Genealogía del descontento | Letras Libres
artículo no publicado

Genealogía del descontento

Pankaj Mishra

La edad de la ira. Una historia del presente

Traducción de Eva Rodríguez Halffter y Gabriel Vázquez Rodríguez

Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017, 328 pp.

 

En La edad de la ira, Pankaj Mishra (Jhansi, Uttar Pradesh, India, 1969) traza una historia del descontento contemporáneo. Una de las ideas centrales es que el panorama de violencia, reacción y caos que nos encontramos no es algo nuevo. Es un producto de la modernidad: lo que vemos ahora es la reproducción en otros lugares del globo de unos conflictos que se iniciaron en Europa hace unos doscientos años. La situación, piensa Mishra, va a ser cada vez más peligrosa y volátil.

La concepción moderna del mundo –el individualismo, el capitalismo, la democracia liberal– tiene ganadores pero también provoca desubicación en mucha gente. Los aleja de su lugar y posición original, de una trama de tradiciones y certezas, y los seduce con una promesa de autonomía y prosperidad que no llega a cumplirse. El debilitamiento de los papeles tradicionales produce sensaciones de desamparo y emasculación. Una nueva forma de ver el mundo y el cambio en la circulación de la información nos hace más conscientes de las desigualdades. Esto genera una doble percepción de desorientación e impotencia: un resentimiento que se manifiesta en los votantes de Trump y del Brexit, en los hindúes que agitan propaganda islamófoba, en los combatientes del Daesh que muestran al mundo los vídeos de sus atrocidades.

La edad de la ira es una crítica al ideal ilustrado, escrita en un momento de crisis de uno de sus spin-offs, el liberalismo cosmopolita. El universalismo de la Ilustración fue arrogante y legitimó proyectos de explotación expansionista. Incluía el germen de la pseudociencia racista y del totalitarismo. Para Mishra, el paradigma del intelectual liberal globalista sería Voltaire: cercano a los poderosos, admirador del comercio, enemigo de la Iglesia, especulador enriquecido. Su antítesis sería Rousseau: ese “loco interesante” que se sentía a disgusto entre los intelectuales urbanos, con su rechazo a la idea del progreso y al proyecto civilizatorio de la Ilustración, con sus instintos religiosos y su énfasis popular, defensor de la idea de que “todo patriota es duro con los extranjeros”, sería el primer gran crítico de la globalización. “El sumo antiintelectual militante de la historia parece haber comprendido, y encarnado, mejor que nadie, el atractivo incendiario del victimismo en sociedades construidas en torno a la búsqueda de riqueza y poder”, escribe Mishra. Sus herederos abarcarían desde los románticos alemanes a los insurgentes actuales, pasando por el ayatolá Jomeini y Timothy McVeigh.

La crítica no es novedosa y en algunos aspectos parece poco discutible. Pero la visión es sesgada. La Ilustración no fue tan monolítica como él plantea: como recordaba Adam Gopnik, aunque Mishra vincule a Voltaire con el optimismo ingenuo, Voltaire fue el autor de la crítica más célebre del optimismo ingenuo. Tampoco tiene en cuenta la Ilustración radical, más democrática e igualitaria, que ha descrito Jonathan Israel. Los ilustrados tenían defectos personales y contradicciones, pero eso no invalida su obra, y a veces gracias a lo que pensaron y escribieron podemos señalar algunas de sus contradicciones. Esa mirada un tanto maniquea también se aplica a otros elementos del libro: la modernidad ha generado destrucción pero, como apuntaba Manuel Arias Maldonado, es ambivalente. También ha supuesto una mejora de las condiciones de vida: algunos ejemplos serían la reducción de la pobreza, el aumento de la esperanza de vida, el control de enfermedades que antes eran mortales, por no hablar de la emancipación de millones de personas. La incorporación de las mujeres al mundo laboral y a la esfera de la decisión política, o el control sobre su capacidad reproductiva, no aparece en el libro, que alerta contra el aumento del odio sin mencionar la amplia evidencia que señala el descenso de los niveles de violencia. Y el liberalismo, frente a lo que parece considerar Mishra, no es lo mismo que el racionalismo: de hecho, un componente del liberalismo es el escepticismo ante los excesos de confianza de la razón.

Hay un elemento casi religioso: la ideología de la modernidad generó una reacción, que se puede ver como una herejía (aunque en el libro es más importante la idea del “deseo mimético”). Como Ian Buruma y Avishai Margalit (Occidentalismo) o Juan José Sebreli (El asedio a la modernidad), Mishra señala que buena parte del pensamiento antioccidental se nutría de tropos e ideas generadas en Occidente. Uno de los aspectos más interesantes del libro es el relato de cómo se van trasladando de un lugar a otro, cómo un autor italiano acaba siendo un modelo en la India. Mishra describe las ideas de los pensadores alemanes que, humillados por la Francia napoleónica, reivindicaron los particularismos, y explica cómo esa complicada relación con lo que se percibía como moderno se reproduce en otros países, desde Italia a Oriente Medio, pasando por Rusia. Una característica frecuente, y poco tranquilizadora, es el papel de “los hombres de letras” en estos movimientos, de la Revolución francesa en adelante. Mishra señala la influencia de autores como Sorel, Mickiewicz, Mazzini, Dostoievski o Nietzsche. Resultan especialmente disfrutables las páginas que dedica al nacionalismo hindú, desde la rivalidad entre Gandhi y Savarkar hasta el actual primer ministro Narendra Modi, seguidor de este último. Habla del nacionalismo como una nueva religión, y del nacimiento “del hombre superfluo”, que vincula con las primeras oleadas del terrorismo anarquista en Europa. Distingue entre revolucionarios y nihilistas y parece dar más importancia al desasosiego moderno que a la religión en la formación de las ideologías modernas. Cuando habla del terrorismo islámico destaca la reacción exagerada y contraproducente de países occidentales y subraya que muchos terroristas no son gente de formación religiosa sólida sino conversos recientes.

La edad de la ira es un libro interesantísimo, apresurado y fallido. Está lleno de observaciones y citas iluminadoras, y al mismo tiempo su tesis es nebulosa y poco convincente. La crítica a la modernidad, a sus contradicciones y especialmente a su hubris, es perspicaz. Mishra no está obligado a explicar los problemas anteriores, pero tampoco ofrece una alternativa. Si la genealogía del descontento que traza es estimulante, es menos atractivo que subraye de manera forzada los vínculos con la elección de Trump o el Brexit. Es una pena que esta erudita y discutible “historia del presente” caiga en el presentismo. ~


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