La era de la indignación | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Emmanuel Peña

La era de la indignación

La esfera pública está cada vez más polarizada. La democracia liberal necesita ajustes para evitar el tribalismo.

¿Qué le está pasando a nuestro país, y a nuestras universidades? A veces parece que todo se desmorona. Para entenderlo, me ha resultado útil pensar en una idea de la cosmología llamada “el universo bien ajustado”. Hay unas veinte constantes fundamentales en la física: cosas como la velocidad de la luz, la constante gravitacional de Newton y la carga de un electrón. En el extraño mundo de la cosmología, son constantes en nuestro universo, pero se piensa que algunas de ellas podrían tener diferentes valores en otros universos. A medida que los físicos empezaron a entender nuestro universo, se dieron cuenta de que muchas de esas constantes parecen colocadas en la manera específica que permite que la materia se condense y que la vida aparezca.

En el caso de algunas de esas constantes, si solo hubieran sido uno o dos por ciento más elevadas, la materia nunca se habría condensado tras el Big Bang. En palabras de Stephen Hawking, “lo destacable es que los valores de esos números parecen haberse ajustado muy bien para hacer posible el desarrollo de la vida”.

Algunos han sugerido que este ajuste puede ser una prueba de la existencia de Dios. Esta sería una concepción deísta, como la que tenían Thomas Jefferson, James Madison y la mayor parte de los padres fundadores: un Dios que montó el universo como un reloj gigante, con los muelles y engranajes perfectamente adecuados, y luego lo puso en marcha. Yo no considero que este ajuste sea una prueba de la existencia divina. Solo lo utilizo para empezar esta conferencia. Quiero atraer la atención de todos ustedes hacia el cosmos y ponerlos en un marco mental que exprese asombro ante lo improbable que es que existan. Y si lo consigo, me gustaría que tomen el mismo marco mental y lo aplicaran a la existencia de nuestro improbable país.

Me gustaría que pensaran en una idea que llamaré “la democracia liberal bien ajustada”. Empieza remontándose un millón de generaciones, siguiendo el rastro de nuestros antepasados, desde los monos que vivían en los árboles hasta los que vivían en la tierra, pasando por los monos que caminaban erguidos, con las manos libres para manejar herramientas, hasta los homínidos con cerebros más grandes y finalmente hasta el Homo sapiens, una especie que pintaba las paredes de sus cuevas y se pintaba la cara y bailaba en torno a hogueras y adoraba a dioses, y cuyos miembros se asesinaban entre sí en grandes cantidades.

Cuando pensamos en la forma en que vivían nuestros antepasados, no hay otra manera de verlo: somos primates tribales. Estamos diseñados y adaptados por la evolución para vivir en sociedades pequeñas con religiones intensas y animistas y violentos conflictos intergrupales por el territorio. El tribalismo está en nuestros corazones y en nuestras mentes. Nunca nos lo quitaremos por completo, pero podemos minimizar sus efectos porque somos una especie de comportamiento flexible. Podemos vivir de muchas maneras diferentes, desde grupos igualitarios de cazadores-recolectores compuestos de medio centenar de personas a jerarquías feudales que unen a millones. En los últimos dos siglos, por ejemplo, muchos hemos vivido en grandes democracias, multiétnicas y laicas. De modo que es claramente posible. Pero, ¿cuánto margen de error tenemos en esas sociedades?

Esta es la hipótesis de la democracia liberal ajustada: como primates tribales, los seres humanos no están preparados para vivir en democracias laicas grandes y diversas, a menos que consigan ajustar unas condiciones que hagan posible el desarrollo de una vida política estable. Eso parece ser lo que pensaban los padres fundadores. Jefferson, Madison y el resto de aquellos deístas del siglo XVIII creían que diseñar una constitución era como diseñar un reloj gigante, un reloj que podía funcionar para siempre si elegían los muelles y engranajes correctos.

Afortunadamente, nuestros fundadores eran buenos psicólogos. Sabían que no somos ángeles sino criaturas tribales. Como escribió Madison en El Federalista número 10: “las causas latentes de la facción están así sembradas en la naturaleza humana”. Nuestros fundadores eran también buenos historiadores; estaban conscientes de la convicción platónica de que la democracia es la segunda peor forma de gobierno, porque de manera inevitable decae en la tiranía. Madison escribió en aquel mismo ensayo sobre democracias puras o directas que, según él, se consumen con rapidez debido a las pasiones de la mayoría: : “esas democracias han sido siempre espectáculos de turbulencia y disputas […] y por lo general su vida ha sido tan breve como violenta su muerte”.

¿Y qué hicieron entonces los fundadores? Construyeron salvaguardas contra el faccionalismo fugitivo, como la división de poderes en tres ramas y una elaborada serie de pesos y contrapesos. Sabían además que debían instruir a las futuras generaciones de relojeros. Estaban creando un nuevo tipo de república, lo que exigiría mucha más madurez por parte de sus ciudadanos de la que se necesitaba en países gobernados por un rey u otro Leviatán.

Estas son unas palabras que el experto en educación E. D. Hirsch publicó en el libro The making of Americans, acerca de la fundación de nuestro país:

La historia del odio tribal y racial es la historia y la prehistoria de la humanidad [...] El experimento estadounidense, que ahora nos parece tan natural, es un objeto totalmente artificial diseñado para compensar los impulsos naturales de las sospechas y los odios grupales [...] Esta construcción vasta, artificial, transtribal es lo que nuestros fundadores querían conseguir. Y entendían que solo se podía obtener a través de una educación inteligente.

En 1789 Thomas Jefferson escribió que “allá donde el pueblo esté bien informado se le puede confiar su propio gobierno”; sostuvo esa afirmación fundando la Universidad de Virginia, sobre la que escribió, en 1820: “Esta institución se basará en la libertad ilimitada de la mente humana. Porque aquí no tememos seguir la verdad a donde pueda llevarnos, ni tolerar ningún error mientras la razón siga libre para combatirlo.”

¿Qué tal lo estamos haciendo como herederos del reloj? ¿Lo estamos cuidando bien? Si Madison visitara hoy Washington, D. C., vería que nuestro gobierno está dividido en dos facciones que todo lo consumen y que atraviesan cada una de las tres ramas, sin que ninguna de ellas realice su función original.

¿Y qué tal estamos formando a los relojeros? ¿Qué diría Jefferson si se diera una vuelta por las universidades más prestigiosas en 2017? ¿Qué pensaría de los espacios seguros, las microagresiones, las advertencias por contenido ofensivo, los equipos de respuesta ante prejuicios y el clima de temor, intimidación y conflicto que ahora son tan prevalentes en los campus? Pero antes, preguntémonos: ¿cómo hemos podido hacerlo tan mal?

*

Estudio la polarización política desde el 2007. Datos de la casa encuestadora Gallup y el Centro de Inves-tigación Pew muestran una continua polarización ascendente desde los años noventa, tanto si le preguntas a la gente cuánto le desagrada el otro lado como si le preguntas hasta qué punto cree que el bando contrario es una amenaza para el país o lo mal que le caería que su hijo se casara con alguien de la facción opuesta.

¿Por qué nos odiamos y tememos mucho más que a principios de los años noventa? El politólogo Sam Abrams y yo escribimos, al respecto, un ensayo en 2015, en el que señalamos diez causas. No las describiré todas, pero daré una idea central, otra metáfora de la física: atentos al equilibrio entre fuerzas centrífugas y centrípetas. Imaginen a tres niños que hacen una cadena humana con los brazos, y uno de ellos agarra con la mano libre un poste que está en el centro. Comienzan a correr en círculo, alrededor del poste, cada vez más deprisa. La fuerza centrífuga aumenta –la que tira hacia afuera mientras el centrifugador acelera–. Pero, al mismo tiempo, los niños se agarran con más fuerza. Al final la fuerza centrífuga excede a la centrípeta y sus manos se separan. La cadena se rompe. Esto, creo, es lo que le está pasando a nuestro país. Comentaré de forma breve cinco de las tendencias que Abrams y yo identificamos; todas ellas se pueden ver como fuerzas centrífugas que crecen o fuerzas centrípetas que se debilitan.

Enemigos externos. Combatir y vencer en dos guerras mundiales, a las que siguió la Guerra Fría, tuvo un enorme efecto unificador. La Guerra de Vietnam fue diferente pero, en general, la guerra es la mayor fuerza centrípeta conocida. Desde 1989 no hemos tenido un enemigo común que nos ayude a edificarnos.

Los medios. En los primeros días de la república, los periódicos eran partidistas y a menudo bastante desagradables. Pero con la llegada de la televisión a mediados del siglo xx, la Unión Americana vivió algo inusual: los medios como una gigantesca fuerza centrípeta. Los estadounidenses obtenían buena parte de sus noticias de tres emisoras televisivas, que estaban reguladas y debían mostrar un equilibrio político. Eso empezó a cambiar en los años ochenta con la llegada de la televisión por cable y el narrowcasting (o retransmisión selectiva), a los que siguieron el internet en los años noventa y las redes sociales en el 2000. Ahora nos ahogamos en historias de indignación, de altísima calidad, a menudo apoyadas por videoclips estremecedores. Las redes sociales se revelan como gigantescas fuerzas centrífugas.

Inmigración y diversidad. Esto es complicado y políticamente arriesgado. Seré claro: creo que la inmigración y la diversidad son dos cosas buenas en términos generales. Los economistas parecen coincidir en que la inmigración produce grandes beneficios. El completo dominio de Estados Unidos en los premios Nobel, en la música y en las artes, y ahora también en el sector de la tecnología, no se habría producido si no hubiéramos estado abiertos a la inmigración. Pero, como psicólogo social, debo señalar que la inmigración y la diversidad tienen muchos efectos sociológicos, algunos de los cuales son negativos. El principal de ellos es que reducen el capital social: los vínculos de confianza que existen entre los individuos. El politólogo Robert Putnam lo descubrió en un estudio titulado “E pluribus unum”, en el que analizó los datos hasta llegar a una conclusión que claramente no lo hizo feliz: “A corto plazo, la inmigración y la diversidad étnica tienden a reducir la solidaridad y el capital social. Nuevas investigaciones en Estados Unidos sugieren que en barrios étnicamente diversos los residentes de todas las razas tienden a ‘encerrarse’. La confianza (incluso con alguien de tu misma raza) es más baja, el altruismo y la cooperación comunitaria menos frecuentes, los amigos más escasos.”

En resumen, a pesar de sus otros beneficios, la diversidad es una fuerza centrífuga, algo de lo que los fundadores estaban muy conscientes. En El Federalista número 2, John Jay escribió que se debía considerar una bendición que Estados Unidos tuviera “un pueblo unido, un pueblo que desciende de los mismos antepasados, la misma lengua, que profesa la misma religión”. Repito que la diversidad tiene también muchos efectos positivos, y agradezco que Estados Unidos acogiera a mis abuelos de Rusia y Polonia y a los padres de mi mujer, que son coreanos. Pero los descubrimientos de Putnam dejan claro que quienes quieren más diversidad deben estar todavía más atentos a la tarea de potenciar las fuerzas centrípetas.

Las dos causas finales que quiero mencionar son las que probablemente produzcan más desacuerdos, porque en ellas culpo a dos partidos, a dos bandos concretos. Son los republicanos en Washington y la izquierda en el campus. Ambos han intensificado las fuerzas centrífugas que ahora nos separan.

Un Partido Republicano más radical. Cuando los demócratas dominaban la Cámara de Representantes, como ocurrió durante casi seis décadas enteras, no trataron a la minoría republicana particularmente bien. Así que puedo entender el deseo de venganza de Newt Gingrich cuando se volvió presidente del poder legislativo en 1995. Pero muchos de los cambios que realizó polarizaron el Congreso, dificultaron la cooperación entre los dos partidos y nos llevaron a una nueva era de indignación y conflicto en Washington. Como psicólogo social, hay un cambio que me parece especialmente notable: Gingrich modificó el calendario para que todo el trabajo se hiciera de martes a jueves, y alentó a los nuevos congresistas para que no se mudaran a Washington. No quería que desarrollaran amistades personales con los demócratas. No quería que sus parejas estuvieran en las mismas organizaciones de caridad. Las relaciones personales entre los legisladores y sus familias habían sido desde hacía mucho una enorme fuerza centrípeta. Gingrich la debilitó de manera deliberada.

Y todo esto ocurrió durante el ascenso de Fox News. Muchos politólogos han señalado que este canal de noticias y el ecosistema mediático de la derecha tuvieron un efecto sobre el Partido Republicano que no se parece a nada de lo que ocurría en la izquierda. Fox News recompensa las declaraciones extremas, las fanfarronadas, la indignación. Mucha gente señalará que en general los medios se inclinan a la izquierda, y que los demócratas también hicieron cosas que polarizaron. De acuerdo. Pero está claro que Gingrich se propuso crear un Congreso más partidista, basado en reglas de suma cero, y lo logró. Esta cultura más combativa se filtró al Senado y al resto del Partido Republicano.

La nueva política de identidad de la izquierda. El periodista y estudioso de la gobernanza Jonathan Rauch ofrece una definición sencilla de la política de la identidad: “una movilización política organizada en torno a características de grupo como raza, género y sexualidad, en vez de partidos, ideologías o intereses pecuniarios”. Rauch añade: “En Estados Unidos, este tipo de movilización no es nueva, inusual, poco estadounidense, nefanda o particularmente izquierdista.” Esta definición nos facilita identificar dos tipos de políticas de la identidad: la buena es la que, a la larga, es una fuerza centrípeta. La mala es la que, a la larga, es una fuerza centrífuga.

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La injusticia es centrífuga. Destruye la confianza y causa una ira ansiosa de justicia. El racismo institucionalizado injerta la injusticia en el sistema y siembra las semillas de una explosión final. Cuando la esclavitud se introdujo en la Constitución, nos preparó para la mayor explosión de nuestra historia. Era una explosión necesaria, pero no gestionamos bien el proceso de sanación en la era de la Reconstrucción. Cuando el sistema Jim Crow –que consagraba la segregación– se introdujo en las leyes del Sur, condujo a otro periodo de explosiones necesarias, en la década de los sesenta.

La lucha por los derechos civiles era una política de la identidad, pero también un esfuerzo para arreglar un error, para hacernos mejores y más fuertes como país. La retórica de Martin Luther King dejaba claro que la suya era una campaña para crear condiciones que permitieran la reconciliación nacional, y recurría a los recursos morales de la religión civil estadounidense para activar nuestra identidad y valores compartidos: “Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las grandiosas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaban una nota de promesa.” Y: “Todavía tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño americano. Tengo el sueño de que un día este país se levante y esté a la altura del verdadero significado de su credo: ‘Creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’.”

Por supuesto, algunos creían que el movimiento de los derechos civiles era divisivo o centrífugo. Pero el discurso de King es uno de los más famosos de la historia de Estados Unidos precisamente porque presentó nuestro mayor fracaso moral como una oportunidad de redención centrípeta. Eso es lo que llamo el buen tipo de política de la identidad.

Contrastemos la política de la identidad de King con la versión que se enseña hoy en las universidades. Hay una nueva variante que se ha colado en la academia en los últimos cinco años. Se llama interseccionalidad. El término y el concepto se presentaron en un ensayo que escribió en 1989 Kimberlé Crenshaw, profesora de derecho en la Universidad de California en Los Ángeles, quien expresó la idea muy razonable de que la experiencia de una mujer negra en Estados Unidos no es la suma de la experiencia negra y la experiencia femenina. Analizó, al respecto, un caso legal en el que las mujeres negras eran víctimas de discriminación en General Motors, aunque la compañía mostró que contrataba a muchos negros (en trabajos fabriles dominados por hombres) y a muchas mujeres (en trabajos de oficina dominados por blancos). Pese a que la compañía no fue declarada culpable de discriminar a los negros o las mujeres, lo cierto es que apenas contrataba a mujeres negras. Es un argumento excelente. ¿Qué académico podría oponerse a la afirmación de que, al analizar un sistema complejo, debemos observar los efectos de la interacción y no solo los efectos principales?

Pero, ¿qué pasa cuando los jóvenes estudian la interseccionalidad? En algunas licenciaturas, el tema está entretejido en muchos de sus cursos. Los estudiantes memorizan diagramas que muestran matrices de privilegio y opresión. No solo se trata de que el privilegio blanco cause la opresión negra, y que el privilegio masculino cause la opresión femenina; también son los heterosexuales frente a la comunidad LGBTQ, las personas sin y con discapacidad, jóvenes frente a viejos, atractivos frente a quienes no lo son e incluso fértiles frente a infértiles. Cualquier cosa que un grupo tenga que sea bueno o válido se considera una especie de privilegio, que produce una forma de opresión entre aquellos que no lo tienen. Algo curioso ocurre cuando te acercas a los jóvenes, cuyas mentes evolucionaron para la guerra tribal y para un pensamiento que divide el mundo en “ellos” y “nosotros”, y llenas esas mentes repletas de dimensiones binarias. Les dices que una parte de cada oposición es buena y la otra mala. Enciendes sus viejos circuitos tribales, preparándolos para la batalla. Para muchos alumnos es emocionante; los inunda de una sensación de significado y propósito.

Y aquí aparece el brillante movimiento estratégico de la interseccionalidad: se dice que todas las dimensiones binarias de la opresión se entrelazan y solapan, que Estados Unidos es una gran matriz de opresión y que sus víctimas no pueden combatir sus batallas por separado. Todas deben unirse para luchar con su enemigo común, el grupo que se sienta en la cima de la pirámide de la opresión: el hombre heterosexual, blanco, cisgénero, sin discapacidad, cristiano o judío o posiblemente ateo. Por eso lo que se percibe como un desaire hacia uno de los grupos de víctimas llama a la protesta de todos los demás. La interseccionalidad es como la OTAN para los activistas de la justicia social.

Esto significa que en cualquier campus en el que florezca la interseccionalidad, el conflicto será eterno, porque ninguna universidad puede eliminar toda la ofensa, todas las microagresiones y todos los malentendidos. Por eso el uso de los escraches, la intimidación e incluso la violencia en respuesta a palabras e ideas es más común en nuestras universidades más progresistas, en las regiones más progresistas del país. Son centros como Yale, Brown y Middlebury en Nueva Inglaterra, y Berkeley, Evergeen y Reed en la Costa Oeste. Pero, ¿son esos los lugares donde la opresión es peor, o solo son los lugares donde esta nueva forma de pensar está más extendida?

Permítanme que les recuerde la visión de la educación que tenían los fundadores, a través de E. D. Hirsch: “El experimento estadounidense [...] es un objeto totalmente artificial diseñado para compensar los impulsos naturales de las sospechas y los odios grupales [...] Esta construcción vasta, artificial, transtribal es lo que nuestros fundadores querían conseguir.” La interseccionalidad busca justo lo contrario: inflamar las sospechas y los odios tribales para estimular la ira y el activismo en los alumnos, a fin de reclutarlos como luchadores para la misión política del profesor. La política de la identidad que se enseña hoy en día en los campus es por completo distinta a la de Martin Luther King. Rechaza Estados Unidos y los valores estadounidenses. No habla de perdón ni de reconciliación. Es una enorme fuerza centrífuga, que ahora se filtra a los institutos, en especial, a los progresistas y privados.

La política de la identidad actual tiene otro rasgo interesante: enseña a los alumnos a pensar de una manera antitética a la educación en artes liberales. Cuando yo estudiaba en Yale en los ochenta, me dieron muchas herramientas para interpretar el mundo. Cuando me gradué, podía pensar las cosas como un utilitario o un kantiano, un freudiano o un conductista, como un informático o un humanista. Me dieron muchas lentes que aplicar a cualquier situación. Pero ahora los alumnos que se gradúan en departamentos que priorizan la justicia social sobre la búsqueda desinteresada de la verdad solo reciben una lente –el poder– y se les dice que la apliquen a todas las situaciones. Todo trata del poder. Cada situación se analiza en términos de la gente mala que actúa para preservar su poder y privilegios en detrimento de la gente buena. Esto no es una educación. Es la inducción a una secta, una religión fundamentalista, una visión paranoica del mundo que separa a las personas y las manda por el camino de la alienación, la ansiedad y la impotencia intelectual.

Así es como un activista queer describió la secta. El ensayo se titula: “‘Todo es problemático’: mi viaje al centro de un oscuro mundo político, y cómo escapé”. El autor identifica cuatro rasgos de la cultura: dogmatismo, pensamiento grupal, una mentalidad de cruzada y antiintelectualismo. Escribe, en lo que resulta más relevante para nuestra exploración del tribalismo: “Pensar así divide el mundo rápidamente entre lo que está dentro del grupo y lo que está fuera: creyentes y paganos, los justos y los que no lo son […] Cada pequeña herejía te aparta del grupo. Cuando formaba parte de este tipo de grupos, todo el mundo opinaba exactamente lo mismo de una variedad sospechosamente grande de asuntos. El desacuerdo interno era infrecuente.”

¿Se puede imaginar una cultura más antitética a la misión de la universidad? ¿Se puede creer que tantas universidades ofrezcan docenas de cursos que promueven esta manera de pensar? Algunas exigen que todos los alumnos escojan un curso de este tipo.

Volvamos a la visión de Jefferson: “Porque aquí no tenemos miedo de seguir la verdad dondequiera que nos lleve, ni de tolerar ningún error mientras la razón siga libre para combatirlo.” Si Jefferson regresara hoy y recorriera nuestras principales universidades, le conmocionarían la cultura del miedo, la prevalencia del error que no es desafiado y los grilletes que se ponen a la razón.

*

Ahora que ya los he deprimido por completo, terminaré con unos rayos de esperanza y unas ideas acerca de lo que se puede hacer. He empezado hablando de la democracia liberal bien ajustada, una hipótesis que plantea que los seres humanos no están preparados para la vida en democracias laicas grandes y diversas, a menos que podamos ajustar bien algunas cosas. Creo que esta hipótesis es cierta, he intentado mostrar que hemos caído en unos escenarios muy malos. Soy pesimista con respecto a nuestro futuro, pero diré con claridad que tengo poca confianza en mi pesimismo. Siempre ha sido un error apostar contra Estados Unidos y probablemente lo es hacerlo ahora. Mis amigos libertarios me recuerdan de forma constante que la gente tiene recursos; cuando los problemas se hacen más severos, la gente se vuelve más inventiva y eso puede estar pasando en este momento. Si necesitan esperanza, solo tienen que pegar esta cita en el espejo del baño: “No podemos demostrar con absoluta certeza que se equivocan quienes nos dicen que la sociedad ha alcanzado un punto decisivo, que nuestros mejores días quedan atrás. Pero lo mismo dijeron todos antes de nosotros, y aparentemente tenían la misma razón […] ¿A partir de qué principio, cuando solo vemos mejoras tras nosotros, no debemos esperar otra cosa que deterioro ante nosotros?”

Esto lo escribió el historiador británico Babington Macaulay en 1830. Probablemente todavía sea cierto. Y si queréis más optimismo, diré por qué creo que las cosas van a empezar a mejorar en los campus universitarios a partir del otoño de 2018: porque, a medida que las cosas están peor en los campus, más gente empieza a resistir y a buscar soluciones. Carol Christ, la nueva rectora de la Universidad de California en Berkeley, se siente claramente mortificada por lo que le ocurrió a la reputación de su centro en la primavera pasada, y ha tomado una posición muy fuerte y pública, diciendo que la universidad apoya la libertad de expresión y pagará para proteger a los conferencistas. Robert Zimmer, rector de la Universidad de Chicago, ha tenido un comportamiento excelente. He hablado con otros rectores que querrían tener una posición pública firme pero todavía piensan que las facciones antiliberales de sus campus son demasiado fuertes. No obstante, si unos cuantos rectores más lo hacen, y las solicitudes a centros como la Universidad de Chicago aumentan este año, creo que veremos cómo se abren las compuertas, quizás el próximo otoño.

Los profesores también empiezan a alzar la voz. En Heterodox Academy empezamos con veinticinco miembros hace dos años; ahora tenemos más de mil cuatrocientos, con un equilibrio entre derecha e izquierda. Tuvimos una gran incorporación de miembros tras la violencia en Middlebury* porque fue el punto de inflexión. La mayoría de los profesores son de izquierdas, pero sobre todo son izquierdistas liberales, no antiliberales. Mi campo –la psicología social–, por ejemplo, es bastante cuerdo. Llevo alertando acerca del desequilibrio político y la ortodoxia desde el 2011 y de momento nada malo me ha pasado. No he caído en el ostracismo. El problema del campus –el intenso antiliberalismo– se concentra en unos cuantos departamentos que están comprometidos con el activismo político. Cuando adviertes quiénes firman las peticiones que denuncian a los profesores por lo que han escrito, o que piden retirar artículos de revistas, se trata sobre todo de profesores de unos siete departamentos de humanidades y estudios de identidad. Pocos profesores se atrevían a afrontar la ira de esta izquierda antiliberal en 2015, pero con cada nueva caza de brujas, cada escrache agresivo, más miembros de la izquierda liberal están dispuestos levantarse y decir: “Ya basta. Esto va contra mis valores.”

Y, lo que resulta más importante, algunos alumnos empiezan a hacerlo también. En Reed College, uno de los centros más políticamente ortodoxos del país, los activistas de la justicia social protestaron y entorpecieron el primer curso de humanidades durante más de un año. Decían que el curso era un acto de supremacía blanca, porque se centraba en autores blancos muertos. Decían que traumatizaba a los alumnos que no eran blancos. Llevaban al aula cada día sus pancartas y cánticos, y dificultaban que los profesores enseñaran o los alumnos aprendieran. Muchos alumnos y profesores de Reed tenían objeciones a ello, pero nadie se atrevía a decirlas de manera pública, por temor a que los llamaran racistas. Finalmente, en el otoño, varios estudiantes asiáticos se levantaron, criticaron a los manifestantes y les pidieron que dejaran de meterse en su educación. En cuanto esos alumnos plantaron cara, el apoyo a los manifestantes se desplomó. Mucha gente los había seguido por miedo, no por convicción.

En Heterodox Academy seguimos estas tendencias muy de cerca, y presentamos ideas y herramientas que ayuden a la gente a defender la diversidad de puntos de vista y la investigación abierta. Hemos creado una guía universitaria para conducir a los solicitantes a los centros que ofrecen más diversidad de puntos de vista. Hemos creado un estudio en línea que los departamentos universitarios pueden utilizar para evaluar el nivel de ortodoxia y miedo en el campus, o en cualquier aula. Y, lo que es más importante, hemos creado la aplicación Open Mind, una app que enseña a los alumnos el valor de la diversidad de opinión y luego les ayuda a entrar en contacto con gente que no comparte sus valores. Tenemos muchas más iniciativas planeadas para el 2018.

También quiero llamar la atención sobre otra persona que igualmente busca una solución: Lenore Skenazy lleva tiempo alertando sobre lo que ocurre a los jóvenes cuando los criamos como ganado, protegiéndolos de todo, daños emocionales incluidos. La respuesta: esperan que la universidad sea un espacio seguro gigantesco, y que siempre haya un adulto designado para resolver sus conflictos. Lenore tiene muchas ideas sobre cómo devolverles la infancia a los niños, para darles el tiempo sin supervisión que necesitan para volverse adultos autónomos, capaces de supervisarse a sí mismos. Con dinero de Daniel Schuchman ha fundado un organismo sin ánimo de lucro llamado Let Grow. Yo estoy en la junta, como Peter Gray, de Boston College. Una de las razones por las que es tan importante, y por la que lo menciono ahora, es que el juego libre sin supervisión es crucial para el desarrollo de la ciudadanía democrática. Quiero leerles unas frases de uno de los artículos de Gray sobre la importancia del juego libre y sin supervisar:

Para jugar con otra persona, debes prestar atención a las necesidades de la otra persona y no solo a las tuyas, o la otra persona dejará el juego. Debes superar el narcisismo. Debes aprender a negociar formas que respeten las ideas de la otra persona y no solo las tuyas. [A continuación Gray describe cómo los niños aprenden las reglas, cuando los adultos no están presentes.] De este modo asimilan que las reglas no caen del cielo, sino que son inventos humanos que hacen la vida más divertida y justa. Es una lección importante; es una piedra angular de la democracia.

Así que, por favor, no pierdan la esperanza. Sientan, en cambio, la alarma: la situación es preocupante de verdad. Pero la mayoría de los ciudadanos son gente decente y reflexiva que no quiere abandonar su país o sus universidades. Hay muchas cosas que podemos hacer para reducir el tribalismo, fortalecer a nuestros hijos y reparar nuestras universidades. Nosotros –la gente del baby boom y de la Generación x que llena esta sala– hemos dejado el reloj hecho un desastre; la izquierda y la derecha, los republicanos y los demócratas. Pero podemos arreglarlo si conseguimos unirnos, si admitimos que metimos la pata y cambiamos lo que les estamos haciendo a los niños y a los alumnos universitarios. Quizá podamos educar a una generación de jóvenes a quienes les importe el reloj. ~

 

Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Este texto es una versión editada de una

conferencia impartida en el Manhattan Institute

y se publicó originalmente en City Journal.

 

 

* Un grupo de estudiantes impidió que Charles Murray, autor del libro The bell curve, hablara en público en la universidad, acusándolo de racismo y clasismo. Murray dio la conferencia a puerta cerrada. La situación se volvió violenta y una profesora resultó herida. El incidente en la Universidad de Berkeley, mencionado con anterioridad, fue muy parecido: agresivas protestas llevaron a la cancelación de una charla de Milo Yiannopoulos, editor de Breitbart.


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