La gran transformación | Letras Libres
artículo no publicado

La gran transformación

El cambio climático, si seguimos el hilo que nos ofrece Blom, motivó el mercantilismo que a su vez fomentó el surgimiento de los fisiócratas y el liberalismo económico, que trajo el fin del feudalismo e inauguró el Estado nación liberal.

Philipp Blom

El motín de la naturaleza

Traducción de Daniel Najmías

Barcelona, Anagrama, 2019, 348 pp.

El nuevo libro de Philipp Blom (Hamburgo, 1970), historiador de la Ilustración y del siglo XX  y autor de casi una decena de obras de divulgación histórica, es un encargo de su agente. Blom lo menciona en los agradecimientos finales. Normalmente este dato no debería ser de importancia a la hora de juzgar la calidad de una obra. Sin embargo, es inevitable pensar que Blom ha escrito un best of de sus obras sobre la Ilustración con una “percha” comercial que justifica el encargo: el cambio climático. En su “Historia de la Pequeña Edad de Hielo (1570-1700), así como del surgimiento del mundo moderno, junto con algunas reflexiones sobre el clima de nuestros días”, como dice el subtítulo de la obra, hay mucho de lo primero, aún más de lo segundo y apenas nada de lo tercero.

¿Está demostrado que el descenso brutal de las temperaturas entre los siglos XVI y XVII incentivó de algún modo el surgimiento de la Ilustración? No está muy claro, pero Blom juguetea con todas las hipótesis posibles. El resultado es una obra entretenida y con capítulos brillantes, a pesar de su estructura deslavazada. Si cogemos sus partes por separado, se convierten en ensayos rigurosos y divulgativos que funcionan de manera autónoma. Blom comienza con una narración vibrante y llena de fuentes originales y anécdotas sobre la vida en el campo entonces. Encuentra correlaciones interesantes: la que hay entre los años gélidos, la malas cosechas y las protestas sociales y rebeliones contra los altos precios de los cereales. Y a partir de ahí se despliegan más correlaciones: “puede establecerse una conexión interesante entre topografía, meteorología y la psicosis colectiva que provocaban las brujas”. Y algo parecido ocurre con el antisemitismo y los pogromos en Europa oriental: zonas de cultivo de cereales que, ante el cambio de temperatura, se industrializaban y modernizaban; los judíos eran la vanguardia de la Revolución industrial en esas regiones (como narra Israel Yehoshua Singer en la novela Los hermanos Ashkenazi), lo que provocaba la ira de los campesinos.

De aquí Blom nos conduce hacia el surgimiento del capitalismo, casi siempre de la mano de La gran transformación, de Karl Polanyi. La economía europea estaba muy basada en la propiedad de la tierra y la producción local de cereales. El descenso radical de las temperaturas desbarató este sistema. Las sociedades europeas comenzaron a funcionar siguiendo patrones económicos y monetarios. Surgió la visión mercantilista de la economía, que consideraba el comercio otra forma de guerra y fomentaba las exportaciones. El expansionismo ya no solo sería territorial sino también económico: empresas como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales o la Compañía Británica de las Indias Orientales (East India Company) colonizaban territorios siguiendo una lógica mercantilista. En muchas ocasiones, esa lógica no se diferenciaba del colonialismo clásico e incluso del genocidio.

Como consecuencia de esto, y aquí reside una de las claves del libro, surgieron las ideas de la Ilustración, que promovían las sociedades abiertas, la tolerancia y un protoliberalismo político. El cambio climático, si seguimos el hilo que nos ofrece Blom, motivó el mercantilismo que a su vez fomentó el surgimiento de los fisiócratas y el liberalismo económico, que trajo el fin del feudalismo e inauguró el Estado nación liberal (para garantizar el comercio había que garantizar la paz social, los derechos de propiedad, leyes comunes, seguridad).

La causalidad no está completamente demostrada pero Blom no cae en el error de algunos historiadores y politólogos que se obsesionan con un gran marco que lo explica todo. A veces parece que se olvida del encargo al que se ha comprometido. Sus innumerables digresiones son lo mejor del libro. Blom hace una historia mínima de la Edad Moderna, con Montaigne, Descartes, Spinoza, Locke, Hobbes pero también varios personajes menos conocidos como Lucilio Vanini, Pierre Gassendi o Pierre Bayle, que lucharon contra la oscuridad y las supersticiones e intentaron promover una visión materialista y humanista. Eran pensadores de transición, como también era de transición su época: recogían la tradición teológica para ir más allá e intentaban combinar religión y ciencia (a veces solo porque no se atrevían a descartar por completo la religión).

Blom dedica un brillante capítulo a Baruch Spinoza, judío neerlandés de origen sefardí e hijo de refugiados portugueses, quizá el más importante de esos filósofos de transición. Explica los fundamentos de su pensamiento a partir del método de estudio del Talmud, que los rabinos estudiaban de manera muy diferente a los estudiosos de la Biblia: “La tradición judía de la que Baruch se había empapado de niño difiere de la cristiana en el sentido de ser más jurídica que teológica”. Como dice Blom, “el filósofo no rebate los argumentos de la teología escolástica; sencillamente, los toma tan en serio que no tienen más remedio que desmoronarse bajo el peso de las expectativas puestas en ellos”. Por eso Spinoza se convirtió en un hombre odiado y temido en su época y su obra fue tan influyente para pensadores posteriores.

Blom termina su obra acordándose de su “percha”, y su epílogo es completamente innecesario. En él escribe sobre la cara oscura de Voltaire y de la Ilustración, algo que hace a menudo y con rigor a lo largo del libro. Pero esta vez engancha sin mucho interés con la crisis climática, el neoliberalismo y el crecimiento económico: “Hablamos de derechos humanos universales, pero hoy nuestro crecimiento económico se basa en la explotación del hombre y de los recursos naturales aún con más fuerza que en la Europa de la Pequeña Edad de Hielo” (las cursivas son mías). Es una afirmación bastante cuestionable. Las preocupaciones de Blom con el futuro del capitalismo son legítimas pero da la sensación de que son un pegote que peca (a pesar de que el autor recuerda estar vacunado ante tentaciones así) de provincialismo histórico y presentismo. El motín de la naturaleza es un libro construido a base de digresiones brillantes cuyo núcleo es, en buena medida, un compromiso comercial. ~


Tags: