Un hipster en la España vacía (3) | Letras Libres
artículo no publicado
La Comarca

Un hipster en la España vacía (3)

Donde nuestro héroe vislumbra una nueva vida y se encuentra con su pasado.

[En capítulos anteriores (1 y 2).]

Hace días que no podía escribir. Han ocurrido muchas cosas que no me permitían seguir con el diario. Hasta ahora no he tenido ni el tiempo ni la concentración necesarios para armar un relato coherente. Por supuesto, sé que la idea de un relato coherente es en sí un constructo cultural, una ilusión que pretende dar sentido a una experiencia esencialmente caótica, la aspiración de configurar un relato que no es sino una falsificación ideológicamente motivada de un acontecer arbitrario que agota los significados. Qué decir del componente de teleología cristiana que hay en las anécdotas aparentemente más banales, siempre provistas de un principio y un final.

Además, se me había acabado la Moleskine y en la tienda del pueblo solo hay cuadernos de dos líneas.

Eso (salvo lo de la Moleskine) me lo decían mis profesores en la carrera, pero no creo que vivieran algo parecido a la trayectoria vertiginosa que me ha llevado a la situación actual, incierta pero ilusionante.

Ahora no sé si se dice el Moleskine o la Moleskine. Tengo que reflexionar sobre eso. Tiene connotaciones.

 

Pero a las cosas, que decía aquel. Aunque el fuego se controló ese mismo día y los daños fueron limitados, el pueblo tardó un tiempo en recobrar la normalidad tras el incendio de la serrería. Los primeros días era evidente que la comunidad estaba más unida. No quiero parecer presuntuoso, pero creo que eso no habría pasado sin mi intervención, al margen de que fuera en buena medida involuntaria. Aun así, notaba la hostilidad de algunas personas. El alcalde, que era el dueño de la serrería, había pasado de no darme cita a mirarme mal desde el otro extremo del bar de la carretera. Entre dientes, decía:

-A este habría que tirarlo por el Barranco del Forastero.

-A este habría que ahogarlo en la Fuente del Forastero.

-A este habría que mandarlo a cascarla al Pozo del Forastero.

Me sentía afortunado por vivir en un pueblo tan hospitalario. Dedicar tantos sitios de un municipio a los que no son lugareños muestra una clara voluntad de acogida. Pero no sabía exactamente cuál era el referente del deíctico -o sea, si el alcalde hablaba de mí.

-No, hombre, es hablar por hablar -me dijo Lourdes.

-Pero más vale que no te acerques mucho a ninguno los tres sitios, que te joderán -dijo Alfonso.

Seguí con mis proyectos: preparaba la casa y el terreno en el campo de Valdepinar, para nuestra granja orgánica colaborativa basada en los principios de sostenibilidad y responsabilidad medioambiental. Mohamed venía a ayudarme por las tardes. Yanis, feliz, jugaba. Alfonso y Joaquín me contaban sus historias de caza. Primarias, pero qué entrañables. Por las noches debatía con mis tíos durante la cena. De vez en cuando mi tío miraba el televisor, apagado casi desde que yo había llegado. Notaba cómo los dos preferían esta nueva forma de vida, lejos de las herramientas alienantes del capitalismo tardío. ¿No era un poco como lo de Marx: cazar por la mañana, pescar por la tarde, apacentar al ganado por la noche y después dedicarme a la crítica? Una vez a la semana, daba los talleres de nuevas masculinidades en la cochera de mi tía. Acudían regularmente dos de sus amigas y una tía lejana mía, lo que suponía una parte significativa de las mujeres del pueblo.

La vida cambiaba un poco el fin de semana. Llegaba gente de la ciudad a la casa del pueblo. Había algún extranjero y venían turistas catalanes, que llegaban con su tupper de tortilla y pasaban media mañana llenando garrafas en la fuente de la plaza. Algún fin de semana iba con Alfonso y Joaquín a las fiestas de los pueblos cercanos. Así me fui familiarizando con las costumbres locales y con la música de la zona. Un día atropellamos un jabato volviendo de madrugada. Joaquín y Alfonso insistieron en que nos lo lleváramos y nos lo comiéramos. Yo dudaba pero insistieron mucho. Se empeñaron en que fuera a cenarlo con ellos. Aunque había sido vegetariano durante mucho tiempo, al final no pude negarme. Además, yo conducía el coche y con la broma Alfonso y Joaquín dijeron que era uno de los cazadores del pueblo. Me había cobrado más piezas que el hijo del alcalde, que llevaba toda la vida saliendo al monte. (Cuando llegué al bar un par de días más tarde, Lourdes dijo: “Mira, ahí viene Astérix”.)

Pensé que podía aportar también algo en las tareas de dinamización de los jóvenes, que en el mundo rural no tienen las mismas oportunidades de entretenimiento que en los núcleos urbanos. Así, a eso de las cinco me pasaba por el campo que había junto al colegio, en la zona de las eras, y les mostraba juegos alternativos, distintos a los deportes competitivos y heteropatriarcales a los que estaban acostumbrados. Les convencí de que dejaran de contar los goles cuando jugaban al fútbol, y más tarde suprimimos la noción de que hubiera dos equipos. Era mucho más pedagógico trabajar todos juntos para lograr el mismo objetivo. Aunque alguno se mostraba reticente al principio y varios decían que preferían irse a casa a jugar a un videojuego, creo que se lo pasaban bien. Esa aparente resistencia era el característico humor de la tierra, y notaba cómo se alegraban cuando me acercaba a las eras: “Que viene el hippie”, decían, muy simpáticos, excitados por la novedad. Aun así, no quería que mi presencia fuera demasiado invasiva y me iba al cabo de un rato. Una cosa curiosa es que uno de esos días, cuando me marchaba, me golpeó un canto rodado en la cabeza. Es asombrosa la fuerza que tiene el viento en la montaña.

 

Fue poco después de la pedrada -me acuerdo porque todavía llevaba tres puntos de aproximación en la frente- cuando pasó lo de Lourdes. La cosa fue un poco confusa, y tampoco quiero leer más de lo que hay.

Me pidió que la acompañara a la barra del poli, que está cerca del depósito de agua, a las afueras del pueblo. Ese fin de semana había una fiesta, un pequeño concierto el sábado noche. Es de un dúo de la zona, se llaman Sal y Pimienta y, según me contó ella, antes eran un marido y una mujer, pero ahora son el padre y la hija, así que Sal o Pimienta es un poco como el Pirata Roberts de La princesa prometida.

Bajamos las cosas en la furgoneta, Lourdes descargaba el barril y yo los vasos de plástico. Nos quedamos mirando un momento el cielo, el sol se escondía detrás del Cabezo y enfrente se veía, casi en sombra, Valdepinar, cerca del límite de la provincia.

Estuve a punto de decir algo pero no encontraba las palabras adecuadas. Al final, brotaron.

Nuestras sombras eran grandes en la pared del frontón y pensé que sería un buen sitio para poner películas en verano. Un ciclo los viernes por la noche, con películas de Hong Sang-soo, Mia Hansen-Løve y Jonas Mekas. Quizá podría hacerse un festival de cine.

-Qué bonita es la primavera en la naturaleza -le dije: evidentemente, es perturbador ver la gran cantidad de violencia y sexo no consensual que se producen en esos meses en el reino animal y vegetal, pero es también un espectáculo hermoso-: Terrible beauty, que diría Yeats. ¡Ah, paradoja!

-Tú sí que eres paradoja -dijo Lourdes, y se lio un porro. Cuando me ofreció, comenté que me sorprendía que hubiera drogas en el pueblo. Se echó a reír. Luego le dije que yo naturalmente estaba a favor de la despenalización de las drogas y que en modo alguno juzgaba.

La carcajada que soltó casi hizo eco. Luego me ofreció otra calada: “¿Quieres poción mágica, Astérix?”.

Y allí, no quiero exagerar ni parecer presuntuoso, me pareció que hubo un momento de extraña intimidad.

No quería -no quise- darle más importancia de la que tenía, uno siempre puede malinterpretar, pero fue para mí un instante especial. Esa noche me quedé despierto un buen rato, pensando en Lourdes y los temas que habíamos hablado. Quizá, después de todo, había encontrado mi lugar. El compromiso político no era incompatible con la posibilidad de la felicidad, con un amor que ya no se basa en una nociva concepción romántica sino en el auténtico compañerismo. Mi opción vital no implicaba necesariamente la renuncia que había imaginado alguna vez. Intenté contener ciertos impulsos eróticos involuntarios: satisfacer esa urgencia no sería solo una cosificación sino, en cierto modo, una agresión. Para distraerme traté de pensar en el calentamiento climático y el regreso del fascismo, pero aquella noche eso tampoco terminaba de tranquilizarme.

Al día siguiente no me levanté a tiempo para el yoga en el corral. Me despertó el sonido de una voz conocida. En un primer momento no podía creerlo. Me asomé a la ventana y vi a Edu, Javi, Lina y Julia, en el coche de los padres de Edu. Bajé a saludarlos un poco perplejo: era raro ver de pronto a mis amigos de Lavapiés, mis compañeros. Me dijeron que me habían escrito por WhatsApp para avisarme de que venían. La verdad es que últimamente no miraba mucho el teléfono. Me sorprendió su visita y me extrañó que vinieran todos juntos. Un par de semanas antes, Edu me había dicho que no sabía nada de Lina y ahora aparecía con ella. Luego me alegré de que se hubieran encontrado.

Lina no había contestado ninguno de mis mensajes. De hecho, quizá fuera una de las razones por las que había dejado de acercarme a la zona de las eras donde había cobertura.

Me contaron que ahora nos habían expulsado a todos del partido. Tenemos que ponernos al día, dijeron. Por lo visto, nuestra escisión había sido un éxito pero luego la gente a la que habíamos reclutado había escogido un nuevo equipo directivo. Edu me dijo que eso sí que había sido un golpe de Estado. Así que habían decidido que se vendrían al pueblo conmigo a colaborar en la granja orgánica, para transformar el modelo productivo en la España vacía. Javi me dijo que aun así no era definitivo, tardarían un poco más, y entre otras cosas tenían que devolver el coche a los padres de Edu, que lo necesitaban para trabajar (por eso habían venido el fin de semana). Lina me dijo que le había gustado mucho el paisaje, era distinto a como lo había imaginado. Me enseñó unas fotos que había puesto en Instagram. Luego estuvimos paseando por el pueblo los cinco.

En parte, me alegraba que hubieran venido. Eran mis amigos, mi (¿ex?)¿novia?, mis compañeros, y era emocionante que quisieran conocer el pueblo e incluso unirse al proyecto. ¿No había sido ese el plan desde el principio? Al mismo tiempo, me sentía un poco raro. En la comida, que fue en casa de mi tía (de primero, borraja con patatas; de segundo, ternasco), hablaron de varias polémicas de Twitter. Julia se quejó de que en una discusión alguien que consideraba amigo había faveado los argumentos contrarios. Javi y Lina dijeron que era insoportable y que se iban a ir de Twitter porque era horrible. Estaban nerviosos porque no había cobertura. Yo no estaba al tanto de las discusiones y se me olvidaban los nicks de la gente. Me sentía de repente un poco fuera.

Había detalles que me incomodaban y a la vez me incomodaba que me incomodaran. Después de comer fuimos a tomar un café en el bar. Edu se quejó de que no hubiera leche de soja. Javi y Julia contaron que en el viaje en un bar de carretera los habían tratado con abierta hostilidad: quieras que no, se notaba el secular odio a la ciudad. En el bar Lina fue un poco distante con Alfonso y Joaquín, y me pareció displicente cuando le presenté a Lourdes.

Les enseñé el terreno de Valdepinar. Julia dijo que estaba muy bien que trabajara conmigo Mohamed. Javi estuvo de acuerdo. Que empleara como peón al magrebí del pueblo demostraba la vocación inclusiva del proyecto. Criticaron que Yanis estuviera atado en vez de ir libremente. Les dije que era una ordenanza municipal y Edu dijo que era un ejemplo de opresión especista. Lina señaló que la caseta donde guardaba los aperos no tenía acceso para personas de movilidad diferente. Cuando dije aperos se rieron de que empleara “una jerga incomprensible”. Después me reprocharon que utilizara técnicas y cultivos occidentales. Según Edu, debería prestar más atención a otras culturas. Había visto en la cuarta entrega de Indiana Jones que los incas disponían los campos de otra forma en la ladera de la montaña. ¿Por qué el nuestro -dijo el nuestro- era como los otros campos del pueblo? ¿Por qué adoptábamos un sistema de cultivo eurocéntrico? Yo no quería ser antipático, aunque es posible que lo fuera. Pero ¿qué sabía él?

-¿Este es tu amigo? -me preguntó Alfonso-. Porque es más tonto que un cerrojo.