El cuarto de juegos de Carmen Martín Gaite | Letras Libres
artículo no publicado

El cuarto de juegos de Carmen Martín Gaite

Hace cuarenta años, Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 - Madrid, 2000) se convirtió en la primera mujer en ganar el Premio Nacional de Narrativa con El cuarto de atrás, el título que con el paso de los años se ha convertido en su obra canónica. Un trasunto de memorias que se puede considerar, como dice Gustavo Martín Garzo en el prólogo de la edición de Siruela de 2009, “una larga conversación. Todos los libros de Carmen Martín Gaite son una conversación, porque para ella escribir nunca fue distinto de hablar.”

La autora mantiene esa charla con un entrevistador misterioso –el lector– que se presenta en su casa en una noche de insomnio y tormenta. Según discurre la trama, van apareciendo los recuerdos de familia, del primer viaje sola, los juegos de la infancia, las fugas del pensamiento que llevan a islas imaginadas. No hay orden temporal porque la escritora tiende a desviarse del camino: “Yo explico las cosas según me van saliendo”, advierte. Así, en vez de unas memorias al uso, el libro acaba siendo también un ensayo y una novela de misterio.

De hecho, Gaite renegaba del género memorialístico en el que habitualmente se cataloga el título. En una entrevista a El Cultural en 1999 explicó que ese rechazo viene dado por el miedo a hacerse vieja contando las cosas de manera ordenada. “Ya las voy soltando, poco a poco, en El cuarto de atrás, en Fragmentos de interior, en todos mis libros en realidad, envueltas en literatura. Así envejezco, pero no me oxido.” Como afirma uno de los personajes en Lo raro es vivir: “Hablar de la propia vida es muy difícil, enseguida te das cuenta de que no estás arañando más que la cáscara de la cáscara.”

Pero Carmen Martín Gaite tiene ganas de exponerse, aunque sea para ella una tarea ardua, y por eso se inventa la figura del entrevistador misterioso, que parece ser alguien importante para ella pero que no termina de revelarse. “A veces no sé a quién contar mis historias más verdaderas”, escribió la autora el último día de 1976 en uno de sus Cuadernos de todo, publicados después de su muerte gracias al empeño de su hermana Ana.

Esta escritora de pelo blanco y ojos traviesos vivió siempre con cuartos de atrás en los que refugiarse, simbólicos y materiales. El primero estaba en la casa familiar de Salamanca. En él había un aparador de castaño y nada estaba prohibido. “Reinaban el desorden y la libertad, se permitía cantar a voz en cuello, cambiar de sitio los muebles, saltar por encima de un sofá desvencijado y con los muelles rotos al que llamábamos el pobre sofá, tumbarse en la alfombra, mancharla de tinta.”

Simbolizó siempre un lugar feliz, ligado a la inocencia y la rebeldía, y lo utilizó como referencia en más de una ocasión. Como en el prólogo de Celia lo que dice, en la reedición de Alianza Editorial de 1992: “Celia y Cuchifritín se salían del libro para jugar con nosotros a cosas prohibidas en nuestros cuartos ‘de atrás’, entre tinteros destapados, revoltijos de juguetes, cuadernos de dibujo y libros de texto; nos escondíamos debajo de las mesas y de las camas cuando oíamos las pisadas energéticas de las personas mayores y cuchicheábamos hablando mal de ellas.”

Cuando llegó la Guerra Civil el cuarto dejó de ser el sitio de recreo para convertirse en la despensa, lo que puso punto final a la infancia de forma precipitada. Cuando la escritora ya no tuvo ese espacio sin restricciones en el plano material lo mudó al de la imaginación: allí guardaba los recuerdos, también de forma desordenada y sin ataduras. Por el suelo se esparcían aquellas novelas rosas que tanto le gustaban de adolescente, la vajilla de juguete que la obnubiló de niña, el polvo que se posaba en los muebles de la casa de sus abuelos en Madrid y que se limpiaba de manera insistente a la par que inútil.

Martín Gaite necesitaba más ese departamento simbólico para llenar sus cuadernos que la habitación propia que recomendaba Virginia Woolf a las mujeres que querían escribir. Le valía un rincón en un café o un banco en el parque para hilar historias, pero se daba el lujo de poner el punto final a sus trabajos en un hotel. Por lo demás y en cuanto a estancias se refiere, solo respetaba un mandamiento personal: “Hay que seguir dejando siempre abierta la puerta al cuarto de jugar.” ~


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