Hay héroes anónimos que se sirven a sí mismos | Letras Libres
artículo no publicado

Hay héroes anónimos que se sirven a sí mismos

A principios de septiembre, en la antesala de unas elecciones legislativas en las que el Partido Republicano podría perder su mayoría en la Cámara de Representantes, el New York Times publicó un artículo que parecía confirmar una visión ampliamente difundida de cómo funcionan las cosas en el gobierno de Trump. El presidente de Estados Unidos sería un líder “irreflexivo, conflictivo, mezquino e ineficaz”, que toma “decisiones a medias, mal informadas y en ocasiones imprudentes”. Para tranquilidad de los lectores, revelaba el texto, “hay adultos que se hacen cargo”: concretamente, un grupo de funcionarios de alto rango, entre los que se incluye quien lo escribió, “que trabajan desde dentro para frenar partes de su programa político y sus peores inclinaciones”.

El artículo llevaba por título “Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump” y la identidad del autor, conocida por el diario, se mantuvo en secreto. Una nota editorial explicaba que la rara decisión de publicar el ensayo sin firma se había tomado porque era la única manera de presentar un punto de vista interesante para los lectores: el de alguien que acepta trabajar para un presidente ante el cual tiene serias reservas, porque ello le permite poner en marcha políticas con las que concuerda, y al mismo tiempo bloquear aquellas que le parecen peligrosas.

La publicación del artículo coincidió con la de Fear. Trump in the White House, el más reciente libro del periodista Bob Woodward, quien, gracias a testimonios de fuentes anónimas, pinta un cuadro similar: el de una Casa Blanca donde solo el sentido común de ciertos funcionarios se interpone entre el presidente y sus decisiones catastróficas.

A pesar de la utilidad que han tenido en la historia del periodismo (de la cual Woodward escribió un capítulo ejemplar gracias a la investigación que hizo con Carl Bernstein sobre el caso Watergate), el uso de fuentes anónimas implica problemas éticos. Para la Society of Professional Journalists, deben usarse solo cuando es imposible conseguir la información por medio de fuentes identificadas. A la vez, el reportero debe tener claros los motivos que llevan a la fuente a compartir la información, y asegurarse de que estos no sean “mejorar su posición al socavar la de alguien más, empatar el marcador con un rival, atacar a un oponente o impulsar una agenda personal”. Tanto el libro de Woodward como el artículo anónimo han sido cuestionados, precisamente, a propósito de los motivos de las fuentes.

Una de las críticas al artículo del Times provino del propio Woodward. Invitado al podcast The Daily para hablar sobre su libro, la plática tocó, inevitablemente, el uso de esas fuentes anónimas. Para Woodward, “no vas a obtener la verdad de alguien si le preguntas on the record. Obtendrás un comunicado de prensa”. Los testigos de primera mano “son un excelente camino para saber qué es lo que está pasando en realidad, pero solo son una parte. Aunque sean una parte vital”. El entrevistador le preguntó si habría publicado el artículo del anónimo partisano anti Trump. Su respuesta fue categórica. “Yo habría dicho que no. Habría preguntado, ¿cuáles son los detalles específicos? ¿Qué pasó cuándo? ¿Qué se dijo? ¿Qué se hizo? ¿Cuáles fueron los motivos? [...] Estas cosas se tienen que medir por la calidad de la información. Y la calidad de la información no pasó mi prueba.”

El artículo, además de lo que señala Woodward, es vago en sus descripciones y autocomplaciente en su visión de “la resistencia”, que parece más una transigencia calculada. En cambio, es perfecto como arma de golpeteo político. Trump y sus seguidores lo ven como un intento de desacreditarlo de cara a las elecciones legislativas, mientras que algunos articulistas piensan que podría servir a la causa republicana, al devolverle al electorado la tranquilidad de que hay una cofradía secreta que vela por la buena marcha del gobierno, por lo que no es necesario votar por los demócratas para contener a un presidente que ha perdido el rumbo.

Aunque le añade escenarios, protagonistas y parlamentos al drama caótico que es la presidencia de Trump, Fear, de Woodward, también tiene sus detractores. Citando a Hitchens, Patrick Blanchfield, en n+1, describe a Woodward como un “estenógrafo del poder”, y critica la falta de escepticismo del reportero ante el material que le proporcionan sus fuentes, así como su proclividad a reproducir diálogos inverosímiles que pintan a exfuncionarios como Steve Bannon o Gary Cohn bajo una luz que los favorece más de lo que sus actos ameritan.

Pero al aparecer casi al mismo tiempo, el libro de Woodward y el artículo del editorialista anónimo parecerían confirmar mutuamente su veracidad. Son dos documentos con orígenes distintos que narran la misma historia: la de colaboradores ambiciosos pero patriotas al fin, preocupados por hacer su trabajo y al mismo tiempo salvar a su país.

En la citada entrevista, Woodward consideró que en la administración Trump, donde “las cosas están más escondidas”, solo las fuentes anónimas permiten llegar a una verdad. El problema está, tal vez, en la naturaleza de esa verdad. La que el artículo y el libro sustentan se compone, ante todo, de intrigas palaciegas, de discusiones caóticas y retorcidas en las que se toman unas decisiones y se impiden otras, de episodios que se leen con el mismo asombro con el que se mira un capítulo de House of Cards. Esta no es una característica necesariamente deseable.

Ninguna de estas piezas periodísticas se ocupa, en cambio, de la sustancia de las decisiones, ni de sus consecuencias. Son, en efecto, una prolongación del frívolo espectáculo trumpiano, y por eso su utilidad es cuestionable. Como denuncias, ofrecen una sorpresa de consumo rápido y efectos mínimos: no cabe esperar que las cosas cambien a raíz de su publicación, que se castigue a alguien ni que Trump, principal destinatario, se sienta demasiado incómodo. En esa medida, son retratos complacientes de una administración a la que le gusta exhibirse como una corte dieciochesca transmitida en un reality show. Es difícil imaginar de qué forma esta versión de la verdad ilustra el daño que las órdenes que sí se cumplen y las políticas que sí se implementan han hecho ya, dentro y fuera del reino. ~


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