Judith Shklar, la pasión de la distancia | Letras Libres
artículo no publicado

Judith Shklar, la pasión de la distancia

Judith Shklar desempeñó un papel central en la revitalización del pensamiento liberal en la segunda mitad del siglo XX.

La obra de Judith Shklar (Riga, Letonia, 1928-Boston, Estados Unidos, 1992) bastaría por sí sola para incluirla sin pestañear en el elenco de las mejores contribuciones a la teoría política del siglo XX. Pero sucede, además, que fue una mujer notabilísima: se desempeñó como la primera catedrática del Departamento de Ciencia Política de Harvard y posteriormente fue la primera presidenta de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política. Siempre se resistió, no obstante, a ser valorada por el mérito de representar “la primera mujer” en hacer esto o aquello, sobre la base de que lisonjear a una mujer capaz como si fuera algo excepcional no es hacerle un favor sino expresar la incapacidad de reconocer que una mujer preparada no es ningún milagro. A pesar de todo, su extraordinario carácter y la férrea solidez de su trabajo teórico hacen de ella un referente para el pensamiento hecho por mujeres, que tan necesaria restitución está teniendo hoy día. Precisamente por haber sido poco conocida por el gran público en español tiene todo el sentido del mundo empezar a hablar más y mejor sobre ella, por su relieve personal pero también, y sobre todo, por la agudeza de sus reflexiones para comprender importantes retos políticos actuales, como la capacidad de respuesta institucional al malestar social o los desafíos autocráticos a la democracia liberal.

En relación con su temperamento intelectual, disponemos de una fuente de primera mano en el texto autobiográfico “A life of learning”,

 J. Shklar, “A life of learning” en Bernard Yack (ed.), Liberalism without illusions. Essays on liberal theory and the political vision of Judith N. Shklar, Chicago, University of Chicago Press, 1996.

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 de gran valor informativo si tenemos en cuenta que su opinión usual sobre este tipo de escritos era que estaba demasiado ocupada como para pensar sobre ella misma. Cuando por fin aceptó hacerlo, como es inevitable en un libro homenaje, inició su texto con una autodefinición muy expresiva: “Siempre he sido un ratón de biblioteca.” Que eligiera ese comienzo es entrañable y exacto, pues define desde luego su estilo filosófico y docente, en el que prima el uso de una excepcional erudición al servicio de una creatividad desbordante. Shklar leía (y hacía leer a sus estudiantes) a autores como Cicerón, Montaigne, Rousseau, Montesquieu o Hegel, por citar algunos de los grandes con los que se medía, como solo pueden leer quienes dominan el arte de la lectura reconstructiva, esto es, a contrapelo de las tradiciones e interpretaciones ortodoxas, haciéndolos revivir en el tiempo presente bajo la perspectiva de una pregunta certera dirigida a ellos (qué es una injusticia, qué razones hay para la obediencia, qué vicios son tolerables e intolerables en la vida pública...) y desvelando así en estos autores significaciones inesperadas, de una enorme relevancia práctica. La aproximación que defendía en sus clases era la de enseñar a estos autores “como si fuera un precioso regalo que das a cada nueva generación de estudiantes, con la voluntad de releerlos una y otra vez, porque en cada lectura se revelan nuevas posibilidades, nuevas percepciones e ideas inesperadas”.

Esa capacidad de ser original y de traer clásicos al presente convirtiendo el conocimiento histórico en actualidad es lo que determina en gran medida el atractivo y utilidad que sigue teniendo hoy para nosotros el pensamiento de esta autora. Como señalaba hace ya casi veinticinco años Bernard Yack, uno de sus más notables discípulos, Judith Shklar desempeñó un papel central en la revitalización del pensamiento liberal en la segunda mitad del siglo XX, en un momento en el que “nuevas circunstancias políticas estaban desafiando a los teóricos liberales a la hora de pensar creativamente sobre un conjunto de problemas asociados con la identidad, el pluralismo y la comunidad nacional que sus predecesores ignoraron o dieron por sentado”.

B. Yack, ibid., p. IX.

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 Hoy, transcurridas más de dos décadas desde que Yack la situara en el centro de esos debates sobre los que aún estamos girando, Shklar retorna para prestar de nuevo un valioso servicio en el último giro de tuerca del desafío al liberalismo político: la aparición de supuestas “democracias iliberales” que pretenden deshacerse de las instituciones surgidas del impulso político liberal. Lo hace atendiendo a cuatro frentes que definen el conjunto de las preocupaciones que aborda en su trabajo, que paso a caracterizar de un modo necesariamente breve.

En primer lugar, Shklar se ocupa de una perspicaz reflexión sobre psicología político-moral que nos proporciona claves cruciales para orientarnos en el proceloso terreno del papel de las emociones en la vida política contemporánea. Se podría considerar que esta reflexión está imbuida de una extraña y sugerente sensibilidad republicana: importa, y mucho, para la vida pública tomar en consideración cómo es la vida emocional-moral cotidiana de sus ciudadanos. Pero lo que Shklar pretende no es hacer un repertorio de virtudes excepcionales sino de vicios ordinarios que, como la gota que cava la piedra, erosionan diariamente los fundamentos de la convivencia común. Más que en un repertorio de virtudes ejemplares y modelos de comportamiento, la autora penetra con su mirada en los comportamientos inconfesables e inconfesados de cada cual, analizando qué consecuencias públicas pueden tener tales comportamientos poco ejemplares en el plano privado. La originalidad de su enfoque reside en que, para nuestra sorpresa, no todos los vicios resultan disfuncionales para la vida en común: la hipocresía o la misantropía pueden desempeñar un cierto papel en contener los excesos expresivos en el debate público o en la articulación de una saludable fiscalización de la política, especialmente cuando esta se presenta a sí misma como ejemplarmente virtuosa. Como sucede con los venenos y las medicinas, la cuestión estriba en la dosis y en la combinación acertada de los elementos en juego. El libro de Shklar Vicios ordinarios 

 J. Shklar, Ordinary vices, Boston, Belknap Press of Harvard University Press, 1984. Vicios ordinarios, traducción de Juan José Utrilla, Ciudad de México, fce, 1990.
 

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 es ante todo una guía para perplejos: muestra que es posible que haya que tolerar vicios cotidianos para no promover un uso desviado de la virtud pública que podría degenerar en un abuso de poder, pero sin duda hay vicios como el desprecio o la crueldad que destruyen la convivencia. El interesante sujeto moral retratado por Shklar no es de una sola pieza, sino que posee múltiples rasgos de personalidad que pueden jugar o no a favor de una ética pública. Puede haber, de hecho, “buenos liberales con mal carácter”, aguafiestas sistemáticos que en la suspicaz vigilancia de sus derechos hagan un favor a todos vigilando por los de los demás. Conviene no confundir esta posición con un libertarismo, que Shklar consideraría una forma blanda de autoindulgencia. Ser liberal no es gritar “liberticidio” cada dos segundos sino el esforzado aprendizaje de que el mundo moral es intrínsecamente plural y de que “lejos de ser una amoral forma de libertad para todo, el liberalismo es extremadamente difícil y limitante, una práctica demasiado exigente para aquellos que no pueden soportar la contradicción, la complejidad, la diversidad y los riesgos de la libertad”.

 J. Shklar, ibid., p. 5.

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En segundo lugar, en Los rostros de la injusticia

 J. Shklar, Los rostros de la injusticia, traducción de Alicia García Ruiz, Barcelona, Herder, 2010.

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 encontramos una potente teorización del concepto de injusticia, mediante el análisis de las fuentes contemporáneas de ira y protesta y del desafío que supone la extensión por el sistema social de un sentimiento de injusticia frente al cual los enfoques jurídico-políticos tradicionales de la justicia deben dar una respuesta contextual para la que no están bien equipados. La suya es una necesaria reconsideración sobre los límites y alcance del concepto de justicia en la teoría política y moral, que enfatiza las circunstancias prácticas de la injusticia por encima de las condiciones teóricas de la idea de justicia. Frente al alto grado de abstracción que presentan la mayoría de las teorías formales de la justicia, la perspectiva de la autora penetra con inusual sensibilidad en la experiencia práctica ciudadana, acentuando la educación o el entrenamiento de una mirada política capaz de percibir los contextos prácticos de injusticia cotidiana que los instrumentos normativos no logran apreciar.

En tercer lugar, es ya un clásico su breve texto El liberalismo del miedo,

J. Shklar, El liberalismo del miedo, traducción de Alberto Ciria y Ricardo García Pérez, Barcelona, Herder, 2018.

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 en el que acomete una reformulación contemporánea del liberalismo, situando el acento sobre los rasgos más genuinamente políticos del liberalismo frente a una interpretación de tipo economicista y cargada de optimismo histórico. El liberalismo en el que piensa Shklar no es un programa político caracterizado por la idea de progreso sino más bien una estrategia de resistencia. En una época en que la idea de futuro ha entrado definitivamente en crisis, la mirada de Shklar se dirige con acierto hacia los desastres del pasado. A su juicio, solo esta conciencia histórica desengañada permite construir diques de contención frente a las formas más temibles de abuso de poder, que en la época actual se ejercen mediante mecanismos de exclusión política,

La exclusión social, política y económica como fracaso de la ciudadanía considerada de un modo meramente formal es expuesta de modo ejemplar en J. Shklar, American citizenship. The quest for inclusion, Boston, Harvard University Press, 1998.

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 económica y social sostenidos por una violencia cotidiana cuasi institucionalizada. Su liberalismo sin ilusiones es un severo autocorrectivo a la autocomplacencia y la bajada de guardia de los liberalismos más optimistas, ensimismados en el sueño de una época de relativa paz social y desarrollo supuestamente asegurada por el idilio liberal (o matrimonio de conveniencia, en palabras de la autora) con la democracia moderna.

Finalmente, en cuarto lugar, sus últimos años de trabajo, truncados por su temprana muerte, estuvieron ocupados en la fascinante elucidación de los tipos de obediencia y lealtad posibles en los hipercomplejos sistemas políticos contemporáneos, intereses que remata con el estudio de caso de una situación límite en términos de la vinculación entre sujetos y normas: la condición de exilio o desplazamiento forzado, que presiona y desestabiliza todo lo que tradicionalmente asumimos sobre el compromiso normativo asociado a la noción de ciudadanía. El interés de estas cuestiones en el momento actual de auge de nacionalismos excluyentes y de reevaluación de nociones complejas de patriotismo es, sobra decirlo, manifiesto. Resulta también sugerente apreciar cómo en estos ensayos finales, recopilados en inglés este año,

J. Shklar, On political obligation, Samantha Ashenden y Andreas Hess (eds.), New Haven-Londres, Yale University Press, 2019.

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 la autora había comenzado a revisitar en su madurez asuntos que ya había tocado en sus inicios –el espacio de indeterminación entre la jurisprudencia y la teoría política– en el que, a juicio personal, era su libro favorito, Legalism.

 J. Shklar, Legalism. An essay on law, morals and politics, Boston, Harvard University Press, 1964. Reimpreso como Legalism. Law, morals, and political trials, 1986.

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 Nos queda la pregunta de qué habría llegado a desarrollar de este encuentro entre su juventud y madurez de haber podido hacerlo.

Como puede apreciarse, cada uno de estos ejes sería susceptible de ser abordado en términos positivos y propositivos, como de hecho ha sucedido con frecuencia en la historia del pensamiento político. No fue este, sin embargo, ni el talante ni la estrategia de análisis que adoptó Shklar. Inspirada por Montaigne, la pensadora practicó un coherente y sostenido escepticismo: en el sentido etimológico, una toma de distancia crítica que permite el examen y enjuiciamiento, a través de un uso constructivo de la duda. Su distanciamiento no debe ser considerado una falta de compromiso sino como una forma específicamente filosófica del mismo, el compromiso con la verdad. Como sostuvo Spinoza: “A mí esas multitudes no me incitan ni a reír ni a llorar, sino más bien a filosofar y a observar mejor la naturaleza humana. Yo dejo que cada cual viva según su parecer y, quienes así lo deseen, que mueran por su bien, mientras que a mí me sea lícito morir por la verdad.” Shklar no habría sido proclive, desde luego, a morir por idea alguna y menos aún a que nadie lo haga por ninguna de ellas, pero sí es una partidaria convencida del espíritu de distanciamiento crítico, de la observación de la naturaleza humana en el curso de interacciones cotidianas más que de situaciones excepcionales y del compromiso con la veracidad por encima del deseo. A muchos esto les parecerá frío desapasionamiento, pero también puede interpretarse, mucho más acertadamente, como la práctica de una pasión tranquila que, hubiera dicho Hume, es propia de los prudentes: la pasión por la distancia. Si existe tal cosa, Judith Shklar la practicó con maestría. ~


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