Hernán Cortés en su laberinto | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Manuel Monroy

Hernán Cortés en su laberinto

Hombre de acción, pero también lector reflexivo, defensor de una causa de la guerra justa que servía para exculpar la dominación imperial, impulsor de un Estado moderno, Cortés tuvo una vida extraordinaria y laberíntica, y para entenderla debemos situarla en su contexto histórico.

El gran Hernando Cortés, que conquistó la gran México para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese.

Cervantes, El licenciado Vidriera

Señalaba con tino Octavio Paz que “apenas Cortés deje de ser un mito ahistórico y se convierta en lo que es realmente –un personaje histórico–, los mexicanos podrán verse a sí mismos con una mirada más clara, generosa y serena”.

El laberinto de la soledad, Ciudad de México, Cuadernos Americanos, 1950; ed. Enrico Santí, Madrid, Cátedra, 2015, p. 251.

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 Ese deseo de que el controvertido Cortés (1485-1547) forme parte de la historia de México implica que se le juzgue con los parámetros y mentalidad de su tiempo, pues aunque “es un tejido contradictorio de bienes y males, de actos justos e injustos, de grandezas y miserias, de valentía y de crueldad, de noblezas y crímenes”, fue también un guerrero y estadista excepcional que “hizo levantar la ciudad española más ambiciosa de su tiempo, y en el territorio que llamó Nueva España sentó las bases para su organización política, y para la implantación de la lengua, la religión y las costumbres, así como de la agricultura, la ganadería y la industria española”.

Son palabras de su mejor biógrafo, José Luis Martínez, en Hernán Cortés, Ciudad de México, UNAM/FCE, 1990, pp. 9-10.
 

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Fue un hombre de acción, pero también fue un lector reflexivo (había estudiado latín en la Universidad de Salamanca y algo de derecho), y del Arte de la guerra de Maquiavelo aprendería que militia es equivalente a civitas, a civilización; que las armas tienen que armonizarse con las letras, las ciencias, las leyes y la religión. El de Medellín quiso refundar Tenochtitlan según el modelo de la polis, con que se refería a la ciudad y a los beneficios de la vida urbana: ley, orden, moralidad y religión. No poco ayudaron los frailes franciscanos que llegaron en 1524 para completar aquella empresa. Por eso, cuando Paolo Giovio, en sus Elogios, sitúa a Cortés en la galería de los héroes de todos los tiempos, con el valor e inteligencia de Aníbal y la capacidad estratégica de César, lo hace muy conscientemente, también por el significado histórico de su conquista, cristianización y europeización del Nuevo Mundo.

Todo eso lo consiguió desgajándose del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, su superior y valedor, cuando partió de Cuba rumbo a Yucatán, el 10 de febrero de 1519, con una armada de diez barcos, seiscientos españoles, trescientos indios antillanos, doce caballos y diez cañones. Al igual que el Cid, hizo la guerra por su cuenta, bajo su responsabilidad y contra la voluntad de sus señores, pero en nombre y provecho del rey; ambos fueron vasallos, rebeldes y cruzados.

 Por otra parte, “si los capitalistas lo financiaron, sería, sin duda, porque esperaban ver multiplicada su inversión. [...] Esta es la poco estudiada faceta de Cortés: la de mercader y hombre de empresa” (Juan Miralles, Hernán Cortés, inventor de México, Barcelona, Tusquets, 2001, p. 76).

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 Cortés, en efecto, rompe los vínculos con el gobernador de Cuba, establece los fundamentos jurídicos de un nuevo poder y se arroga la capitanía de las tierras descubiertas y conquistadas en el continente, amparándose en la práctica legal de poblamiento que se usó en la Reconquista y que partía de los fundamentos jurídicos del antiguo derecho comunal. Sobre esta base (que después modernizará con las Leyes Nuevas de 1542 y con el ius gentium) funda una nueva ciudad, una colonia, la citada Villa Rica de la Veracruz, donde ya actuará como delegado: alcalde, justicia mayor y capitán general, y desde donde escribe la primera Carta de relación al emperador. De estas fechas es también el episodio de la quema de las naves; en realidad, las embarrancó para inutilizarlas en caso de sedición, dejó una guarnición y siguió hacia México.

Al poco de llegar a Yucatán encuentra dos intérpretes: Jerónimo de Aguilar, prisionero de los mayas desde 1511, y la Malinche, hija de un cacique independiente de la confederación azteca y conocedora del náhuatl que, además, le hizo comprender la opresión a la que sometía Moctezuma a muchos pueblos, a los que unía algo en común: el gran odio a los aztecas, por lo que fraguó distintas alianzas con totonacas, tlaxcaltecas, huejotzingas, cholultecas y chalcas, que le vino a dar un número de alrededor de 150,000 indígenas, además de los novecientos hombres arriba citados. Cuando la Malinche dominó el español, Cortés consiguió uno de sus mayores triunfos; el segundo fue su alianza con los pueblos sometidos por los aztecas (en especial los tlaxcaltecas), y la táctica clásica del divide et vinces funcionó a la perfección; luego la usará Pizarro en el Perú. El tercer triunfo fue haber sido identificado con Quetzalcóatl, el dios vengador de los toltecas, derrotados antaño por los aztecas.

Moctezuma “no tiene ninguna duda de que quien está frente a él es quien las profecías y los prodigios habían anunciado” (Guy Rozat Dupeyron, Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista de México, Xalapa, Universidad Veracruzana, 2002, p. 268).
 

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Entra en México-Tenochtitlan el 14 de noviembre de 1519 y rapta a Moctezuma para prevenir el riesgo de ser cercados. Un tiempo después, llega Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador de Cuba, sale a combatirlo y deja como jefe de la guarnición de México a Pedro de Alvarado, que, presa del pánico, asesina a traición (23 de mayo de 1520) a la élite de la nobleza azteca en el patio del gran templo de Tenochtitlan durante la llamada Noche Triste. Cuando vuelve Cortés, muerto Moctezuma en el ínterin, ya no controla la ciudad; puede huir, pero pierde la mitad de sus hombres. Volverá a recuperar México en 1521, tras 75 días de luchas. Al año siguiente, las cartas del emperador legalizan las expediciones de Cortés, cuyos dominios abarcan ya 500,000 kilómetros cuadrados: la llanura interior y la franja costera del Pacífico.

La cuarta parte del México actual. El imperio culhúa-mexica estaba sustentado en la Triple Alianza, de los señoríos de México, Tezcoco y Tacuba, y su control de la zona comprendió aproximadamente 38 señoríos a fines del siglo XV.

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 Luego se extiende hacia el sur (Guatemala y Honduras), estableciendo así la comunicación entre la Castilla del Oro y Panamá. Más tarde organizó la expedición a las Molucas y luego a Baja California, donde abrió la puerta a lo que poco después sería la ocupación de las islas Filipinas y al establecimiento de una comunicación permanente por medio del galeón de Manila.

No fue menor empresa la creación del Estado moderno, pues antes de la llegada de los españoles había estados, señoríos, cacicazgos y tribus nómadas diferentes: tarascos, chichimecas, tlaxcaltecas, totonacos, mixtecos y zapotecos, que convivían en el actual territorio de México, y entre todos los señoríos el más poderoso era el famoso Imperio azteca, el culhúa-mexica, por lo tanto no existía una nación mexicana.

“No hay que olvidar que los aztecas eran los seguidores del dios de la guerra, Huitzilopochtli; que se consideraban a sí mismos escogidos del sol y que hasta entonces habían creído siempre que su misión cósmica y divina era someter a todas las gentes de los cuatro rumbos del universo. Quienes se tenían por invencibles, el pueblo del sol, el más poderoso de la América Media, tuvo que aceptar su derrota” (Miguel León-Portilla, El reverso de la conquista, Ciudad de México, Joaquín Mortiz, 1964, pp. 21-22).

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 Por eso quiso Cortés protagonizar la translatio (“traslado, desplazamiento, trasvase”) de la cultura occidental (las leyes, la organización política, la religión, el urbanismo, la cultura, con la enseñanza en todos sus niveles y la imprenta), favoreciendo así que el emperador asumiese con mayor motivo la corona de su imperium, adornándolo con los “despojos” aztecas. Así se lo declara una y otra vez en sus cinco Cartas de relación (redactadas entre 1520 y 1526), donde el hombre de letras cree haber cumplido un imperativo cristiano e imperial, erigiéndose en una suerte de puente entre la Antigua Roma (por la que pasó triunfante el emperador en 1535) y la Nueva España, a cuyos pobladores considerará desde el principio “vasallos” de Carlos V, pues estaba

en disposición de ganar para Vuestra Majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo y que, demás de facer lo que a cristianos éramos obligados, en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria y en este conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó, y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte, y que lo viesen por las vitorias que habíamos habido.

Hernán Cortés, Cartas de relación, edición de Ángel Delgado, Madrid, Castalia, 1993, p. 182.
 

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Precisamente las traducciones al latín de la segunda y tercera cartas de relación (Núremberg, 1524; reeditadas en Colonia, 1532) dieron una imagen de Cortés como héroe imperial; también se tradujo al italiano la segunda (1532) y las dos al francés (1532); en 1550, al alemán en Alemania, cuyos príncipes se dieron cuenta de que las aspiraciones de Carlos V iban más allá de los límites europeos, abarcaban todo el orbe, auxiliado excepcionalmente por Cortés, que alcanzó así su fama máxima de héroe contemporáneo y aupó al emperador.

Quiso entender la aculturación de los indios y su evangelización como la asunción por parte de estos de las convicciones de vigencia universal, como su incorporación a la cultura europea; mutatis mutandis, equivalía a lo que supuso en el mundo romano la ciudadanía universal y, como en este, la urbs impuesta por España al nuevo orbis absorbe los despojos del mundo prehispano, construyendo una civitas supuestamente uniforme estructural y moralmente. Así, además, parecía dictarlo una concepción ancestral de la historia que justificaba las translationes imperii (“del poder”), studii (“del saber”) y por supuesto ecclesiae (“de la religión”) de Occidente a Oriente. A tal fin Cortés puso las condiciones para la creación del virreinato, y sus mejores objetivos los materializó el primer virrey, el eficiente Antonio de Mendoza, cuyos quince años (1535-1550) de labor de modernización y creación de infraestructuras (abrió caminos reales, creó postas, colegios y universidad, la primera imprenta, adelantó la urbanización de México, fundó la casa de moneda, el primer astillero, reordenó el territorio...) fue importantísima, a despecho de la idea de la leyenda negra a la que tanto contribuyó Bartolomé de las Casas, cuyos hiperbólicos denuestos fueron tan bien recibidos por algunos países europeos, rivales entonces de España.

Creyó necesaria la “guerra justa” contra las tres “lacras”: canibalismo y sacrificios humanos, sodomía e idolatría; además de la explotación del ser humano como animal de carga (tameme). Todo ello, consciente o inconscientemente, no dejaba de ser una argucia legal y moral para la imposición sutil del dominium imperial y doctrinal. Porque, una vez adoctrinados los indígenas y conocedores de la existencia del pecado y, en consecuencia, puestos a la altura moral del europeo, serán responsables de sus actos. Y si aun así siguen siendo caníbales o idólatras, se les podrá aplicar severamente la ley, o el principio de la llamada “ley natural”, la única que tenía jurisdicción sobre los extranjeros no cristianos, según la cual toda dominación es un fenómeno natural y extenso, un principio de organización y un “bien” social. Así, la conquista adquiría la licitud de “guerra justa”, se justificaban la encomienda y otros tratos denigrantes, y se aplicaba sin paliativos morales el ideal político romano de la España de Carlos V.

El hidalgo de Medellín pasó de condottiero a marqués del Valle de Oaxaca (le otorgó el título Carlos V en 1529), con veintidós villas y pueblos, y 23,000 vasallos. No le faltaban motivos para infatuarse, como cualquiera que ha llevado a término, con audacia, valor e ingenio, una gigantesca empresa; así lo recuerda el buen Bernal Díaz, que le siguió en todas las campañas y anotó que, ya ensoberbecido y alejado de sus “compañeros”, los soldados como él, se “estava haziendo sus casas y palaçios, y eran tamaños y tan grandes y de tantos patios como suelen dezir el laborintio de Greta”.

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, ed. Guillermo Serés, Galaxia Gutenberg-rae, Barcelona, 2011, p. 740.

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 Un laberinto, como su vida, porque le promovieron un juicio de residencia, volvió a España en busca de justicia y de grandeza, incluso acompañó al emperador en la jornada de Argel (1541), pero se quedó esperando en vano en la antesala imperial que se resolviese su caso, su pleito, mexicano. Con el pie en el estribo para volver, murió en Castilleja de la Cuesta, en 1547. ~

 


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