Dolor y gloria: todo sobre Almodóvar | Letras Libres
artículo no publicado

Dolor y gloria: todo sobre Almodóvar

Sobria, reposada, madura, reconciliadora. Estos adjetivos y otros equivalentes se han usado para describir Dolor y gloria, la vigésima primera película de Pedro Almodóvar. En el reciente festival de Cannes, buena parte de la crítica señaló esos atributos y la cinta se perfiló como la favorita para ganar. El jurado otorgó la Palma de Oro a Parasite, del coreano Bong Joon-ho, pero el film de Almodóvar fue coronado extraoficialmente como uno de los mejores en la carrera del director. También se le ha considerado un regreso triunfal. Después de que Julieta (2016) dividiera opiniones y de que Los amantes pasajeros (2013) decepcionara de forma unánime, Dolor y gloria ha devuelto a Almodóvar el prestigio de antaño y el favor de sus compatriotas. Ha permanecido varias semanas en el top ten de la taquilla española y es casi seguro que arrase en las categorías principales de los próximos premios Goya.

Los adjetivos y halagos son justos: Dolor y gloria es un acto de osadía, se aparta del melodrama y las estridencias que, a lo largo de cuarenta años, le dieron identidad a su cine. Tampoco puede negarse el encanto de un Almodóvar que, a través de un alter ego, se muestra vulnerable y honesto. Sin embargo, sería ingenuo no advertir que este desplante de honestidad funciona como espectáculo. Pocas cosas tan fascinantes como observar el desnudamiento público de un personaje de la vida real cuya fama y leyendas invaden nuestra imaginación. Habría que preguntarse hasta qué punto Dolor y gloria depende del aura que rodea a su descomunal director.

Su protagonista es Salvador Mallo (Antonio Banderas, premiado en Cannes por esta actuación), un director de cine reconocido que, sin embargo, enfrenta una crisis creativa. La primera secuencia lo muestra sumergido en una alberca, como si estuviera sentado, con los ojos cerrados. La sola imagen sugiere evasión y deseo de aislamiento, noción que se refuerza en las secuencias siguientes. Desde una voz en off y con gráficos CG, Salvador expone al espectador sus múltiples males físicos: tinnitus, dolores musculares y, el peor, dolor por ciática. A ellos, agrega, se suman “dolores del alma”: pánico, ansiedad, depresión. Esto ha desatado un círculo vicioso: Salvador encuentra alivio en la escritura siempre y cuando planee llevar al cine lo que escribe, pero los achaques corporales le impiden filmar. Al no hacerlo, recae en la ansiedad. En medio de su crisis, acepta presentar ante el público una vieja película suya, ahora considerada “un clásico”. Deberá hacerlo al lado de su protagonista, Alberto (Asier Etxeandia), con quien Salvador lleva treinta años enemistado. A raíz del reencuentro, el director fuma heroína por primera vez. Esto tiene un doble efecto: alivia los dolores físicos de Salvador y rompe el dique de sus recuerdos: su infancia en la ciudad de Paterna, en una casa bajo la tierra; el estrecho vínculo con su madre (Penélope Cruz), la amargura que le causó estudiar en un seminario y el recuerdo del joven albañil que despertó sus primeros deseos. Para sellar su reconciliación con Alberto, Salvador lo anima a actuar un monólogo en el que el director describe su relación con un examante adicto. Sin preverlo, la puesta en escena le devuelve a Salvador otro elemento de su pasado: no un recuerdo opiáceo sino algo mucho más tangible –y, en esa medida, entrañable y tentador.

El estilo de Dolor y gloria es almodovariano en esencia pero virado al “buen gusto”: están presentes los colores saturados y objetos hiperestilizados de sus películas previas, pero sin producir un efecto camp. Un ejemplo elocuente es la casa de Salvador –copia fiel de la casa de Pedro Almodóvar–. Su decoración es ultramoderna pero no ridícula: parece sacada de una revista de decoración (los personajes de la película que visitan a Salvador lo felicitan por ello). La lectura es clara: que un director haya creado mundos visuales estrambóticos no significa que los habite. No a estas alturas de prestigio e introspección. Es posible que Dolor y gloria atraiga a un sector de la audiencia que nunca fue afín a las trasgresiones temáticas y estilísticas (guarradas, digamos) del primer cine del director. Esta nueva película muestra a un cineasta con clase, ese criterio que aún sirve de guía a los temerosos de la descalificación.

La fotografía de José Luis Alcaine ha sido clave en la filmografía de Almodóvar; de ahí que resulte impecable la transición visual de lo estridente a lo austero. A la par de la estética intensa pero apolínea que narra el presente de los personajes, Alcaine y Almodóvar filman los recuerdos de infancia de Salvador evocando el neorrealismo italiano tan admirado por el segundo. Entre el paisaje de cuevas encaladas de Paterna y Penélope Cruz encarnando a una madre tan abnegada como sensual –eco de Sophia Loren, Anna Magnani y otras madres del cine italiano–, se sugiere que esta línea de tiempo es más una invención que un recuerdo fiel. Esto adquiere sentido dentro de la película, y también es un guiño a Volver (2006).

De vuelta al tema de la autoficción, Dolor y gloria es la película à clef más transparente en la filmografía de Almodóvar. En cintas previas había tocado temas de su propia vida –la devoción a su madre, el mal recuerdo de la educación católica, los estragos personales y profesionales que le causaron las adicciones de otros– pero siempre tiraba hacia el lado de la invención. Acerca de Dolor y gloria, por si aún quedaran dudas sobre su carácter autobiográfico, Almodóvar confirmó que Banderas es su alter ego y mencionó las razones por las que lo eligió (por ser testigo de su vida adulta, porque el actor también ha lidiado con problemas de salud y porque quería que el personaje fuera más guapo que él). De pelo alborotado y barba encanecida, Salvador/Pedro es un hombre apático y debilitado. Tras la apariencia de pasividad, sin embargo, esconde culpas, resentimientos y un miedo enorme a la soledad. Estos matices se asoman en cada gesto de Salvador, que resulta el mejor papel en la carrera de Antonio Banderas. Era algo de esperarse: nadie lo dirige como lo hace Almodóvar y es por su trabajo juntos –en Matador (1986), La ley del deseo (1987) y en La piel que habito (2011)– que uno recuerda que, debajo de la estrella, hay un verdadero actor. Aquí puede encontrarse otra capa autorreferencial: el director que en la vida real lanzó a la fama a un actor lo elige treinta años después para que lo interprete en una película sobre su crisis creativa. (Gracias a esta elección ambos resucitan –pero solo Banderas es premiado en Cannes. Esto último, un epílogo amargo al relato de ficción.)

Dolor y gloria es sobria, reposada, madura y reconciliadora –sin duda– pero también una invitación abierta a cotejar sus viñetas con la biografía de su director. (Ya se rumora, por ejemplo, que el personaje de Alberto es un híbrido de Eusebio Poncela y Carmen Maura, actores con los que Almodóvar tuvo pleitos sonados y, en el caso de Maura, una reconciliación.) Lo siguiente nunca ha demeritado una cinta pero, en el caso de Dolor y gloria, distrae de algo que sería más obvio si estuviéramos ante un relato de pura ficción: la ausencia de tensión dramática, sobre todo en relación con otras películas del director. El ejemplo inmediato es La mala educación (2004), cinta espejo de Dolor y gloria: ambas hablan de curas pedófilos, cineastas en crisis, el pasado que vuelve, metaficción. Ambas son historias sobre amores inolvidables y el cine como expiación. Sus tonos y estilos las vuelven irreconciliables –una es guarra, la otra sobria– pero su diferencia más grande es de ritmo y progresión narrativa. La trama de La mala educación, un llamado hacia lo incierto y peligroso, atrapa al espectador. En cambio, por la fascinación que provoca Almodóvar, Dolor y gloria da por sentado que tiene la atención de su audiencia.

Sin Almodóvar como referencia, no hay mucho que haga interesante la vida de Salvador. Aún cuando se presenta a sí mismo apagado y sin rumbo, es difícil decir qué es aquello que está en juego en su vida o qué perdería si eligiera el camino de la inacción. No hay conflicto que encienda el motor de la trama o una pregunta que sacuda la conciencia del espectador. Tratándose de un héroe tan trágico, se echan de menos desafíos y enemigos a la altura. Tratándose de un film de Almodóvar, uno esperaría quedar afectado por su dolor. ~


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