El arte de iluminar el vacío | Letras Libres
artículo no publicado

El arte de iluminar el vacío

Rachel Cusk

Prestigio

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

Barcelona, Libros del Asteroide, 2018, 200 pp.

 

¿Se puede construir una novela que se sostenga sobre un personaje que prácticamente no hace otra cosa que escuchar y transmitir lo que los otros le cuentan y las situaciones en las que se lo cuentan? No sé si se podía antes, pero es lo que ha hecho Rachel Cusk (Toronto, 1967) en sus libros más recientes, A contraluz, Tránsito y Prestigio, una trilogía en la que cuenta diferentes momentos de la reconstrucción de Faye después de su divorcio. Es escritora, tiene dos hijos, da clases de escritura creativa y se compra una casa que tiene que reformar (estamos en las dos primeras entregas). Escucha a todo el mundo: a su vecino en el avión, a sus alumnos, al albañil que le hace la remodelación, a una amiga, a otra escritora... escucha a todos y ella apenas habla. En cada novela, sus intervenciones son más infrecuentes. En la primera, hace de los demás y de sus confesiones más o menos privadas un espejo en el que trata de verse re- flejada. En la segunda, las conversaciones con los otros le devuelven una imagen negativa de sí misma. La tercera entrega, Prestigio –como en A contraluz–, empieza en un avión y el primer interlocutor es su compañero de asiento. Como en Tránsito, en Prestigio la invitan a festivales literarios. La novedad, entre otras, es que ha vuelto a casarse. También tiene un libro recién publicado, motivo por el que la han invitado al festival literario durante el que transcurre gran parte de la historia. Tiene alguna entrevista pactada y come con su editora y su traductora. Luego va a bañarse al mar. Esa es más o menos toda la acción de la novela. Quizá falte añadir las conversaciones con colegas escritores (algunos recién conocidos, otros que ya habían aparecido en otras entregas) y la llamada de uno de los hijos. Hay otros detalles y escenas y conversaciones. Pero en realidad todas tienen la misma importancia: la que el lector sepa o quiera darle. En esas charlas hay de todo: opiniones sobre la literatura y la lectura, también una idea del “prestigio”, en boca de un chico que le hace de guía en una de las dos ciudades que visita y que justifica el título de la novela; anécdotas graciosas sobre el mundo literario y la vanidad (como la escritora que cuenta que en una lectura pública uno de los novelistas se adelantó y anunció al público que en lugar de leer iban a cantar), y reflexiones más generales sobre la vida, las relaciones y las contradicciones. Y a veces de todo eso a la vez: “El ideal de la literatura, añadió, despertaba un ansia generalizada, como el mundo perdido de la infancia, cuya autoridad y realidad tendían a parecer mucho más importantes que el momento actual. Aunque para la mayoría de la gente sería insoportable, además de imposible, regresar un solo día a esa realidad: a pesar de nuestra nostalgia de la historia y del pasado, enseguida nos sentiríamos incapaces de vivir allí, por incomodidad, porque la motivación que define la vida moderna, conscientemente o no, es la búsqueda de la libertad y la huida de todo tipo de restricciones o dificultades.”

La finalidad de todas esas conversaciones, que se reproducen en estilo directo e indirecto, a veces con observaciones de la narradora y otras a palo seco, es la misma: trazar el retrato de Faye sin que nos demos cuenta. La técnica que usa, como ha señalado certeramente Lorrie Moore, se parece a la del dibujo en espacio en negativo, que consiste en dibujar el vacío, con los huecos del dibujo, es decir, con los silencios. Lo que se rellena es todo lo que no es la figura, que queda en blanco y, por tanto, destacada. Eso hace Cusk con los monólogos de los otros, con esas historias sobre perros que mueren, escritoras que se dan cuenta de que tienen miedo de volver a casa porque su familia las aburre, escritores a los que el éxito ha convertido en adalides de la vida sana, matrimonios en dudoso equilibrio, divorcios, mujeres profesionales cuestionadas por sus madres (“que pensara adónde me había llevado a mí tanta igualdad”, cuenta una de sus interlocutoras que le dice su madre). Cusk, que pasó por una crisis creativa después de contar su divorcio en el libro Aftermath, ha dado con una fórmula para renovar la novela. Dice Moore que es desconcertante que nadie antes haya pensado en escribir novelas así. Pero es lo que pasa con los hallazgos: cuando funcionan, parecen fáciles y que siempre han estado ahí. Pero para verlos hay que saber mirar. La propia Faye explica la técnica de Cusk cuando su editora la lleva a ver una iglesia que había sido asolada por un incendio y habían dejado tal cual y en la que se sigue oficiando: “Luego me fijé en que en algunas partes, donde se notaba que antes estaban las estatuas, habían instalado focos para iluminar los huecos vacíos. Las luces producían el curioso efecto de revelar el hueco más de lo que habría sido posible si allí hubiera habido una estatua. Y entonces comprendí que aquel espectáculo no era una negligencia ni un malentendido monstruoso, sino la obra de un artista.”

La mirada de Cusk ilumina no solo a su personaje, también llama la atención sobre algunos aspectos candentes de hoy, como el Brexit o el feminismo, y ayuda a leer un mundo contemporáneo que a veces parece incomprensible. La escena final de la novela condensa el espíritu de la trilogía: Faye se mete en el mar y deja que la meza; un tipo se agarra el pene para mear: “Lo miré a los ojos, crueles y alegres, y esperé a que terminase.”~


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