George Orwell en Pekín | Letras Libres
artículo no publicado

George Orwell en Pekín

En "Sombras chinescas", el sinólogo Simon Leys viaja por la China maoísta en busca de los pocos resquicios de humanismo e individualismo que quedan en un régimen tan brutal.

Simon Leys

Sombras chinescas

Traducción de José Ramón Monreal

Prólogo de Jean-François Ravel

Barcelona, Acantilado, 2020, 344 pp.

La propaganda está en todas partes. Es insoportable y a la vez completamente necesaria. Para sobrevivir, el ciudadano (si es que existe el ciudadano en la China maoísta) debe estar atento a sus cambios. La línea correcta un día es incorrecta al otro, el mártir se convierte en traidor de la noche a la mañana, una regla completamente esencial deja de aplicarse sin previo aviso. En Sombras chinescas, una crónica sobre su viaje a China en 1972, publicada originalmente en 1974, Simon Leys escribe:

La verdad maoísta es de naturaleza esencialmente cambiante y transitoria; para sobrevivir, se trata, pues, de no perder ningún tren, de no errar ningún viraje; por eso la propaganda maoísta –prensa, radio, ópera–, por mucho que sea una de las más monótonas, áridas e indigentes que haya en la tierra, es seguida con un interés anhelante por millones de hombres cuyas carrera y existencia dependen de estas vicisitudes de la ideología que es menester descifrar entre líneas día tras día.

Leys, seudónimo de Pierre Ryckmans, viaja por China todo lo que le permite el régimen. Sinólogo, experto en arte y cultura chinas, conoce el país mejor que algunos de sus habitantes, que llevan décadas bajo un régimen radicalmente iconoclasta que ha hecho tabula rasa con el pasado. Sabe bien por dónde viaja, la historia de cada región, los crímenes cometidos en décadas de represión, quién manda y deja de mandar, y sin embargo su crónica conserva cierta incredulidad. Cuando visita templos destrozados, cuando intenta hablar con funcionarios o burócratas o incluso transeúntes y todos le rehúyen por miedo a hablar demasiado, Leys se indigna y sorprende; le cuesta creer lo que ya sabía incluso mejor que sus interlocutores. Detalla con rigor académico (no es una expresión, usa innumerables artículos académicos para sostener sus opiniones) las atrocidades del régimen, pero su viaje por la China maoísta es realmente un intento de rescatar los resquicios de humanismo e individualismo que quedan en un régimen tan brutal. Escribe pasajes melancólicos en los que busca, casi siempre en vano, algo de complicidad con quienes le rodean.

Todo encuentro humano, por banal y breve que sea, adquiere un relieve singular. Quisiera consignar aquí el rostro timorato y la sonrisa triste de esa joven del ferrobús de Tianjin, no porque esta imagen fijada en mi memoria tenga ninguna significación especial sino, precisamente porque es accidental, porque no tiene ninguna significación especial, y eso la hace para mí preciosa y rara en un mundo por otra parte tan meticulosamente organizado, tan rigurosamente premeditado, tan pesadamente pedagógico.

En todos sus viajes y encuentros como agregado cultural de Bélgica, Leys intenta escapar de las restricciones diplomáticas que le impone el régimen. Se escapa de los hoteles y apartamentos donde debe quedarse, se pasea por pueblos y mercados y sube a autobuses y habla con extraños. Sus aventuras provocan malentendidos y ponen en aprietos a decenas de ciudadanos, que no están acostumbrados al contacto con extranjeros y temen represalias simplemente por darle una indicación en una calle. Los chinos no son así de hostiles y maleducados, recuerda constantemente Leys, es la dictadura la que los anula. Por eso los disculpa y comprende. Su curiosidad por ellos no es condescendencia orientalista sino un interés sincero por la vida de los otros.

No es de extrañar que, al describir una sociedad tan perfectamente totalitaria, donde no queda un resquicio para la espontaneidad y el pensamiento autónomo, el autor recurra a Orwell. Leys, que escribió George Orwell o el horror a la política, admira al escritor británico, pero raramente cae en el cliché; rescata al Orwell más beligerante pero también al más melancólico, el que escribe sobre las ranas en primavera, por ejemplo. Ambos comparten una sensibilidad y una mirada, hacia la naturaleza y la vida en libertad, pero sobre todo un humanismo que pone siempre en primer lugar la dignidad del individuo. Es una sensibilidad que choca de frente con cualquier totalitarismo. Difícilmente una obra como 1984 puede encajar mejor que en un libro sobre el maoísmo.

Leys viajó por primera vez a China en 1955. Se enamoró del país y la cultura, comenzó a traducir sus obras clásicas y a divulgar su arte. En Occidente, especialmente en Francia, fue uno de los primeros en denunciar las atrocidades de la China de Mao, en una época en la que intelectuales como Merleau-Ponty, Sartre o Beauvoir coqueteaban con el maoísmo, considerado una especie de alternativa comunista auténtica (más una estética que una política) frente al “revisionismo” de la URSS bajo Jrushchov.

En cierto modo, Sombras chinescas es también un libro sobre los extranjeros en China, y sobre la opinión que tienen los extranjeros del país. Los diplomáticos occidentales en Pekín apenas tienen contacto con la China real (ni siquiera con el Pekín real, viven en guetos) y el régimen compra su silencio y su pasividad con lujos y prebendas. Leys es especialmente mordaz en sus críticas a los maoístas occidentales, que visitan Pekín en una especie de turismo revolucionario y ven una versión del país al estilo de las aldeas Potemkin: todo escenificado, artificial, sobreactuado. Es en sus críticas a los turistas revolucionarios y tontos útiles cuando se desvela la faceta más divertida de Leys.

El maoísmo puede ser muy divertido. O, al menos, Leys lo hace divertido. Su humor amargo, ligeramente cínico, contrasta con su faceta más romántica, que aparece en sus viajes por el interior de China. Un ingeniero le cuenta que una obra hidráulica “descansa básicamente en una aplicación viva y creativa del Pensamiento de Mao Zedong y del –aquí recobra el aliento, frunce el ceño y avanza con precaución a través del galimatías que le han hecho aprender de memoria– m-a-t-e-r-i-a-l-i-s-m-o d-i-a-l-é-c-t-i-c-o”. Otro ejemplo: “Algunas de las decepciones que las autoridades maoístas han tenido con sus personajes ejemplares les han enseñado finalmente lo que ya la Iglesia sabía desde hacía mucho tiempo: que para canonizar a alguien, primero hay que esperar a que esté muerto (y a veces incluso, para mayor seguridad aún, se elige a alguien que no ha existido nunca).” En un capítulo especialmente divertido, Leys reseña un par de novedades editoriales publicadas en China. La primera es una obra de filosofía europea editada por el Partido Comunista Chino, donde se acusa a la mayoría de filósofos de burgueses reaccionarios (“En la filosofía de Nietzsche el pensamiento abyecto e impúdico de la clase burguesa reaccionaria se une a la locura del propio filósofo”, dice el manual). La segunda se titula Vademécum del criador de cerdos. Leys dice que prefiere este segundo libro: “por ser menos ambicioso en su propósito, parece hecho, este sí, por un hombre completa y verdaderamente libre de prejuicios. No lancemos, sin embargo, tan pronto la piedra a los desdichados filósofos de servicio; en la China Popular, no todo el mundo tiene la suerte de ser porquero”.

Como es común en las obras de Leys (algo que ya han señalado en esta revista Daniel Gascón, Christopher Domínguez Michael o Kim Nguyen Baraldi), las digresiones y citas son a veces lo mejor del libro. Las notas a pie de página contienen a menudo historias más divertidas o informativas que las del texto primario; Leys les da menos importancia simplemente porque interrumpirían la narración de un libro que se lee a ratos como un diario de viajes, a ratos como un panfleto político y siempre como la obra de alguien libre y sincero. ~


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