El día después | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Patrick Seeger

El día después

Las elecciones europeas del 26 de mayo están marcadas por un debate creciente en términos paneuropeos que poco a poco va desbordando el debate únicamente nacional. La campaña que viene se caracterizará por un nuevo eje que organiza y señala las prioridades políticas de buena parte de las sociedades europeas y que se resume, básicamente, en mayor apertura y europeísmo o mayor repliegue nacional: en sociedades abiertas o sociedades cerradas. En la diferencia, por utilizar la jerga, entre “globalistas cosmopolitas o comunitaristas nativistas”. Este segundo grupo, articulado en una pseudocoalición a la contra, provoca que la Unión se enfrente a un riesgo cierto de parálisis en la legislatura que entra. Si los europeístas se quedan en casa veremos una Unión estancada mientras el mundo sigue girando sin esperar a que pongamos la casa en orden.

En la memoria de los electores siguen flotando el brexit y el auge del ultranacionalismo excluyente, con la noción difusa, tantas veces repetida, de que estamos ante un punto de inflexión o cambio de ciclo. Ya sabemos que hay algunos jinetes del apocalipsis cabalgando por las estepas continentales, como Steve Bannon y su iniciativa The Movement, un punto de encuentro para ayudar al caleidoscopio de extremistas y nacionalistas que emergen en cada punto de Europa. Pese a que buena parte de los medios europeos parece aceptar la narrativa que propone Bannon, la realidad es mucho más modesta. Su relevancia en la política europea es marginal. Sin embargo, la obsesión periodística por Bannon es otro ejemplo más de que los euroescépticos son capaces de imponer sus marcos en las campañas electorales.

También parece asumido que todos los nacionalistas y autoritarios son iguales, que conforman una masa coherente que alinea acciones para maximizar los intereses conjuntos o compartidos. Aunque es evidente que es positivo para todos ellos contar con fuerzas afines en otros países, las diferencias entre sí no son menores. La mejor prueba es mirar a los diferentes grupos eurófobos en el Parlamento Europeo a lo largo del tiempo. Hasta ahora, han sido incapaces de aglutinarse en un solo grupo o mostrar unidad de acción a la hora de votar.

Sus intereses tampoco son coherentes ni complementarios. Es verdad que prácticamente todos rechazan la inmigración y todo aquello que representa la UE. Ahora bien, los ultras del centro, norte y este de Europa afrontan la inmigración de forma estrictamente nacional. Sin embargo, en el sur, que es la principal ruta de entrada hacia Europa, se exige que el resto de socios europeos no se desentienda de los problemas, y se reclama modificar el reglamento de Dublín o tratar las políticas migratorias de manera conjunta y coordinada. Es decir, los intereses de Orbán (primer ministro de Hungría) y Salvini (vice primer ministro italiano) son contrapuestos en muchos ámbitos, incluyendo la concepción misma de Europa, de corte tradicionalista en un caso y populista en el otro.

Tampoco sus intereses económicos suelen coincidir. Los ultras del norte y centro de la Unión defienden las políticas de austeridad y limitar al máximo la solidaridad con el sur del continente, eliminando fondos estructurales. En este club nos encontramos fuerzas como Alternativa por Alemania (AFD) o los ultras nórdicos y centroeuropeos. Sin embargo, los ultras en el sur tienden a culpar a Alemania de diktat, personalizando en la canciller alemana Angela Merkel gran parte de sus problemas económicos locales, y en el este no quieren acabar con los fondos estructurales. Al mismo tiempo, mientras Marine Le Pen o el Movimiento 5 Estrellas desarrollan discursos antiglobalización de corte proteccionista, otras fuerzas como la Lega de Salvini, VOX o UKIP propugnan bajadas masivas de impuestos y Estados pequeños. Además, como pasa siempre que los nacionalistas se ponen a los mandos de las pasiones colectivas, la exaltación de la identidad nacional implica choques y fricciones entre ellos.

En resumen, los eurófobos distan de ser un frente unido bajo una bandera común. Eso sí: muchos de ellos han aprendido de los errores cometidos durante los últimos años y su estrategia común ha cambiado notablemente. A diferencia de lo que han intentado de manera explícita durante los últimos años, su objetivo ahora ya no es escaparse de la ue sino reformularla. El brexit está sirviendo de auténtica vacuna: visto el desorden económico y social de salir de la UE, los eurófobos intentarán ahora corroer el proyecto desde dentro y minar los grandes logros de la integración europea, pero no cerrar la puerta por fuera de manera unilateral. A día de hoy, es poco probable que logren una mayoría para hacer avanzar sus tesis desde el Parlamento, pero sí es más factible que puedan llegar a ser capaces de sumir en una parálisis política a la Unión. Tras las elecciones, el riesgo no es tanto una Europa iliberal como una Europa disfuncional y polarizada.

Las fuerzas antieuropeas ya cuentan con representación en las instituciones de la Unión a través de su presencia en gobiernos nacionales, pero tras las elecciones su poder se incrementará en el Parlamento y la Comisión. De hecho, es muy probable que la renovación de los principales cargos europeos sea lenta y tortuosa, y que los principales puestos fruto de la nueva distribución de poder sean menos entusiastas con la integración.

Una década de crisis nos ha mostrado que la UE es frágil pero también resiliente. Lo que nos jugamos en esta ocasión es que los cargos en las instituciones europeas que consigan las fuerzas ultranacionalistas sean más capaces de marcar la agenda y bloquear iniciativas. Podrán, por ejemplo, tratar de frenar las medidas sancionadoras contra Polonia o Hungría, por violar los valores básicos de la Unión y el Estado de derecho. También procurarán bloquear negociaciones comerciales para poner coto al libre comercio. Intentarán atacar la libertad de movimiento de los europeos, romper la unidad de acción en política exterior, frenar la lucha contra el cambio climático, abolir las sanciones a Rusia, tratar de reducir el presupuesto comunitario, dificultar la reforma del euro… Para las fuerzas europeístas el reto tras las elecciones europeas es encontrar la manera de lograr que la bicicleta europea siga pedaleando, aunque algunos pongan palos en las ruedas.

El día después de los comicios europeos Trump seguirá en la Casa Blanca desmontando el orden internacional de posguerra, Putin en el Kremlin fomentando la desunión entre europeos, o Xi Jinping en Zhongnanhai aplicando una agenda geoeconómica nacionalista. El día después de las elecciones europeas seguirán la guerra comercial, las medidas proteccionistas y el retroceso del multilateralismo. Y el desarrollo tecnológico hará necesario que adaptemos nuestras políticas públicas.

Así las cosas, el día después de las elecciones europeas habrá decisiones que tomar. Una de las principales amenazas a las que se enfrentan las democracias es el de la vetocracia, el acuerdo en el no acuerdo, la prioridad de no tener prioridades, la acción a la contra y el relato en negativo. No hay más que mirar a Londres durante los últimos dos años para concluir que es más fácil llegar a acuerdos en negativo, para bloquear, que en positivo, para avanzar. Lo que nos jugamos en estos comicios es la capacidad de Europa de seguir decidiendo y no enfrentar la próxima crisis atados de manos. ~