Javier Marías y los pasos envenenados de un matrimonio | Letras Libres
artículo no publicado

Javier Marías y los pasos envenenados de un matrimonio

Javier Marías

Berta Isla

Madrid, Alfaguara, 552 pp.

 

El fantasma es una de las figuras predilectas de Javier Marías. No en vano su película favorita es una de fantasmas, El fantasma y la señora Muir, de Joseph L. Mankiewicz, a la que dedicó uno de sus artículos más memorables, que puede leerse en Donde todo ha sucedido, recopilación de sus escritos cinematográficos. Berta Isla es una novela de amor sin demasiado amor, pero también es una novela de espías y una novela de fantasmas. Pues Tomás Nevinson, el marido espectral de Berta, se ajusta a la definición de fantasma que dio Joyce en el Ulises: “alguien que se ha desvanecido hasta ser impalpable por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres”.

Nevinson empieza a desvanecerse cuando, dado su insólito don para las lenguas y los acentos, es reclutado con malas artes por los Servicios de Inteligencia británicos. Las misiones que le encomiendan, misiones tan secretas que ni siquiera el lector sabrá de ellas, hacen que progresivamente se vaya afantasmando hasta desvanecerse por completo, para reaparecer al cabo de los años, después de haber quemado varias vidas, y regresar junto a su mujer convertido en una sombra irreconocible de sí mismo.

En Berta Isla está la quintaesencia de Marías. Desde los principales escenarios en los que transcurre la novela, Madrid y Oxford, habituales en sus ficciones, a personajes como el profesor Peter Wheeler y el imprevisible e inquietante Bertram Tupra, que a los lectores de Tu rostro mañana les resultarán familiares. Marías no se recrea en la pintura de los escenarios, aunque estos están siempre muy bien escogidos. De hecho, el escenario clave de la novela es un interior: el piso de la calle Pavía donde Berta cuida de sus hijos, recibe a las visitas (alguna tan peligrosa como la de los Kindelán), acoge a algún amante ocasional y espera, sobre todo espera, asomada al balcón, aislada, que aparezca el hombre o el fantasma de su vida. En cambio, Marías sí se recrea en la pintura de los rostros de los personajes, de todos y cada uno de ellos, rostros que pinta minuciosamente, deslizando siempre alguna pincelada irónica y ofreciéndonos en cada retrato un esbozo psicológico del personaje. Hay, incluso, algo de autoparodia en esta novela en la que Marías es más Marías que nunca, una música verbal pletórica de subordinaciones y ritornelos, sin renunciar por ello a audaces giros y contragiros en la trama que mantienen la incertidumbre hasta el final. Con el uso alternativo de la primera persona y la tercera, Marías no solo crea una sofisticada telaraña de perspectivas que arrojan tantas luces como sombras sobre las figuras de Berta y Tomás. También se permite cambiar de ritmo sin brusquedades, oxigenando la narración o acelerándola sin que llegue a apagarse la respiración del relato, con un dominio ejemplar del tiempo narrativo.

Berta Isla oscila, como muchas novelas de Marías, entre la narración y el ensayo. Hay de todo en sus páginas: algo de melodrama, tanto humor (él prefiere llamarlo guasa) como gravedad, bastante historia, no menos filosofía, ciertas dosis de acción, una mirada crítica sobre el signo de los tiempos y mucha poesía. Además del aliento lírico de su escritura, la novela tiene también un sustrato poético, pues la poesía de T. S. Eliot actúa como argamasa de toda la narración. Claro que no es la obra de Eliot el único ingrediente literario que utiliza para la composición de la novela. Porque Berta Isla es una lección sobre el arte de escribir novelas que tiene sus orígenes (orígenes que no oculta Marías, al contrario) en el relato homérico de Penélope y Ulises y en una nouvelle de Balzac, retrato de una sociedad en la que la justicia y el honor han perdido su significado, El coronel Chabert, y en ella comparecen muchos escritores de su órbita: Shakespeare, cómo no, y Dickens, Conrad, Faulkner, Flaubert, Melville, Pombo, Richmal Crompton, Conan Doyle… Solo falta Benet, aunque uno tiene, a ratos, la sensación de estar ante la novela más benetiana de Marías. Por otro lado, podría pensarse que el título remite a grandes novelas del XIX como Anna Karenina o Madame Bovary, pero también podría pensarse que remite a algunas novelas de Nabokov, otro autor de su órbita y aficionado a titular sus novelas con nombres de mujer. Asimismo, las reflexiones literarias son constantes en la novela, reflexiones sobre las causas y efectos de la literatura y sobre las conexiones entre la literatura y la vida. Por ejemplo, el desconcertante Tupra, en su intento de explicarle a Nevinson el papel que desempeñan los espías en la sociedad, los compara con los narradores en tercera persona de las novelas: “El narrador omnisciente es una convención que se acepta, y quien abre una novela no se suele preguntar por qué ni para qué toma la palabra, y no la suelta durante centenares de páginas, esa voz de hombre invisible, esa voz autónoma y exterior que no viene de ningún sitio. Pues nosotros somos algo aproximado, una convención que se acepta.”

Si en Corazón tan blanco Marías indagaba en lo que uno no quiere saber pero sabe, Berta Isla es una meditación sobre lo que uno quiere y no puede saber y lo fácil que “es creer que se sabe y no saber nada”, pues “uno se da cuenta, en la propia vida, de que hay cosas tan irreversibles como una historia ya vista o leída, es decir, ya contada; cosas que nos conducen por un camino del que apenas nos es posible apartarnos o en el que a lo sumo se nos permite improvisar, quizá solo un gesto o un guiño inadvertidos; al que debemos atenernos incluso para intentar escapar, porque sin haberlo querido ya estamos en él y condiciona nuestros movimientos y nuestros envenenados pasos”. En este caso, los pasos envenenados de un matrimonio condenado a un amor fantasmagórico. ~


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