Ferlosio en cinco pecios | Letras Libres
artículo no publicado

Ferlosio en cinco pecios

Enero del año 2000, Rafael Sánchez Ferlosio está a punto de publicar El alma y la vergüenza. Tras una titánica presión de sus editores acepta someterse a una única entrevista y la concede al diario El País, donde entonces colaboraba con relativa frecuencia. Me tocó hacerla a mí. Las galeradas llegaron tarde, hice cuanto pude para devorar las 485 páginas del libro en un par de días (sin conseguirlo del todo) y me presenté en su casa. Una de sus exigencias fue que no utilizara magnetófono. Tampoco le pareció bien que tomara notas, pero tras una ardua negociación admitió que era inevitable. Hice una primera pregunta. Se revolvió incómodo y contestó: “Eso está en el libro”. Hice una segunda, y ocurrió tres cuartos de lo mismo. Volví a insistir, el fracaso se repitió. Es verdad que fue comentando algunas cosas, pero poco a poco el encuentro fue languideciendo y quedé convertido en un pasmarote ante un Ferlosio que no sabía cómo diablos poner algo de su parte. Su mujer, Demetria Chamorro, interrumpía de tanto en tanto para saber cómo iba la cosa, preocupada seguramente por el peso de tanto silencio. Siempre contestamos que todo iba bien.

Pasaron cuatro horas, empezó a anochecer, decidí marcharme. “¿Y qué vamos a hacer ahora?”, me preguntó Ferlosio. No supe qué contestarle. Me pidió que esperara un momento, volvió al rato con un ejemplar de Volverán más años malos y nos harán más ciegos, el libro de pecios que había publicado unos años antes. Toma nota, me dijo, y fue ojeando el libro: “Teoría de la musa”, página 34; “Ideologuemas”, en la 55; “El reincidente”, 143; “Descubrimiento del ‘carácter’” está en la 172 y “Cargarse de razón”, en la 186. Ahí está todo, me dijo, no tiene más que copiarlos.

No fui lo suficientemente valiente para aceptar el método heterodoxo que Ferlosio me propuso para resolver la entrevista. Tampoco creo que mis jefes hubieran aceptado que, tras informar de que publicaba un nuevo ensayo, ilustráramos la noticia con cinco textos de un libro anterior, publicado siete años antes, en 1993. Ahora que Ferlosio se ha ido, vuelvo sobre esos pecios siguiendo estrictamente sus indicaciones. Que ahí está todo. En “Teoría de la musa”, escribe: “Quiero decir que cada vez se hace en mí más fuerte y más fiadera la impresión de que todo lo que encontramos de realmente feliz en una obra literaria nunca ha sido producto de invención y elaboración deliberada, sino instantánea flor de ocurrencia sobrevenida.” Y luego se refiere a un entremés de Cervantes, “El viejo celoso”, donde ha descubierto “la ocurrencia que es a la vez la más alta, arrebatadora y amorosa expresión de beautitud carnal que pueda concebirse y la frase más increíblemente hermosa que se haya escrito en prosa castellana: ‘Lavar quiero a un galán las barbas que tiene con una bacía llena de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado’”. En “Ideologuemas” Ferlosio se refiere a dos muletillas verbales, “un merecido descanso” y “una sana alegría”, como “expresiones ideológicamente marcadas”. Y observa: “La represión ha proscrito el descanso y la alegría como cosas malas, caídas en pecado, que tienen que pedir perdón y hacer penitencia.” Por eso lo de “merecido”, por eso lo de “sana”.

“El lobo, viejo, desdentado, cano, despeluchado, desmedrado, enfermo, cansado un día de vivir y de hambrear, sintió llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del creador.” Así empieza “El reincidente”. Así que fue caminando por “cada vez más extraviados andurriales” y “pavorosas cuestas” hasta que llegó al “blanco silencio de la Cumbre Eterna”. Fue ahí donde escuchó la voz de un guardia que lo interpelaba: “¿Cómo te atreves siquiera a aproximarte a estas puertas sacrosantas, con las fauces aún ensangrentadas por tus últimas refecciones, asesino?” Así que el lobo tuvo que volver a las aldeas y caseríos y cambiar drásticamente de hábitos. No pudo alimentarse sino de “pan duro de mendrugos casi siempre” y llegó el día en que pensó que le tocaba “reclinar finalmente la cabeza en el regazo del creador”. Tras arduas penalidades volvió a la Cumbre Eterna, y escuchó de nuevo al querubín de guardia: “¿A tanto vuelves a atreverte tú? ¡Tú, ladrón de tahonas, merodeador de despensas, salteador de alacenas! ¡Vete!” El lobo regresó al mundo y pasó por “otros más largos y desventurados años”. Escribe Ferlosio: “Pisaba sin pisar, como pisa una sombra, pues tan liviano lo había vuelto la flaqueza, que ya nada podía morir bajo su planta por la sola presión de la pisada.” Regresó a probar una vez más en las puertas de la Bienaventuranza, y escuchó de nuevo “la metálica voz del querubín de guardia”: “¡Sea, pues! ¡Tú lo has querido! Ahora te irás como las otras veces, pero esta vez no volverás jamás. Ya no es por asesino. Tampoco es por ladrón. Ahora es por lobo.”

En “Descubrimiento del ‘carácter’”, Ferlosio cuenta una visita que hizo con su abuela y su hermano mayor a unos frailes capuchinos en el verano en que tenía seis o siete años, en Fuenterrabía. “Mira, Rafaelito”, le dijo su abuela, “ahora, cuando llamemos a la campanilla, va a salir a abrirnos un hermano que es giboso, ¡como se te ocurra decirle una palabra, ya vas a ver tú!”. Dice Ferlosio que no supo, en ese contexto, a qué se refería su abuela con “hermano”, ni entendió qué significaba “giboso”. De pronto, se encontró frente a “la figura más maravillosa que nunca habrían sabido imaginar: un hombrecito de mi propia estatura con una larga barba cenicienta y en hábito talar”, y que le recordaba a un gnomo. “¿Cómo has conseguido ser un ser tan prodigioso?”, le preguntó con toda ingenuidad. “Porque el Señor ha dispuesto que no creciese más”, le contestó. Escribe Ferlosio que aquella “pequeñez que la predilección divina había querido concederle no era más que una fastuosa manifestación del esplendor de Dios en una insólita y más alta plenitud humana. Hoy sé que aquella singular gracia es el Carácter”.

El de “cargarse de razón” ha sido uno de los grandes temas de Ferlosio, sobre el que ha vuelto muchas veces y que, en el pecio al que se refiere, ilustra con una glosa, un sketch de Oliver Hardy y Stan Laurel (el Gordo y el Flaco). “El que se carga de razón”, escribe, “no es alguien que haga algo, sino alguien que permanece inmóvil mientras otro, añadiendo torpeza sobre torpeza, error sobre error, injusticia sobre injusticia o maldad sobre maldad, viene de alguna forma a convertirse en un auténtico motor que carga de razón (y creo que cuadra la eléctrica metáfora) la dinamo o la batería del primero, como si acumulase un potencial moral a favor de este”. Se trata de una suerte de “mecanismo moral” que se utiliza para “construir la propia bondad con la maldad ajena”. Es “la imagen más viva del fariseísmo”.

Copiar a Ferlosio, aunque sea a retazos. No hay mejor manera para acordarse siempre de él. Tenía razón. Ahí está todo: en sus escritos, en su obra. ~


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