Entrevista a Andrés Trapiello: "La tercera España es la que acabó sometida a cualquiera de las otras dos, y en definitiva, la silenciada, la mayoritaria" | Letras Libres
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Fotografía: Miriam Moreno

Entrevista a Andrés Trapiello: "La tercera España es la que acabó sometida a cualquiera de las otras dos, y en definitiva, la silenciada, la mayoritaria"

Las armas y las letras, de Andrés Trapiello, es una obra de referencia sobre la guerra civil española. Dio a conocer a autores olvidados o injustamente tratados, rescató obras que merecían más lectores y desmontó algunos tópicos, con una escritura que combina la erudición, la fuerza narrativa y la agudeza interpretativa con una mirada cervantina, mordaz y humanista al mismo tiempo. Veinticinco años después de la primera edición, Trapiello publica una versión ampliada en Destino.

En cierta manera Las armas y las letras es un libro infinito: ahora, cuando se cumplen veinticinco años, aparece una edición ampliada. ¿Cuáles son los cambios más importantes?

La idea es la misma desde la primera edición: contar la historia de escritores, artistas e intelectuales durante la Guerra Civil, pero especialmente de quienes siendo de izquierdas, de centro o de derechas fueron estigmatizados por razones políticas. El libro ha ido creciendo desde entonces, unas veces incorporando figuras centrales, como Morla Lynch o José Castillejo, cuyos libros se publicaron solo recientemente, y otras, de segundo orden, como Estelrich. En esta edición hay cientos de citas y datos nuevos, que completan algún pasaje (todo lo relativo a Chaves Nogales, por ejemplo, con las ediciones de sus libros inéditos, o a Unamuno, de quien podemos fijar mejor el episodio del paraninfo de la universidad de 1936, tras las investigaciones últimas del matrimonio Rabaté) o añaden detalles interesantes. Por ejemplo: al lado de la sección “A paseo” de El Mono Azul, que “paseaba” en efigie a algunos intelectuales en el momento que se “paseaba” de cuerpo presente a otros muchos, había un José Luis Salado, escritor comunista, que llevaba otra sección en un periódico madrileño que se titulaba “Tiros al blanco”. El crimen como un deporte. Hay, igualmente, fotos inéditas y desconocidas de guerra, entre las mejores que yo haya visto nunca. Una por ejemplo que ilustra uno de esos tiros al blanco, en la que se ve cómo disparan sobre un hombre indefenso y por la espalda como sobre una alimaña. El resultado final ha sido un trabajo de taracea. No hay una página que no haya sido corregida, ampliada, matizada. Creo que esta edición tiene unas cincuenta páginas más que las otras. Y confío en que sea la definitiva.

El libro cambió la forma en que muchos veían la guerra y el papel de los escritores. Incluye muchos nombres que ahora son más conocidos que entonces, analiza las obras y construye un relato. Reediciones, estudios, rescates o incluso ficciones son herederos de Las armas y las letras. ¿Cómo ha variado la forma en que vemos esa época en este tiempo?

La gente ha acabado asumiendo que aquello no fue cosa solo de buenos y malos. Porque entre los malos había buenos, y entre los buenos, malos. Que no todos los que apoyaron el levantamiento militar eran fascistas, ni demócratas todos los que lucharon en el bando republicano, sin que esto oculte que el 18 de julio se produjo un golpe de Estado contra un régimen legítimo que para muchos, Chaves Nogales entre ellos, desapareció el 19 de julio porque no podía proteger a ninguno de los que lo reconocían como legítimo. Y desde luego, que la especie de que los mejores escritores e intelectuales se pusieron de parte de la República es falsa, un triunfo de la propaganda republicana, con la que trataron de demostrar la idea de superioridad moral que creían tener sobre los sublevados, primero, y sobre los vencedores de la guerra, después, superioridad moral que aún siguen inexplicablemente sintiendo algunos.

En el prólogo de 2019 dice: “Muchos escritores e intelectuales, como tantos españoles, se vieron obligados a escoger, y a menudo de manera dramática, entre dos visiones de la historia y de la vida que en muchos casos acabaron siendo delirantes, totalitarias y mesiánicas.” Estas dos visiones, en el fondo minoritarias, se imponen a una mayoritaria. ¿Qué define para usted esa tercera España?

Aquella que hubo de elegir bando a la fuerza, sin que ello significara que de haber elegido el contrario estaría también a gusto en él. La tercera España es la que acabó sometida a cualquiera de las otras dos, y en definitiva,
la silenciada, la mayoritaria. Por eso los verdaderos vencedores de la Guerra Civil fueron, políticamente, los falangistas y los comunistas. Falange Española y pce contaban al principio de la guerra con unos veinte mil afiliados, y al final, con dos millones cada uno de estos dos partidos. Los falangistas administraron la victoria real, y los comunistas el relato, es decir, la ficción. Los escritores de derecha, sin embargo, perdieron los manuales de literatura; y a muchos de los de izquierda se les trató de grandes escritores, solo porque la perdieron. Y en medio los perdedores absolutos, los Chaves Nogales, Elena Fortún, José Castillejo, Clara Campoamor, a esos ni unos ni otros les resarcieron con nada, fueron condenados al olvido. Demasiado libres y, sobre todo, testigos incómodos de los crímenes de los republicanos. Y en esa tercera España silenciada estuvieron también quienes como Juan Ramón Jiménez no le servían plenamente a ninguna de las otras dos. Acaba de pasarme Carmen Hernández-Pinzón una carta de JRJ de 1943 en la que dice que no quiere saber nada ni de los falangistas ni “de ciertos elementos” que andan por el exilio. Se refería, entre otros, a Segundo Serrano Poncela, uno de los responsables de las sacas de Paracuellos. Y tercera España son, dentro de España, Gaziel, Espina, Répide y tantos más.

Una de las ideas del libro es que la República gana la guerra de la propaganda desde el principio, dentro y sobre todo fuera de España. Nadie, ni las mentes más admirables (JRJ o Gaya, por ejemplo), está por otra parte siempre libre de su influencia. Uno de los éxitos de la propaganda sería precisamente popularizar la idea de que los escritores importantes se quedan del lado de la República.

Aunque va contra la idea que tiene uno de la literatura, en la penúltima edición me atreví a poner en dos columnas a unos ciento cincuenta escritores, setenta y cinco de un bando y setenta y cinco del otro, o adscritos por las circunstancias a cada uno de ellos. En esta he añadido algunos nombres más. Es la única manera de desmontar la propaganda. Con la República estuvieron Juan Ramón, Lorca, Machado, Azaña, sí… ¿Pero son menos que ellos, como escritores, Baroja, Unamuno, Azorín, Gómez de la Serna u Ortega y Gasset? ¿Américo Castro es más que Menéndez Pidal? A otros la guerra y su muerte les dio una gran notoriedad, como a Miguel Hernández, pero ¿es menos poeta él que Manuel Machado? Me entusiasma Rosa Chacel, pero no podría decir que es “mejor” que Cunqueiro. Me gusta mucho, como es notorio, Chaves Nogales, pero nadie puede decir que Pla no esté a su altura como periodista. De modo que ese es el mito que hemos de desmontar.

¿De qué escritores se siente más cercano o lejano de esa época? ¿Ha cambiado en algo su opinión sobre ellos desde 1994 hasta ahora?

En general estoy más cerca de aquellos que fueron refractarios al sectarismo de su propio bando, y más lejos de los sectarios, sobre todo de los sectarios oportunistas y aprovechados, tipo Neruda o los Alberti… Aunque a uno le gusten poco Luisa Carnés o Arconada, sus vidas difíciles de exiliados parecen justificar que su literatura no fuera algo mejor. Y aunque no me gustara lo que escribían antes de la guerra ni después, admiro la valentía de León Felipe al reconocer que también se equivocó al afirmar que los poetas republicanos “se llevaron la canción”. Me emocionan siempre Antonio Machado, Juan Ramón, Gaya. Me admiran Unamuno y Azaña, tan enemigos uno del otro. Baroja, Azorín. Ortega, Clara Campoamor, Chaves, Castillejo… Y al contrario, no solo no he cambiado mi opinión sobre ellos, sino que ha crecido mi admiración por su obra. Algunos, como Azorín y Baroja, escriben y publican, en lo más duro de la dictadura franquista y pese a todo, algunos de sus mejores libros. En general la guerra hizo mucho daño a la literatura y la poesía en el momento, y fue necesario que la guerra pasara para que dieran lo mejor de sí, por ejemplo María Zambrano. Sus escritos de guerra son aterradores. Cuando anda por medio la propaganda, la literatura y la poesía se evaporan. Lo decía Machado, la retórica de la guerra es igual en los dos bandos.

Una diferencia que señala en el campo republicano, entre los intelectuales, es una mayor discusión, a veces problemática, mientras que en la zona nacional “una sola crítica adversa de los poemas de Rosales, Pemán, Vivanco o Ridruejo, o de la novela de Foxá o de las teorías de Laín habría significado para su autor represalias sin cuento”. Habla de una uniformidad de juicio.

En general es como digo. Una revista como Hora de España no existía en la zona nacional. Y aunque Cernuda se va de España porque esa revista censura su poema a Lorca por razones morales (evocaba y descubría el amor a los efebos del poeta granadino), el nivel intelectual es muy alto. La derecha trata en sus revistas de estetizar la política, y la izquierda de politizar la estética. Quizá el tiempo sea menos cruel con la estética que con aquellas dos políticas totalitarias. O por lo menos yo tolero mejor la literatura de evasión que la del compromiso con las políticas totalitarias.

Escribe: “A los intelectuales republicanos parece interesarles España. A los nacionalistas, más el imperio, o sea, una bandera. A unos el pueblo y a otros los tercios, los cruzados. Y ya se sabe: nada como la patria para arrancar sentimientos insinceros o solemnes, de los que insufla el viento y el tiempo dispersa como vilanitos secos.” Me gusta ese recurso, que usa más veces en el libro, de un contacto de repente con lo natural o lo concreto. En el prólogo nuevo habla también de nuestro tiempo de populismos y nacionalismos, “reactivación de la roña carlista”.

Se ve que uno es irremediablemente un escritor realista. Me gusta que las palabras tengan color y olor. Debe ser cosa instintiva. Escribir con imágenes, metáforas y sinestesias tiene la ventaja de los atajos, es como darle alas al pensamiento. Es algo que hacemos todos hablando constantemente, y por eso decía JRJ aquello de que “quien escribe como se habla llegará más lejos en lo porvenir y será más leído que quien escribe como se escribe”. Y en eso hace uno lo que puede.

Dice: “el humor heterodoxo en España tiende a hacerse de derechas”. ¿A qué se debe?

El escritor de izquierdas, sobre todo el marxista, tiene por lo general una idea de sí mismo más complaciente y satisfecha. Suele creer que tiene la Historia de su parte, y exhibe orgulloso su compromiso político, y ve el humor como una debilidad o una frivolidad, un obstáculo y una alienación. El Quijote se vio durante casi doscientos años como una obra menor, porque era obra humorística. El humorista, si es inteligente, sea de izquierdas o de derechas, se mofa de esas distinciones, por eso pueden verse en los chistes de Tono sátiras improbables en la otra zona. Es incluso difícil saber cómo algunos de sus chistes pasaron la censura, como ese en que se ve a un miliciano gordo de la cnt en la consulta del médico. Este le dice: para su gordura le conviene pasear; y el miliciano responde: ¿a quién? El chiste va dirigido a lectores que sin duda tenían parientes y amigos “paseados…”. Y sin embargo… Después de la guerra el humor fue la única válvula de escape de crítica al régimen franquista, y acabó en manos de gentes que siendo más bien de derechas, como el gran Chumy Chúmez, resultan de izquierdas, o de izquierdas, como Vázquez Montalbán, que con servicio doméstico uniformado y parque móvil, son indistinguibles de cualquier burgués de derechas.

También me ha llamado la atención la comparación que hace usted entre Sender y Cela.

Son los dos escritores un tanto tremebundistas y un poco toscos. Simpatizaron mucho después de la guerra, se reconocieron como de una misma tribu. Por eso su amistad acabó en una reyerta.

Este es, entre otras cosas, un libro sobre la memoria. En los últimos años se ha hablado mucho de la cuestión de la memoria histórica. Critica la ley. ¿Qué es lo que se ha hecho mal y qué es lo que habría que hacer?

Nuestros padres hicieron algo bien, no importa del bando que fueran: inculcar a sus hijos que cualquier cosa antes que repetir otra guerra civil. Y fueron más honestos que muchos de sus nietos: conocían la verdad de los hechos y sabían hasta qué punto todos, unos y otros, tenían mucho de qué arrepentirse. Por eso llegada la Transición lo confiaron todo al olvido, en aras de la convivencia y la paz. Y aunque supieran que sin justicia no hay paz posible, sabían también que a veces la paz es preferible a la justicia. Goethe lo sintetizó en un célebre díctum: prefiero la injusticia al desorden. Y como dice Nietzsche: un exceso de memoria acaba con la vida. Y así lo entendieron Carrillo, Pasionaria, González, Suárez, incluso Fraga. No es que cerraran en falso la historia. Confiaban en que el tiempo acabara de cicatrizar las heridas. Y todo parecía hacer pensar que se iba a lograr, hasta que… llegaron al poder quienes parece que legislaron no para resarcir a las víctimas, sino para reescribir la historia.

A la par que ha habido una reivindicación de la memoria histórica, hemos visto alarmas ante los excesos del recuerdo y su instrumentalización para ganar las batallas del presente. ¿Es algo que le preocupa, cree que ha ido en aumento?

Los que hicieron la Transición, que fue modélica, no se olvide, se equivocaron en algo: el deseo de los nietos de algunos derrotados de la Guerra Civil, víctimas después del franquismo, que decidieron hacer olvidar con los crímenes franquistas la condición de victimarios de algunas de esas víctimas. Y para ello decidieron en no pocos casos reconstruir la historia, ennoblecer la derrota. En una exposición reciente sobre la defensa de Madrid organizada por el populista Ayuntamiento de Carmena se hizo desaparecer el papel de los militares, Miaja y Rojo, solo para presentar la defensa de Madrid como un logro “del pueblo de Madrid”, cuando todos hemos leído cómo Miaja tuvo que disparar sobre el pueblo de Madrid que en desbandada desertaba de las defensas de la Casa de Campo. Y por supuesto que hay que recordar, pero hay que recordarlo todo. De ahí que resulte un exceso retórico y una caricatura volver a oír el grito de “No pasarán” (la última vez la noche de los resultados electorales del 28a frente a la sede del psoe por enardecidos y exultantes que celebraban la victoria), conociendo lo que sucedió en 1939: no solo pasaron, sino que se quedaron cuarenta años, y Franco murió en su cama.

Habla y defiende muchas novelas, pero dice que no es el mejor género: las mejores novelas de esta época son los testimonios. ¿A qué se debe esto?

La muerte y el peligro dejan en la memoria una impronta indeleble. A su lado la ficción palidece casi siempre. Aunque Chaves Nogales diga que sus relatos de A sangre y fuego son mezcla de ficción y realidad, el lector los percibe como crónica. Lo mismo sucede con la que para mí es acaso la mejor novela de la Guerra Civil, Celia en la revolución, de Elena Fortún. Todo en ella tiene esa impronta, y el lector percibe que la vida es un bien muy frágil y que bien pudo morir realmente en cualquiera de las peripecias. De ahí que a las novelas de la guerra les sea tan difícil competir no solo con memorias y diarios, sino con cualquier página de periódico de la época.

Escribe que si la primera edición fue responsable de la reivindicación de Chaves Nogales, la nueva versión debería servir entre otras cosas para hacer más conocidos a Carlos Morla Lynch y José Castillejo. ¿Qué le interesa de ellos?

En el caso de Morla, la visión de alguien que ni siquiera es un intelectual ni un escritor. Alguien que apenas tiene los rudimentos de la literatura, que se limita a describir lo que ve, y que es libre porque escribe bajo el pabellón chileno, es un testigo fiel e imparcial. De Castillejo, pese a alguna de sus ideas disparatadas (llegó a creer que la solución a la guerra era partir España en dos, una para cada bando, adelantándose en eso a la partición de Alemania), interesa todo, el tono tan institucionista, la mesura, los modales, diríamos, y el querer ir a la raíz del problema: la incuria de la nación española, la falta de instrucción, el fanatismo religioso, la intransigencia. Lo mismo que Clara Campoamor. Lo que ahora hemos de preguntarnos nosotros como españoles es por las razones por las que hemos tardado casi sesenta años en descubrir sus obras, sus conductas, su ejemplo. Fue lo primero en lo que se pusieron de acuerdo las dos Españas, en callarlos y hacerlos desaparecer como testigos incómodos.

Otra forma de leer el libro es verlo como un libro sobre la retórica. Una reflexión sobre la guerra y la retórica está casi al principio, y uno de los momentos más emocionantes es la parte final, cuando Manuel Machado viaja a Collioure, donde acaba de morir su hermano. Dice: “ahí deberíamos ver el arranque de la reconciliación nacional”. ¿Por qué?

Es algo que también hemos aprendido. Los hermanos Machado eran más que hermanos, eran almas gemelas, se veían a diario, escribían juntos, se admiraban uno al otro sinceramente y lo manifestaban con los mayores encomios. Pensaban parecido en todo, eran liberales. De haber caído Antonio con los franquistas y Manuel con los republicanos, ¿no habría hecho Antonio lo que hizo Manuel, y Manuel lo que hizo Antonio? La propaganda, la retórica de los perdedores, puso a Antonio en el puesto más alto de la literatura, rebajando al tiempo a Manuel, pero lo cierto es que el soneto a Líster de Antonio es peor aún que el de Manuel a Franco. La reconciliación pasa por leer lo mejor de uno y de otro sin la mediación de la propaganda, y descubrir los poemas maravillosos que uno y otro escribieron, sabiendo que lo que acaso tenga Antonio de superior sobre su hermano no fue desde luego consecuencia de su postura en la Guerra Civil, ni a la inversa, Manuel no es menor en relación a su hermano porque pasara la guerra en Burgos. Esa es la libertad que trata de inculcar este libro mío. Despojar a los lectores de los prejuicios que inculcaron en ellos muchos años de propaganda, de uno y otro bando. ~


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