La monja y el antropólogo | Letras Libres
artículo no publicado

La monja y el antropólogo

Es pura casualidad que los dos acontecimientos hayan coincidido en el tiempo, pero a mí me parece que es una casualidad significativa. Los dos acontecimientos de los que escribo son: el éxito en los medios convencionales del speech antivacuna de la gripe a de la monja Teresa Forcades (que ya había triunfado largamente en internet, y en especial a través de su envío por correo electrónico) y el sahumerio incesante a Claude Lévi-Strauss tras su fallecimiento, cuando estaba a punto de cumplir los 101 años.

(Nota: escribo monja y no médica o no médica monja o no monja médica porque en el vídeo que le ha dado relevancia, aparece vestida con su uniforme de monja... y en un entorno nítidamente religioso, con torres y campanas. Los méritos médicos tenemos que darlos por supuestos. Yo, por ejemplo, no los conozco: sé, porque me lo chiva el isbn, que no ha publicado ningún libro, ni de medicina ni de espiritualidad).

La monja y el antropólogo reúnen, en sus tesis, todo el armamento antirracional que circula tanto por el circuito de las leyendas urbanas como por el circuito universitario y por todos los circuitos intermedios, incluidos el esotérico, el de barra de bar y el de los políticos de tropa, sin discriminar ni a derecha ni a izquierda.

El antropólogo y la monja exaltan el relativismo como estándar de comportamiento. La paradoja es que el relativismo, como supuesta disciplina humanística, también es un valor occidental, y por tanto igualmente repugnante... salvo que a Lévi-Strauss no podía repugnarle porque era su creador, su valedor, su sacerdote (un sacerdote que, como ha explicado Mark Lilla, era un perfecto desconocido incluso por sus ignorantes seguidores). La idea de que una idea (aunque sea el espantoso relativismo) pueda tener un valor universal es tan occidental, o más, que los Derechos del Hombre.

En un libro que no tiene desperdicio, De cerca y de lejos (Alianza), que recoge la larga entrevista que Didier Eribon le hizo a Lévi-Strauss, el antropólogo belga-francés explica, sintéticamente, el relativismo: “hay que consentir en pagar un precio, a saber, que culturas apegadas, cada una de ellas, a un estilo de vida, a un sistema de valores, velen por sus particularismos; y que esa disposición es sana, y nada patológica”.

Es decir, tenemos que consentir la ablación, porque es un estilo de vida, responde a un sistema de valores y tenemos que tolerar [ese eufemismo de “pagar un precio”] que los criminales que la imponen velen por ese particularismo. Y, además, sentirnos orgullosos: porque esa práctica y defensa de la ablación (o de la supresión de todos los derechos) es sana y nada patológica.

Se nota que al señor Lévi-Strauss no le castraron, pues si lo hubieran castrado habría comprobado que sí hay algo patológico en la castración. Y que no es nada sana. Sobre todo si se realiza en una casa particular, sin asepsia, sin instrumentos adecuados, a una niña que no puede defenderse, sin administración de desinfectantes en el tiempo posterior a la intervención...

Me pregunto si Lévi-Strauss perdió el tiempo leyendo los libros de Ayaan Hirsi-Ali. Bueno, en realidad no me lo pregunto pero quería ahora hablar de Ayaan Hirsi-Ali aquí, ella sí sometida a la cruel amputación de sus órganos sexuales.

También me pregunto por qué los medios de comunicación han elegido para ilustrar la muerte de Lévi-Strauss una fotografía del antropólogo, realizada en Brasil y en los años 30 del siglo pasado, en la que tiene un gran parecido con el Fidel Castro de la guerrilla. Me lo pregunto pero sé que es mucho mejor presentar a un intelectual fuera de su mundo de libros y presentarlo como un hombre de acción: se nos señala así que su doctrina, el deplorable relativismo cultural, no surge de las montañas de libros fabricados por Occidente sino de la experiencia del hombre de acción... que se ha encontrado con el hombre bueno de Rousseau, al que nos empeñamos en matar: ¡ay, cuánta ternura!

A propósito de los uniformes (el de monja, el de aventurero) se me ocurre que nuestra iconografía de bondad, de credibilidad, es realmente rancia: santas y soldados.

La monja antivacuna opera (y no es un chiste fácil) con ideas muy parecidas a las de Lévi-Strauss: somos deplorables, somos carroña, somos usureros, somos escoria, buscamos el mal... Somos, y me incluyo en ese somos, quiere decir: los occidentales que creemos en la razón, la democracia, la libertad (también, claro, en la libertad empresarial, que es una de las peores), la igualdad...

En el speech de la monja antivacuna se mezclan las mentiras deliberadas (abundan: las relacionadas con la oms son fácilmente rechazables, basta mirar la web del organismo sanitario internacional), las mentiras no deliberadas (cuyo origen, sin duda, es la fe, manantial fundamental del catolicismo), el lenguaje pseudocientífico, los cuentos de terror y el odio.

El odio, paradójicamente, o no tanto para alguien que cree en los milagros, a la medicina tradicional, que incluye el odio a las farmacéuticas, que impiden, con su egoísmo capitalista, que los medicamentos lleguen a los que más necesitan los medicamentos. Que prefieren inventar falsas enfermedades para sacarnos la pasta que curar las verdaderas enfermedades.

La monja y el antropólogo creen que sus principios son perfectamente válidos porque exaltan la duda, y la duda es el motor de la razón. Pero difícilmente una monja, que cree en Dios, puede presumir de dudas, y difícilmente un antropólogo, que cree que la ablación no duele, puede hablar de dudas. Una y otro son creyentes. Sin asomo de duda. ~