La muerte de Europa y la búsqueda del Grial | Letras Libres
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La muerte de Europa y la búsqueda del Grial

Muchos hablan de la inevitable decadencia del continente. Pero iniciativas como la economía verde y la transformación digital pueden rebatir ese diagnóstico.

La Europa de hoy admite paralelos con Parsifal, la última obra de Wagner, su festival escénico sacro, su ópera española. Está inspirada en la historia de los caballeros del Grial: poseedores del cáliz y de la lanza de Longinos, se dejan arrebatar esta. Su rey, Amfortas, resulta herido. En su lecho de muerte solo puede salvarlo la lanza a la vez agresora y sanadora que le devuelva a él la salud y el esplendor al reino. Europa, que durante siglos ha tenido el cáliz sagrado y la lanza, hace tiempo que fue desposeída de esta y debe buscar su camino de salvación en el mundo del siglo XXI. ¿Está Europa herida de muerte? ¿Encontrará Europa su lanza de Longinos con la sangre de Cristo y, por ende, su salvación?

¿Quo vadis, Europa?

Que las posibilidades de Europa en el siglo XXI son limitadas y que el futuro del mundo pasa por otras regiones, establecidas como Estados Unidos o emergentes como China, es un diagnóstico, no cumplido del todo, que llevamos arrastrando desde al menos el final de la Segunda Guerra Mundial.

Desde entonces, en un proceso acelerado por la caída del muro de Berlín, Europa ha pasado de ser el centro geográfico y geopolítico del mundo a situarse en la periferia, en un viaje cuyo destino puede ser la irrelevancia. Este proceso se ha visto reforzado en los últimos años por una administración estadounidense desdeñosa cuando no hostil (véase su posición sobre el Brexit). Perdida su centralidad estratégica, la vieja Europa caminaría de manera lenta pero inexorable hacia su conversión en un parque temático llamado a ser visitado por americanos y por unos chinos cada vez más prósperos que observarán no una civilización milenaria, que también lo es, sino un sistema social diferente basado en los colchones sociales, la intervención pública y los generosos subsidios a los ciudadanos.

La encrucijada de la Europa de nuestro siglo es mantener su modelo social en un contexto económico globalizado, donde los principales competidores maximizan su competitividad a costa de sistemas sociales más eficientes o más limitados. Para los profetas del desastre, que gozan del prestigio intelectual del pesimismo, el Brexit es el último hito en este camino y durante el mes de marzo de 2020 la respuesta inicial de Europa a la crisis de la pandemia, réplica de la torpe respuesta a la crisis económica de 2008, parecía confirmar cualquier profecía pesimista.

Este diagnóstico sombrío se ha reforzado en los últimos años con la prueba definitiva de la decadencia europea: la falta de acomodación no solo a una globalización que impone un indeseable dumping social sino también su falta de adaptación a una revolución tecnológica que ha visto por una parte consolidarse el liderazgo americano y por la otra emerger a una nueva potencia tecnológica, lejana social, cultural y geográficamente de Europa, lo que plantea un incomodo sándwich en que su supervivencia como potencia del siglo XXI estaría en entredicho. En la pugna por la Inteligencia Artificial y la Computación Cuántica, campo de batalla de la hegemonía mundial, Europa ni está ni se la espera: está con su modelo social en crisis y descolgada del desarrollo tecnológico y digital.

Los datos del pib mundial y la participación menguante de Europa serían el último clavo del ataúd. Europa no ha sido capaz de desarrollar un Silicon Valley ni tener un Google o Facebook y su único intento de desarrollo digital habría sido aquel inefable y desdichado buscador de nombre en latín, Quaero, multilingüe y políticamente correcto, que murió antes de nacer no sin hacer uso de cuantiosos fondos públicos.

Habrá adivinado el lector avezado, que a estas alturas lo son todos, que lo dicho hasta ahora debe más a la hipérbole socrática y la exageración intencionada que al acuerdo del autor con este sombrío diagnóstico, al menos parcialmente.

Debemos preguntarnos si, por una parte, la situación de Europa es tan desesperada y, por la otra, si el continente carece de la capacidad de respuesta necesaria para librarse de la maldición bíblica de convertirse en estatua de sal.

La situación de Europa y sus respuestas

A la primera pregunta tenemos que responder con cierto voluntarismo: Europa ha perdido competitividad y capacidad de innovación en la últimas generaciones pero todavía conserva un innegable stock de riqueza, un sistema educativo de primer orden, un alto nivel de vida poco comparable y sectores enteros de la economía donde las empresas europeas todavía juegan un papel de liderazgo global importante: telecomunicaciones, banca, energía o comercio son algunos de estos sectores.

Además, Europa cuenta con un prestigio como regulador que tiene grandes efectos expansivos y prescriptivos a nivel global. Baste un ejemplo de esto último en la regulación de la protección de los datos a través del RGPD, hoy un estándar de facto a nivel global.

Incluso la falta de respuesta adecuada y oportuna a sus retos más urgentes que ha padecido Europa como entidad regional se ha visto corregida en este extraño 2020 en la reacción que, tras los titubeos iniciales, ha tenido frente a la crisis de la pandemia, no solo en términos de profundidad sino también de velocidad, especialmente si se compara con crisis anteriores.

La negociación del Brexit ha debido en buena parte su exitosa culminación a la cohesión mantenida en todo momento dentro de la Unión (hasta el punto de no cogerle el teléfono al primer ministro británico cuando quería actuar al margen de la Comisión), malogrando las estrategias británicas de negociación basadas en la secular división interna de la Unión. Divide et impera esta vez no ha funcionado.

Los peores augurios no se han cumplido y los que, en su momento, asistimos entre atónitos y angustiados a la torpe respuesta europea a la crisis del 2008, que acuñó aquella cruel sentencia de que Europa nunca pierde la oportunidad de perder una oportunidad, hemos visto en la crisis de la covid una reacción razonable y proporcionada y un aprovechamiento por parte de la Comisión de las posibilidades políticas que para ganar protagonismo entrañaba la crisis.

Von der Leyen ha demostrado no ser Barroso y la Unión Europea, ser como un elefante: avanza más lento de lo conveniente pero nunca retrocede (posiblemente por la complejidad de hacerlo ) y, además, tiene buena memoria. Hoy Europa está más fuerte y cohesionada que antes de la crisis de marzo de 2020.

Para contestar a la segunda pregunta deberíamos analizar el devenir de la política europea en los últimos años, más allá del Brexit y de la respuesta que Europa ha ido dando a sus desafíos en el ámbito digital. Consciente de su papel de viejo faro de los valores occidentales, la política digital europea ha sido, à la française, tratar de aprehender la realidad en un entorno regulatorio: la aprobación del RGPD, la hiperactividad de las autoridades de competencia frente a las empresas americanas o el entusiasmo medioambientalista de los últimos años han ido configurando una respuesta a los desafíos del siglo XXI que ha fundado la convicción de que quinientos millones de personas son todavía muchas personas y que el establecimiento de un entorno político-regulatorio adecuado es una buena contestación a un mundo cada vez más inestable en el que Europa pierde relevancia, especialmente desde que la anterior administración estadounidense ocupaba la Casa Blanca. Es el llamado efecto Bruselas.

Europa ha encontrado su vocación como rule setter y ha reforzado su convicción de que su responsabilidad histórica en el siglo XXI es escribir el manual de instrucciones y hacerlo en base a los principios democráticos y occidentales.

La idea de que Europa debe reaccionar y ha de hacerlo con sus armas tradicionales se ha ido consolidando y cristalizado con la nueva Comisión Europea que, recién empezado su mandato, una vez sacudida la crisis de 2008 y encauzado el Brexit, se centraba en dos prioridades básicas: la agenda verde medioambiental, encomendada a Frans Timmermans, y la agenda digital que recae, no por casualidad, en la Comisión de Competencia, reuniendo en una sola mano la responsabilidad de la política digital y la de competencia en un poco disimulado aviso a navegantes (digitales, claro).

Más allá de las apariencias y las declaraciones públicas, siempre tendentes a la hipérbole, merece la pena un análisis de conjunto de ambas políticas y los efectos que buscan.

En un movimiento político, rápido para los ritmos europeos pero en su estilo más característico (los documentos sectoriales se publican antes que el marco general y por supuesto en inglés en una Unión donde ya ningún país relevante tiene esta lengua como oficial), la Comisión lanzó dos sets de documentos, paquetes en la jerga comunitaria, llamados a marcar la estrategia política de los próximos cinco años: A new industrial strategy for Europe lanzado en marzo y The European digital strategy lanzado el 19 de febrero, es decir, la estrategia sectorial antes que la general que le sirve de marco: the European style. Todos ellos precedidos por el European Green Deal de diciembre de 2019.

La Estrategia Industrial Europea se basa en dos grandes pilares: la transición verde y la transición digital, orientadas ambas a reforzar la competitividad global de la economía y la sociedad europeas y, a la vez, a convertir a la UE en el gran proveedor de estándares globales. Como dice el documento: “La UE debe aprovechar el impacto, el tamaño y la integración de su mercado único para establecer estándares globales”. Es difícil reflejar en menos palabras el papel que Europa se asigna a sí misma así como las carencias que aprecia y percibe.

Se pueden hacer muchas críticas a esta estrategia, pero es la primera vez que nuestro continente y sus instituciones tienen un diagnóstico razonable y realista de la posición de Europa en el mundo, sus carencias, sus retos y las rutas a seguir para ser algo más que el convidado de piedra en la mesa de las potencias dominantes del siglo XXI. Esto no lo veíamos desde Delors.

Verde que te quiero verde...

La green agenda busca convertir a Europa en la región líder en materia medioambiental, un liderazgo que no parece tenga actualmente muchos pretendientes pero que permite a la acomplejada Europa blandir una bandera muy relevante en el siglo XXI y a la vez levantar en torno a su economía una agenda proteccionista comparable a la que la administración estadounidense ha ido imponiendo en los últimos años, pero haciéndolo de manera muy diferente: Europa va a practicar este proteccionismo de nueva generación no por miserables intereses egoístas sino por buenas razones éticas: la sostenibilidad medioambiental y la salvación del planeta.

El Pacto Verde Europeo, European Green Deal, pretende llegar al mayor nivel de ambición climática en distintas fechas, 2030 y 2050, desarrollando la energía verde y circular, contaminación cero, restableciendo la diversidad, con un sistema alimentario justo y respetuoso con el medio ambiente (de la granja a la mesa) y la transición hacia una movilidad sostenible y exigente. En suma, la agenda medioambiental más ambiciosa que uno puede encontrar en el mundo de hoy.

¿Qué supone en términos prácticos la agricultura de proximidad? Barreras a las importaciones agrícolas provenientes de otros países. ¿Qué significa la energía eólica? Menor dependencia de los productores de combustibles fósiles de Medio Oriente. ¿Qué significa la moda sostenible? El final de la producción masiva y low cost de prendas en Asia. ¿Qué significa la movilidad sostenible? El reforzamiento de la industria europea del automóvil. ¿Qué significa la economía circular? La localización de la producción de bienes físicos en un entorno determinado y cercano.

He aquí una agenda proteccionista a medio y largo plazo que, sin imponer barreras explícitas o arancelarias, va a permitir “reuropeizar” buena parte de la economía hoy deslocalizada.

Los escépticos y los cínicos que siempre se han preguntado cómo va a conseguir financiar Europa el mantenimiento de su sistema de protección social quizá tengan aquí una respuesta a sus preguntas.

Europa logra salvar sus intereses propios, relocalizar su economía y quizá financiar parte de su sistema de protección social pero todo ello por buenas razones y abanderando causas generosas para el futuro de la humanidad: Europa es proteccionista no por egoísmo sino por responsabilidad y generosidad. The European way.

No es un juicio moral, es una descripción.

El futuro digital de Europa

La agenda de la UEya lleva avanzando desde hace tiempo políticas regulatorias activas (digital single market). La política de competencia, la discusión del lpf (Level Playing Field), la protección de datos o el impulso del impuesto digital son buena prueba de cómo nuestro continente ha pretendido desde hace tiempo, con suerte desigual, recuperar por vía normativa parte de la competitividad perdida, recordándole a uno, que ya va siendo viejo, la acusación de aquel periodista tan beligerante como hiperactivo a un equipo de fútbol señero de “ganar en los despachos lo que no era capaz de ganar en el terreno de juego”.

La recién aprobada Estrategia Digital Europea, más allá de los fuegos artificiales que suponen las inversiones en Inteligencia Artificial, supone un proyecto vigoroso de regular e intervenir aspectos esenciales de la economía y la sociedad digital.

Frente al modelo americano, aparentemente abstencionista, y al obscenamente intervencionista de China, Europa ha optado por hacer lo que mejor sabe: regular la realidad para intentar darle forma estableciendo las reglas.

La Estrategia Digital es el programa político y regulatorio más ambicioso que nunca se ha planteado la UE en el mundo digital. Las áreas principales de esta estrategia son:

En primer lugar, poner la tecnología al servicio de las personas: invertir en competencias digitales para todos los europeos y proteger a las personas contra las amenazas cibernéticas (pirateo, programas de secuestro, robos de identidad, etc.), garantizar que la Inteligencia Artificial se desarrolle de manera respetuosa con los derechos de las personas y merezca su confianza, acelerar el despliegue de la banda ancha ultrarrápida para los hogares, las escuelas y los hospitales de toda la UE, ampliar la capacidad de supercomputación de Europa para desarrollar soluciones innovadoras en medicina, transportes y medio ambiente

En segundo lugar, una economía digital justa y competitiva: posibilitar que acceda a la financiación y se expanda una comunidad dinámica de empresas emergentes y pymes innovadoras y de rápido crecimiento, proponer una Ley de Servicios Digitales que refuerce la responsabilidad de las plataformas y aclare las normas aplicables a los servicios online, garantizar que en la economía digital las normas de la UE se adecuen a su propósito, garantizar que en Europa todas las empresas compitan en condiciones justas y mejorar el acceso a datos de alta calidad al tiempo que se garantiza la protección de los datos personales y sensibles.

En tercer lugar, una sociedad abierta, democrática y sostenible: utilizar la tecnología para ayudar a Europa a ser climáticamente neutra de aquí a 2050, reducir las emisiones de carbono del sector digital, capacitar a los ciudadanos para que tengan un mejor control y protección de sus datos, crear un espacio europeo de datos de salud que impulse la investigación, el diagnóstico y el tratamiento específicos y luchar contra la desinformación online y fomentar la diversidad y fiabilidad de los contenidos en los medios de comunicación.

En torno a estos tres grandes objetivos la estrategia se fundamenta en una serie de medidas de desarrollo que tratan de cubrir todos los frentes y ejecutar estrategias que mejoren la competitividad digital europea: Estrategia Europea de Datos, Libro Blanco de la Inteligencia Artificial, Revisión de la Directiva NIS, en materia de ciberseguridad, Fiscalidad del siglo XXI, Digital Services Act, Medios de Comunicación y Democracia, Estrategia de Cooperación Global.

No es objeto del presente artículo entrar al detalle en esta estrategia, pero baste reiterar que nunca se ha visto en la UE un programa de semejante detalle y ambición que trate de revertir la posición que Europa sospecha (y los demás tienen certidumbre) que le pueda corresponder en el digital siglo XXI

Si este programa pudiera llevarse el panorama del desarrollo de la economía de los datos en Europa cambiaría de una manera notable y podría permitir, pero no por sí solo, a la UE recuperar parte de la capacidad competitiva perdida.

Poco dura la alegría...

El primer trimestre de 2020, con las estrategias digital y verde recién publicadas, irrumpió lo que ha sido una de las disrupciones más notables que hemos experimentado desde hace muchos años y que nos ha transportado no a una distopía futurista de las que albergaba nuestra imaginación colectiva, sino a una distopía venida del pasado, algo que ha sido irrelevante en nuestro imaginario cinematográfico colectivo y cuya única reminiscencia es medieval: una pandemia.

La pandemia indujo al nerviosismo a los europeístas y al gozo a los euroescépticos de una y otra laya: Europa –se decía– será nuevamente incapaz de dar una respuesta ambiciosa y razonablemente rápida a la doble crisis, sanitaria y económica, y, en el caso improbable de que lo consiguiera, las prioridades estratégicas de la agenda industrial europea se aplazarán ante las urgencias de la crisis. Nada hacía pensar que el barco de la Unión, grande pero anticuado, fuera capaz de sobrevivir a semejante tormenta perfecta.

Profecía razonable viendo los antecedentes de la crisis de 2008 y la naturaleza de la UE, cuyos primeros balbuceos en el mes de marzo parecían confirmar esta previsión. La respuesta nacional, la descoordinación y la lucha del norte virtuoso con el sur pecador volvían a surgir en un escenario de lentitud institucional donde el autoritarismo chino y la eficacia estadounidense inundaban el escenario con respuestas contundentes y aceleradas que debían dar rápida vuelta a la situación mientras Europa, una vez más, dudaba y se retrasaba. Pero el pronóstico es en general un deporte de riesgo.

A principios del mes de mayo, cuando los europeístas pedían sales y los nacionalistas se prometían un futuro luminoso (para ellos), de manera lenta pero efectiva Europa lanzó su programa más ambicioso de utilización de fondos públicos para paliar la crisis económica y social, rompiendo en pocas semanas tabúes que discusiones de años habían sido incapaces de derribar, como la emisión de deuda conjunta o la mutualización del riesgo.

Whatever it takes resonó de nuevo, pero esta vez a tiempo.

El programa Next Generation eu supone una movilización de recursos de 672,5 millardos en el programa de Recuperación y Resiliencia y alcanza con otros fondos suplementarios la cantidad de 750 millardos de euros.

Siendo esta cifras importantes, lo es más que esta disposición de fondos públicos se hace en coherencia con la Estrategia Industrial Europea, ya que la financiación pública ha de dirigirse precisamente al desarrollo de los dos pilares de la Estrategia Industrial Europea de marzo de 2020: la economía verde y la digitalización de la economía. Los fondos no permiten otro uso ni tienen otro destino que reforzar estas prioridades y acelerar las transiciones verde y digital.

La respuesta a la crisis no se hace, por tanto, dejando a un lado las prioridades estratégicas sino reforzándolas, dotándolas de recursos a corto plazo que hubieran sido menos y más morosos si no se hubiera producido la pandemia y la respuesta a sus consecuencias económicas y sociales. He aquí uno de los paradójicos efectos de la crisis.

Digital Services

and Markets Acts

Quienes pensaban que la pandemia supondría un cambio estratégico en la política de la Unión Europea se han encontrado con un reforzamiento de estas prioridades que, además, se verán impulsadas en su ejecución por cuantiosos recursos y con un grado de simultaneidad y coordinación en su ejecución que en otras condiciones menos excepcionales hubiera sido impensable. No es el Plan Marshall pero puede parecérsele mucho.

La Comisión Europea ha mantenido todas las acciones principales en el momento previsto y muy especialmente la publicación de las dos normas llamadas a sentar las bases de la regulación del mundo digital europeo para los próximos años, la Digital Services Act (DSA) y la Digital Markets Act (DMA), la Biblia del rule setter.

Estas normas, que todavía requerirán un largo recorrido, establecen, en lo que se refiere a la DSA, el régimen legal aplicable a las grandes plataformas digitales, especialmente a las de mayor tamaño, determinando su responsabilidad frente a sus usuarios, la regulación de los contenidos ilegales y la obligación de garantizar la transparencia en el cumplimiento de sus obligaciones, la necesidad de seguir códigos de conducta y un sistema de enérgica y un tanto burocrática intervención administrativa.

La DMA por su parte establece una normativa destinada a regular la conducta de los gatekeepers en la economía digital, el procedimiento para su determinación y las investigaciones y poderes de la Comisión Europea para garantizar la competencia en los mercados digitales.

Estas dos leyes están llamadas a marcar el desarrollo, para bien y para mal, de la economía digital europea y están dotadas de una ambición material y formal importante: en Europa el instrumento normativo nunca es una elección trivial y el hecho de que sean reglamentos de directa aplicación y no directivas de ejecución por los Estados marca una diferencia no solo normativa sino principalmente política.

Estas normas van a regular un marco normativo digital que pretende hacer compatible el desarrollo de la economía digital europea con unas reglas del juego que garanticen los derechos de los consumidores y la libre competencia.

Podían pensar los escépticos que en lo relativo a la UE siempre son legiones, que esta nueva regulación, que todavía tiene que llegar a buen puerto, se convertirá en la excepción europea de una normativa que no tendrá vida más allá de la Unión, al contrario que pasó con la RGPD, auténtico estándar global de facto. No parece fácil repetir el éxito, parcialmente inesperado, de la regulación de datos en el mundo global y no deberíamos ser voluntaristas sobre lo que se ha dado en llamar el efecto Bruselas.

Este diagnóstico, no carente de fundamento, puede verse, sin embargo, corregido por un importante factor ambiental: hoy se aprecia en EEUU un cambio de percepción en la sensibilidad de las autoridades y la opinión pública frente a las Big Tech que si difícilmente va a acabar en un nuevo baby bell, es decir, con la división obligatoria de estas empresas, sí va a cargar de razones a las nuevas regulaciones de la Unión y facilitar su exportación fuera de las fronteras europeas.

Alguna de las recetas, no todas, de la DSA y la DMA pueden llegar a tener más impacto global hoy cuando el Departamento de Justicia, el Congreso y la Federal Trade Commission están ejerciendo un duro escrutinio sobre las empresas conocidas como gafa (Google, Amazon, Facebook y Apple). La sangre no llegará al río pero puede estar muy cerca.

Desaparece así el fundamento de uno de los principales reproches que la administración estadounidense siempre ha hecho a la europea: la utilización de la política de competencia como instrumento político proteccionista para perjudicar a las empresas digitales americanas, tratando de revertir por esta vía el retraso digital europeo.

Los muertos que vos matáis...

En consecuencia, refrénense los agoreros de la muerte de Europa y recuerden la frase atribuida tan reiterada como erróneamente a José Zorrilla “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Todavía tendrán que esperar un tiempo antes de poder asistir al entierro del sueño europeo. El futuro del proyecto europeo es, tras la pandemia, más firme y sólido de lo que era antes. Europa tiene una hoja de ruta que puede mejorar su posición en la economía y la sociedad global. Veremos los próximos meses.

Si los agoreros deben guardarse su euforia para mejor ocasión, tampoco los optimistas deberían lanzar las campanas al vuelo. Un diagnóstico positivo se ve ensombrecido, al menos, por dos razones fundamentales:

Nadie duda de la capacidad europea de establecer los diagnósticos adecuados ni de articular las políticas idóneas. Sin embargo, la trayectoria europea permite albergar todo tipo de dudas sobre su capacidad de ejecución de las políticas diseñadas y la toma de decisiones a los ritmos que impone el siglo XXI, que no son ya los del siglo XX.

Si Europa quiere sacar provecho de estas políticas tendrá que aprender a tomar decisiones y ejecutarlas con otros ritmos y con otros mecanismos. Lo sucedido hasta ahora con la pandemia hace que seamos algo menos pesimistas pero no parece fácil que nuestro continente se emancipe de su cultura política basada en el consenso, la complejidad, el multilingüismo, la unanimidad en la toma de decisiones y otras tantas rémoras que, hasta ahora, forman parte del ser mismo de Europa. Cuesta pensar que el elefante europeo haya aprendido, al fin, a bailar.

La segunda objeción es que las normas y regulaciones pueden tener un factor importante de cambio y permitir ganar, no siempre limpiamente, competitividad asociada a las barreras a los competidores. Pero son olímpicas e infructuosas si no van acompañadas de un desarrollo del tejido económico, la innovación y la competitividad. Imponer una agenda verde con vocación proteccionista solo será útil a medio plazo si Europa es capaz de desarrollar una economía verde y digital competitiva y líder a nivel mundial. En caso contrario solo verá acelerar su decadencia. De igual manera solo si Europa es capaz de liderar y acelerar el proceso de digitalización de la sociedad y la economía podrá aprovechar las oportunidades que un diseño regulatorio y despóticamente ilustrado le brindan.

El continente necesita encontrar un modelo de desarrollo económico innovador que convierta estrategia y regulación en una palanca y no en una rémora para el desarrollo. Tiene una economía tradicional robusta y muy competitiva, líder mundial en sectores como el automóvil, la energía, las telecomunicaciones, el comercio que tiene y pueden liderar la transformación digital de la economía y la sociedad europea arrastrando a las pymes y dejando atrás el síndrome de que Silicon Valley no esté en Europa o quiméricos e imposibles liderazgos en el desarrollo de la Inteligencia Artificial o la Computación Cuántica.

De la capacidad de Europa de crear un ecosistema económico verde y digitalizado, robusto y competitivo va a depender que la Estrategia Industrial Europea sea un factor de desarrollo o contribuya a hacer buenas las previsiones de los nacionalpopulistas de todo pelaje y condición que querrían ver una Europa decadente, fragmentada e introspectiva.

Europa se juega mucho no solo en regular el mundo digital sino en que sus empresas grandes, medianas y pequeñas sean capaces de digitalizarse más y mejor que las de otros continentes, liderando esta transformación y creando un ecosistema capaz de generar una demanda sofisticada de servicios basados en la Inteligencia Artificial.

El efecto Bruselas puede ser poco más que un espejismo narcisista si no se completa con un desarrollo efectivo de la competitividad de la economía europea y sus empresas en el mundo global y digital de nuestro siglo.

Y una última reflexión: ahora que el Brexit se ha consumado con un acuerdo previsible hay quien puede pensar que sacudirnos a un socio incómodo no va a tener más que ventajas, especialmente por sus reticencias al avance de la Unión. Esto último es cierto pero no lo anterior; el Reino Unido ha sido un socio incómodo y molesto pero a la vez ha sido el adalid de uno de los pilares básicos de la Unión: el mercado único. La Europa a la que vamos, de hegemonía francoalemana y con menor contrapeso británico, pudiera ser de mayor cohesión institucional y regulatoria pero con un mercado único menos activo y transparente. Y no olvidemos que el Mercado Único estaba en el corazón mismo de la creación de la UE, que nació como un mercado común del carbón y del acero.

La gran pregunta sigue siendo si Europa será capaz de emanciparse de su misión original, la paz francoalemana, y adaptarse a los ritmos cambiantes del siglo XXI. No creo que debamos pensar que este siglo va a ser el del final de Europa. Comprobar quiénes están interesados en que esto sea así –los aislacionistas, los nuevos autoritarismos y los nacionalpopulistas– debería hacernos concluir que este es un lujo que no nos podemos permitir.

La vieja Europa, custodia del Grial pero herida desde hace tiempo, ¿encontrará en sus recientes estrategias industrial, digital y verde la lanza de Longinos que sane su herida, la saque de la postración y la devuelva al centro de la dinámica dominante en nuestro siglo? Hay razones para ser optimistas y también para no serlo, pero recordemos que Europa siempre ha avanzado en los momentos de mayor crisis y dificultad. ~