Una semana difícil en la presidencia del gobierno | Letras Libres
artículo no publicado

Una semana difícil en la presidencia del gobierno

Letras Libres ha tenido acceso a la carta de un alto cargo del gobierno enviada a su madre explicándole la complicada semana en el trabajo. Se entiende que no vaya a la comida familiar del domingo.

Mamá:

 

Siento no haberte podido escribir antes. Como sabes, ha sido una semana complicada. “¿Comida basura, ministro basura?” fue el titular con el que se despertó medio país el lunes (la otra media ya lo había visto el domingo por la noche). Allí, el ministro aparecía comiendo una hamburguesa, con la boca abierta como si llevara unas semanas a pan y agua.

Pensábamos que no iba a tener mucha importancia, pero las tertulias empezaron a explotar el asunto. A media mañana, la oposición preguntaba sin cesar: ¿era este el gobierno comprometido con la comida sana, con los hábitos saludables, un gobierno que se preocupaba por la calidad y la esperanza de vida de los españoles? Los medios de derechas reprochaban la minusvaloración de la dieta mediterránea y los platos tradicionales españoles. Los medios de izquierda empezaron a publicar informaciones sobre el maltrato a los animales en la industria cárnica. Una conocida analista señaló que las vacas lecheras sufren algo equivalente al acoso sexual, y que el gobierno no trasladaba a otras especies su preocupación por las agresiones. Inmediatamente alguien le acusó de banalizar los problemas de género, al comparar la situación de los humanos con la de los animales. En Cataluña, los independentistas recordaron que uno de sus dirigentes presos había dicho que en la cárcel la carne estaba demasiado hecha y le provocaba flatulencias: comer una hamburguesa, denunciaron, mostraba una intolerable falta de empatía y una evidente voluntad de escarnio.

Aunque publicamos un par de tuits que esperábamos que calmaran las cosas, al final tuvimos que convocar una rueda de prensa. La cadena de hamburguesas se quejaba de la publicidad negativa, y comenzaban a hacerse juegos de palabras con “comida rápida, respuesta lenta”. El ministro se defendió con dignidad, y cuando el reprocharon que tomara ese tipo de comidas señaló que había un cierto clasismo en esas críticas. Al final, esa comida era la forma en que tenían los pobres de adquirir proteínas. Si la oposición estaba de repente tan preocupada por los hábitos alimenticios de los españoles, quizá lo mejor sería apoyar las medidas expansivas que se habían negado a apoyar. Era la desigualdad la que provocaba los hábitos alimenticios poco saludables.

Nos quedó bien.

Y luego, por otra parte, dejamos una pequeña pista. Dijimos que, en todo caso, parecía un tanto imprudente hablar de comida después de que se hubiera pasado el arroz.

Incluso los periodistas fueron capaces de entender la indirecta: el líder de la oposición, unos meses atrás, había dicho que su especialidad era el arroz a banda, y que lo hacía todos los domingos que podía, con amigos. Sabíamos que no era cierto: una vez, en una charla en un polideportivo en Valencia, había sido incapaz de explicar cómo se preparaba el caldo y qué le echaba. Y teníamos unas fotografías que nos había pasado un compañero de partido, ahora distanciado, de un día en el que, realmente, había intentado preparar un arroz a banda, más que nada para dar una especie de base a esas declaraciones: eran falsas en el pasado, pero todavía podrían ser ciertas en el futuro. Las fotos, que circulaban clandestinamente, mostraban un arroz totalmente quemado y poco apetecible. Cuando el líder de la oposición fue preguntado a la salida del congreso por esa alusión, dijo que no pensaba entrar en esos temas: “Me niego a entrar en esos temas, ya no vivimos en los tiempos de la Inquisición”.

Teniendo en cuenta que el cuerpo del delito era un plato quemado, quizá no fue buena idea hablar de una institución asociada con las hogueras (“Lo siento dos veces”, dijo un portavoz parlamentario, “pero me lo ha dejado en bandeja: aquí huele a chamusquina”.) De todas formas, es algo que podría pasarle a cualquiera y en todo caso yo tengo mucho respeto a mis compañeros aunque trabajen en otros partidos: esto es la política y estas escaramuzas forman parte del juego.

Ya sabes cómo son estos tiempos. La gente empezó a entrevistar a cocineros, a restaurantes, a buscar a expertos en arroz a banda. Creíamos que lo teníamos todo controlado pero la fractura del sistema de partidos tiene sus cosas, ya lo sabes. Y no esperábamos que al día siguiente, en una sesión que no tenía nada que ver, la líder del tercer partido se pusiera a hablar de un pollo a los chilindrones. Sacó un recorte de hacía tres veranos. Sin duda, había esperado ese momento. Era un asunto que ya había salido un par de veces en la campaña, pero no se le había concedido mayor importancia. Al parecer, el presidente había declarado que su plato preferido era el pollo a los chilindrones, y que había aprendido a hacerlo a la manera de su abuela. Sin embargo, en la descripción de la receta al parecer hacía algo poco ortodoxo, algo que contravenía las costumbres más clásicas. El presidente perdió los nervios, visiblemente afectado, y nos dimos cuenta de que la cosa podría acabar complicándose.

“Receta para el desastre”, titulaba al día siguiente un periódico. Allí cotejaban la receta que había dado el presidente en la entrevista de verano con la que describía el escritor Julio Alejandro de Castro en Breviario de los chilindrones. Un chef oscense, que tiene un restaurante en Los Ángeles, decía que en puridad el plato del presidente no podía llamarse pollo a los chilindrones y probablemente, de hecho, la descripción sugería una experiencia gastronómica bastante insatisfactoria. Había algo profundamente deshonesto, decían, en intentar granjearse la simpatía del público hablando del plato que le había enseñado a hacer su abuela. ¡La abuela, nada menos! Sería muy sencillo, nos dijeron, preguntarle a ella. Pero la mujer no podía hablar: murió hace tres años. Qué casualidad, nos dijeron. Ya sabes, mamá, lo poco habermasiana que es nuestra esfera pública, y lo polarizada que está la discusión sobre comida. En las tertulias radiofónicas se dijo que ahora se entendía que el presidente sea (como dicen sus críticos) soberbio: a fin de cuentas no tiene abuela. Se habló del “montar el pollo” y de que la posverdad había pasado de la política a la gastronomía.

En fin, el resto ya lo sabes… Había algunos expertos que explicaron que la cuestión que se discutía (básicamente, la proporción de tomates y pimientos rojos en el plato) presentaba distintas versiones. “El chilindrón”, dijo un experto de la universidad, “vive en variantes, como el romance”. Algunas voces lamentaron la exageración. Pero aun así, todo el mundo señalaba las dudas sobre el presidente, su capacidad culinaria, su disposición a emplear a su abuela para ganar unos miserables puntos políticos. “El presidente nos engaña con las cosas de comer”, “Con las manos en la masa”, "Chilindrongate", “El chilindrón y Max Weber” fueron algunos de los títulos de las columnas que salieron en la prensa nacional esos días.

Pronto empezó la internacionalización del conflicto: “It’s not the crime, it’s the cover up”, tituló un analista en The Guardian (que había empleado el mismo titular cinco veces en los últimos siete años). Un periodista británico explicó que esta discusión mostraba la falta de cultura democrática y de pactos que padece España, un país atrapado en el cainismo y reacio a las concesiones: la lengua castellana, explicó, no tiene una palabra para compromise. Alguien escribió que el pollo era una manera despectiva de designar el aguilucho del escudo de la dictadura: un debate gastronómico despertaba a los fantasmas del franquismo, explicaba un corresponsal. Cuando preguntaron al presidente de la Comisión por la polémica, dijo que era un asunto interno español.

Fueron unas horas muy difíciles, pero me recordaron por qué quise dedicarme a esta profesión. Al final, se nos ocurrió una decisión arriesgada, pero ha salido bien. El presidente, como sabes, preparó su receta del pollo a los chilindrones en la televisión pública, en el horario de máxima audiencia. No era populismo: era un servicio a los ciudadanos y una forma de proteger las instituciones. La cobertura fue objetiva y plural. El presidente mostró que, sin duda, no es el mejor cocinero de España, y que quizá su forma de hacer los chilindrones no es la más ortodoxa, pero tampoco había engañado: ahí estaba el pollo y daba bien en cámara.

Luego, la política siempre tiene sus ironías y casi no había terminado la emisión cuando se empezó a hablar del día en que la líder del tercer partido había invitado a comer a dos dirigentes europeos que habían tenido que ser atendidos posteriormente por un problema estomacal. Por supuesto, nosotros no diríamos nunca que el malestar se debe a lo que comieron: no tengo la menor duda de que debió de ser algún virus. Pero, bueno, estas paradojas son el pan nuestro de cada día.

Celebramos que habíamos salvado esa semana tan intensa comiendo el pollo que había preparado el presidente. Ya te puedo contar el resultado, ahora que ha pasado la crisis, aunque te lo puedes imaginar. El pollo no estaba muy bueno y las raciones eran pequeñas.

Te quiere,

Tu hijo.

*Esta carta es una sátira.