Acá nadie se muere | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Rosario Lucas

Acá nadie se muere

Isla Martín García, Argentina, 2008

El viento, de tan fuerte, casi me hace caer del muelle y yo odio los muelles y le tengo fobia a la parte inferior de los barcos, la panza –la veo como una panza–, la parte que se hunde en el agua y no se ve (cuando se ve, está llena de herrumbre y hedor). Bajar del barco que se tambaleaba ya fue inquietante. Ahora, caminamos hacia la isla, con un frío húmedo, horrible, rioplatense.

No me gustan las islas. Me provocan cabin fever. Esa es la expresión más adecuada, no la “claustrofobia” en castellano. La irritabilidad e inquietud de estar aislado en un lugar pequeño, sin mucho que hacer. Lo sé: tengo mucho que hacer acá, en Martín García, pero mi ansiedad ya está esperando la noche, que pasaré –pasaremos: estoy con mi pareja– en la hostería, la única de la isla; hay un camping, pero yo soy incapaz de acampar con esta temperatura maldita, aunque es septiembre y ya debería ser más grata. La electricidad se corta varias horas durante la noche en la isla. No es necesaria, hay que ahorrar energía. Si no entendí mal, son apenas seis horas. El “apenas” lo ponen ellos. Seis horas sin electricidad por la noche en una isla de la que no me puedo ir (el barco lleva y trae una vez por día) es una situación que alcanza para tensarme de la cabeza a los pies.

¿Y qué hago, qué hacemos acá? Mi pareja ama las islas, siempre quiso conocer Martín García. Yo quiero demostrarme y demostrarle que soy capaz de manejar mis fobias. Pero, fundamentalmente, vengo a ver el cementerio. No hay registro de otro así. Sucede que muchas cruces de las tumbas tienen el eje horizontal inclinado, como si estuviera flojo, vencido. Esta característica de las cruces, y en esta cantidad, es única en el mundo. Pero todavía falta para llegar al cementerio.

Hay una sola empresa que viaja a Martín García y ofrece dos posibilidades: una excursión de medio día y una de dos días y una noche. Es la que elegí. El recorrido desde el Muelle Internacional de Tigre hasta la isla, apenas 33 kilómetros, se hace en tres horas. La navegación por los ríos y canales del delta es necesariamente lenta. La isla es una roca antigua, precámbrica, del macizo de Brasilia. No tiene nada que ver con las otras islas del delta. Esta piedra alta de menos de dos kilómetros cuadrados es vieja, silenciosa, tenaz.

La descubrió en 1516 el infortunado Juan Díaz de Solís cuando buscaba un paso entre el océano Atlántico y el Pacífico y se encontró con este “mar Dulce”. Se llama Martín García en honor al despensero, uno de los tripulantes, que murió a bordo y, se cree, fue enterrado en la isla. Sería, entonces, el primer entierro cristiano en el territorio que conformaría siglos después Argentina. Hay historiadores que dicen que la isla fue bautizada como el despensero, sí, pero que el cuerpo habría sido arrojado al río, como era costumbre. Esta versión parece más razonable y, por supuesto, muchísimo menos atractiva.

La guía nos lleva al restaurante Hércules, a comer. Tengo flashbacks de colonias de vacaciones y cenas multitudinarias en hoteles de sindicato y me deprimo. Mi pareja, en cambio, se divierte porque todo le parece muy comunista. Nos sentamos frente a un grupo de mujeres empitucadas que no parecen comprender cómo hay que vestirse para una excursión y nos miran con curiosidad y reproche: estamos despeinados, de negro, yo sin maquillaje.

Terminado el almuerzo, nos ordenan reunirnos junto a las ruinas de la vieja cárcel. Apenas se llega a escuchar a la guía porque hay mucho viento. Alguien le pregunta por el cementerio, ella dice que podemos ir después, solos, que no está incluido en el tour.

–Tienen la tarde libre, pueden visitarlo. Después les indico cómo llegar, es muy cerca.

–¿Es cierto que tiene la cruces torcidas?

La guía escuchó tantas veces esta pregunta que se impacienta, pero yo siento algo extraño en su impaciencia. No es solo hartazgo. Además, es buena en lo que hace, no es grosera con los turistas. Parecería que oculta algo, como si no quisiera hablar del tema. Quizá a los lugareños no les guste que se ventilen los mitos. Los argentinos, sean isleños, pampeanos, mesopotámicos o patagónicos, tienen un problema con el tema de los fantasmas. No le ven atractivo, no le ven potencial pintoresco; no sé si les tienen miedo a las ánimas o tienen miedo de perder plata o son insólitamente poco morbosos.

–Sí, hay un montón de hipótesis sobre eso. Pero no es nada raro. Es el molde.

Silencio.

–¡El molde! Hicieron un molde defectuoso y, como era el que había en la isla, lo siguieron usando y después ya fue un estilo. Dicen que son tumbas marcadas de suicidas o de gente que murió por la fiebre amarilla, pero la verdad es más práctica.

Silencio. Nadie se va a creer esto. Hay muertos enterrados ahí desde hace dos siglos. ¿En doscientos años no pudieron cambiar un molde? ¡La isla queda a 45 kilómetros de Buenos Aires y a cuatro de la costa uruguaya, no está en un paraje recóndito del mundo!

Uno pregunta si el cementerio todavía se usa.

–No. Ya no me acuerdo cuándo fue el último entierro. Si alguien se enferma grave, lo llevan al continente.

Y la guía agrega, acomodándose la bufanda, ya húmeda por la llovizna helada:

–Además, acá nadie se muere.

Y con eso se da vuelta y pide que la sigamos hasta las ruinas de la cárcel, cuya historia y deterioro explica largamente.

–¿Cómo que acá nadie se muere? –le susurro a mi pareja.

¿Qué son, vampiros? ¿Qué quiso decir esta mujer?

Él admite la rareza. La isla tiene vida, es reserva natural. La Laguna de la Cantera es un paseo salvaje y hermoso con nutrias y tortugas. (De acá se sacaron las piedras para hacer los adoquines de la calle Defensa, en San Telmo.) Hay registro civil, colegio, un bodegón bárbaro, el Solís. Viven unas ciento ochenta personas, todos empleados de la Provincia de Buenos Aires; es la regla. Uno no puede ir y alquilar una casa ni comprar un terrenito, aunque hay algunos “independientes”, algunos trabajadores que no son empleados del Estado, como el dueño del bodegón Solís.

Todo me empieza a parecer demasiado extraño. La isla tuvo un lazareto y hubo un hospital de inmigrantes, que debían pasar acá la cuarentena antes de ser recibidos en el continente. Demasiado sufrimiento en tan poco espacio. El faro dejó de funcionar en 1938 y la prisión naval, en 1957.

En la parte más alta de la isla hay un laberinto de ligustrina bastante grande, pero está cerrado. ¿Quién cierra un laberinto?

¿Para qué? ¿Por qué no se puede transitar? ¿Quién lo mandó a hacer? Una vez más, la guía es reticente a las preguntas. Dice que no sabe. Un lugareño –lo identifico como tal porque lo vi en el almuerzo, descargando botellas de gaseosa– acompaña al grupo de visitantes por algún motivo (¿querrá pasear?) y agrega: “El laberinto no está habilitado.” ¿Por qué? No lo sabe. Nadie sabe nada. Acá nadie se muere y nadie contesta.

Un laberinto cerca de un hotel me hace recordar la película El resplandor. No digo nada. ¿Si la que se vuelve loca por el encierro en la isla, esta noche, sin luz, soy yo? Un área muy amplia al este de la isla se llama Zona Intangible. Ahí estuvieron los dos cementerios viejos, incluso un cementerio de indios. En 1878 empezaron a llegar prisioneros aborígenes de la Campaña del Desierto, que fueron hacinados en Punta Cañón, en el norte de la Zona Intangible. Los que no podían trabajar pasaban “a depósito”. Un año después, más de cuatrocientos murieron de viruela. Están enterrados ahí, en esa parte que no se puede visitar; la Zona Intangible tiene enfrente un canal del río, que se llama Canal del Infierno.

En 1884, el cementerio viejo, ubicado al sur del cementerio de indios, se inundó por una sudestada que derribó sus muros. Los cuerpos se trasladaron al cementerio actual. Los cuerpos de los indios quedaron allá. Hubo otro cementerio cerca de la plaza principal, tal vez en la propia plaza, también desaparecido. El que está en pie y en uso es el cuarto, entonces.

Quiero hacer una incursión secreta en la Zona Intangible. Mi pareja dice que es como la aldea de “los otros”. Estamos siguiendo la serie Lost; estamos sugestionados.

Hay una discusión por lo bajo, acalorada, entre los turistas. Un hombre dice que en el crematorio, que no vamos a visitar porque el recorrido turístico evita lo morboso, se quemaron cuerpos de personas asesinadas durante la última dictadura. Otro le dice que no, que es un mito, qué barbaridad. La guía tercia y confirma que es mentira. Lo mismo dice el lugareño, que se retira porque tiene que hacer cosas.

–Mañana vamos al crematorio –le anuncio a mi pareja.

La parada más importante es frente a la casa color mostaza donde, entre el 13 y el 17 de octubre de 1945, estuvo detenido Juan Domingo Perón. Para entonces –desde 1939– la Armada estaba a cargo de la isla y ya había sido usada como cárcel de presos políticos varias veces: para la detención del presidente Hipólito Yrigoyen, de 1930 a 1932; luego, para más de cien dirigentes radicales, entre los que estaba Torcuato de Alvear. Y, después de Perón, la isla se usó para tener prisionero a Arturo Frondizi, pero en una casa rosada con un amplio parque, lejos de la plaza principal.

Tras otras paradas obligadas (la casa donde vivió Rubén Darío o el fabuloso inodoro que se hizo traer Alvear, de cerámica exquisitamente pintada, en el museo), nos muestran el teatro Urquiza. Una construcción extrañísima. La fachada es de estilo modernista: puertas verdes, dos círculos entre tres pilares –parecen tortas de merengue decoradas–, la lira que indica su uso y el mascarón, no de un hada o un ser mitológico, como es habitual, sino de un indio –o una india– qom. El autor de este extrañísimo ejemplo de arquitectura modernista es desconocido. ¡Desconocido!

Llega al mismo tiempo una buena noticia: esa noche habrá fiesta en la isla. Un encuentro de colegios de la provincia de Buenos Aires que harán espectáculos folclóricos y una peña. Lo importante: por este motivo, como excepción, no cortarán la luz. Me siento a salvo.

...

Vamos a ir a la fiesta, claro, pero primero, ya terminado el tour, marchamos hacia el cementerio. Es fácil llegar. Hay que seguir la avenida Guillermo Brown casi hasta el centro de la isla. Ningún otro turista elige continuar su paseo hacia el cementerio, pese a que mostraban tanta curiosidad por las cruces torcidas. Cobardes.

El cementerio actual de la isla Martín García, que está ubicado en este lugar desde 1899, tiene un portón flanqueado por un paredón de un lado y una capilla del otro. La capilla es muy modesta y parece –en mi visita, al menos– abandonada. Sobre un altar sencillo, cerca de la cruz, algunas estampitas y rosarios viejos y, lo más inquietante, ramas entretejidas como extraños arreglos-ofrendas. Muy Proyecto Blair Witch. Me gustaría encontrar comparaciones más elegantes, más literarias, pero esas ramitas frágiles y tenebrosas son absolutamente Blair Witch.

El cementerio tiene unas doscientas cincuenta tumbas; la mayoría son blancas, de piedra, y con un molde muy similar. La mayoría, y verlo impacta, tienen inclinado el palo transversal de la cruz. La primera tumba con una cruz torcida de este cementerio es la de Noel Michel Lefolcavez, un teniente francés muerto en 1848, trasladado desde uno de los cementerios que desaparecieron por la inundación. Casi enfrente de Lefolcavez, está el Ahogado Desconocido, medio destruido por las plantas; no tiene cruz. Cerca, Karl Krogh, tripulante del crucero alemán Capitán Trafalgar, hundido por un buque inglés en 1914 cerca de la costa brasileña; los más de doscientos tripulantes fueron enviados a Buenos Aires y después a Martín García. Estuvieron alojados en el viejo lazareto y parece que algunos se volvieron un poco locos por el aislamiento. Quizá eso le pasó a Krogh, que quiso huir nadando y se ahogó, previsiblemente, en el Canal del Infierno. Su tumba es un monolito sin cruz inclinada.

¿Qué marcan las cruces inclinadas? La teoría del molde defectuoso y el sepulturero inventivo tiene mucha fuerza entre los guías y pobladores, pero es, además de horrible, bastante floja.

¿Por qué no iba a renovarse un molde defectuoso en tantos años? Además, apenas el treinta por ciento están torcidas: hay algunas perfectamente cristianas, otras de hierro, hay de varias clases. Todas las torcidas resultan muy similares.

La segunda cruz –cronológicamente– con el eje torcido, inclinado, es la del sepulcro de Alfredo Abelio D’Oliveira, muerto en 1891, 43 años después que el teniente francés. ¿En casi cincuenta años no pudieron cambiar el molde? No. Como sostiene el historiador e investigador del cementerio Jorge Alfonsín, estas cruces se hicieron así a propósito, no por defecto ni por extravagancia. Hay cruces del mismo periodo sin la inclinación. ¿Había dos moldes, entonces? ¿Ese artista elegía a qué tumbas les ponía el palo transversal inclinado?

Las cruces marcan algo, indican algo.

El problema, desesperante, es que no se sabe qué. No hay papeles, no hay información, ninguna pista. Hay, sí, teorías. Alfonsín recoge algunas en su libro Historias de Martín García:

Preguntando a algunos de los doscientos atentos pobladores de Martín García y aquí y allá, recibí diversas respuestas sobre el origen de las cruces; entre otras: que en una época, en la isla, habitaban personas que pertenecían a una secta satánica (otros dicen diabólica) que construían las cruces con ese palo torcido; que el constructor primitivo las hacía de esa manera por un tema de perspectiva; que señalan a los fallecidos por causa de una peste, a los entonces penados, muertes sospechosas, trágicas, etcétera; que la masonería es la culpable; que vincularon las partes con una atadura de cuero y, pasado un tiempo, el cuero, debido a las inclemencias del tiempo, comenzó a destruirse y, ya flojo, el tramo horizontal se inclinó hacia el lado de mayor peso o que no había sido atado en el exacto centro.

Hay otra teoría, relacionada con la cruz ortodoxa, cuyo brazo inclinado representa la condena al Infierno. Si se usó solo esa parte del símbolo, ¿será para indicar que el enterrado es un delincuente? Es cierto que en la isla hubo siempre muchos convictos, pero entonces hay cuestiones confusas. La tumba de D’Oliveira, por ejemplo, tiene la cruz inclinada, pero sobre la lápida, en bajorrelieve, una cruz normal. ¿Era medio delincuente nomás? ¿Y las dos Teresas? Están enterradas juntas dos niñas, las dos se llaman Teresa, las dos de apellido Vilar (esos padres, qué insistencia con el nombre, pobres criaturas), murieron una un año después de la otra y tienen cruz torcida. Y peor: una de las dos cruces –cada chica tiene una– fue destruida intencionalmente. Lo que no quiere decir mucho porque en todos los cementerios del mundo hay roturas intencionales, robos, ataques diversos. También hay veinte conscriptos que murieron entre 1913 y 1917, víctimas de la inoculación de una vacuna en mal estado. La mayoría de sus tumbas tienen la cruz con el palo inclinado.

Alfonsín no está de acuerdo con ninguna de estas teorías y tiene una propia. Las primeras tumbas así marcadas serían de dos fourieristas, seguidores de la doctrina del francés Charles Fourier, filósofo, socialista utópico que imaginó sociedades cooperativistas organizadas en falansterios, como alternativa al capitalismo; el hombre también pensó el feminismo y la diversidad sexual, uno de los primeros. Aparentemente, hubo una experiencia fourierista en Brasil, en la década de 1840, en la península de Saí, frente a la isla de São Francisco do Sul, en el estado de Santa Catarina. Los primeros enterrados, Lefolcavez y D’Oliveira, vendrían de ahí. Después, se siguió la costumbre. Esta teoría de Alfonsín tiene varios problemas. El primero y más obvio es la falta de documentación; el segundo, que en su libro asegura que São Francisco do Sul está cerca de Martín García y lo cierto es que queda a mil quinientos kilómetros.

No hay solución para el misterio de las cruces. Hay leyendas, sí, originadas en la ficción. Una está publicada en la colección de Cuentos fantásticos del Delta, de Roberto Vilmaux, y dice que el palo de las cruces se va inclinando solo, con el paso del tiempo. Cuenta el caso de un matrimonio que enterró a su hijo, conscripto de la Marina, y vio, aterrado, cómo su cruz perfectamente cristiana se iba torciendo con los años hasta alcanzar el aspecto de todas las demás. ¿El motivo? “Algo” que conectaría a todos los torcidos en el pasado. El remate del cuento: los padres van a visitar la tumba en otoño, hojas secas por todos lados, y, cuando llegan, la tumba está rajada. Atisban el interior y lo que ven les hace dar un grito. Nunca vuelven a la isla. Como cuento fantástico, es demasiado vago. ¿Qué vieron los padres? ¿Un cuerpo sin corromper? ¿Me está queriendo decir que las tumbas marcan lugares de reposo de vampiros? Podría ser: aquí nadie se muere.

El lazareto y cuarentenario de la isla, que funcionó hasta 1915, por el que pasaron más de treinta mil personas, fue dirigido por Luis Agote, uno de los pioneros en la creación del método de transfusión de sangre conservada; es decir, no de persona a persona, sino de recipiente a persona (con el citrato de sodio, Agote evitó la formación de coágulos). Todos los pacientes muertos del lazareto, unos 181, fueron cremados. ¿Qué relación tienen Agote y la transfusión con los vampiros? Ninguna. Solo la sangre. Quemar los cuerpos en vez de enterrarlos. ¿Los marcados serían posibles infectados? No hay relación, como no la hay con Fourier, salvo por el sueño de destino utópico de la isla: en 1850, Domingo Faustino Sarmiento la imaginó capital de los Estados Unidos de América del Sur y publicó un libro explicando el proyecto. Dos años después, esta Washington del sur quedó definitivamente olvidada.

Por lo demás, el cementerio es sumamente apacible. En la isla no hay autos, en 2008 no funcionaban todavía los celulares. La isla es bastante húmeda y oscura; es una piedra en la selva, llena de higueras y lapachos, con la vegetación fuera de control. En el cementerio se mantiene el césped cortado y prolijo, y los árboles están muy separados; el sol da de lleno, cuando sale, sobre las tumbas de cemento blanqueadas. El cementerio, a pesar de las cruces misteriosas, es de los lugares menos sombríos de la isla.

A la noche vamos a la peña. Hay unos chicos de Merlo que bailan malambo increíblemente bien. Nos invitan empanadas. No bailamos folclore ni, más tarde, pop latino, porque somos bastante tímidos y tenemos problemas de sociabilidad. Volvemos al hotel desde el teatro Urquiza, que es muy hermoso por dentro, mucho más grande de lo que su fachada sugiere. El silencio y el frío nos dejan mudos.

...

En uno de los senderos abiertos en el Parque de los Héroes de Ambas Naciones –lleno de placas que indican árboles, plantas y hechos históricos–, voy dejando unos muñecos de ramas flexibles, atados con pasto verde: una silueta, una gran cabeza, brazos, patitas chuecas. Esta isla se merece ofrendas brujeriles, un pequeño misterio para alguien más.

Preguntamos otra vez por el laberinto: resulta que es “privado”; si encontramos a uno de los dueños –nos dicen los nombres–, ellos lo abren y se puede recorrer sin problema. Vamos. Golpeamos las manos y llamamos a los gritos en las casas que nos señalaron. No hay nadie o nadie nos quiere abrir. Nunca entré en el laberinto.

Decepcionada, camino hasta el cercano Barrio Chino. Nada que ver con los chinos de China. Se llama así por las mujeres criollas trabajadoras que vivían ahí. Un barrio pobre y abandonado desde hace setenta años, invadido por la vegetación. Es desoladoramente hermoso. Se lo está comiendo un bosque de caña de bambú. Dentro de las casas, por los agujeros de los techos, entran lianas que caen hasta el suelo. En la calle principal hay jacarandás, de un lado y del otro. En una de las paredes a punto de derrumbarse, alguien escribió con aerosol negro “esta casa perteneció a la familia Lagorio, devuélvanla”; hay un teléfono: 792-0152. Sin embargo, ya nadie puede reparar la injusticia de ese despojo.

El barrio se está muriendo. Su decadencia, violenta y mustia, todavía no es la muerte, pero será. Todavía es una ruina visible, pronto quedará desaparecida bajo la selva. El Barrio Chino estaba ocupado por el personal civil de la isla, que trabajaba para los marinos cuando la Armada tenía a cargo Martín García; fueron los militares quienes lo llamaron, con desprecio, “chinaje”.

Si el Barrio Chino se deja atrás yendo hacia el este, cruzando los dos expolvorines del centro de la isla, se llega a la pista de aviación, que está bastante activa: una avioneta despega y hay un helicóptero detenido en una curva. Del otro lado de la pista, la Zona Intangible. Cruzar es muy fácil, pero se está haciendo de noche y a último momento decido abortar el plan, dejar en paz los dos cementerios abandonados.

A esta hora, antes del atardecer, pienso que en esa Zona Intangible funcionó un campo de concentración para los indios, un campo no de muerte, pero sí de disciplinamiento. Hay una carta de 1879, enviada por Jacinto Segundo Puelpan a su esposa, que deja en claro que los están cristianizando, a él y a sus compañeros, y que no sabe cuánto tiempo pasará ahí. Está escrita en un castellano muy hermoso. Dice que sus hijos están en Buenos Aires, pero que no ha podido verlos, y que lleva tres meses en Martín García. Toda la carta está llena de dignidad y de pánico contenido: “Estaré aquí no sé hasta cuándo, pero no me pondrán en un cuerpo de línea, soy demasiado anciano... No sé cuándo nos sacarán de aquí.”

Hay también un testimonio del cirujano de la isla, Sabino O’Donnell, que escribe sobre cómo se le murieron varios indios después de ser vacunados. Lo más impresionante de su texto, sin embargo, es que dice que sus pacientes están tristes porque tienen “nostalgia del desierto”.

¿Serían sus descendientes los que vivían en el Barrio Chino?

¿Los seiscientos infectados de viruela que figuran en los archivos siguen enterrados en la Zona Intangible? ¿Por qué se habla de las baterías y los polvorines y el Graf Spee y no de los Catriel y Epumer que vivieron en esta isla?

A las cinco de la tarde estamos en el muelle, listos para el embarque. Hace frío otra vez. El río está plateado y quieto, como una serpiente mojada. ~

Este texto forma parte del libro Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios –recientemente publicado en México por Ediciones Antílope en coedición con la Dirección de Literatura de la UNAM–. Compuesto de diecisiete crónicas, el libro narra las visitas de Mariana Enriquez a cementerios de todo tipo en distintas partes del mundo.


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