El inventor de la ficción del coche | Letras Libres
artículo no publicado

El inventor de la ficción del coche

El 23 de marzo pasado falleció en París el profesor, ensayista y escritor francés Serge Doubrovsky. En mayo habría cumplido 89 años. En alguna ocasión había imaginado su propia muerte, la había inventado y planeado con cuidado narcisista. No era algo excepcional, porque desde el comienzo de su carrera literaria (La dispersion, 1969) había optado por escribir lo vivido y también vivir lo escrito. Era conocido sobre todo por ser el “inventor” de la autoficción, que en los últimos años ha despertado adhesiones y rechazos incontables. Para unos el neologismo fue una mala elección, una contradicción en los términos y una imprecisión que daba problemas. Sin embargo, otros valoraron su plasticidad y eficacia, porque tenía el atractivo posmoderno y el poder sugerente de un buen logo comercial. En cualquier caso terminó por imponerse en los medios literarios y artísticos.

Doubrovsky reconoció ser el primer sorprendido por la fortuna de su invento, porque, cuando lo creó en 1977 con el fin de sugerir de manera ambigua el carácter autobiográfico de su libro Fils (roman), nunca imaginó que fuese a durar. Su reserva se debía tal vez a lo que él sabía y nosotros descubriríamos después, en 2014, cuando publicó, con el título de Le monstre, el manuscrito de 1.700 páginas del que había salido Fils. En el manuscrito figuraba la “palabra” en una frase que no aparecería en la novela: “si j’écris dans ma voiture mon autobiographie sera mon auto-fiction”. Así nació la autoficción, es decir, la “ficción del coche”. Lisa y llanamente una ocurrencia, una ocurrencia con fortuna. Había anotado la frase en los primeros setenta un día que se desplazaba a Manhattan en su coche para impartir sus cursos en la New York University, donde enseñó más de cuarenta años. En aquel tiempo había siempre en la guantera del automóvil un cuaderno al alcance de la mano para anotar frases o ideas sueltas en las paradas de los semáforos o en los atascos.

En principio el neologismo “autoficción” le permitía regatear el más pesado y rimbombante “auto-biografía”, sin que ello supusiese que abría la puerta a la fabulación de su vida. Al contrario, como se podía leer en la contraportada de Fils, se trataba de una “ficción de acontecimientos y de hechos estrictamente reales”. Parecería a simple vista un contrasentido, pero no lo era para Doubrovsky. En su concepción de la autobiografía, es decir de la autoficción, se armonizaban el intento de buscar la verdad personal (el “auto” del neologismo) con las posibilidades que ofrecía el lenguaje narrativo que no renunciaba a ninguno de los recursos, hallazgos y conquistas de la novela innovadora y vanguardista, particularmente de Joyce y Proust. Por tanto, la autoficción sería histórica en lo que se refería a los hechos, pero para contarlos elegiría una forma novelesca, que le permitiera indagar con toda la libertad en los repliegues del yo, de la memoria y del subconsciente que le brindaba la lengua. “La materia es enteramente autobiográfica, la manera enteramente ficcional”, apostilló en una entrevista. En ese pulso entre literatura y veracidad, la escritura y la vida de Doubrovsky se interpenetraron estimulándose mutuamente.

Ni Fils ni los libros que le siguieron, Un amour de soi (1982), La vie l’instant (1985), Le livre brisé (1989), L’après-vivre (1994), Laissé pour conter (1998) o el último Un homme de passage (2011), podrían leerse correctamente sin la referencia biográfica de su autor, que va pintándose y borrándose en cada una de sus sucesivas autoficciones. En los relatos están sus orígenes judíos, su infancia de encierro y escondite en la periferia parisina durante la ocupación nazi, su carrera de estudiante y profesor de éxito, su carácter tenaz y arisco, su existencia arrebatada, su intensa vida sexual, contada con pelos y señales, su derrotero familiar, sus enfrentamientos con esposas, exesposas, amantes, novias y demás parentela. También la añorada presencia ausente de la madre muerta en los años sesenta.

En esta confesión a tumba abierta que caracteriza su obra, destaca el suicidio de Ilse, su segunda esposa, que Doubrovsky contaría con crudeza en Le livre brisé, y que inevitablemente le habría de afectar de manera dolorosa. El hecho constituye sin duda un ejemplo extremo de lo que podemos denominar “daños colaterales literarios”. El relato nació del reto que le lanzó Ilse. ¿Sería capaz de escribir un libro que contase sin tapujos la delicuescente vida conyugal de ambos? Según lo iba escribiendo pasaba los capítulos a Ilse, que los leía, criticaba y añadía su propia versión (algunas pasaron al libro). En el proceso de escritura, Ilse se suicidó, y no se sabe hasta qué punto esta suerte de ruleta rusa narrativa pudo influir en su decisión. Doubrovsky cayó en una depresión de caballo, una más de las que jalonaron su vida.

No tuvo una vida fácil en lo personal, y sus entregas autobiográficas y curas psicoanalíticas así lo refrendan. Para poner la guinda a sus desgracias familiares, su primo Marc Weitzmann, en su novela Chaos (1997), además de recordarle este desgraciado suceso, le cuestionaría lo que nadie había osado antes: la autoría de la “autoficción”. No se sabe si por ignorancia o por mala fe, pero trató de “expropiarle” el invento sin razón, atribuyéndoselo al escritor judío estadounidense, de origen polaco, Jerzy Kosinski. No, definitivamente, Doubrovsky no tuvo suerte con la familia.

Justo en el año en que muere su inventor, la autoficción va a cumplir cuarenta años, una madurez interesante, y aunque no siempre haya acuerdo sobre sus virtudes, el neologismo se ha consolidado en Europa y goza de buena salud entre académicos y críticos. En España, donde subsisten todavía resistencias a la consideración literaria de la autobiografía, algunos autores han recurrido a la autoficción como argucia para evitar el desafío de ser veraces. Pero es significativo que la tendencia biográfica y vanguardista de Doubrovsky, de extremo riesgo como se ha visto, no haya tenido apenas seguidores, para imponerse la variante de autoficción más fabuladora o fantástica. ¡Larga vida a Doubrovsky y su obra! ~


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