Entrevista a Anna Caballé: “Cuanto más huía de ese foco de luz Carmen Laforet, más interrogantes dejaba atrás” | Letras Libres
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Entrevista a Anna Caballé: “Cuanto más huía de ese foco de luz Carmen Laforet, más interrogantes dejaba atrás”

En 'Carmen Laforet. Una mujer en fuga', Anna Caballé e Israel Rolón afirman que la escritora, que nació hace 100 años, tuvo siempre una predisposición a la huida y que no supo gestionar el éxito de su obra 'Nada', con la que obtuvo el Premio Nadal a los veintitrés años.

El 6 de septiembre se cumplen cien años del nacimiento de Carmen Laforet (1921-2004). Con su primera novela, Nada, ganó la primera convocatoria del Premio Nadal. El reconocimiento le dio una atención contraproducente para desarrollar su escritura. Anna Caballé, coautora de la biografía más completa y reciente de la escritora, Carmen Laforet. Una mujer en fuga, responde por correo electrónico.

La biografía que cofirmó con Israel Rolón-Barada sobre Carmen Laforet lleva como subtítulo Una mujer en fuga. ¿De qué huía Carmen Laforet?

Podría decirse que de sí misma. Laforet tenía un carácter bohemio, amante de la aventura y de la intensidad y de pronto, el gran éxito obtenido con Nada, a los veintitrés años, la convierte, de la noche a la mañana, en una escritora profesional a la que le llueven los encargos, se le pregunta para cuándo la continuación de su primera novela, se la reconoce por la calle. La luz de Nada fue demasiado potente para poder permanecer en la sombra, como ella hubiera deseado. El problema fue que cuanto más huía de ese foco de luz, más interrogantes dejaba atrás.

En el libro se ve que esa fuga tiene varias interpretaciones: hay una fuga de sí misma, una fuga de su vocación, pero también su manera de pensar es un poco en fugas. En la biografía escribe: “Hay una continuidad de estilo y pensamiento en la escritura de las fugas.”

En efecto, la vida adulta de Laforet comienza con una fuga: la de su casa, en Las Palmas, a los dieciocho años, con el consentimiento paterno que la joven fuerza porque lo que desea es reunirse con su primer amor, Ricardo Lezcano, en Barcelona, y hacer su vida, lejos del hostigamiento que sufrían los hermanos Laforet debido al segundo matrimonio contraído por su padre y la mala relación que tenían con su madrastra. Ella evocará esta situación en La isla y los demonios, su segunda novela. En el barco de ida a Barcelona ya escribe unos textos muy ingenuos a los que llama fugas y cuyo tema es el mismo: la huida de un ambiente triste en busca del amor.

Pero esa juvenil ilusión con la que Laforet llega a Barcelona se desmorona pronto, la relación con Lezcano fracasa de inmediato y esa es la decepción contenida en Nada y que conocemos a través de Andrea, aunque el verdadero motivo de la decepción se oculta al lector (grandísimo hallazgo narrativo). Por tanto ese desengaño ofrece, y ofreció en su momento, diferentes lecturas, incluso una lectura política de la cual la escritora se desentendió pero que tiene una gran fuerza. Lo cierto es que Laforet repetiría siempre el mismo esquema, ya apuntado cuando era una colegial y hacía novillos: huir. Es toda una estirpe humana, la gente que tiene predisposición a la lejanía, al nomadismo, que vive en una especie de fuga permanente, en la convicción de que basta con cambiar de lugar para pensar que los problemas quedarán atrás. Obviamente no es así.

Laforet ganó la primera convocatoria del Premio Nadal a los veintitrés años con su novela Nada. El éxito la abrumó, también escribe usted que “las exigencias que genera la creación literaria la asustaron”. Las circunstancias eran abrumadoras para cualquiera, pero especialmente para alguien de su sensibilidad.

Es muy interesante la biografía de Laforet para comprender los estragos que puede causar el éxito en una personalidad todavía en formación, es decir cuando se es demasiado joven para poder gestionar el éxito adecuadamente. Una de las tesis de la biografía es que ganar el Premio Nadal se convirtió en una trampa mortal, un hecho de consecuencias incalculables para alguien que solo quería vivir, ver mundo, seguir sus propios impulsos afectivos y a ser posible escribir sobre ellos.

Una de las cosas que plantea su biografía es que Laforet trataba de no escribir de su vida. O al menos tenía sentimientos ambivalentes con eso, como por otro lado los tenía con su vocación y con la escritura. Pensaba mucho sus novelas y sus personajes y ejecutaba menos, y además rompía mucho. En otro momento dice que es el caso más claro de enfrentamiento entre un creador y su obra.

Sí, en efecto. Nada se lee y se analiza en su momento, como es lógico, con un interés extraordinario, por la extrema juventud de la autora y por la modernidad del planteamiento narrativo. Andrea está a años luz de las heroínas de la novela española de los años treinta, mucho más próxima al existencialismo de una Françoise Sagan, por ejemplo: “Una de las pocas cosas que en aquel tiempo estaba yo capacitada para atender era la miseria en cualquier aspecto que se presentase”, evoca la protagonista con una crudeza que nada tiene que ver con los personajes de Carmen de Icaza, por decir algo. Pero la amistad tan estrecha entre Andrea y Ena despertó también otro tipo de curiosidad. Llamó poderosamente la atención la franqueza con la que la joven Andrea desdeña el contacto con los hombres. La escena que tiene lugar en Montjuic, cuando Gerardo la acaricia con delicadeza y la narradora apostilla: “Entonces era lo suficientemente atontada para no darme cuenta de que aquel era uno de los infinitos hombres que nacen solo para sementales y junto a una mujer no entienden otra actitud que esta. Su cerebro y su corazón no llegan a más.” En 1945 este comentario debió de ser muy impactante. Digamos que esa franqueza con la que escribe Laforet, consciente ya de las expectativas y consecuencias, quedará inhibida en lo sucesivo. El bloqueo literario irá avanzando en su interior. ¿De qué puede escribir para no sentirse juzgada? Quince años después deja de escribir.

Usted plantea que “la frustración es el tema central de toda su obra literaria”; supongo que en el caso de Laforet las fuentes de frustración con respecto a su propia vida eran muchas, ¿una de ellas era la de la sexualidad?

Sí, es un tema interesantísimo y al mismo tiempo cargado de toda la represión sexual con la que se vivió en el franquismo. Tanto La mujer nueva como La insolación, una novela preciosa, con un final terrible, plantean la imposibilidad de vivir la vida libremente. Si en Nada la novela se cierra con la ilusión de Andrea de seguir a su amiga hasta Madrid, ante el desengaño sufrido en Barcelona, La insolación se cierra con la brutal paliza que un padre da a su hijo por su condición homosexual. A mí me parece que esta novela es su testamento literario.

En otro momento habla de un “sufrimiento constante entre lo que hace y lo que quiere hacer, entre sus aspiraciones y el texto que finalmente se publica, nunca de su gusto”.

Laforet es nuestro Salinger, aunque El guardián entre el centeno se publica cuando el escritor tenía ya 32 años, otra edad para bregar con el éxito. Pero los dos procedían de un pasado problemático y acusan el impacto del triunfo de una forma parecida. Curiosamente, ambas novelas tratan de la adolescencia y de las dificultades de adaptación que sufren sus protagonistas. Aunque la segunda parte de Nada toma otro derrotero. En todo caso, Laforet hace numerosas menciones en sus cartas al bloqueo literario que sufre a medida que pasan los años y no consigue cumplir con todos los compromisos: la idea de que pueda interpretarse lo que escribe la paraliza, porque la raíz de su inspiración era profundamente autobiográfica.

En Laforet se ve también una cierta rebelión ante las imposiciones de la rutina, se revuelve como un gato ante lo que se considera una vida normal. Se siente vagabunda, detesta las tareas de la casa… pero todo eso acaba afectando también a su escritura.

Sí, sobre todo a raíz de su separación de Manuel Cerezales, en 1970, Laforet empieza a perder pie. Paradójicamente ella creía que ocurriría lo contrario y que con la separación se abría a una nueva etapa de liberación, creatividad e independencia. Pero los sentimientos de culpa y la máxima libertad a la que debe enfrentarse en lo sucesivo –¿dónde iba a vivir?, por ejemplo– se abren en su interior con toda la crudeza. Su primer artículo en abc es un autorretrato impresionante: se ve a sí misma saliendo de una serie de catástrofes íntimas y obligada a empezar una nueva vida “sin juventud y sin belleza”, porque lo cierto es que Laforet sufre una profunda transformación física en torno a esta fecha de 1970, reflejo de su honda crisis personal.

Su trabajo sobre Laforet combina lo documental –las correspondencias– y también hay una indagación psicológica: hace hincapié en la madre de Laforet, enferma y fallecida cuando Laforet entraba en la pubertad, y en cómo esa ausencia le marcó.

La psicología es una herramienta fundamental en la escritura biográfica porque no basta con los hechos, hay que integrarlos en un mundo personal, en una vida hecha de muchas cosas distintas que, sin embargo, conviven en nuestro interior. Perder a la madre a los trece años, en plena pubertad, y en unas condiciones familiares complicadas genera, puede generar, un vacío afectivo importante. Laforet crece, madura, enfrentada al rechazo familiar (que representa la nueva esposa de su padre) y eso, en efecto, la marca: la empuja a la independencia pero al mismo tiempo fomenta su ansiedad vital.

Laforet tuvo dos grandes amigos escritores con los que mantuvo correspondencia: Elena Fortún y Ramón J. Sender. ¿Por qué conectó con ellos? ¿Cómo la marcaron a ella?

No fueron los únicos. Fue una mujer de grandes y sólidas amistades. Desde la escritora canaria Dolores de la Fe hasta Antonella Bodini, pasando por Rosa Cajal (de la que sabemos muy poco) y desde luego Ramón J. Sender, el escritor que más próximo se sintió de ella, aunque Laforet no le correspondiera en el sentido que a Sender le hubiera gustado. También mantuvo una buena relación epistolar con Gerald Brenan, gran admirador suyo. La amistad con Elena Fortún fue breve, pero de una gran intensidad. En general, ella era la receptora de las primeras cartas. Tanto Fortún como Sender se dirigen a ella después de leer Nada y quedar admirados de su modernidad.

Han pasado once años desde que se publicó la biografía, pero nuevo material hizo que revisaran el trabajo y apareciera una edición aumentada en 2019. ¿Qué descubrieron en ese tiempo de Carmen Laforet?

Apareció parte de la correspondencia cruzada con Lilí Álvarez y ayudó a precisar la naturaleza de su amistad, así como los motivos de su radical distanciamiento. No creo que Laforet se recuperara nunca de aquella experiencia.

¿Qué hace especial a Carmen Laforet, o dicho de otro modo, qué logró con Nada, que no volvió a repetir en el resto de su obra?

Laforet en su momento ejerce una influencia extraordinaria en muchas escritoras que ven en ella un modelo a seguir, a pesar del paradigma político y moral impuesto a las mujeres por el franquismo. La estela laforetiana es impresionante pues fue una inspiración indiscutible: Eulalia Galvarriato, Ana María Matute, Rosa Cajal, Elena Quiroga, Carmen Kurtz, Dolores Medio, Concha Alós, Marta Portal, Mercedes Salisachs… Todas encontraron en Laforet una referencia literaria imprescindible, porque era una escritora que hablaba de su tiempo y de las dificultades para ser una misma. ~


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