Andrés Trapiello: Bocados de realidad | Letras Libres
artículo no publicado

Andrés Trapiello: Bocados de realidad

Andrés Trapiello

Mundo es

Valencia, Pre-Textos, 2017, 447 pp.

 

Mundo es es la vigesimoprimera entrega del diario personal o “novela en marcha” que, bajo el título Salón de pasos perdidos, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) lleva publicando desde 1990. A estas alturas de la serie, lo que empezó siendo un dietario concebido como un repertorio misceláneo de asuntos aptos para un cierto desarrollo narrativo a caballo entre el diario íntimo y la ficción autobiográfica se ha convertido en un cuaderno de bitácora en el que no solo cabe el día a día del narrador-protagonista, sino también una especie de anuario subjetivo con el que el lector puede confrontar sus recuerdos del año en cuestión. Sólo hechos se tituló la anterior entrega de la serie. Y aunque en ese marchamo cabía entender una intención irónica, la evolución personal del narrador-protagonista ha ido desplazando su condición inicial de observador un tanto marginal a personaje semipúblico que ejerce de testigo presencial de hechos que en su día tuvieron relevancia periodística, u opina sobre otros con indiscutible autoridad de actor relevante en el mismo escenario público en el que tienen lugar tales acontecimientos.

Es ese sutil cambio de papeles lo que explica que la secuencia narrativa más extensa del presente volumen, dedicado a 2007, sea, precisamente, una crónica: la que Trapiello hace, a lo largo de casi un centenar de páginas, del Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró ese año en Cartagena de Indias, Colombia, en el que se homenajeó a Gabriel García Márquez con motivo de su ochenta cumpleaños. Hay una cierta contradicción, sin duda, entre, por una parte, el papel de Trapiello como invitado a un acontecimiento de indudable carácter protocolario y mundano y, por otra, el renuente punto de vista asumido para describir en toda su crudeza el desfile de vanidades y la profusión de actos posiblemente inútiles en que consistió el evento, en contraposición a las preocupantes realidades sociales y políticas del país anfitrión. Pero también cabe considerar que esa posición contradictoria del cronista no es tal, si la vemos desde las condiciones que hacen posibles estos diarios: sin la presencia de ese testigo a regañadientes, su hilarante e irreverente relato simplemente no existiría, ni se podría constatar el contraste entre esa visión sumamente crítica y la crónica complaciente que la prensa al uso hizo en su día de esos mismos hechos.

He aquí una función sobrevenida de estos diarios: su condición de contrapunto al relato periodístico convencional, que incluiría incluso la revisión, en algunos casos, del retrato final –la nota necrológica– con la que algunos personajes señeros pasan a la posteridad ficticia que brindan los diarios. No es que Trapiello no lo haya hecho antes. Pero sí es relativamente nueva la autoridad con la que el cronista consigna su impresión personal de los personajes objeto de atención noticiosa con motivo de su fallecimiento. Uno de ellos, en el año correspondiente a esta entrega, fue el escritor Francisco Umbral, de quien Trapiello hace una poco complaciente semblanza personal (“El franquismo le enseñó que se podía uno meter con el alcalde de la localidad, siempre que se le diera coba al gobernador civil”), aun poniendo en prudente cuarentena sus libros; o el actor ffg –en casi todos estos casos Trapiello se vale de transparentes iniciales para nombrar a sus aludidos–, también fallecido ese año y que, como Umbral –y como Eduardo Haro Tecglen, añade– logró conjugar el reconocimiento público logrado en los años del franquismo con una cierta imagen de inconformismo y disidencia. Es posible que el lector no siempre acompañe al cronista en estos juicios tan jugosos como sumarísimos; y más cuando, como él mismo ha demostrado en la larga crónica colombiana, la adulación, la tontería y la impostura no son en absoluto patrimonio de las sociedades gobernadas por un régimen dictatorial.

Pero el verdadero acierto de estos “bocados de realidad” es la soltura con la que se integran en la demorada psicografía que el autor hace de sí mismo a lo largo de estos centenares de páginas; y en la evidencia de que el tono desde el que se hace la crónica de las cuestiones de dominio público no disuena del que el autor emplea para relatar su acontecer privado: todo se resuelve, como en las novelas de Proust –de las que también se habla en este libro–, en un modulado relato sin soluciones de continuidad, gobernado por una voz que el lector ya reconoce como familiar y a la que, incluso a pesar de algún íntimo desacuerdo, hace tiempo que ha otorgado su confianza. Y es esa voz la que desgrana las visitas a un amigo enfermo, las pequeñas y grandes incidencias familiares –desde las incomodidades causadas por unas obras domésticas a la contenida perplejidad con la que un hombre maduro asiste a las juveniles meteduras de pata de los hijos–, las repetidas visitas al Rastro o el espacio de intimidad y ocio que suponen las estancias en Las Viñas, la casa de campo extremeña del autor. La fuerza, la razón de que la lectura de estos diarios resulte poderosamente adictiva, estriba precisamente en esa ilusión de familiaridad que el autor logra infundir en el lector: la sensación de que, año tras año, este acude al reencuentro de un viejo conocido que le pone al día de sus cuitas públicas y privadas y apela directamente a una complicidad que es difícil, si no imposible, negarle.

Entre ambos niveles de discurso, el íntimo y el público, cabe situar también uno de los aspectos más sutiles de estos diarios: su carácter de soterrado dietario intelectual, en el que el autor crea para sí mismo y para sus lectores el sistema de referencias literarias que justifican su empeño. Lo habitual es valerse para ello del ensayo o de la crítica literaria. Trapiello, que ha cultivado el género con notable acierto –veánse Clásicos de traje gris o Las armas y las letras–, aprovecha también el carácter misceláneo de este diario-novela y la elasticidad de su logrado tono confidencial para romper la barrera entre el relato de lo vivido y la reflexión metaliteraria y hacer que en su discurso tenga cabida, por ejemplo, un disimulado ensayo sobre Marcel Proust, a quien Trapiello compara con Montaigne, desde el sobreentendido de que en ambos, el novelista y el ensayista, el autor encuentra espejos en los que examinar su propio y ambicioso empeño: el de construir, en estos diarios, la gran novela del yo en toda la gama de pormenores disímiles de los que consta una vida ordinaria. Se trata, en el fondo, de un inmenso y complejo autorretrato que también incluye, para uso del espectador, un pequeño pero nítido cristal reflectante. Cada entrega de este Salón de pasos perdidos añade un nuevo matiz al retrato y amplía el campo de visión del espejo, no sabemos si a expensas lo uno de lo otro. He ahí uno de los riesgos que parecen entreverse en lontananza. Pero la andadura de estos diarios es ya tan larga y segura que pocos peligros parecen realmente comprometer su rumbo. ~


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