Desencantos adolescentes | Letras Libres
artículo no publicado

Desencantos adolescentes

Chloe Aridjis

Monstruos marinos

Traducción de Ix-Nic Iruegas Peón

Ciudad de México, Lumen, 2020, 184 pp.

Galardonada con el Premio PEN/Faulkner de Ficción 2020, Monstruos marinos de Chloe Aridjis narra la historia de Luisa, una joven de diecisiete años que está aburrida de las clases en la escuela internacional a la que asiste, que siente una profunda atracción por las personas con semblantes misteriosos y que está deseosa de eventos que alteren el orden natural de las cosas. Durante el otoño de 1988, la joven recorre las calles de la Ciudad de México esperando encontrar algo que le recuerde por qué está viva. Un día ve a Tomás, un joven un par de años mayor que ella, entregarle una moneda a un organillero y se enamora de él. A ese encuentro inesperado le siguen otros donde la atracción incrementa. Una mañana, Luisa lee en el periódico una nota sobre el escape de doce enanos ucranianos de un circo soviético que estaba de gira por México. Esta noticia es el detonador para que tome su mochila y le proponga a Tomás ir a buscarlos a Oaxaca, donde sus compañeros del circo suponen que se han ido. Tomás, quien anteriormente le había dicho que Zipolite era su lugar favorito, acepta y escapan juntos a las costas oaxaqueñas.

A primera vista, Monstruos marinos parece la típica historia de una adolescente que huye con su primer amor, pero la propia narración se encarga de derribar las expectativas. Si bien el enamoramiento ocupa un lugar importante en la trama, Tomás es solo uno de los elementos que le sirven a Luisa para experimentar la libertad y tratar de resolver el enigma de su identidad.

La confusión, los miedos, las pasiones y la rebeldía, propios de la adolescencia, son los ingredientes ideales para las novelas de formación. La estructura clásica del Bildungsroman, como la estableció Johann Karl Simon Morgenstern en el siglo XIX, indica que el protagonista experimente la transición de la juventud a la adultez a lo largo de una serie de eventos que ponen a prueba sus aprendizajes. En la novela de Aridjis presenciamos el arco entre la etapa de formación, el viaje de transformación y el perfeccionamiento. Sin embargo, este proceso no es placentero. La realidad choca con la fantasía y Luisa experimenta un profundo desencanto. Aunque la novela está narrada en primera persona, Luisa no describe sus emociones. Los lectores las descubrimos por la atmósfera del relato: las conchas aplastadas, la monotonía de sus días en la costa y la añoranza por aquello que no tiene.

Como los caracoles que busca en la orilla del mar, la protagonista está inmersa en una espiral de meditaciones sobre su lugar en el mundo. Zipolite, explica al principio la narradora, significa playa de los muertos, pero también lugar de caracoles, “las espirales son prolijos acomodos del tiempo y el espacio, y qué son las playas sino una conversación entre elementos, un movimiento constante hacia adentro y hacia afuera”. Ese movimiento es el que experimenta Luisa, cuya búsqueda de los enanos no es más que un pretexto para ir tras ella misma. Antes de tomar el camión que la llevará de la Ciudad de México a Oaxaca en compañía de Tomás, piensa: “me sentí indomable, lista para salir de mí misma y convertirme en otra”.

Ya en Zipolite, descubre que ni Tomás ni el viaje son tan fascinantes como había imaginado. La vida en la costa no es de su agrado y parece que la playa oaxaqueña no tiene nada de especial más allá de los nudistas y los hippies extranjeros. Tomás deja de ser el objeto de sus afectos. Después de algunos días de convivencia torpe donde no pueden ponerse de acuerdo sobre qué hacer y qué comer, Luisa siente cómo algo se derrumba en su interior. De pronto, “Un viaje a Citerea”, el poema de Charles Baudelaire que había leído para una tarea, cobra sentido: “imaginar viajes es mejor que los viajes mismos ya que ninguna travesía puede satisfacer el espíritu humano; en cuanto uno emprende la marcha, las fantasías se enredan entre las cuerdas y las aves negras de la duda comienzan a volar en círculos sobre la cabeza del viajero”.

La poesía está presente a lo largo de la novela, no solo en el poema de Baudelaire, en Los cantos de Maldoror, el único libro que la protagonista lleva consigo, o en los epígrafes de Gérard de Nerval y Xavier Villaurrutia que abren Monstruos marinos. El lenguaje de Aridjis roza los límites con la lírica gracias a los recursos que emplea: metáforas, repeticiones, imágenes, alusiones y comparaciones. Uno de los episodios clave de la introspección de Luisa –y también uno de los momentos más poéticos de la narración– ocurre cuando se sumerge en las olas embravecidas del mar oaxaqueño. La imagen evoca los ritos de paso que marcan el inicio de una nueva vida. Luisa experimenta una suerte de resurrección mientras las olas golpean su cuerpo, pero al flotar y mirar el horizonte siente que la inmensidad la traga: “lo que pasa cuando te sumerges demasiado en la vastedad, al final te conviertes en parte de ella, en parte del paisaje”. Tanta libertad le resulta abrumadora y desea estar de nuevo en la Ciudad de México.

Su padre la encuentra cuando ya no hay rastros ni de la comparsa de enanos ni del amor. Luisa acepta la idea de volver a casa y agradece que un adulto pueda hacerse cargo de la situación. “Con o sin naufragio, la gran mayoría de los viajes termina en fracaso”, dice ella durante el regreso.

A pesar de que la autora advierte que Monstruos marinos “es una obra de ficción” y que todos los personajes, organizaciones y eventos son producto de su imaginación, ella –al igual que su protagonista– escapó a los dieciséis años a Zipolite y su padre, el poeta Homero Aridjis, fue en su búsqueda. Es imposible no pensar que las notas y recuerdos de su viaje inspiraron la aventura de su personaje. Pero, más que una historia, la novela es un cúmulo de imágenes y de sensaciones. La trama no tiene una resolución y no sabemos si Luisa alcanzó la transformación anhelada. El sabor agridulce permanece en el lector como un recordatorio de que la adolescencia es una edad llena de contradicciones. Chloe Aridjis escribió una novela que linda entre la poesía y la narrativa, entre la fantasía y la realidad, entre la juventud y la edad adulta. Pero, como recuerda su protagonista, las líneas de las bahías no son eternas. ~


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