Identidad: mentiras que unen | Letras Libres
artículo no publicado

Identidad: mentiras que unen

La identidad es uno de los asuntos más debatidos de nuestro tiempo. Se emplea como reivindicación política y condición que determina nuestra forma de ver el mundo. Para algunos, es algo fluido, cambiante y contradictorio; para otros, es el elemento decisivo, innegociable. Algunos, desde la izquierda, consideran que el protagonismo de la política de la identidad es contraproducente: fragmenta el electorado y dificulta la victoria de los partidos progresistas que una vez en el poder podrían defender a las minorías. Para otros, esta lectura es una muestra de falta de interés por los problemas de esos grupos.

The lies that bind. Creed, country, color, class, culture, del filósofo Kwame Anthony Appiah, nace de las Reith Lectures que el autor impartió en la bbc. La traducción del libro al castellano saldrá en Taurus en 2019. Es una aproximación filosófica, pero a veces también autobiográfica. La vida del autor produce una identidad compleja y rica: es ghanés, homosexual, hijo de una inglesa y de un hombre perteneciente a la etnia asante, oriundo de una zona que era parte de la Costa del Oro y ahora de Ghana. Su trayectoria profesional se ha desarrollado en universidades anglosajonas de primera fila, y ha reflexionado sobre conceptos como cosmopolitismo y pertenencia. “Durante buena parte de mi vida, tres rasgos han sido los más importantes cuando conocía a alguien por primera vez: soy un hombre, no soy blanco y hablo lo que se solía denominar el inglés de la reina.”

El tono del libro es calmado, reflexivo, con el aire de una agradable conversación, pero la tesis es contundente: “Estamos viviendo con los legados de maneras de pensar que asumieron su forma moderna en el siglo XIX, y es hora de someterlas a las mejores formas de pensar del XXI.”

La idea central del volumen es una refutación del esencialismo. Las identidades varían a lo largo de la historia; se ven de forma distinta; son en buena medida compuestas. Y dentro de lo que englobamos como una misma identidad existen también muchas diferencias. Nos separan y enfrentan unos a otros, pero también ayudan a cooperar: por eso son las mentiras que unen.

La identidad social permite “clasificar” a un individuo. Las identidades llegan “con etiquetas e ideas sobre por qué y a quién se le deberían aplicar. En segundo lugar, tu identidad da forma a las ideas sobre cómo deberías comportarte; en tercer lugar, afecta a la manera en que otra gente te trata. Finalmente, todas estas dimensiones de identidad son discutibles, siempre pueden debatirse: quién está dentro, cómo son, cómo deberían comportarse y tratarse”.

La identidad permite hacer observaciones genéricas sobre la gente, y las observaciones negativas o inquietantes sobre grupos son más verosímiles. Appiah habla de un círculo vicioso: “Es más probable que esencialicemos grupos sobre los que tenemos ideas negativas; y más probable que tengamos ideas negativas sobre grupos que hemos esencializado.” A esta tendencia al esencialismo se añade una propensión a la tribu: los humanos, por razones evolutivas, tenemos tendencias tribales “y cada uno de nosotros tiene un habitus al que dan forma nuestras variadas identidades”.

Aunque pensamos en la religión como un conjunto de creencias espirituales, es mucho más que eso. Una forma de verlo es que un ateo judío no piensa como un ateo católico. Los seres humanos somos propensos a establecer nuevas comunidades religiosas, y definimos la nuestra por contraste. Un chiste que repite Appiah puede ayudar a entenderlo: un judío naufraga y llega a una isla desierta. Construye durante décadas tres edificios. Cuando lo rescatan, le preguntan qué son: “Esta es mi casa. Esta es la sinagoga a la que voy. Y esta es la sinagoga a la que no voy.”

Las reflexiones sobre las escrituras y sobre el malentendido que supone considerar que son lo central en una religión y que producen interpretaciones fijas son particularmente interesantes: muestran ambigüedades en mandatos acerca de la dieta, del adulterio o de la homosexualidad en distintas tradiciones. Precisamente, la ambigüedad y su posibilidad de generar distintas interpretaciones es lo que permite que sobrevivan. Appiah apunta también a la naturaleza paradójica del fundamentalismo: venera viejos textos, pero es una reacción a la modernidad, que responde a la conciencia de que hay otras religiones, grandes diferencias espirituales –por tanto, a una preocupación por la identidad que se extiende de manera global– y a la alfabetización –que permite el acceso a los textos sagrados sin intermediarios–. El autor se opone al “determinismo escritural”, algo que, explica, impulsan tanto los fundamentalistas islámicos como quienes atacan el islam desde fuera. Muchas prácticas dependen de estructuras institucionales: la Torá prescribe la lapidación para los adúlteros, pero ya no se defiende la imposición. El fundamentalista y el crítico comparten a menudo una visión ahistórica. Todos (fundamentalistas y no fundamentalistas) recibimos la influencia de los antepasados: Appiah defiende pensar en las identidades religiosas en términos de prácticas y comunidades mutables, y no creencias inmutables. Y nosotros no solo heredamos tradiciones; futuros ancestros, también las creamos.

La historia de su padre le sirve para ejemplificar una observación de Renan: “Olvidar y, diría, el error histórico, es un elemento esencial en la creación de una nación.” Las naciones son inventadas y además se reinventan. Renan hablaba del “plebiscito diario”: “lo que nos convierte en un pueblo es un compromiso de gobernar una vida común juntos”, explica Appiah, que señala que la nación supone un desafío formidable para la democracia liberal. Esta depende de un credo cívico potente y delgado al mismo tiempo: “lo bastante potente como para dar sentido a la ciudadanía, lo bastante delgado como para que lo comparta gente con distintas afiliaciones étnicas y religiosas”. “El Estado romántico reúne a sus ciudadanos con un grito conmovedor: ¡Un solo pueblo! El verdadero himno del Estado liberal es: podemos encontrar una solución.” Appiah defiende sus convicciones frente a la ola de nacionalismo que recorre Europa, y niega que debamos aceptar la elección obligatoria entre globalismo y patriotismo. “Las unidades que creamos funcionan mejor cuando afrontamos la compleja realidad de nuestras diferencias.”

Para hablar de la raza, Appiah altera reflexiones generales con la historia de Anton Wilhelm Amo, trasladado desde la Costa de Oro a Ámsterdam a los siete años en 1707, que sería el primer africano negro que se doctoró en filosofía en Europa. Su historia, dice Appiah, no se veía entonces como la vemos ahora: bajo el prisma de la raza. Con los descubrimientos científicos de los siglos XVIII y XIX se extendió una nueva idea de la raza, con tres aspectos decisivos: que la raza explicaba muchos aspectos de los seres humanos individuales; que la naturaleza compartida de una raza era visible en cada uno de sus miembros: expresaba su naturaleza; que una esencia racial que explica nuestra potencialidad física y mental se hereda biológicamente. (Modelos del pensamiento ilustrado incurrían en estas formas de pensar: que alguien fuera negro de la cabeza a los pies era la prueba clara de que era estúpido, según Kant.) Los descubrimientos científicos han refutado estas ideas. Pero antes también argumentos pseudocientíficos se usaron para legitimar el racismo.

En la era contemporánea la raza ha producido una espantosa cantidad de víctimas: desde el primer genocidio del siglo XX, la masacre de los herero y namakua por los alemanes en lo que ahora es Namibia, pasando por el genocidio armenio, el Holocausto o Ruanda en los noventa aunque, como señala, otros crímenes espantosos obedecieron a razones de ideología y religión y no a la raza.

Sobre la clase (que explica de la mano de la biografía del sociólogo Michael Young) Appiah dice que opera de otro modo: si bien tendemos a exagerar las continuidades de religión y nación, en el caso de la clase las continuidades son mucho mayores de lo que normalmente creemos. Presenta numerosas dificultades, como encontrar una definición satisfactoria. Otro de los problemas es aislarla: no podemos medir la clase por los impuestos que pague alguien. No todo se explica por el dinero; pero tampoco por la posición. Está vinculada al estatus, pero también a la riqueza. A veces hay cierta reticencia a emplear el término, se prefiere estatus socioeconómico a clase, pero es “como un niño que esconde las espinacas en una servilleta”. Muestra con cierto detalle elementos de la clase en varias culturas, así como la vida del gran igualitario Michael Young, que al final entró en la aristocracia, explica, porque necesitaba el dinero.

La cultura exige separar entre dos concepciones: una noción más elitista, ejemplificada en Matthew Arnold, que pensaba que era una “búsqueda de nuestra perfección total por el proceso de llegar a conocer, en los asuntos que más nos importan, lo mejor que se ha pensado y dicho en el mundo”, y Edward Burnett Tylor, defensor de una noción antropológica que incluye “el conocimiento, la creencia, moral, ley y costumbre y cualquier otra capacidad y hábitos alcanzados por el hombre como miembro de la sociedad”. La arbitrariedad del referente geográfico de la cultura complica más la interpretación: la cultura occidental sería una idea muy buena, dice Appiah que dicen que dijo Gandhi; pero en todo caso el Occidente del que hablamos cambia según el contexto. No es el mismo el de Kipling que el de la Guerra Fría; ahora podría parecer un eufemismo para blanco. La historia de conflictos (por ejemplo, la invasión musulmana de la Península Ibérica) es decisiva para que se hable de europeos: la primera referencia es de una crónica del 754, escrita en España, que hablando de la batalla de Tours describe la victoria de los Europenses. El objetivo era diferenciarlos de los musulmanes. Estos cristianos, por supuesto, habían heredado muchas ideas de las sociedades paganas precedentes: una idea persistente es la herencia grecorromana, como una especie de pepita de oro, que va pasando de mano en mano. Esta historia, presentada como algo puramente occidental o cristiano, es una falsedad: omite por ejemplo los estudios de la filosofía y la ciencia griega en el mundo musulmán de la Edad Media. Las fronteras, como ocurría con el caso de la nación, eran confusas. El problema, de nuevo, es el esencialismo: las escrituras determinando una naturaleza inmóvil en la religión; la nación unida en el tiempo por la lengua y las costumbres, una unidad racial compartida por todos; la idea de una esencia de una clase. Los objetos y prácticas culturales son móviles, dice Appiah, por eso debemos resistir el término “apropiación cultural” como acusación.

En la última parte de este libro inteligente y sutil, ligero y a la vez lleno de apreciaciones perspicaces, Appiah señala que ha vivido un gran cambio en cuestiones de raza y género, sin las que no habría podido vivir su vida de hombre gay, casado con otro hombre y teniendo una vida pública y privada con él. Que las identidades se escojan libremente es una fantasía liberal, pero estas solo funcionan porque nos exigen cosas y porque los demás, al ver quiénes creemos que somos, también nos piden cosas. Pueden ser opresivas, “errores conceptuales que subrayan errores morales”. Pero también, sostiene, pueden dar contornos a nuestra libertad: es lo que han hecho las luchas de la clase trabajadora, del feminismo o de la comunidad lgbtq. Vemos que nuestras vidas se entienden en escalas pequeñas, pero también a la mayor escala posible. En ese sentido, el impulso cosmopolita que se basa en nuestra humanidad común ya no es un lujo. Se ha convertido en una necesidad, que Appiah relaciona con una vieja frase de Terencio (“un esclavo de África del norte, un intérprete latino de comedias griegas, un escritor de la Europa clásica que se llamaba, como Anton Wilhelm Amo, ‘el africano’”): Soy humano, nada humano me es ajeno. ~


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