Vivir en la propia ideología | Letras Libres
artículo no publicado

Vivir en la propia ideología

Las ideologías más poderosas son aquellas que defendemos sin darnos cuenta.

En el verano de 1975, trabajé como guía turístico en Dubrovnik (empecé a trabajar muy joven). Dubrovnik es, como muchos saben, una bonita ciudad en el Adriático, en la costa croata, que a lo largo de la Edad Media fue un puerto muy activo, con muchos contactos con el mundo. Venecia era su competidora y finalmente acabaría superando a Dubrovnik; al final, sin embargo, las repúblicas de Venecia y Dubrovnik (Ragusa) fueron abolidas por Napoleón en 1797-1806. La existencia de Dubrovnik como una república independiente, rodeada por todos lados por el poderoso Imperio Otomano, era una especie de milagro. Los otomanos quizá lo consideraban una útil Hong Kong de la época y nunca pensaron en conquistarla. Dubrovnik siempre estuvo orgullosa de su libertad. En su bandera roja está estampada, con letras doradas, la palabra “Libertas”.

Un par de veces durante ese verano acudí, en las noches cálidas y con aroma de lavanda, a las obras de teatro que se representaban en lugares impresionantes del castillo que hay sobre el puerto. Las obras formaban parte del festival de Dubrovnik, que duraba todo el verano. La apertura del festival siempre iba acompañada del izado de la bandera de “Libertas”.

No pensé mucho en ello entonces pero la ceremonia de la bandera, con su apropiada música emocionante, me parecía que era un recuerdo de la firme resistencia de Dubrovnik frente a los invasores extranjeros. Como Yugoslavia en 1975 era un país libre, no gobernado por extranjeros o, como se decía entonces, sin compromisos ni con los “imperialistas” (Estados Unidos) ni con los “hegemonistas” (Unión Soviética), me parecía normal que se izara y vitoreara la bandera de “libertas”.

Unos diez años después, en una conversación con un amigo que estuvo en el mismo festival, y cuando el comunismo ya se estaba desmoronando, me comentó que le hacía mucha ilusión ver la bandera de la libertad ondear cada año; para él presagiaba el fin del comunismo y el inicio de la democracia. Nunca pensé en eso entonces y, sin decírselo, pensaba que había elaborado esa sensación ex post (1985 era muy diferente a 1975) o que simplemente se la había atribuido a otros a pesar de que eran los pensamientos de una pequeña minoría.

Hace unos años, cuando visité Zagreb por primera vez tras las guerras civiles, quedé a cenar con una amiga croata que no había visto en veinte años y con quien trabajé en 1975. En un momento de la conversación, mencionó que la bandera de “Libertas” siempre le hizo pensar en la independencia y libertad de Croacia, y pensaba que esa sensación era compartida por todo el mundo que estaba presente y presenciaba el izado de la bandera.

Ese pensamiento, me di cuenta, nunca se me ocurrió. Pero esta tercera interpretación del mismo suceso me hizo pensar, como en una película de Kurosawa, que todos vivimos en nuestros mundos ideológicos e imaginamos que todo el mundo habita en esos mismos mundos.

Hasta que las cosas cambian.

Algo similar está ocurriendo ahora en Estados Unidos con el impacto ideológico del movimiento Black Lives Matter. Mucha gente creía que la desigualdad racial en Estados Unidos era algo realmente importante. Pero se veía como un asunto secundario, que necesitaba una solución pero que no acababa con la idea de Estados Unidos como la tierra de las oportunidades y el progreso para todos. Como consecuencia de este movimiento hay gente que no había nunca pensado en la injusticia racial y en otros tipos de injusticia que de pronto ve estos problemas como algo sistémico.

No pueden arreglarse “poniendo caras negras en lugares importantes”, como dijo despectiva y acertadamente Cornel West.

Para resolver este problema es necesario repensar los aspectos esenciales de las sociedades capitalistas. Además, el movimiento BLM, al rescatar la historia completa del colonialismo y la opresión negra, ha dirigido nuestra atención hacia cosas que pensábamos que estaban olvidadas y “resueltas” desde hace mucho tiempo: el reinado del rey Leopoldo en el Congo, la complicidad británica en el comercio esclavista, el esclavismo americano y brasileño que se extendió hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX. Es muy probable que resurjan estas cuestiones pronto en otros países: Francia, Países Bajos, Portugal, España, Rusia. Como acabamos de ver, están cayendo las estatuas de Cristobal Colón.

Estamos ante un cambio ideológico enorme. Hasta hace unas pocas semanas estábamos presenciando los mismos sucesos –la discriminación racial y la brutalidad policial no son exactamente nuevas– pero con unas gafas ideológicas completamente diferentes. Como en el ejemplo de la bandera de Libertas, el suceso, el hecho, era el mismo: su interpretación era diferente.

Las ideologías en las que vivimos son como el aire que respiramos. Las damos por hechas. No somos conscientes de ellas. Yo no era consciente de mi propia ideología en 1975. Mis amigos no eran conscientes de la ideología que impregnaba el Banco Mundial y el FMI en las últimas dos décadas del siglo XX. El neoliberalismo (no se usaba ese nombre entonces) era tan obvio, sus lecciones y recomendaciones eran tan claras y parecían tan de sentido común que se cumplían los requerimientos para la mejor ideología posible: aquella que una persona defiende y aplica sin siquiera darse cuenta de ello. Pero eso también se está desmoronando.

Cuando la gente me pregunta cómo fue trabajar en el Banco Mundial durante la cúspide del neoliberalismo, a menudo piensan que estábamos de alguna manera obligados a creer en el neoliberalismo como una panacea. Nada más lejos. La ideología era algo ligero e invisible para muchos; nunca sintieron su peso. Incluso hoy estoy seguro de que muchos amigos que la aplicaron no eran conscientes de que lo hicieron. A principios de los años 90, una persona influyente, que nunca se consideraría a sí misma “neoliberal”, se opuso firmemente a cualquier estudio sobre la desigualdad: lo importante no era la desigualdad, al contrario, había que crear más desigualdad para que aumentara el crecimiento. Otra persona influyente (en este caso Larry Summers) se hizo famoso por escribir en una nota interna que había que enviar a África sustancias contaminantes porque el valor de la vida humana ahí es mucho más bajo que en los países ricos. Aunque Summers más adelante se defendería diciendo que era una broma, es un buen ejemplo del espíritu de la época.

Otra persona que incluso ahora defiende enérgicamente su condición de neoliberal creó una nueva manera de resolver un problema creando un nuevo mercado. El no haber oído nunca nada sobre la comercialización de todo es una característica básica del neoliberalismo. En su mundo no existían ni Polanyi ni las mercancías ficticias.

Como creyentes religiosos, el neoliberalismo era para muchos economistas la quintaesencia del sentido común y la razón. Al describir el consenso de Washington, John Williamson escribió que “es el núcleo común de sabiduría que todos los economistas serios adoptan”. Ahora que el neoliberalismo, bajo los shocks de 2007 y 2020, está prácticamente muerto, es fácil ver cómo de equivocados estaban. Pero mientras duró, la gente vivía en sus mundos ideológicos, la ideología la adoptaban “todos los economistas serios”, y parecía que todo el mundo estaba de acuerdo. Y también parecía que iba a durar para siempre. Como me parecía a mí en 1975.

Traducción de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor.