Encuentro de dos inadaptados | Letras Libres
artículo no publicado

Encuentro de dos inadaptados

Sara Mesa

Cara de pan

Barcelona, Anagrama, 2018, 138 pp.

 

Casi, la protagonista de la novela más reciente de Sara Mesa (Madrid, 1976), no se llama así de verdad, pero es el nombre que elige para llamarla Viejo, que tampoco se llama así, el otro protagonista de la novela. En realidad, sería mucho más preciso hablar de nouvelle para referirse a Cara de pan, el octavo libro que publica Mesa y que llega después de la reedición de Un incendio invisible, el libro de cuentos Mala letra y la novela Cicatriz. Cara de pan es la historia de dos inadaptados: una preadolescente de casi catorce años y un hombre en la cincuentena cuya trayectoria vital, que se ofrece a cuentagotas en el libro, lo dibuja como un tarado, un marginado, un loco: solo tiene dos trajes, no trabaja, no paga impuestos, estuvo encerrado en una clínica; la información sobre él se ofrece dispersa para que el lector, como Casi, organice el puzle. De Casi también se cuentan las cosas dispersas, pero de manera mucho más expansiva: no le gusta el instituto ni el mote que le han puesto, “cara de pan”, no le gusta hacer trabajos en grupo y echa de menos a su hermano, nueve años mayor, que se ha ido a hacer un máster al extranjero. No está a gusto en ningún sitio, ni en su casa ni en el instituto; su único refugio es un lugar separado por un seto del resto en el parque. Allí acude cada día en lugar de ir al instituto, y allí, de casualidad, se encuentran ella y el Viejo. Allí charlan, comparten bolsas de patatas fritas e inquietudes: el Viejo le habla de pájaros y de Nina Simone; Casi empieza inventando una vida fantástica llena de viajes, pero poco a poco le va hablando de su vida de verdad.

El libro tiene dos partes, “El parque” y “La cafetería”, que toman el nombre de los dos únicos sitios en los que Casi y Viejo se ven. Esa elección es una muestra de la importancia que da Mesa al espacio, a los lugares, y a las limitaciones que impone. El parque es un lugar apartado, pero visible, es seguro a medias y allí pueden relacionarse sin miedo de ser juzgados. La cafetería, en cambio, es un lugar público que comparten con más gente y, por tanto, su conversación, sus gestos, etc., pueden ser observados y llamar la atención. La primera parte, “El parque”, es mucho más larga que la segunda. Cuenta la sucesión más o menos ordenada de los días que pasan en el refugio, unos tres meses en total, el tiempo que Casi falta a clase. Aunque tiene un plan para que sus padres no se den cuenta y lo ejecuta y medio le funciona, es solo cuestión de tiempo que la descubran: es menor de edad y, con mayor o menor celeridad, los protocolos de control sobre el absentismo escolar funcionan. En esos tres meses les da tiempo a saber un poco el uno del otro, y a contarse fragmentos de su pasado: el del Viejo oculta varios secretos, Casi no tiene aún nada que ocultar, salvo los sentimientos de los que se avergüenza. Ninguno de los dos encaja y ambos se sienten expulsados del mundo, por eso se consuelan, se escuchan, no se juzgan. El libro es también el relato de una batalla de esos dos inadaptados contra un mundo que les impone unas restricciones y unas etiquetas que no comprenden, y que, además, da por hecho lo que piensan o sienten sin siquiera preguntar.

La fragmentariedad con que está contada la historia busca colocar pistas falsas sobre lo que va a suceder, para que todo nos lleve a pensar en una relación de abuso, sin embargo, no es eso lo que va a ocurrir. La perversión, el abuso y las pulsiones sexuales están ahí, por supuesto, y aparecen y son uno de los asuntos centrales, pero sobre todo en la imaginación. El libro juega un poco al despiste, en ese sentido, sabiendo que será difícil que a un lector no le salten todas las alarmas sobre lo depravado de una relación entre un viejo loco y una niña en estos momentos de hiperprotección y sobrerreacción. Lo anómalo suele asociarse con lo malvado, pero no tiene por qué ser así: la naturaleza de las relaciones entre los seres humanos es diversa, y debe serlo. Esa es una de las tesis del libro: cómo se pretende hacer encajar a los individuos en patrones, pero también las relaciones que se desarrollan entre ellos. En caso de no cumplir con lo establecido, la expulsión es inevitable, como le ha sucedido al Viejo. Casi, la chica, aún puede salvarse: puede integrarse, puede encajar, solo tiene que pagar algunos peajes de “normalización”, como echarse un novio, tal vez, ir a clase, y fingir que quiere formar parte del mundo.

Sara Mesa no teme hacer el ridículo o sonar cursi y tensa la historia. Los personajes son extremos en su comportamiento y en sus condiciones y consigue construir escenas muy complicadas y arriesgadas. Pero quizá el libro fía demasiado a la tesis y menos a la forma: el estilo, la voz de los personajes y su construcción, que tienden ligeramente al cliché. No sé cuál era la finalidad del libro, pero el resultado es que invita a la reflexión sobre las relaciones y los atajos y trampas que nos ponemos a la hora de juzgar a los demás. La realidad es mucho más compleja de lo que parece a simple vista y atar cabos demasiado rápido no suele servir para descubrir la verdadera naturaleza de las cosas. ~


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