La escritura y la vida: Benito Pérez Galdós | Letras Libres
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pintura

La escritura y la vida: Benito Pérez Galdós

El autor canario fue el gran cronista de las transformaciones de la sociedad española en el siglo XIX. Este es un repaso a sus novelas y su teatro, a su evolución política, literaria y biográfica.

1.

n 1894, en un momento álgido de la madurez vital y literaria del escritor Benito Pérez Galdós, Joaquín Sorolla lo inmortalizó en un cuadro, sentado, con su característico bigote, un elegante bastón en una mano y en la otra el infaltable vicio de fumar. No fue la única ocasión en la que Sorolla pintó al autor de los Episodios Nacionales. Tres lustros después, en 1911, hizo otro retrato, una pintura de estudio, algo convencional, en la que nos presenta al escritor con abrigo y bufanda, unas prendas indispensables, según se cuenta, para posar en el frío taller del artista. Estaba destinada a ampliar las colecciones del norteamericano Archer M. Huntington en la Hispanic Society de Nueva York.

Comoquiera que sea, a mediados de la década de 1890, cuando Sorolla hizo el primer retrato, Galdós contaba con algo más de medio siglo de vida a sus espaldas y miles de cuartillas escritas. Este óleo sobre lienzo, de algo más de setenta centímetros por casi un metro y formato apaisado –poco frecuente en la tradición del retrato hispánico–, que figuró en la exposición individual del pintor valenciano en París, en 1906, fue propiedad de don Benito. Colgó durante muchos años de las paredes de su residencia santanderina de San Quintín. Preside, en la actualidad, una sala de la Casa-Museo Pérez Galdós, en Las Palmas de Gran Canaria.

Hoy, un siglo después de su muerte, acaecida en Madrid el 4 de enero de 1920, este magnífico retrato de Sorolla, reproducido en libros, revistas y carteles, e incluso en sellos de correos y en los verdes billetes de mil pesetas, sigue siendo la principal imagen del gran escritor español Benito Pérez Galdós.

2.

Galdós se instaló en Madrid en septiembre de 1862. Había nacido el 10 de mayo de 1843 en Las Palmas de Gran Canaria, en una familia de clase media. “Mi patria es Las Palmas”, le confesaba en 1888 a Leopoldo Alas “Clarín”. En la capital de España se matriculó en la Universidad Central, pero aprovechó poco los estudios de Derecho. Paseó mucho por las calles y plazas, frecuentando teatros y cafés, y, como apunta en sus desmemoriadas memorias, “invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias”. La escritura iba a convertirse en su entretenimiento y en su oficio, en su pasión y en su vida.

En Madrid fue testigo de la crisis del reinado isabelino, así como de las agitaciones y esperanzas –convertidas, al final, en decepciones– del Sexenio Democrático. Ambos momentos marcaron profundamente su trayectoria vital y aportaron preciados materiales para su futuro quehacer literario. Colaboró abundantemente en la prensa, escribiendo sobre música, literatura y política. Elaboró numerosas crónicas de Madrid. El diario La Nación, en la órbita del progresismo, acogió entre 1865 y 1868 los trabajos del joven Galdós. Publicó en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa entre 1865 y 1867. En 1869 se ocupó de la vida parlamentaria en el periódico Las Cortes.

Dirigió, más adelante, el diario El Debate, de tendencia liberal moderada y amadeísta, fundado en enero de 1871 por su amigo José Luis Albareda. También escribió en La Ilustración de Madrid, El Correo de España y La Guirnalda. Algunos de sus textos más conocidos vieron la luz, sin embargo, en la prestigiosa Revista de España, entre 1870 y 1873. Publicó artículos sobre política y literatura, además de adelantar fragmentos, más o menos extensos, de futuras novelas. Durante algunos meses, entre febrero de 1872 y noviembre de 1873, fue el director de la revista.

3.

A principios de la década de los años setenta, Galdós dio a la estampa sus primeras novelas: La Fontana de Oro (1870), La sombra (1870) y El audaz (1871). Entre 1873 y 1875 se publicaron los diez volúmenes que conforman la primera serie de los Episodios Nacionales. La inauguraban las novelas Trafalgar y La corte de Carlos IV, para seguir después con ocho títulos ambientados en la guerra contra los franceses: El 19 de marzo y el 2 de mayo, Bailén, Napoleón en Chamartín, Zaragoza, Gerona, Cádiz, Juan Martín el Empecinado y La batalla de los Arapiles.

En esta serie coexisten dos planos que se entrecruzan: la vida y ascenso social de Gabriel Araceli, el protagonista principal, y la historia española entre la batalla de Trafalgar y la derrota de los franceses. Constituye, en fin de cuentas, la gran novela española de la Guerra de la Independencia.

En 1873 escribió cuatro episodios y cinco al año siguiente. Algunos fueron elaborados en solamente dos meses o, incluso, en uno. El ritmo de escritura era endiablado. Y lo siguió siendo a lo largo de su vida, ya fuese con otros episodios, novelas, obras de teatro o artículos. Lo que no significa, en ningún caso, carencia de estilo, dejadez o que los Episodios fuesen piezas menores. Los análisis de los manuscritos galdosianos y de las galeradas evidencian, más bien, lo contrario. Era un novelista cuidadoso y metódico, con voluntad de estilo y una enorme capacidad de trabajo.

La segunda serie de los Episodios, ambientada en los tiempos del reinado absolutista de Fernando VII, empezó a publicarse inmediatamente después de la anterior. El éxito de la empresa animaba a ello. Constaba, asimismo, de diez volúmenes, editados entre 1875 y 1879. Empezaba con El equipaje del rey José y concluía con Un faccioso más y algunos frailes menos. En este último libro figuraba una clara declaración de intenciones: “Quédese, pues, aquí este largo trabajo, sobre cuya última página (a la cual suplico que me sirva de Evangelio) hago juramento de no abusar de la bondad del público, añadiendo más cuartillas a las 10.000 de que constan los Episodios Nacionales. Aquí concluyen definitivamente éstos.”

Ya en agosto de 1880, el crítico Clarín calificaba los Episodios Nacionales como “la novela mejor pensada, más inspirada y de forma más bella de cuantas se han publicado en España en todo el siglo”. Marcelino Menéndez Pelayo, en el discurso de contestación pronunciado ante la Real Academia Española, en el acto de recepción de Pérez Galdós, en febrero de 1897, dedicó algunas palabras a esta magna obra: “Son los Episodios Nacionales una de las más afortunadas creaciones de la literatura española en nuestro siglo; un éxito sinceramente popular los ha coronado: el lápiz y el buril los han ilustrado a porfía; han penetrado en los hogares más aristocráticos y en los más humildes, en las escuelas y en los talleres; han enseñado verdadera historia a muchos que no la sabían; no han hecho daño a nadie, y han dado honesto recreo a todos, y han educado a la juventud en el culto de la patria.”

4.

Paralelamente a la publicación de la segunda serie de los Episodios empezaron a ver la luz las grandes creaciones de Benito Pérez Galdós no pertenecientes a lo que él mismo llamara el género histórico. En 1876 apareció la novela Doña Perfecta, a la que siguieron, en los años siguientes, Gloria, Marianela y La familia de León Roch. En la correspondencia de esta época con Ramón de Mesonero Romanos y José María de Pereda se trasluce claramente el sobreesfuerzo del escritor por avanzar y terminar con todos sus proyectos literarios. En una carta de marzo de 1877 a su buen amigo Pereda se justifica por no poder dedicarle tiempo suficiente: “Se me van los minutos y necesito atraparlos.”

La escritura era una forma de vida. Dedicó los casi dos decenios siguientes a la elaboración de otras novelas y piezas teatrales. Algunas de las grandes creaciones literarias de Pérez Galdós pertenecen a esta época: La desheredada (1881), El amigo Manso (1882), El Doctor Centeno (1883), Tormento (1884), La de Bringas (1884), Lo prohibido (1885), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Miau (1888), La incógnita (1889), Realidad (1889), Ángel Guerra (1891), Tristana (1892), La loca de la casa (1892), La de San Quintín (1894), las cuatro novelas de Torquemada (1889-1895), Nazarín (1895), Halma (1895), Misericordia (1897) y El abuelo (1897). Estas obras contienen todo un mundo.

Escribió regularmente en los periódicos españoles y latinoamericanos. Algunas de sus novelas fueron adaptadas al teatro. El estreno del drama Electra en Madrid, en 1901, dio lugar a notables protestas y enfrentamientos entre sectores clericales y anticlericales. En 1902 estrenó Alma y en los años siguientes vieron la luz las novelas Casandra (1906) –adaptada al teatro y estrenada cuatro años después– y El caballero encantado (1909). En la etapa de entre siglos, Pérez Galdós transitó, en el terreno literario, desde el realismo a un cierto simbolismo.

5.

Razones de índole material, junto a otras más estrictamente literarias, le impulsaron, sin embargo, a retomar la aventura de los Episodios en 1898. El proceso en los tribunales para recuperar la propiedad de sus obras, en el que actuó como abogado Antonio Maura, obligó al escritor a buscar nuevas vías para conseguir beneficios. La necesidad de ingresos suplementarios, junto con la contrastada atracción popular del producto y la ampliación de la distancia entre el tiempo del relato y el de la escritura, explican la reanudación de esta empresa literaria.

Los veinte volúmenes que, en total, conforman la tercera y la cuarta series se publicaron en 1898-1900 y en 1902-1907, respectivamente. El reinado de Isabel II, entre 1833 y 1868, constituye el telón de fondo de estos libros. En los últimos intervino ya, de manera directa, la experiencia personal del autor. El optimismo liberal de la década de 1870 dejaba paso, en estas obras, a una visión mucho más desengañada.

En 1908, finalmente, Pérez Galdós inició la preparación de la quinta y postrera serie, ambientada en la etapa que se abría con la revolución de Septiembre, en 1868. Solamente seis títulos llegaron a las librerías, a un ritmo más pausado que en series anteriores, consecuencia de la edad y los achaques del autor: España sin rey, España trágica, Amadeo I, La Primera República, De Cartago a Sagunto y, editado en 1912, Cánovas. A este último deberían haberle seguido cuatro más, a fin de completar otra serie de diez, pero los problemas de salud del novelista impidieron toda continuidad.

Los cuarenta y seis tomos que salieron de la pluma de Don Benito constituyen un magnífico friso de la España del siglo XIX. El auge europeo e hispánico de la novela histórica, la apuesta por la novela de costumbres –esa gran novela, vinculada al universo de la clase media, que, según el escritor canario, no existía todavía en la España de 1870 y que era capaz de recrear “un mundo de novela”– y, asimismo, el interés por el presente español y el pasado reciente o contemporáneo, a la manera europea de Balzac, Dickens o Tolstoi, se encuentran en la base de la gran empresa comenzada en 1873. Galdós llevó a cabo, como afirmara Azorín, “la obra de revelar España a los españoles”.

6.

Desde un punto de vista ideológico, del liberalismo evolucionó, entrado ya el siglo XX, al republicanismo. El peso del 98 no fue secundario, mostrándose cada vez más crítico con el régimen de la Restauración. Mientras que en la década de 1880 había sido proclamado diputado por la formación que lideraba Práxedes Mateo-Sagasta, en 1907 formó parte ya de la candidatura republicana por Madrid. Más adelante iba a participar en la Conjunción republicano-socialista. Como diputado en las Cortes españolas, en el siglo XX, fue elegido por Madrid y por Las Palmas de Gran Canaria.

Entre 1907 y 1913 redactó y firmó numerosas cartas, peticiones y manifiestos políticos. Y participó en innumerables reuniones y mítines. Escribía Federico García Lorca que “yo recuerdo con ternura a aquel hombre maravilloso, a aquel maestro del pueblo, don Benito Pérez Galdós, a quien yo vi de niño en los mítines sacar unas cuartillas y leerlas, teniendo como tenía la voz más verdadera y profunda de España.”

Nunca contrajo matrimonio, aunque tuvo relaciones más o menos largas, más o menos intensas con Concepción Morell, Emilia Pardo Bazán, Lorenza Cobian –madre de su hija María– o Teodosia Gandarias. Compaginó su vida madrileña con estancias en Santander, en donde se construyó un chalet que bautizó como San Quintín.

Mientras estaba preparando Amadeo I, como reconocía el novelista en carta de agosto de 1910 a Teodosia Gandarias, “apenas veo lo que escribo”. Desde entonces dictó a su secretario Pablo Nougués todas sus composiciones. Las operaciones en la vista se saldaron con fracasos. A Serafín y Joaquín Álvarez Quintero les decía Pérez Galdós, en junio de 1916: “Yo estoy muy enfermo y casi ciego.” Las dificultades progresivas para andar, los dolores en las piernas, las neuralgias y frecuentes catarros le acompañaron también en aquellos tiempos.

Los problemas de salud no fueron los únicos que le preocupaban en la segunda década del siglo XX. La falta de dinero y la presión de los acreedores constituyen contrariedades recurrentes en su correspondencia personal. La obligada reducción de sus trabajos, junto con una mala gestión y excesiva generosidad, contribuyeron a hacer más acuciante este tema. A título individual y oficial, existieron varias iniciativas para ayudar económicamente a Pérez Galdós. El preciado premio Nobel de literatura, que, además de merecido reconocimiento, hubiera podido darle un buen respiro, nunca llegó. Su candidatura tuvo algunas posibilidades de prosperar entre 1912 y 1917.

Algunas pocas obras acabaron de completar, entre 1912 y su muerte, la extensísima producción literaria galdosiana: una novela breve, La razón de la sinrazón, de 1915; las Memorias de un desmemoriado, en 1916, y, asimismo, las obras de teatro Celia en los infiernos, Alceste, Sor Simona, El tacaño Salomón y Santa Juana de Castilla, estrenadas entre 1913 y 1918.

7.

La última aparición pública del autor de Fortunata y Jacinta y tantas obras inmortales tuvo lugar en la tarde del 19 de enero de 1919. Asistió a la inauguración, en el madrileño Parque del Retiro, de un monumento en su honor, obra de Victorio Macho. A partir de mediados de octubre tuvo que guardar cama definitivamente. Su estado fue empeorando. Todo aquel año constituyó, como le dijera el sobrino del novelista a un amigo de la familia, “un constante apagamiento”.

Falleció en la madrugada del 4 de enero y miles de personas acudieron al día siguiente a su entierro. Fueron unos funerales multitudinarios. El pueblo de Madrid, tantas veces recreado por el novelista de origen canario, pero madrileño de pro, rindió homenaje a un español eminente. Tenía 76 años y dejaba una inmensa y valiosa obra literaria, que lo convierte en el escritor español más importante después de Miguel de Cervantes. Con Benito Pérez Galdós, como apuntara el escritor y político republicano Álvaro de Albornoz en 1943, desde el exilio, “somos los hijos de nuestro tiempo, los hijos de la España del siglo XIX”. ~


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