La narrativa de Carmen Martín Gaite: los cuentos | Letras Libres
artículo no publicado

La narrativa de Carmen Martín Gaite: los cuentos

Con un código realista y una prosa sencilla y precisa, Martín Gaite construyó una obra sólida y singular en la que se diluyen las fronteras entre los géneros y aparece la reflexión sobre la escritura. Dos décadas después de su muerte, este es un repaso por su obra.

El volumen Todos los cuentos de Carmen Martín Gaite apareció hace un año en Siruela. La edición, a cargo de José Teruel, venía a completar la imagen de su cuentística: las anteriores recopilaciones dejaban fuera los dos cuentos maravillosos publicados por la escritora en Lumen y los últimos relatos que escribió, fundamentales para ver la evolución completa y su recorrido como narradora. Sus cuentos han quedado eclipsados por sus novelas y ensayos, como esa habitación de la casa en la que no llegas a pasar el tiempo que podrías porque en realidad siempre estás en la cocina. Tienen hallazgos, experimentación formal, aparecen muchos de los temas que están también en sus novelas y ensayos, introducen aspectos menos transitados en el resto de su obra y trazan un hilo de comunicación y complicidad con sus Cuadernos de todo.

Los cuentos que abren este volumen son de primera juventud. “Desde el umbral”, el primero, es un retrato más bien impresionista del mundo universitario que en pocas páginas reúne pinceladas de las lecturas, también de las relaciones entre compañeros y expectativas. Más que un cuento es una tentativa. Con “Historia de un mendigo” se cierra el díptico de los relatos tempranos.

En 1978 Martín Gaite reunió sus cuentos para una edición en Alianza (en este volumen viene bajo el título “El balneario con Las ataduras”); la edición de Siruela incluye también el prólogo que acompañaba a esa recopilación. En él menciona a Aldecoa, Fernández Santos, Sastre y Josefina Rodríguez, el “grupo de amigos” que fundó Revista Española, donde todos fueron publicando sus primeros cuentos como parte de su proyecto de aprendizaje del oficio. “Aprendimos a escribir ensayando un género que tenía entidad por sí mismo, que a muchos nos marcó para siempre y que requería, antes que otras pretensiones, una mirada atenta y unos oídos finos para incorporar las conversaciones y escenas de nuestro entorno y registrarlas”, escribe Martín Gaite. Este segundo bloque de relatos aparece bajo un orden temático, el que ella quiso darle para la edición de 1978, pero la mayoría de los cuentos se escribieron entre 1950 y 1960. “Lo que más me ha llamado la atención es lo pronto que empezaron a aparecer en mis tentativas literarias una serie de temas fundamentales, que en estos cuentos van casi siempre combinados, a reserva de que predomine o no uno de ellos: el tema de la rutina, el de la oposición entre pueblo y ciudad, el de las primeras decepciones infantiles, el de la incomunicación, el del desacuerdo entre lo que se hace y lo que se sueña, el del miedo a la libertad. Todos ellos pertenecen a campos muy próximos y remiten, en definitiva, al eterno problema del sufrimiento humano, despedazado y perdido en el seno de una sociedad que le es hostil y en la que, por otra parte, se ve obligado a insertarse”, explica sobre sus cuentos. Muchos de los relatos están protagonizados por mujeres, “atormentadas por la búsqueda de una identidad que las haga ser apreciadas por los demás y por sí mismas, hasta el punto de que este conjunto de relatos bien podría titularse ‘Cuentos de mujeres’”.

Todos los cuentos de este segundo bloque están impregnados de una atmósfera de tristeza, incluso los más inocentes o juguetones. De “Variaciones sobre un tema”, que es la historia de una mujer que se da cuenta así de golpe de que han pasado cinco años desde que llegó a Madrid y se acuerda de una visita a la ciudad que hizo con su padre, a “La conciencia tranquila”, el cuento que empieza con una madre desesperada llamando al médico desde una cabina de teléfono –su hija se muere– y acaba con ese médico volviendo a su casa en coche. Entre medias está la historia de unas niñas cuya relación de amistad será imposible porque una es la hija de la portera; la de la mujer que no se quita de encima la tristeza tras la muerte de su bebé; la de una mujer que se baja en la estación de Marsella para pasar diez minutos con su hermana con la que su marido le prohíbe hablar; la historia de dos que trabajan juntos en una oficina sin apenas darse cuenta de que el otro existe hasta que ya es demasiado tarde. Pero también son tristes “El balneario”, “Los informes”, “Tarde de tedio” o “Las ataduras”. Las tramas varían, como también las técnicas narrativas: del monólogo interior a los diálogos casi teatrales. Además se percibe una influencia de maneras de narrar más cinematográficas, por ejemplo, el montaje paralelo, como se ve en “Las ataduras”, la historia sobre el distanciamiento entre una hija y sus padres que no hace más que constatarse en la visita de los padres al apartamento mínimo de París en el que vive ella con sus dos hijos. El cine aparece también en “Ya ni me acuerdo”: el protagonista se dedica a hacer documentales y la estructura del relato está llena de flashbacks.

Casi todos los cuentos de este bloque, así como los del que le sigue conformado por “El castillo de las tres murallas” y “El pastel del diablo”, son largos, casi nouvelles. No es lo único que llama la atención y que da una muestra de cómo ha cambiado la idea de cuento desde entonces: a diferencia de la tónica de los últimos años, en los cuentos de Martín Gaite parece que no hay conflicto o, si lo hay, se encuentra diluido. Lo que se cuenta no es un antes y un después de un personaje, sino más bien una continuidad, un retrato sin aspavientos ni efectismo de personajes desamparados por diversas razones. En algunos de esos cuentos la acción sucede en la cabeza de los personajes, son cuentos de acción mental, como es el caso de “La mujer de cera”, que es el más humorístico. Sus Dos cuentos maravillosos, que son para todos los públicos, funcionan como separación de los relatos de su última etapa, en los cuales se ve la evolución de la escritura de Martín Gaite, la experimentación formal, cómo la frontera entre los géneros desaparece y cómo aflora de manera inequívoca lo metaliterario y las preocupaciones sobre la relación entre realidad y ficción, sobre la memoria y el yo. Por ejemplo, el microcuento “[Donde acaba el amor]”: “–Cuando llegas al muro donde acaba el amor, ya no hay escapatoria –dijo mientras lo escalaba trabajosamente, desafiando los cristales rotos incrustados en su cumbre y se dejaba caer al otro lado”; o “Flores malva”, que es un cuento sobre cómo se hacen los cuentos y sobre la imposibilidad de la escritura: “Pero está claro que las cuestiones de vida o muerte se desustancian al intentar fijarlas con buena letra en cuadernos de limpio.” El libro cierra con “El otoño de Poughkeepsie”, presentado como cuento, pero que es también un ensayo autobiográfico, un diario camuflado sobre el duelo tras la muerte de su hija Marta víctima del sida –su primer hijo había muerto antes de cumplir siete meses de una meningitis– y su huida a Estados Unidos a dar clases en Vassar College. Anota sus lecturas, anota algunos recuerdos del viaje, anota el germen de lo que será luego Caperucita en Manhattan, anota impresiones sobre las diferencias entre los estadounidenses y los españoles (le sorprende que después de la victoria electoral de Reagan “nadie, ni en clase, ni en la calle, ni en el autobús, ni en los cafés, comentara absolutamente nada, pero nada de nada”, dice; “si una cosa así pasara en España, qué semana la siguiente”). Se asusta cuando cree que ha perdido de vista su maleta con todas las fichas de los Usos amorosos de la postguerra española, pero sabe que siempre “puede haber algo peor, y lo peor de todo es perder la cabeza, no vivir cada tramo de la vida, hasta los más espantosos, con la mente serena y la mirada alerta, procurando apreciar lo que se tiene, lo poco o mucho que nos queda”. Un poco más adelante escribe: “no sirve para nada escribir, ya lo sé, ¿y es que algún vicio sirve para algo como no sea para matar el tiempo? Con este, por lo menos, no se mata del todo, tiene uno la impresión, por el contrario, de que se ha rescatado peligrosamente de las fauces de la muerte misma que el tiempo lleva abiertas alguna visión fugaz destinada al naufragio general”. Ella salvó muchas. ~