Una defensa del modelo de normalización capilar | Letras Libres
artículo no publicado

Una defensa del modelo de normalización capilar

El peinado obligatorio es una medida inclusiva y progresista.

Excelentísimas autoridades. Señoras y señores. Compañeras y compañeros. Amigas y amigos todas y todos:

Nuestro modelo de normalización capilar es un éxito indudable. Es un ejemplo para el mundo, una propuesta novedosa, audaz e inclusiva para gestionar la convivencia en las sociedades del siglo XXI, y al mismo tiempo actúa como dique ante las influencias homogeneizadoras de la globalización. No es necesario que recuerde aquí que, de manera no menos decisiva que la religión, la raza o la lengua, las divergencias en el estilo de peinado han provocado diferencias irreconciliables que a menudo han desembocado en enfrentamientos enconados.

La historia de la humanidad, como ha dicho la profesora de la Universidad de Anne Arbor Helen Beacon (1999), puede interpretarse como la historia de una larga y cruenta guerra entre diferentes estilos de peinado. La necesidad de crear estilos más duraderos y exitosos ha inspirado numerosos avances científicos (Markon, Zevon y Morris, 2004). La lucha contra los piojos ha sido un área de experimentación en el combate a las plagas (Burges y Harvey, 1998) y los enfrentamientos entre tribus y civilizaciones a causa de distintos estilos capilares han generado un complejo entramado decisivo en la evolución de las estructuras de Estado y las innovaciones en ingeniería militar (Morris, 2016). Este es uno de los campos más estimulantes de la historiografía moderna.

Pese a las críticas recalcitrantes de cierto universalismo trasnochado, está fuera de duda que un peinado concreto tiene consecuencias decisivas sobre la cosmovisión de las comunidades y los individuos. Sin que sea necesario compartir las posiciones radicales de Rodríguez y Finn (2003), que sostienen que las diferentes ideologías y religiones no son otra cosa que excrecencias (o, si se prefiere el término, superestructuras) nacidas de una preferencia por un peinado determinado, es evidente que el estilo capilar constituye un factor determinante en nuestra relación con el mundo.

Antes que un conflicto colonial, las guerras entre franceses e ingleses en Norteamérica fueron un conflicto entre dos estilos de peinado: el de los hurones y los iroqueses. Solo una roma visión eurocéntrica hace pensar que era una cuestión geopolítica de influencia, bienes y territorios. El mismo análisis debe aplicarse a las mal llamadas guerras napoleónicas. Este enfrentamiento encuentra un avatar decisivo en el romanticismo alemán, que fue antes que nada la rebelión de los intelectuales germanos frente a los peinados que imponía el prestigio de la cultura francesa.

Fueron estos intelectuales alemanes los primeros en teorizar que la desaparición de una manera de peinarse es la pérdida de una forma concreta de enfrentarse al mundo. No basta con verla reproducida en imágenes y esculturas: el valor de un peinado vivo, que existe en el tiempo, no es el mismo que el que queda atrapado en un momento que hemos dejado atrás. Por eso tiene sentido, y es un testimonio de la grandeza de la humanidad, defender los peinados minoritarios y hacer cuanto sea posible por su conservación. Además, la uniformidad capilar confiere identidad, la posibilidad de articular las sensibilidades y los esfuerzos en torno a un proyecto común.

El peinado de nuestro país tiene unas características determinadas. En él se pueden observar, sin duda, las huellas de las distintas culturas capilares que han pasado por aquí: el elegante rigor de Oriente Medio, el vuelo imaginativo del mundo helenístico, el gusto romano por el volumen, una cierta anarquía visigótica. Se trata de un estilo perfilado en el tiempo, capaz de evolucionar y mantener su esencia a lo largo de los siglos. Cercano en algunas cosas a cierta sensibilidad centroeuropea, resulta fácilmente distinguible del peinado más tosco y apresurado de nuestros vecinos occidentales. Ya hay en la poesía tardomedieval versos y pasajes en prosa que describen en varias lenguas nuestro estilo clásico, diferenciado entre hombres y mujeres pero al mismo tiempo indicador de una sensibilidad de género avanzada para su tiempo, que correspondía a un pueblo preocupado por el intercambio de ideas, el progreso de las ciencias y el amor por la literatura. “Mientras por competir por tu cabello”, del célebre bardo cordobés, delata la envidia meridional ante la elegancia sencilla del tocado de una dama de nuestro país. Bellas imágenes de los más grandes escritores de la cultura europea han descrito la peculiar excelencia de nuestro peinado, pero, por decirlo de forma que se entienda rápidamente, el corte de pelo característico se parece mucho al del Playmobil original.

Existen, como se sabe, ciertas controversias. No sería honesto negarlas. Algunos insisten en que en nuestro territorio han predominado peinados diferentes en épocas distintas. Paleontólogos pedantes insisten en que es difícil documentar la posición, sostenida por la Academia Nacional de Historia Capilar, de que una versión poco evolucionada de nuestro peinado característico era común a finales del Paleolítico en las montañas del centro. La famosa escultura de Jerónimo Doménico, uno de los considerados padres de la patria, donde aparece con una especie de sombrero, plantea la duda de si llevaría otro corte de pelo, y si eso indicaría que no provenía originalmente de la zona. En otras esculturas y cuadros, hay quien quiere ver un tipo distinto de corte de pelo. Otros, escépticos, creen que la unificación de nuestro estilo de peluquería -la koiné que ondea al viento, en memorable expresión de Elliott- es una invención posterior (Alegre y Julve, 2006). Ya en el siglo XIV, sostienen algunos de estos autores (Usón, 1999; Garcés, 2002), el corte de pelo occidental era más común en algunas zonas del territorio, y especialmente en áreas urbanas.

Pero, como han mostrado los organismos oficiales de expertos que el gobierno se vio forzado a crear cuando empezaron a surgir las polémicas -desde la Academia a la Comisión de Normalización e Higiene Capilar y el Consejo de Homogeneización de Peinados-, estas controversias no son otra cosa que rumores espurios que buscan la notoriedad y el dinero aprovechando la importancia mediática del tema. De hecho, otros organismos, como el Instituto de Peluquería Diacrónica, han señalado la influencia del corte de pelo en otros personajes históricos. Los avances en la investigación permiten deducir lo que tradicionalmente habían negado quienes desdeñaban nuestro corte de pelo: la vinculación de Juana de Arco, Cristóbal Colón y Spinoza con nuestro estilo característico está hoy fuera de toda duda. ¿Y acaso alguien cree que el sobrenombre de Wilfredo el Velloso es una coincidencia?

Nuestro corte de pelo ha tenido por tanto un pasado glorioso, que solo conocemos en parte. Pero durante mucho tiempo ha sido perseguido, negado, ridiculizado, especialmente en épocas de centralismo capilar. Incluso hoy, cuando goza de ciertas protecciones constitucionales y es reconocido como Corte de Pelo Propio en el territorio, se enfrenta a numerosos adversarios, por no decir enemigos. Entre ellos hay plagas naturales, como la alopecia y los piojos comunes; errores humanos como la tendencia al descuido y el desorden; transformaciones económicas como el influjo de la globalización con sus modas disruptivas; la cuestión espinosa de la diversidad.

El corte de pelo autóctono, hélas, no es mayoritario entre nosotros. Puede ser un fenómeno policausal: quizá nunca fue el único, quizá hubo siempre una bolsa de peluquería subestándar entre nosotros. Esta bolsa, indudablemente, se vio incrementada por la inmigración de mediados de siglo, que hizo a un famoso poeta local escribir: “El tupé viene del oeste / igual que avanza el desierto”. Si en las zonas rurales se mantiene la emocionante homogeneidad capilar autóctona, en las áreas urbanas la situación del corte de pelo propio es mucho más frágil.

Es una línea roja: nosotros somos nuestro peinado. Siguiendo las directrices detalladas en el documento Estrategias de capilarización, emprendimos acciones decisivas para la defensa de este precioso rasgo cultural identitario. No obstante, aunque ha habido lamentables llamamientos al unanimismo piloso, en algunos casos firmados, es triste reconocerlo, por dirigentes políticos de máxima relevancia, respetamos la existencia de otros cortes de pelo y defendemos su presencia en el ámbito privado. Aquellos que han crecido en ambientes que favorecían otros estilos no son menos que nosotros: simplemente, son conciudadanos que necesitan ayuda.

Numerosos analistas han señalado la correlación entre el origen étnico y las preferencias en términos de peluquería. La inmensa mayoría de los líderes empresariales y políticos luce el corte de pelo característico. Se trata de un rasgo etnocapilar que correlaciona fuertemente con el nivel de renta. Para alcanzar la élite, debes llevar el corte de pelo. Por eso nuestra gran apuesta es un proyecto de homogeneización que permita que aquellos que por origen tienden a otros estilos capilares tengan acceso al ascensor social.

Hemos implantado un programa de refuerzo en los colegios públicos, donde el peinado Playmobil, como lo llaman algunos con más malicia que acierto, es prioritario. En los espacios de atención al público los empleados deben llevar nuestro arreglo característico. Los ciudadanos pueden denunciar libremente los casos en que esta norma no se cumple, por teléfono o en Twitter, escribiendo el hashtag #Unsolocorte, y el Departamento de Derechos Capilares aplica la correspondiente sanción administrativa. Nuestros punteros equipos de creación audiovisual han asumido también la labor educativa, y en la ficción que producimos en el territorio, el corte de pelo va asociado a determinadas inclinaciones culturales y morales. Se trata de una apuesta sutil pero sostenida que concilia la construcción identitaria con la vocación de igualdad. Una potente red de peluquerías, públicas y privadas, ha facilitado la defensa del tocado característico, y los Comités Itinerantes de Autenticidad Pilosa se encargan de detectar barbarismos como bucles, patillas o flequillos.

El corte de pelo normalizado es una medida inclusiva y progresista. Una parte numéricamente poco relevante pero ruidosa reclama llevar otros peinados en las escuelas. Estos padres radicalizados, a quienes a veces apoyan partidos fringe en todos los sentidos, aluden torticeramente a determinada jurisprudencia que reconoce el derecho a llevar otro corte unos meses del curso. En realidad tras esa supuesta reivindicación de derechos educativos solo hay odio al corte de pelo nacional, el corte de pelo de su lugar de acogida (es verdad que muchos de ellos han nacido aquí y que llevan varias generaciones, pero no deja de ser una reacción contra un venerable estilo autóctono): en resumidas cuentas, la imposición de un estilismo jacobino. Con su insistencia en que se cumplan las sentencias judiciales muestran su voluntad de crispar. Se trata de un empecinamiento cerril, que no es solo deliberadamente agresivo con nuestro modelo de convivencia, sino que también es profundamente contraproducente. Si hay dos grupos de características distintas y peso demográfico similar, y uno de ellos es el que tiene por tradición acceso al poder, ¿acaso no es la mejor manera de lograr la movilidad social que el grupo no diré menos desarrollado pero sí desfavorecido adopte las características del primero? Por muchas vueltas que le demos convendrán conmigo en que, si nos importa la igualdad de oportunidades, no existe una alternativa más justa e inclusiva.


Tags: