándo va a volver América a ser grande de nuevo? ¿Cuándo van a recuperar Francia, Hungría, Europa, Reino Unido la grandeza de antaño? Nunca. El Edén necesita estar siempre llegando, pero no llegar nunca del todo. El populista, como el reaccionario, utiliza la nostalgia política. Especula con el pasado, con una vuelta al sentido común, pero choca con la imposibilidad de volver realmente. Solo le queda sentirse constantemente ofendido, traicionado. El populista capitaliza estas emociones y las explota políticamente. El reaccionario solo espera la llegada del apocalipsis. Ambos, tarde o temprano, suelen sentirse traicionados por la realidad.

Cuando los votantes de Trump, Farage o Le Pen echan de menos un pasado ideal y votan para recuperarlo están luchando contra una dura realidad. La demografía de Estados Unidos refuta la idea del resurgir de una América blanca. Lo mismo ocurre con la idea de una Europa cristiana y homogénea, o de una Francia soberana y sin inmigración. Las generaciones más jóvenes votaron contra el Brexit. Cuando tengan veinte años más es posible que se vuelvan más conservadoras, pero también estarán mejor educadas y quizá, como escribe Jeremy Cliffe en The Economist, voten por el Remain (en el hipotético caso de un nuevo referéndum).

Estos hechos pueden resultar frustrantes: para el reaccionario, como escribe Lilla, “vivir una vida moderna donde sea en el mundo actual, sujeto a los cambios sociales y tecnológicos, es como experimentar el equivalente psicológico a una revolución permanente.” Sentirse siempre traicionado tiene que cansar. Pero sentir que es la realidad la que te traiciona te puede volver loco. ~