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Valls, Barcelona, Europa

La confirmación de Valls al frente de la candidatura municipal de Barcelona sería la ratificación de que Europa es una realidad política y social que permite trascender las fronteras de los Estados miembros.

 

Esta semana ha causado gran expectación la posible candidatura del ex primer ministro de Francia, Manuel Valls, a la alcaldía de Barcelona por Ciudadanos. Este texto no pretende analizar las virtudes o los defectos de Valls, ni si la proposición es una buena o mala estrategia electoral por parte de Ciudadanos. Quiero detenerme en el significado que tendría una candidatura de este tipo hoy en Europa.

La Unión Europea fue alguna vez un proyecto de aspiración federalizante. Su vocación integradora se tradujo en esa expresión tan usada durante los años 80 y 90: “An ever closer union”. Sin embargo, el estallido de la crisis económica alentó el ensimismamiento de los Estados, el repliegue hacia las fronteras nacionales y el retorno a un discurso marcadamente intergubernamentalista que frenó en seco la posibilidad federal.

La recesión fue solo el principio. Después llegaron el populismo y el nacionalismo para retar a las instituciones europeas y también para poner en cuestión el orden democrático liberal. El ascenso de estos líderes y partidos tuvo, no obstante, un efecto positivo inesperado: despertó el interés de los europeos por la política de los demás estados miembros. Por primera vez había un interés electoral transfronterizo, que aumentó la cobertura y el seguimiento de los comicios en lugares como Austria, Holanda, Francia o Italia.

Comenzaba a emerger algo que podía parecerse a un demos europeo. Este interés tiene que ver con la consolidación de las estructuras políticas y las instituciones europeas, pero también con la movilidad que facilitó el espacio común. Cuántos españoles habrían querido poder votar en el referéndum sobre la salida de Reino Unido de la UE, un país que es o ha sido la casa de tantos de nosotros.

Pero la emergencia de un mercado de electores con intereses y referencias políticas compartidas no es suficiente. Es también necesario que el mercado de partidos y candidatos se abra para superar las fronteras de los viejos Estados-nación.

En este sentido, la candidatura de Manuel Valls para una elección española sería una excelente noticia para Europa. Superada la peor parte de la crisis económica, la UE ha de decidir si quiere retomar su proyecto de integración. La elección de Macron al frente de la política francesa ha despertado un gran optimismo de cara a esta tarea, pues el nuevo presidente de Francia parece haber hecho su mayor apuesta política en el nivel supranacional y no en el doméstico. Algo está cambiando.

Siguiendo este impulso, la confirmación de Valls al frente de la candidatura municipal de Barcelona lanzaría un doble mensaje a Europa. Por un lado, sería la ratificación de que Europa es una realidad política y social que permite trascender las fronteras de los Estados miembros, forjando un mercado de líderes, partidos y electores compartido, y que va mucho más allá de la configuración del Parlamento Europeo.

A este espaldarazo al proyecto común habría que añadir que una candidatura de este tipo lanzaría un mensaje de rechazo al populismo y el nacionalismo que han protagonizado la política continental en los últimos años. La afirmación de una Europa abierta sería la contestación de los valores que el nacionalpopulismo ha tratado de imponer, predicando un repliegue nacional con énfasis en las fronteras. No solo en Europa, también en España.

Frente a la idea del un sol poble cultivada por el separatismo catalán, frente a las políticas de la etnicidad y el narcisismo de la diferencia, un candidato europeo sañalizaría una vocación de superar las fronteras antes que crearlas, ampliar el mercado político en lugar de reducirlo e incrementar el pluralismo en vez de perseguir la homogeneidad política y cultural. Sería un ataque frontal al discurso de la exclusión que han enarbolado populistas y nacionalistas, aquí y allá, a lo largo y ancho del viejo continente. Seamos un solo pueblo, sí, pero uno que se extienda desde las cumbres del Teide hasta el Círculo Polar Ártico.