Cosas muy extrañas en la literatura | Letras Libres
artículo no publicado

Cosas muy extrañas en la literatura

Mijaíl Zóshchenko
Cuentos sentimentales
Traducción de Rafael Guzmán Tirado
Madrid, Armaenia Editorial, 2020, 240 pp.

 

Los Cuentos sentimentales de Mijaíl Zóshchenko que acaba de publicar la editorial Armaenia fueron publicados originalmente en 1928. Están ambientados en los primeros años tras la Revolución rusa y según leo en el interesante prólogo de Larisa Sokolova, al escritor, decidido a crear una “nueva literatura”, le chocaba el continuismo que detectaba en sus compatriotas en mitad de un cambio de tal envergadura. Sin embargo, los cuentos que vienen a continuación no parecen insistir en el contraste entre la actitud de los personajes y las nuevas circunstancias en que se desarrollan sus vidas. El nuevo mundo se ha instalado y cada cual sigue con sus aspiraciones y sus miserias. Pero como avisa Sokolova, Zóshchenko “fue capaz de transmitir extraordinariamente la sensación de ambivalencia del ser humano que vive en la frontera de dos sistemas”. Es imposible que no queden resabios del mundo anterior.

Los cuentos son muy rusos: entre otras cosas aparece a menudo, en diversos grados de ineficacia y desparrame, ese tipo de personaje fantasioso y poco práctico tan característico de su literatura y que tanto puede protagonizar una tragedia como un folletín o un esperpento. En este caso tienden a lo grotesco, aunque siempre aparecen al rescate el humor y la gracia o en su defecto la comprensión fraternal del lector, si no es manco en aventurillas cotidianas. Está también presente el ajetreo de la ciudad de fondo, como un coro que se dispersa y se reúne para prestar a los protagonistas una ayuda inconsciente o bien para hundirlos en el lodazal en el que por una carambola de circunstancias se han metido.

En el estilo se ven rasgos más disruptivos. El autor se introduce en prácticamente todos los cuentos con observaciones sobre el oficio literario y las dificultades de transmitir lo que se pretende. Dice cosas como “¡Están pasando cosas muy extrañas en la literatura! En nuestros días, si un autor escribe un relato sobre acontecimientos actuales, entonces lo respetan en todas partes”, o “la inexpresividad de las palabras del autor y la indecisión de sus pensamientos no le permitirían adentrarse demasiado en las espesuras vírgenes de la prosa rusa”, o “¡Uf! ¡Qué difícil es escribir obras literarias! Después te quedarás exhausto, mientras atraviesas una selva impenetrable”, o “seguro que se meterán con el autor por esta nueva obra de arte”, para luego seguir con el desarrollo de la disparatada acción.

Es gracioso porque él mismo se muestra con un ánimo como pasado de rosca, igual que los personajes de papel, siendo a la vez el responsable de exponer los motivos de estos. Y es curioso e inquietante ese desapego recurrente de la trama, que a veces suena cínico y otras veces sencillamente exhausto, porque estos cuentos fueron escritos a lo largo de la década de 1920, cuando Zóshchenko gozaba aún de gran popularidad, antes de que a mitad de los años cuarenta, y tres meses después de recibir una distinción por su participación heroica en la Gran Guerra Patria, lo expulsasen de la Unión de Escritores Soviéticos –a la vez que a Anna Ajmátova, y en su caso por la publicación de un cuento titulado Las aventuras de una mona– , le retirasen la cartilla de racionamiento y prohibiesen la mención de su nombre en la prensa. Es como si esa nota al pie constante que mete en mitad de la página fuera un tímido desquite anticipado de lo que me imagino le habría gustado comentar más tarde, de haber tenido la posibilidad, en lugar de languidecer en una dacha haciendo traducciones que no le dejaban firmar.

Pero no seguiríamos leyendo si solo fuese por reparar una antigua injusticia. El libro es muy divertido, de risa en alto. Sin duda se debe en gran parte a la traducción de Rafael Guzmán Tirado, que consigue que el toque oral fundamental para el entramado de estos cuentos, que se llaman sentimentales irónicamente, suene totalmente vivo. Entre otras cosas, la elección de unos u otros diminutivos, que es muy difícil cuando la obra no es original, me parece ejemplar, así como la de los insultos, las frases hechas y la jerga en general. Por su parte, los personajes de estos seis cuentos se enredan en pequeñas absurdeces que se les van complicando y a las que reaccionan de la manera más inoperante posible. Por ejemplo, acompañamos con Zóshchenko en uno de ellos a Serguéi Petróvich Petujóv, que como esa mañana se ha levantado de un extraordinario buen humor, al cruzarse por la calle con una conocida la ha invitado al cine esa misma tarde. Cuando recuerda horrorizado que no tiene un copec, la perspectiva deliciosa se transforma en una horrible misión. Dedica las horas que faltan hasta la cita a conseguir dinero para no quedar como un menesteroso o un agarrado. ¿Puede pedir dinero? ¿Puede vender algún cachivache que tenga por ahí? ¿Puede conseguir un trabajo de unas horas? ¿Podría atracar un banco? Petujóv se ha metido en un lío solamente por haberse fiado del resplandeciente sol que le alegró el corazón por la mañana, y ahora es el más desgraciado de los hombres. Estos cambios de ánimo –¿por eso se llamará “montaña rusa”?– muestran un mundo en que los individuos se ven víctimas de los caprichosos embates de sus pequeños destinos. Por supuesto, todo se resuelve de la misma manera inesperada como comenzó, y en el intervalo los personajes se han llevado algunas lecciones desagradables, a veces en forma de puñetazo. Los personajes de los cuentos comparten una misma especie de indefensión y delirio y son encantadores e insoportables a la vez, pero el autor los presenta con una contención –precisamente– sentimental que resulta respetuosa justo por no subrayar ni hacer alarde de su compasión.

¡Qué pena que estos cuentos sean solo seis! ~


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