Datos y sensatez | Letras Libres
artículo no publicado

Datos y sensatez

Pablo Simón

El príncipe moderno. Democracia, política y poder

Barcelona, Debate, 2018, 266 pp.

 

Uno de los efectos secundarios de la crisis financiera de 2008 fue que muchos nos dimos cuenta de que carecíamos por completo del lenguaje necesario para entender lo que estaba sucediendo. No era solo que no supiéramos de economía, sino que, formados en las humanidades, éramos incapaces de entender que se pudiera pensar la realidad “desde” las ciencias sociales.

Uno de los efectos nada secundarios de la crisis económica fue la subsiguiente crisis política. Quizá se produjo más tarde de lo esperado (por lo menos, un lustro después de la caída de Lehman Brothers), pero llegó. Entonces, los partidos tradicionales en el poder perdieron elecciones, pero además surgieron nuevas formaciones políticas, la sociedad parecía disgregarse en grupos con intereses no tanto contrapuestos como irreconciliables, y la manera en que los intelectuales tradicionales miraban la realidad era evidentemente insuficiente para comprender todo lo que estaba pasando.

Hasta ese momento, los científicos sociales no habían estado ausentes del debate público español. Pero entonces surgió una nueva generación de sociólogos, politólogos y economistas que, aún fuera de los grandes medios de comunicación, nos enseñaron una manera diferente (al menos para algunos) de mirar la realidad cambiante. Fundaron blogs –Politikon, Agenda pública, Piedras de papel, Nada es gratis–, normalizaron la utilización de datos, encuestas y gráficos, utilizaron con inteligencia las redes sociales y, apenas media década después, hoy ocupan lugares destacados en la discusión pública y el panorama mediático de España.

Uno de los más brillantes fue Pablo Simón (Arnedo, La Rioja, 1985). Politikon, el blog fundado en 2010 por “académicos y profesionales independientes […] con el fin de promover debates y políticas basados en el conocimiento de las ciencias sociales […] desde una perspectiva analítica” fue su paraguas inicial, que compartió con otros analistas inteligentes y originales, pero pronto saltó a la televisión, la radio y actualmente, además de una voz habitual en esos medios, es columnista de El País. Si Politikon publicó dos libros colectivos –el primero sobre la crisis política española tras la crisis económica; el segundo, sobre la manera en que esta ha perjudicado sobre todo a los más jóvenes–, Simón debuta ahora en solitario con El príncipe moderno. Democracia, política y poder. El libro es una especie de compendio de lo que, según Simón, la ciencia política puede decir sobre la realidad occidental actual: ¿qué le ha hecho la globalización a nuestras sociedades? ¿Por qué los partidos están en bancarrota? ¿Siguen las clases sociales votando de manera homogénea? ¿Hay una verdadera ruptura entre las opciones políticas preferidas por los habitantes del campo y los de la ciudad? ¿Vamos hacia una política basada en la identidad? ¿Se recuperará la socialdemocracia?

Simón responde a todas estas preguntas bajo la admonición del padre de la ciencia política, Maquiavelo, al que invoca desde el título. No por las nociones más triviales que suelen atribuírsele –que el fin justifica los medios, que el mandatario debe ser temido–, sino por la más importante de las innovaciones que aportó al debate político: “Siendo mi propósito –dice Maquiavelo en El príncipe originario– escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma.” Es decir, en lugar de escribir sobre cómo tendría que ser el mundo, los politólogos deben describir cómo funciona este en realidad, cuáles son sus mecanismos internos, a qué incentivos políticos respondemos y, en función de ellos, por qué los políticos actúan como lo hacen. Y a ese espíritu se ciñe Simón.

Lo hace sabiendo que el conocimiento de la realidad al que puede aspirar un politólogo “siempre es parcial y, además, muy poco contundente” y está sometido a una constante reevaluación. “Sin embargo –dice–, es la única manera de aproximarse con cierto rigor al conocimiento de las dinámicas sociales.” Su respuesta también parte de un apriorismo político –por mi parte, totalmente bienvenido–: el del liberalismo pluralista. El libro asume “que la sociedad presenta un pluralismo irreductible; dicho de otro modo, que la diferencia de pareceres sobre todo lo valioso, justo, bueno o noble es algo consustancial a nuestro carácter”, y que “lo que nuestros sistemas políticos buscan son fórmulas para canalizar ese pluralismo y ese desacuerdo, acomodar las preferencias de los ciudadanos y tratar de traducirlo en políticas públicas concretas”.

Más allá de la sólida argumentación filosófica y teórica que enmarca el libro, los lectores que sigan con frecuencia a Simón no encontrarán nada sorprendente en el desarrollo de los temas antes mencionados. Básicamente, sensatez, datos, argumentos sólidos y una ligera pero bienvenida suficiencia profesoral.

Si Maquiavelo dedicaba su El príncipe “al Magnífico Lorenzo de Médici”, Simón dedica El príncipe moderno “al magnífico lector”. Los tiempos han cambiado y la democracia se ha convertido en un hecho. Un hecho, con todo, que últimamente ha acarreado innumerables problemas que solo la propia democracia puede resolver. El libro de Simón supone una prudente guía para solucionarlos porque es, ante todo, una descripción de la realidad, y como suele decirse en inglés, “saber es la mitad de la batalla”. Pero también es un valioso recordatorio: aquellos que no tenemos el lenguaje de las ciencias sociales como lenguaje natural las necesitamos si queremos comprender –provisional, prudentemente– lo que pasa. ~