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Entrevista a Simon Kuper. “El fútbol funciona mejor que la política para dar una sensación de comunidad”

Simon Kuper (Kampala, Uganda, 1969) comenzó su carrera escribiendo sobre fútbol. Sus libros Fútbol contra el enemigo (1994), Ajax, the Dutch, the war: football in Europe during the Second World War (2003) y Soccernomics (2009) analizan el deporte desde una perspectiva antropológica, histórica y filosófica. Actualmente vive en París y escribe una columna en el Financial Times, donde trata temas como el populismo y el cosmopolitismo, el futuro de las ciudades o la escritura en internet.

En una columna sobre Obama escribe que su madre, que era antropóloga, influyó mucho en su pensamiento cosmopolita: Obama ve las cosas desde “fuera”. Su padre también fue antropólogo y ha viajado y vivido en muchos países.

Siempre me he sentido fuera del lugar donde vivo. Nací en Uganda, mis padres eran judíos sudafricanos. Vivían en un gueto muy pequeño en un país de locos. Escaparon por muchas razones, incluido el apartheid, a Uganda. Éramos unos outsiders allá donde fuéramos. Yo crecí en un pueblo pequeño de Holanda, que era muy homogéneo étnicamente, así que éramos completamente diferentes. Yo sabía que no pertenecía al lugar. Teníamos diferente comida, diferentes códigos. Por ejemplo, en Holanda no está bien visto presumir del lujo. Holanda es un país muy sociable, la gente socializa en cafeterías, en el deporte. Estas cosas las aprendes y puedes participar en ellas, pero siempre tienes la sensación de que no perteneces. Es algo que me ha pasado siempre, incluido ahora que vivo en París. Siempre he observado la sociedad como un periodista que intenta averiguar cómo piensan los que me rodean.

Hace poco sus hijos se nacionalizaron franceses, junto a su mujer, que es americana. En un artículo describe la liturgia de obtener la nacionalidad y cómo uno puede pertenecer a muchos sitios a la vez.

Nunca me voy a sentir francés, ni voy a sentirme como se siente un francés. Pero admiro Francia. Lo que intentaba decir con mi artículo es que toda esa gente, incluida mi familia, se acababa de convertir en francesa, pero no perdían lo que eran antes. Tienen identidades múltiples. Es similar a lo que ocurre en Cataluña. La mayoría de los catalanes tienen identidades múltiples: son catalanes y españoles y europeos. La idea de potenciar una identidad única, como hace Trump, como hacía Osama Bin Laden, o como hacen los separatistas catalanes, la idea de que eres o esto o lo otro, no tiene sentido.

Es difícil encontrar opiniones así sobre Cataluña en los medios anglosajones. Hay quienes hablan de cierta “anglocondescendencia” hacia España, que es vista como una democracia joven y débil, incapaz de desprenderse del franquismo.

Ha habido siempre una condescendencia muy fuerte. Estaba la idea de que “algún día serán como nosotros”, de que somos la forma definitiva de democracia. Pero ahora creo que la mitad de esas sociedades, la británica y la estadounidense, y especialmente sus intelectuales, está profundamente avergonzada de sus gobernantes. Y yo también siento vergüenza. Cuando alguien como Jon Lee Anderson critica la democracia española, se le puede preguntar ¿y qué hay de Estados Unidos? Es una democracia mucho más antigua que la española, pero ahora quizá me fío más de la española. Esta actitud prevaleció hasta Bush, probablemente: somos la mejor democracia, tenemos la mejor economía, países como Japón o Francia no son realmente capitalistas… Luego Trump ganó diciendo que Estados Unidos era horrible. Una clave de la condescendencia puede ser el idioma. Las publicaciones más leídas del mundo son en inglés. Ejercemos una influencia enorme.

Hay una idea en el populismo de etiquetar a los cosmopolitas como una tribu. Ross Douthat escribió en The New York Times que los cosmopolitas en realidad son parte de una comunidad elitista y homogénea.

Como todo lo que escribe, esa idea es una memez. Los cosmopolitas tenemos una fuerte pertenencia en la historia, en lugares particulares. No venimos de la Luna. Viví en un pequeño pueblo en Holanda durante nueve años. Cuando quedo con mis amigos de ahí, tenemos una manera de interaccionar que no es cosmopolita o lo que se entiende por cosmopolita. Yo me siento como en casa. Algunos son también cosmopolitas, vienen de otros lugares. Hace poco escribí un artículo sobre el populismo y la ultraderecha en la zona más pobre de Holanda, para las elecciones. Me sentí cómodo. No me sentí como un cosmopolita sin alma. Me senté en sus cocinas y sus salones y les escuché y no les juzgué.

Douthat piensa que vivimos en un mundo sin conceptos, amoral. Los cosmopolitas viven mezclados en el mundo. Son mejores a la hora de adaptarse a gente diferente. Aprendemos que lo que hacen otros no es necesariamente malo sino simplemente diferente.

Hay una lógica un poco retorcida en el discurso anticosmopolita: de pronto, todos los votantes de Clinton son elitistas, a pesar de que muchos que la votaron eran minorías y pobres.

Es un tropo antiguo. Los cosmopolitas son los judíos, no son gente de verdad. La gente real vive en las granjas y los cosmopolitas son todos ricos. Lo mismo ocurre con el Brexit. La tesis de que era una causa económica desapareció completamente.

Escribió un artículo sobre cómo el Brexit es en realidad una guerra entre dos tipos de élites de Oxford y el partido conservador.

Es una guerra entre dos élites conservadoras de estudiantes de la Oxford Union [una sociedad de debate en la universidad]. Estuve en Oxford desde 1988 a 1992. Fue después de que Boris Johnson y David Cameron salieran, y estuve a la vez que George Osborne y Jacob Rees-Mogg. En 1986 Margaret Thatcher da un discurso en Brujas donde dice que la Unión Europea está extendiendo sus poderes y quiere gobernar el Reino Unido. Thatcher dice: “No, no, no.” Mis compañeros de universidad, unos adolescentes que vienen de la escuela de Eton, están seguros de que van a convertirse en diputados o diplomáticos, y les preocupa que Europa se lo impida. Su misión se convirtió entonces en hacer el Reino Unido grande otra vez.

A la población británica no le importaba mucho Europa. Eran antieuropeos pero nunca pensaron en ello. En las elecciones a nadie le preocupaba la ue. El giro genial del referéndum del Brexit es no hacerlo sobre Europa sino sobre inmigración. Si nos salimos de la ue resolvemos el problema de la inmigración. Y hay una parte de la población muy preocupada por la inmigración. Además, ir contra la ue es ir contra las élites, a pesar de que quienes extienden ese mensaje son también élites.

Las élites británicas están muy unidas. Los conservadores fueron al colegio juntos, se conocen desde los siete u ocho años, han vivido juntos. Es un club muy íntimo. Los laboristas son diferentes.

Ha escrito sobre cómo debatir con populistas. Dice que muchos expertos deberían copiar el lenguaje con imágenes e historias de Trump.

Algo importante que hay que tener en cuenta es que muchos de los populistas actuales vienen de los medios de comunicación (Trump, Berlusconi, Boris Johnson, Puigdemont). Saben cómo comunicar. Los medios no suelen tener tantos problemas comunicativos. Su problema es que los lectores o su audiencia ya no se fían de ellos. Lo noto mucho en el Financial Times. Alrededor de un tercio de nuestros lectores piensa que lo que decimos es mentira. Es mentira porque odiamos el Brexit o lo que sea.

Es muy conocido por ser escritor de deportes, especialmente de fútbol. Lleva pocos años escribiendo sobre política.

Hay mucho en común. En ambos temas juegan un papel muy grande las emociones. En la televisión española la mañana siguiente a un partido siguen debatiendo sobre si fue penalti o no. A mucha gente le preocupa realmente. Pero creo que a la mayoría de fans del deporte les gusta pensar en el deporte como una distracción. Lo que me preocupa es cuando se lo toman demasiado en serio. Pueden enfadarse mucho. Me envían emails diciendo “sé que odias al Manchester, te llevo siguiendo durante años y sé que tienes algo contra el Manchester”. Recibo los mismos emails sobre Trump o el Brexit. Hay una necesidad de pertenecer y de elegir un bando, como en política. El fútbol, sin embargo, funciona mejor que la política para dar a la gente una sensación de comunidad. La gente sigue el deporte, el fútbol o la política por una cuestión de identidad. Hace cincuenta años tenías la iglesia, el sindicato, sabías de dónde eras y conocías tu lugar, y tenías un trabajo que te estructuraba. Ahora con trabajos precarios, sin religión ni partido, viviendo menos en familia, es difícil construirse una identidad.

¿No hay también cierta nostalgia por el fútbol de antes, igual que en política? Hay gente muy crítica con el fútbol moderno, el negocio y los oligarcas que lo controlan.

Lo que el fan busca con el fútbol es reconectar con su infancia. Te gustaría que las cosas se mantuvieran sin cambios. Entiendo que la gente esté muy molesta con los oligarcas, pero los oligarcas no son el fútbol, son solo el dinero. El fútbol no cambia. Si ves un partido del Real Madrid de ahora y lo comparas con hace cincuenta años, muchas cosas han cambiado, ahora hay publicidad en las camisetas, pero el juego es el mismo. Eso es algo que da seguridad.

En un artículo dice que “la socialdemocracia gana copas del mundo”.

Europa occidental tiene el 5% de la población mundial y tiene el mayor número de copas del mundo. Creo que es simplemente porque tenemos más campos de fútbol, en ciudades y en pequeños pueblos. Todo el país juega, todo el mundo juega. No puedes seleccionar a un niño de tres años y adivinar que va a ser un gran futbolista. El argumento socialdemócrata es que el Estado construye estadios de fútbol, fomenta el fútbol y a la vez el bienestar. Islandia es un país que lo hace muy bien, se ha clasificado para los últimos tres mundiales.

Otro argumento es el intercambio de ideas. Europa occidental sigue siendo el mejor lugar en el que vivir en todo el mundo. Los países intercambian ideas, están muy interconectados y en un espacio muy pequeño. Es algo que viene desde la Ilustración, la revolución científica. Estamos todos muy cerca y a la vez somos muy diferentes, y eso creo que también se aprovecha en el fútbol.

En una columna reflexiona, a partir de los consejos de George Orwell, sobre la buena escritura, y llega a la conclusión de que escribimos más claro que hace décadas.

No es que todos escribamos mejor ahora, pero las redes sociales fomentan la claridad. Cuando envías un mensaje no usas un lenguaje muy formal. La gente que no suele escribir piensa que la escritura formal es mala escritura, y es mentira. Hay esta idea de que el lenguaje se mueve entre metáforas y metonimias. Había esta escritura vanguardista, como Joyce, que en los años treinta desaparece con escritores como Hemingway, Orwell. Y luego los lectores vuelven a cansarse de esto y buscan algo más imaginativo. Y ahora creo que estamos en una etapa metonímica.

Dice que el lenguaje es ahora más como el habla.

Miraba hace poco una cadena de emails con un compañero y me di cuenta de que era todo como una conversación: “Sí, lo haré.” “Vale, no te preocupes, lo miro.” Hace veinte años creo que no era así. Si miras los mensajes de entonces ves que había más formalidad: querido Simon, etc.

En muchos países el lenguaje recargado es todavía una manera de mostrar estatus o educación.

Es normal en países donde durante décadas la educación no era buena. La generación del franquismo utilizaba el lenguaje como elevación social. Es algo que me recuerda al personaje de El impostor, de Javier Cercas, que se inventa una identidad durante la Transición. Las siguientes generaciones están cambiando eso, son las más educadas de la historia.

También juega un papel la cultura católica. El catolicismo es un culto a la belleza por la belleza: el fiel que va a misa observa la catedral y no se le pide que la entienda, simplemente que quede asombrado por su belleza. El protestantismo tiene una visión diferente. El fiel dice: voy a leer yo mismo la Biblia y de ella voy a extraer su sentido. Y los judíos dicen: todos leemos el texto sagrado y lo estudiamos. Los judíos y los protestantes ven en la belleza algo sospechoso. Creo que el estilo barroco tiene algo de eso.

Su escritura es muy concisa.

En mis columnas busco dar una idea, aunque sea una. A veces cabe en un tuit, y queda muy clara la idea. Es lo que más me importa.

A la hora de escribir sigo el ejemplo de Ian Buruma, un gran amigo mío, escritor de origen holandés, ahora editor de The New York Review of Books. Siempre me ha gustado cómo escribe. Su escritura tiene cuatro capas: autobiografía, reportaje, historia y filosofía. Ian mezcla estas capas de una manera sencilla y fluida. Te absorbe rápidamente. Es lo que yo intento, escriba sobre fútbol o sobre política. El lector necesita la mirada del escritor. Cuando lees algo o ves una pintura necesitas sentir que lo creó alguien concreto, con quien tienes algún tipo de conexión. Tienes que creer que alguien se está dirigiendo a ti.

También me gusta seguir los consejos de un amigo escritor que dice que se pasa días estructurando ideas. Cuando termina, ya puede escribir. Desde que me lo dijo, paso mucho tiempo estructurando.

¿Escribe a la vez que estructura?

No. Primero hago la investigación. Luego pienso en la estructura, que es la manera en la que quiero contar la historia. Es lo que más tiempo me quita. Luego al escribir solo tardo una hora, y es lo que más disfruto.

Llevo escribiendo artículos durante treinta años. Disfruto con el trabajo, es como una artesanía. Es como hacer una mesa.

Habla de la relación que hay entre la escritura clara y el populismo.

Lo que los populistas comprendieron es que lo que manda es el entretenimiento. Hace quince años los políticos podían ser aburridos, listos, pero estaban liderando el país y es algo difícil, así que nos fiamos. Después de la crisis financiera, y de la guerra de Iraq, el público pasó a pensar que eran estúpidos y no sabían de lo que hablan. Bush hizo mucho daño. La idea populista es muy sencilla: si dejamos la ue, estaremos mejor, si dejamos España, seremos más ricos. Es muy fácil. Usan entretenimiento y claridad. Algo en lo que falló Hillary Clinton es en decir “es complicado”. Cuando dices eso, la gente deja de atender. La política es entretenimiento. Es muy difícil explicar cosas complejas con lenguaje sencillo. El populismo lo que hace es dar ideas simples y repetirlas.

Macron ganó las elecciones diciendo, en cierto modo, que las cosas “son complicadas”. Fue a una fábrica de Amiens, su ciudad natal, y habló con trabajadores molestos y les dijo que no podría hacer nada para evitar que la fábrica cerrara.

Hillary Clinton sabe que el mundo es complicado y entiende que los gobiernos no pueden hacerlo todo, pero se vendió como si ella en realidad sí pudiera hacerlo: tenemos una medida para esto y para lo otro. Macron trata a los votantes más como adultos. Clinton parecía deshonesta, daba la imagen de vender cosas que sabía que no eran ciertas. Macron es un actor, un buen actor. Se le da bien el escenario.

Muchos críticos con Macron le reprochan la pompa y una especie de cesarismo.

No quiere ser como Hollande, que parecía débil. Macron piensa que los franceses necesitan un rey. El descenso en popularidad es algo que les ha ocurrido a todos los presidentes franceses. Pero ha conseguido cambiar algunas cosas, porque también tiene el control del parlamento. Tiene tres años sin elecciones y la economía está creciendo, así que es la oportunidad para hacer reformas. La prensa se obsesiona demasiado con la popularidad de Macron. No va a ser como las presidencias de Hollande o Sarkozy, donde no cambió nada.

Dice que quiere convertir a Francia en una “nación start-up”.

Hay una generación muy global y activa en las ciudades francesas. Muchos quieren ser un “mini-Steve Jobs”. No es algo que crea Macron, es algo que ya existe. Hace cinco años el gobierno descubrió este potencial, que estaba ahí, no había hecho nada el Estado para crearlo. Y ahora Macron quiere fomentarlo. Y el Brexit y Trump son una oportunidad. No va a salvar al país ni a la gente pobre de Calais, pero es una posibilidad. ~


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