El cómico y la ciudad | Letras Libres
artículo no publicado

El cómico y la ciudad

Esther García Llovet

Gordo de feria

Barcelona, Anagrama, 2021, 152 pp.

Un cómico misántropo, un humorista que por casualidad encuentra una solución a sus problemas, en caso de tenerlos: el azar –y un tipo que se le presenta como “la esperanza” en un bar y que lo confunde con otra persona– le pone delante una cartera creyendo que se la devuelve a su dueño. Pero es un error, solo lo confunde. Esa confusión le hace creer al cómico que el dueño de la cartera puede liberarle de la pesada carga de la vida social, las fiestas, etc. a las que se ve obligado haciéndose pasar por él. Este es el comienzo de Gordo de feria, la novela de Esther García Llovet (Málaga, 1963) que cierra la trilogía madrileña que inició con mo dejar de escribir y siguió con nchez, todas en Anagrama. La novela se abre con este humorista borracho en un paseo de la vergüenza por la Plaza Mayor en domingo de Resurrección, luego hay un pequeño flashback al episodio de la entrega de la cartera. Ese cómico que arranca la novela borracho habla solo (“se trata de usted”) hasta que se pone a su lado “un chaval de pueblo de la sierra; ha venido a Madrid a ver si encuentra novia, que no la va a encontrar”. Poco a poco se va descubriendo en este personaje a un humorista, Luis Castor, que está harto de la vida social (y un poco de la vida en general). Una parte importante de la novela está dedicada a contar a Castor, pero contar a Castor es contar Madrid, que es parte del plan de García Llovet: “Madrid es el anuncio pero nunca el producto, la oferta pero no la demanda. En Madrid parece que hay de todo, que te regala mil y una cosas, pero la verdad es que Madrid no te da nada de nada, no da ni las gracias por venir, de eso te das cuenta demasiado tarde, cuando quien lo ha dado todo eres tú”; y “Madrid está en el centro pero siempre lejos. Madrid es un horizonte virtual en realidad, sus cuatro rascacielos medievales son virtuales, la polución, virtual”. Castor vive en General Martínez Campos, Chamberí, zona noble, en un piso de trescientos metros cuadrados que se compró cuando le tocó la lotería (“Cuando Castro le preguntó a la de la inmobiliaria que para qué servía ese espacio, la de la inmobiliaria le dijo que para nada. Que ese era un piso de lujo y lujo es lo que no usas. Castor lo compró sin pensárselo dos veces”), y una parte del libro transcurre ahí; pero salen otras zonas de Madrid, la Casa de Campo, Usera o Pozuelo (“Por qué hay tan pocas tiendas en sitios donde la gente tiene pasta y tantas tiendas en calles como Bravo Murillo, por ejemplo, es algo que no alcanza a entender”). Hay también una salida a Almería, en el flashback que explica el pasado del doble accidental de Castor, Julio Céspedes, un camarero, que tiene un pasado y es el que llama a la puerta para trastocar los planes de Castor.

Castor huye de sí mismo, así que acabar su historia en un crucero en el Danubio huyendo de Madrid es coherente a su manera. Antes hay una boda, porque lo que Castor necesita, como todos, es amor. Queda otra trama por cerrar, la de Julio Céspedes y la misteriosa china de pelo lacio y negro que persigue a Castor creyendo que es Céspedes. Esa trama se cierra en el espacio, pero antes pasa por la Gran Vía de Madrid, y con guiños a todo: al Casino de Torrelodones y al Edificio España, que compra un chino. En un giro de guion, los chinos se pasan a las series y ruedan una que se llama Un fantasma iba a recorrer Europa.

Dice Esther García Llovet que para construir este personaje pensó en el humorista Ignatius Farray, en esa especie de doble vida de los cómicos, que tienen un lado público, un personaje, que no necesariamente se corresponde con quienes son en su vida privada. También que la chispa para escribir esta novela surgió viendo un espectáculo de teatro en el que dos actores, completamente diferentes, creen que se parecen. Aparece también citado el cómico estadounidense Louis C.K. (“De Louis le gustaba esa cara de haber recibido todas las pedradas, todos los balonazos, todas las calabazas, es decir, le gustaba todo lo que le recordaba a él, Castor”), o el programa de Jerry Seinfeld, que sirve de inspiración para el que idea Castor en el que él aparece como fantasma.

En Gordo de feria se usan los estereotipos, el de la mafia china o el del humorista triste, la mujer que se pone en jarras, pero se juega con ellos, se los destroza un poco y García Llovet se los lleva hacia lugares impredecibles. La novela tiene cambios de ritmo, da un acelerón hacia el final y entonces todo se cuenta rápido, se van recogiendo los cabos y más o menos quedan todos atados. El uso del diálogo es también muy hábil –quizá un recuerdo de que esta idea iba a ser primero un guion–. Pero donde más se deja ver el tono entre cáustico, un poco de- cadente pero lúcido, es en la capacidad de García Llovet para encontrar siempre la frase que remate el chiste: “De los cien montaditos de la franquicia, Julio se ha comido veintisiete en media hora”; “Castor es apolítico, y ahora, desde que ganó la lotería mucho más”; “Miró su imagen en la tele, esa barba tan española, tan poco producida”; “a Castor se le pasa toda su vida por delante y por detrás, como cuando te pilla un coche, una gran elipsis que a él le parece plagada de malentendidos y aburrimiento y gente que no se acuerda ni de cómo se llama”; “Nada apunta mejor hacia el fracaso que una mierda forrada de charol blanco”; “Hay que ser muy guapo o muy joven para decir eso tan descaradamente en público”; “Son treintañeros, claro. Barba y gafas de pasta. El único que va en camisa es un cuarentón que quiere pasar por moderno o que ha ido a ligar y que le parece gilipollas”.

Gordo de feria está lleno de humor, una narración potente que pone en juego un montón de personajes que tienen algo de abandono en ellos pero a los que se mira con cariño. Sus aventuras son una indagación en algunos de los asuntos claves del momento, solo que son tan divertidos que no lo parecen. ~


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