Bruselas, y no Waterloo, como campo de batalla | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Patrick Seeger

Bruselas, y no Waterloo, como campo de batalla

Hace poco, cambié de trabajo, de ciudad y de vida. Después de casi nueve años ligada a Bruselas, me tocó hacer algo que me horroriza: una fiesta de despedida. Recuerdo el momento en que un círculo se comenzó a abrir a mi alrededor, mientras mis compañeros humor de Bruselas comenzaban a pedir silencio al grito de “Oooooorder, ooooooorder” para que diera un discurso, cuyo contenido prefiero olvidar.

En el turno de despedidas, vino a verme una compañera griega que asocio con uno de los momentos más importantes, y duros, que he vivido en la capital de la Unión Europea: aquel día (¿o era ya de noche?) en el que creímos que el euro se rompía. A ella, una reportera curtida y poco impresionable, se le caían las lágrimas en la sala de prensa.

Aún se me ponen los pelos de punta cuando pienso en lo cerca que estuvimos del desastre. También se me erizaron cuando ella me abrazó y me deseó buena suerte en mi nueva andadura para después, ya al oído, deslizarme un “De todos modos, el periodismo se está muriendo”.

Escuchar eso en Bruselas es terrible. La Unión Europea, esa a la que desde España aún miramos como alzando la cabeza hacia atrás, tiene muchas fallas. Y uno de sus talones de Aquiles es que, nos pongamos como nos pongamos, no se entiende. Es compleja. Muy compleja. No hay tuit, meme o nota de audio que la resuma de manera satisfactoria. Ni siquiera tenemos claro aún qué es, más bien la intuimos.

No hay un sitio donde esté más claro que el periodismo no se puede morir que en Bruselas. Sin él, el proyecto europeo no puede sobrevivir, como no puede sobrevivir ningún gobernante sin un pueblo. No exagero.

De la Unión Europea depende ya el modo de vida de quinientos millones de personas, el suyo, el mío y el de muchos de nuestros seres queridos. Desde los productos químicos que (no) hay en el juguete que compra a su hijo hasta lo que come, desde las aduanas hasta la protección de sus derechos: cada vez más asuntos pasan por los despachos de Bruselas, los escaños de Estrasburgo o las salas de audiencias de Luxemburgo.

Ustedes lo saben, sin saberlo. Lo que no saben es quién decide qué ni, en consecuencia, a quién echar la culpa cuando algo en concreto no funciona. Durante mis años, una amiga me escribía desde París semanalmente para preguntarme aquello que no acababa de entender pero que veía en los titulares e intuía que era importante. Hacía bien: sin saber quién, qué y por qué no se puede rendir cuentas. Y el rendimiento de cuentas es condición sine qua non de la democracia.

Los arquitectos del gran sueño europeo fueron unos visionarios, pero no tanto como para anticipar la era de la política frenética que vivimos, en la que no los mejores, sino los más ruidosos y contundentes, logran mover a las masas. Los tiempos de Trump, de Salvini, de Sánchez, de Puigdemont, de Iglesias, del pp de Casado frente al de Rajoy. La era de la desmoderación. No se les ocurrió pensar que el proyecto europeo era reversible.

Pero lo es. Y Bruselas es un campo de batalla. El periodismo es fundamental que no, no exagero para poder mantener el entramado democrático. Las sociedades complejas administradas por sistemas complejos están, al fin y al cabo, expuestas a los sentimientos más sencillos: el miedo, el aturdimiento y la desconfianza.

En épocas de retroceso económico, el contribuyente pide responsabilidades. Pocas respuestas le ha dejado la crisis económica, la crisis de los migrantes y la actual crisis política, y ya suenan las alarmas de un nuevo parón. No podemos dar ni un paso atrás, está en liza lo factual, el sentido común. Lo explica bien Bruno Latour cuando advierte de la vulnerabilidad de “los hechos” (facts), de la necesidad de defenderlos, no de darlos por sentado, como hasta ahora. Una “cultura común, unas instituciones en las que se puede confiar, una vida pública más o menos decente, unos medios más o menos de fiar”, argumenta Latour.

Puede que el periodismo no se esté muriendo, que sea solo un nuevo giro de la rueda, un final para que haya otro principio. Pero en esta última década la degradación es patente. Falta tiempo. Es imposible medir el pulso al curso de los acontecimientos a ritmo de tuit. Y, sin embargo, en los últimos cinco años Twitter se ha convertido en una herramienta imprescindible para un corresponsal, que debe estar pegado a una pantalla de manera sigo sin exagerar constante. El teléfono como modo de vida. No hay mente expuesta a este ritmo que no se resienta.

Faltan recursos. En el cacareado cuarto poder, los salarios son ridículos; los contratos, un lujo; y las horas de trabajo, una constante (ni en festivos, ni en fines de semana, ni de madrugada). En estas condiciones insostenibles, solo aguantan los enamorados del oficio y los que no tienen otra opción. Mal asunto. En Bruselas, el número de periodistas que dan el salto a las instituciones, a partidos políticos o similares es altísimo. Si les interesan los porqués, invítenme a un vermú y se lo detallo.

Es un consuelo que los periodistas políglotas que saben de economía, política y leyes pero no llegan a fin de mes o están pluriempleados encuentren alternativas, pero la sangría de talento es preocupante. Entre los recién llegados a Bruselas, los que saben distinguir la Comisión, el Consejo y la Eurocámara son de los listos de la clase. De cuando en cuando, aparece algún iluminado que sabe lo que es la ECHA, la JUR, un backstop o cómo salir del edificio principal del Parlamento Europeo.

Sin tiempo y con precariedad es imposible un periodismo que sea útil: que explique y desvele el funcionamiento de esta sociedad, de este sistema complejo en el que vivimos. Ningún cráneo que esté produciendo noticias de última hora sobre fusiones de empresas, replicando declaraciones en Waterloo y pensando preguntas al vuelo a ministros en menos de diez horas puede estar ponderando al mismo tiempo qué es lo que se le está escapando, qué cambiará Europa en diez años.

Si están tentados a pensar que esto, en realidad, les queda muy lejos, no se engañen: la información es poder, sí, pero la desinformación, en según qué manos, también. ~


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