Claudio | Letras Libres
artículo no publicado

Claudio

Hay mucho de irreal en este acto increíble e inevitable de despedida, del que Claudio hubiera huido engentado hace horas. Para mí, esa irrealidad se resume en dos estampas. La semana pasada comenzaba con un plan sobre la mesa –Claudio siempre tenía planes apetecibles sobre la mesa–: el sábado 12 comeríamos en su casa, por su cumpleaños. En vez de eso, el sábado 12 Ángeles, Ignacio, Jacobo, Jimena, Karla, Thor y yo nos reuníamos para empezar a pensar en su funeral. La segunda tuvo lugar hace apenas dos meses en una sala parecida a esta: Claudio subió al estrado y nos hizo reír a todos con un maravilloso discurso sobre su padre. Convirtió la pena en celebración. Suena fácil decirlo.

Estoy aquí a petición de Ángeles y también en representación de la editorial, pero quiero pensar que además hablo en nombre de tantos y tantos que le quisimos en tantos sitios –la ventaja de estar poco rato en cada lugar es que puedes abarcar muchos–. Como una fuerza de intervención rápida, Claudio se desplegaba para actuar sin problemas en cualquier entorno: yo le he visto operar en Madrid, Barcelona, Comillas, Madagascar, Segovia, Oviedo, Londres, Fráncfort, París, el Ampurdán, Buenos Aires, Cartagena de Indias, Nueva York, Puerto Escondido y Guadalajara, y no es una lista exhaustiva. En todas partes dominaba el terreno y sabía perfectamente dónde ir y cuál era el mejor restaurante. Eran intervenciones incruentas en las que no había que lamentar ninguna baja y en las que pude observar de primera mano cómo funcionaba el estilo López de fascinación automática y escritores, periodistas, agentes, editores rivales y hasta transeúntes acababan atrapados en su campo gravitacional. Su capacidad de conexión, su química interpersonal era inmediata. Antes de darte la mano ya te había incorporado a su mundo, en sus propios términos.

Claudio decía que el de editor es el mejor oficio del mundo, y tenía razón. Una de sus ventajas es que mucha gente que te conoce y te quiere escribe muy bien. Lo hemos comprobado estos días con un aluvión de semblanzas llenas de pena y de cariño, de verdad y de emoción. Quiero rescatar dos imágenes. La primera es de Alberto Olmos, que me hizo recordar algo que con la cercanía había medio olvidado: Claudio molaba. Joder que si molaba. Cuando llegué a Barcelona en 1999 Claudio era el editor más cool de la ciudad más cool del mundo. Molaba todo, Claudio.

La otra es de Andreu Jaume, a quien tanto quiero, que comparó a Claudio con Próspero, el duque exiliado de La tempestad, el señor de los libros, el mago que vela por todos y hace que siempre ocurran cosas a su alrededor. Claudio, en efecto, generaba esa sensación –que velaba por todos–. Era un factor estructural, un elemento sistémico, una especie de constante cosmológica que lo equilibraba todo. Su mera existencia garantizaba que todo saldría bien, si algo se torcía siempre podía uno recurrir a él.

Aunque sabía de él vagamente desde antes, conocí a Claudio en el verano de 2000 o 2001 en el Molino de Roiz. Cuando unos años más tarde me llegó el momento de dejar Tusquets, como le había ocurrido a él años antes, le llamé con un plan descabellado: quería montar una editorial con una amiga. Reuníamos un capital exiguo y una experiencia despreciable. Su respuesta fue aún más disparatada: me fichó.

Si su tío Toni me abrió la puerta del mundo editorial, Claudio me enseñó dónde estaba todo, me dio una copia clandestina de las llaves y se bebió conmigo parte de la bodega de los dueños. Le debo mi empleo, en parte mi matrimonio y hasta la bici que uso a diario me la dio él cuando la mía desapareció en turbias circunstancias. Nuestra amistad era totalmente asimétrica –solo me consuela pensar que se lo dije varias veces, sin lograr que me hiciera mucho caso–. Creo que no ha habido ningún asunto importante de los últimos quince años que no haya hablado con él, y en el que no me haya ayudado, a veces sin decir nada, porque Claudio no decía mucho y a veces tampoco se le entendía, pero decía sin decir y estaba sin estar. En eso era un genio.

Convocaba reuniones en su despacho y se iba agobiado a los diez minutos. Montaba una cena llena de entusiasmo el lunes, la cancelaba el martes, el miércoles reconvocaba con distintos invitados, el jueves cambiaba de restaurante, el viernes finalmente se celebraba sin él –casco, niño, moto–. Claudio tenía el ingrediente secreto que hacía que todo saliera bien. Los autores le adoraban, sus equipos le veneraban –su apodo, que tanto le gustaba, era Amado Jefe–. Ayer reunió aquí a seiscientas personas, otras tantas han venido hoy, las muestras de dolor recorren el planeta. Se inventaba cláusulas inexistentes para impedir que los libros salieran en bolsillo y acuerdos verbales con los autores que le daban la razón en todo. Al principio pensé que los demás le creían, luego me di cuenta de que simplemente se imponían la admiración que despertaba y la fuerza de su personalidad. Su éxito es el ejemplo perfecto –como Sonny Mehta, como Robert Gottlieb– de la feliz combinación de un engranaje gigante y una personalidad extraordinaria. América, su gran vocación, ha perdido no solo a su gran timonel, sino a un hooligan de sus letras. Nosotros no hemos perdido solo un editor, nos falta un trozo de alma.

La imagen de invulnerabilidad que proyectaba hacía que no tuviéramos nunca ninguna duda de que todo saldría siempre bien, incluso el viernes pasado cuando salía en camilla de la editorial. “Tiene que salir bien”, decíamos. Teníamos tanto y tan bueno por hacer. Tantas ferias, tantos viajes, tantos libros, tantos chismes, tantos motes. Pero no. Claudio nos falló el viernes, o quizá fue fiel a sí mismo y a esa huida eterna.

Queremos a la gente porque somos felices con ellos. Yo he sido muy feliz con Claudio –salvo durante las monumentales broncas, siempre merecidas, de los primeros años–. Pero me lo he pasado tan bien con él en tantos sitios durante tantos años que me compensa sin duda el inmenso dolor que ahora siento. Carmen, Jacobo, Jimena, Ángeles, recibid en su nombre la gratitud de tantos a los que hizo felices. ~

Este texto fue leído en el funeral del editor Claudio López Lamadrid en Barcelona.


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