Edith Södergran, la Dickinson nórdica | Letras Libres
artículo no publicado

Edith Södergran, la Dickinson nórdica

Edith Södergran

Encontraste un alma. Poesía completa

Traducción de Neila García

Madrid, Nórdica Libros, 2017, 532 pp.

 

Al margen de modas, correcciones políticas, convenciones bienintencionadas o conveniencias estratégicas, uno considera que, en efecto, las más fulgurantes novedades editoriales que, en lo que respecta al terreno de la poesía, han llegado en los últimos años a los lectores españoles han sido algunas recuperaciones de voces femeninas intolerablemente arrinconadas o incluso silenciadas hasta ahora. Los descubrimientos recientes de la ucraniana Rose Ausländer (gracias a la antología Aún queda mucho por decir, en Sexto Piso), la justa y definitiva canonización de Gloria Fuertes a la que asistimos en 2017 (gracias, sobre todo, al álbum de Blackie Books El libro de Gloria Fuertes), la importación a nuestro país de la poesía completa de la uruguaya Idea Vilariño (en Lumen; en muchos de sus poemas habla con un desgarro y una intensidad que recuerdan a lo que hace algunos años sucedió cuando, gracias a la misma editorial, comenzó a circular por aquí el tomo que recopilaba todos los versos de Alejandra Pizarnik) o, muy especialmente, la conmoción de la danesa Inger Christensen (superior en Alfabeto que en el igualmente sobrecogedor Eso, ambos en Sexto Piso) demuestran que es verdad algo tan bochornoso para todos como que las poetas, incluso las de mayor mérito, lo han tenido mucho más difícil a la hora de ser publicadas y difundidas con justicia.

La editorial Nórdica Libros ha colocado sobre las mesas de novedades un nuevo caso, el de Edith Södergran (San Petersburgo, 1892 - Raivola, 1923), y se trata, en efecto, de una nueva sorpresa. No exageraban demasiado quienes habían aludido a ella como una “Dickinson nórdica”, pues en efecto hay numerosos detalles de todo tipo que las emparentan, desde sus personalidades solitarias y vocacionalmente aisladas hasta el modo de exponer el misterio en sus versos, pasando por detalles menores como el uso de los guiones y otros recursos formales o por aspectos realmente determinantes, como la importancia de la naturaleza o la tendencia a una nostalgia imprecisa determinada por el carácter soñador, así como por una capacidad de observación prodigiosa.

También las hermana la importancia secreta que ambas atribuían a lo que estaban haciendo, humildes pero seguras, discretas pero firmes. Dickinson murió casi inédita, como es bien sabido, pero Södergran sí publicó bastante, y con una decisión que en algunos de sus paratextos escandalizó, al confundirse con arrogancia y casi con demencia lo que era una declaración de solidez creadora, de fe en la fuerza potencial de las palabras. Así, en la “Nota introductoria” a su segundo libro, La lira de septiembre (1918), escribió que “la seguridad que tengo en mí misma se debe a que he descubierto mis dimensiones. No me conviene hacerme menos de lo que soy”, algo que recuerda a aquella carta en la que su alma gemela de Amherst declaraba aquello tan inolvidable de que “mi objetivo es la circunferencia”.

Impresionada por la lectura de Friedrich Nietzsche, al que dedica algunos poemas y aforismos (ver, por ejemplo, página 271), Södergran ofrece a lo largo de su obra versos de un vigor perfecto que en ocasiones buscan lo sublime (“Un dios amable os tiende la mano: / sin belleza no hay quien viva ni un segundo”) y en otras se detiene más bien en lo enigmático (“La muerte está en Helsinki – / recogiendo chispas en los tejados. / Cruzo la plaza con mi futuro en el pecho”); a veces busca golosamente una melancolía activa (“Días y noches pienso tumbada / en las cosas que jamás pasaron”) y en otras se entrega al otro (“Oh, abrázame tan fuerte que ya no necesite nada”). Incluso en un género tan antipático para mí como el del aforismo, donde en general los poetas suelen perder misterio sin ganar expresividad, Södergran también se “humaniza” un tanto, se hace más terrenal y, claro, prosaica, pero de un modo que, aparte de también netamente dickinsoniano en su vertiente puritana (“Los tres grandes regalos de la vida –pobreza, soledad y sufrimiento– solo el sabio los aprecia por su elevado y verdadero valor”), incurre en un humor no basado en el ingenio mundano sino más bien en la gracia: “Hay algo poco apetecible en eso de tomar las riendas de tu propia vida.”

Mujer frágil pero valiente, delicada de salud pero con una fuerza de voluntad invencible, su vida está sucinta pero perfectamente explicada en el epílogo de la traductora, Neila García Salgado. Nacida en San Petersburgo pero de lengua finalmente sueca, tras titubear entre otros idiomas, Södergran tuvo estudios tan amplios como los horizontes que aquellos le abrieron, y los supo aprovechar, aportando no solo una voz personalísima y rebosante de talento a la poesía ruso-finlandesa en lengua sueca (una corriente que ha continuado en el siglo XX con poetas igualmente grandes, como Claes Andersson), sino proponiendo, especialmente en su primer libro, una perspectiva que puede ser calificada, sin anacronismo alguno, de rotundamente feminista, en lo que tiene de denuncia explícita pero elegante de determinadas situaciones: “Hoy vi a mi señor por vez primera, / temblorosa lo reconocí al instante. / Ya siento su pesada mano en mi delicado brazo... / ¿Dónde está mi sonora risa de soltera, / mi libertad de mujer con la cabeza bien alta? / Ya siento cómo agarra con firmeza mi cuerpo estremecido, / ya oigo el estruendo de la realidad contra mis frágiles frágiles sueños.” ~


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