Ingmar Bergman: Los padres justo antes de la boda | Letras Libres
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Ingmar Bergman: Los padres justo antes de la boda

La editorial Fulgencio Pimentel ha recuperado la primera entrega de la trilogía familiar de Bergman, un guion que acabó convirtiéndose en una novela.

Llega un momento en la vida de cualquier persona en el que se pregunta cómo eran sus padres antes de convertirse en sus padres. ¿Quiénes eran? ¿Eran muy diferentes? Sucedía en un cuento de Lucia Berlin, donde una adolescente viajaba de Chile a Estados Unidos haciendo escala en diferentes ciudades y en cada una le recibía una mujer que le mostraba un lado desconocido para ella de su padre. Ingmar Bergman soñó con hacer una película sobre los años jóvenes de sus padres, “sobre los comienzos de su matrimonio, sus esperanzas, sus fracasos y su buena voluntad”. Escribe Bergman: “Miro las fotografías y siento una fuerte atracción hacia esas dos personas que en casi todos los aspectos son tan diferentes de los seres medio esquivos y de míticas dimensiones que dominaron mi niñez y juventud.” Es el prólogo de La buena voluntad. Una novela dramática, que el cineasta, dramaturgo y escritor dedicó a reconstruir esos años jóvenes de sus padres. La editorial Fulgencio Pimentel lo recupera como la primera entrega de la trilogía familiar de Bergman. Empezó como un guion, que dirigió Billie August y se llamó Las mejores intenciones, pero tan lleno de detalles, con los personajes hablando como si fuera teatro –de ahí lo de dramática– que se convirtió por el camino en una novela. Bergman la terminó en la isla de Fårö en 1991: “Fui tocando con cuidado los rostros y los destinos de mis padres y me parece que aprendí mucho de mí mismo.” En esta novela aparecen algunos de sus temas: Dios, la culpa, las pasiones…

El padre de Henrik Bergman muere después de haber roto con su rica familia; Henrik y su madre viven de la caridad de otros familiares mientras él estudia teología y se promete con una mujer algo mayor que él, que trabaja de camarera. El carácter de Henrik queda explicado en su negativa a acudir al lecho de su abuela moribunda para que ella pueda pedirle perdón, a cambio de dinero. Mucho dinero: cancelar préstamos y una pensión para él y otra para su madre. El joven Henrik se niega con dureza: “Mi perdón no lo tendrá nunca. Dígale que la desprecio a causa de mi madre y de mí mismo de la misma manera que lo aborrezco a usted y a la gente de su calaña. Yo nunca seré como usted.”

Anna Åkerblom es “una niña consentida, obstinada, enérgica, afectiva, sensible, extremadamente inteligente, impaciente, melancólica y alegre al mismo tiempo”; según su madre, que cree que “su relación con usted, señor Bergman, va a ser una catástrofe. Es una palabra fuerte, sé que puede parecer exagerado, pero a pesar de ello no tengo más remedio que emplear la catástrofe. Una catástrofe vital. Yo no puedo imaginar una combinación más imposible y aciaga que la de nuestra Anna y usted”. Y a pesar de todo y con la catástrofe en el horizonte, Anna elige a Henrik y Henrik elige a Anna. Este arrebato de sinceridad sucede mientras los brazos de él sirven para que su futura suegra vaya ovillando una madeja.

La primera gran bronca sucede antes de la boda: Anna quiere una boda de verdad, Henrik quiere algo discreto. Ganó Anna. Henrik se ordenó sacerdote y lo mandaron al norte del país, rechazó convertirse en el sacerdote de un hospital después de entrevistarse con la reina, Anna fue reprimiendo todos sus deseos de volver a la vida con la que soñaba, una vida con más actividad social, hasta que no pudo más.

Una de las cosas curiosas de la novela es que incorpora las dudas, advierte de que inventa, avisa de que la fuente es su madre o una carta que encontró. “Hay razones de peso para hojear más deprisa en nuestra narración. Así, se aniquilan dos años, emergen y se sumergen en el río del tiempo, sin dejar apenas huella. Esto no es tampoco una crónica sujeta a estrictas exigencias de dar cuenta de la realidad, esto no es ni siquiera un documento. […] Yo dispongo de noticias fragmentarias, narraciones cortas, episodios aislados, esos son los puntos numerados. Trazo mis líneas con la, tal vez, vana esperanza de que surja un rostro. ¿Tal vez lo que diviso es una verdad sobre mi propia vida? ¿Por qué, si no, me empeño con tanto afán?”, escribe Bergman. En algunos momentos el cineasta advierte de que la novela podría acabar ahí, en caso de que la relación de sus padres hubiera terminado, cosa que estuvo a punto de suceder en varias ocasiones. Pero Bergman decide cerrar el libro poco antes de que él naciera, con los padres reunidos, aunque tal vez distanciados para siempre. Ese fragmento, que el autor llama epílogo, que es “imaginado en su totalidad”, los deja sentados cada uno en su banco, en silencio, sin saber qué decir. ~


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