José Ángel Valente, el poeta que no está | Letras Libres
artículo no publicado

José Ángel Valente, el poeta que no está

José Ángel Valente

Retrato de grupo con figura ausente. Edición y análisis de la correspondencia entre José Ángel Valente y los poetas españoles de su edad

Edición de Saturnino Valladares

Ourense, Diputación provincial de Ourense, 224 pp.

 

Nos cuesta ver, desde una perspectiva biográfica, a nuestros contemporáneos, por varias razones: falta de distancia histórica, sin duda, a lo que se añade una documentación escasa que solo el tiempo revela, o bien oculta. Para los casos en los que hemos conocido a la persona algo o mucho, las ventajas y dificultades son otras: por un lado podemos dar testimonio de lo que hemos observado o vivido juntos. No es poco. Por el otro, la cercanía no debería hacernos prescindir de una investigación documental adecuada. Marguerite Yourcenar decía que en cierto sentido conocía mejor al emperador Adriano que a su propio padre. Del primero había estudiado toda la documentación existente; de su padre sabía a través de su propia experiencia y poco más. En cierto sentido era una parte del objeto de conocimiento. Pero ¿qué queremos conocer cuando se trata de un artista, de un escritor? ¿Su biografía es su obra? Sí, en la medida en que lo queremos conocer como autor, es decir: una imaginación, un ser que al inventar se inventa. Pero no hay “autor” sin un yo y sus circunstancias, sea Juan de la Cruz, Victor Hugo o Kafka. ¿Quién no querría saber realmente de Shakespeare o de ese Homero del que nada sabemos ni podremos saber?

Me he acercado a este volumen de cartas de José Ángel Valente (Orense, 1929 - Ginebra, 2000) a poetas más o menos de su generación (también las recibidas por él) con la curiosidad de querer saber de la persona que fue el gran poeta gallego. Los corresponsales son Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Francisco Brines, Gabino-Alejandro Carriedo, Ángel Crespo, Eladio Cabañero, Enrique Badosa, Clara Janés y Antonio Gamoneda. Todas las correspondencias están incompletas. Estas cartas y las anotaciones de Saturnino Valladares nos ayudan a comprender muchas de las iniciativas literarias, problemas de poética y de teoría que se plantearon en esos años que van de 1950 a la aparición de los llamados novísimos (1970), no tanto por la importancia de aquellos poetas, de los cuales, como tales, apenas descollaron dos o tres, como por lo que simbolizaron como ruptura con la poesía social y, sobre todo, de los cánones de la idea de cultura.

Aunque participó en alguna aventura editorial vinculada con algunos de los llamados poetas del cincuenta, es sabido que Valente se deslindó de ellos. De él es la aclaración de que se consideraría retratado en ese grupo si el retrato se llamase “Retrato de grupo con figura ausente”. Se incide en esta idea al titular su diario, de edición póstuma por Sánchez Robayna, Diario anónimo. Este ausente hizo estudios de derecho y se licenció en filología románica. Se casó en primeras nupcias con Emilia Palomo, que había sido novia del también poeta Carlos Edmundo de Ory. Mayor que Valente cinco años, tuvo con ella cuatro hijos, uno de los cuales, una niña, murió con seis meses. Instalado en Madrid, Valente ejerció la crítica literaria de manera asidua en Cuadernos Hispanoamericanos e Ínsula hasta que en 1955 logró un puesto de lector en Oxford, radicándose en Ginebra a partir de 1958, donde trabajó para la oms, y en París desde 1982, como traductor de la Unesco. Si se piensa que no volvería a residir en España hasta el final de su vida, su ausencia abarca algo más que la que tuvo en su grupo generacional. Pero lo cierto es que no dejó de tener lazos con los escritores y editores españoles y, salvo algún libro editado en México, sus obras fueron apareciendo en la península. Como casi todos los poetas de aquel tiempo, tuvo una cierta militancia marxista, que poco a poco se iría debilitando hasta convertirse en crítica de toda dictadura, fuera de derecha o izquierda. En 1971, la publicación del cuento “El uniforme del general” le cuesta un auto de procesamiento y consejo de guerra, no pudiendo volver a España hasta después de la muerte de Franco. En 1974 inicia una relación con Coral Gutiérrez, con quien, tras un divorcio complejo, del que dejó (tanto de este como de su enamoramiento) un admirable testimonio en el libro póstumo Palace de Justice, se casaría en 1984. Al final de su vida compró una casa en Almería, lugar que compartiría con París y Ginebra, hasta el 18 de julio de 2000, cuando falleció a causa de un cáncer. Vivió 71 años. Su hijo Antonio murió por una sobredosis de droga a los 33 años. A él le dedicó uno de sus poemarios mejores, a un tiempo bello y terrible: No amanece el cantor.

Hay tres niveles de contactos en esta correspondencia, que pueden darse en la misma persona: la amistad, la afinidad poética y la intendencia de edición y estrategias literarias. Algo que me sorprende son las pocas cartas de exposición teórica o confesionales en el orden literario. Sin duda tenía afinidad, tanto por formación como por inclinaciones (nunca completas), con Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y Claudio Rodríguez, también con Caballero Bonald, aunque la voz poética más definitiva del escritor jerezano se da, creo, tardíamente, a partir de mediados de los setenta. Con todos ellos comparte, se exprese o no en estas cartas, la preocupación por el lenguaje y una visión crítica de la tradición. En todos ellos hay una toma de postura ante la idea de la poesía como comunicación, sugerida por Aleixandre y teorizada con denuedo por Carlos Bousoño. De todos sus corresponsales, quien le reconoce tempranamente, y con generosidad, su voz privilegiada, es Caballero Bonald. También lo dice del joven Claudio Rodríguez, y no se equivocó. Hoy es fácil verlo. Con Caballero Bonald estuvo en La Habana (1967), donde conoció a José Lezama Lima, sin duda el poeta (en cuanto a universo) en lengua española de su tiempo con quien más afinidad tuvo y a quien admiró sin reservas, algo excepcional en Valente. La otra afinidad fue con una pensadora: María Zambrano.

Valente tuvo admiración por Juan Goytisolo, y le fue siempre doblemente correspondida. Hay alusiones al novelista recientemente fallecido en la correspondencia con su hermano José Agustín, quizás la más llena de vida y de humor, y rica en noticias familiares, además de valiosa por varias confesiones respecto a la Cuba de Castro: afinidades fundamentales y diferencias con los más ortodoxos. Hay una figura en la penumbra que hace algunas apariciones en estas correspondencias: Vicente Aleixandre. Valente piensa en los poemas de Catulo y dice que, comparados con los del latino, los poemas del sevillano “parecen seres anormales atacados de elefantiasis, picados por algún mosquito que les produjo una extraña hinchazón”. Lentamente distanciados, la correspondencia se interrumpe en 1980. También la amistad. La correspondencia con Carlos Barral ayuda a fijar aspectos relativos a los libros de Valente, pero sorprende lo poco que hablan de literatura, de sus obras. Cuando recibe el volumen de memorias Cuando las horas veloces, solo le dice: “Terrible reino el de la memoria. ¿Nos persigue ella a nosotros? ¿Nosotros a ella?” De las cartas de Valente a Jaime Gil de Biedma no se ha conservado ninguna. Fueron pocas. Compartieron el amor por algunos poetas de lengua española (Cernuda, por ejemplo), francesa e inglesa. Los dos tuvieron una fina cultura literaria y una inteligencia penetrante y algo agresiva en ocasiones. Creo que Valente fue un hombre de cultura más amplia y sus investigaciones fueron más constantes. Sus poéticas, salvo en el uso de la ironía (compartida con Ángel González) fueron disímiles, si no opuestas. A finales de 1959, Gil de Biedma contesta a una “carta seria y extensa” de Valente que no nos ha llegado. Es con el poeta con quien, hasta cierto punto, quiero decir, no durante mucho tiempo, podría haber conversado de poesía con referencias teóricas y lecturas hechas directamente en sus lenguas (inglés y francés, además, claro, del español). El autor de Las palabras del verbo señala aquí varios puntos de sus preocupaciones como poeta: la pertenencia y conciencia de una época, desde el punto de vista de la escritura misma (como en Baudelaire), y la necesidad de la “conversión del yo que habla en personaje”. Y, tras unas comunicaciones de escaso valor, en 1981 le expresa la importancia de las pocas veces que han conversado.

Con Claudio Rodríguez coincide “en una cierta crítica de la teoría comunicativa y favorecemos –le escribe en 1963– una visión más radical de la poesía como conocimiento de la realidad”. A la muerte de Rodríguez, en 1999, Valente le escribe a Clara, su viuda, que “Los duros, a veces absurdos aconteceres de la vida hicieron que poco a poco nuestra comunicación se fuera debilitando. Pero no así la amistad real y profunda con la que en mi pensar os representaba a ambos”. Del resto de las correspondencias, más abundante casi siempre la parte de los corresponsales, poco podemos sacar salvo para enhebrar ausencias en aspectos de edición, puntualidades biográficas de unos u otros, de utilidad para el estudioso pero de escasa lectura literaria. Nos enteramos de las locuras del poeta Luis Feria, verdadero resentido y estrafalario. La colecta se cierra con la exigua correspondencia con Antonio Gamoneda. Los dos confiesan admirarse, observan líneas que se cruzan en sus imaginarios y modos expresivos. Gamoneda es un descubrimiento tardío de nuestra poesía, y Valente está viviendo ya sus últimos años.

Necesitamos una antología de la correspondencia de Valente, que incluya varias de las enviadas a Lezama, o a Paz, con quien nunca dialogó, y con quien se vio una sola vez, creo, en la casa parisina del pintor Juan Soriano. Tal vez entonces veamos mejor al poeta, aunque sospecho que nada de lo que podamos saber de Valente añada mucho a lo que ya sabemos leyendo sus obras. En cierta medida se fue convirtiendo en un ausente, con algunas apariciones algo desabridas. Valente fue desapareciendo desde el comienzo de su tarea literaria para aparecer inventado por su poesía y sus textos en prosa, que cada vez fueron más y más construcción de una poética. La identidad del poeta, única, se funde con su poesía, y se hace tan tangible como elusiva. La del hombre civil que fue Valente se nos disipa en gestos comunes. El parecido es atribuible a una “involuntaria coincidencia”. ~


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