Un gran fresco: sobre Los orígenes del orden político | Letras Libres
artículo no publicado

Un gran fresco: sobre Los orígenes del orden político

El libro de Francis Fukuyama demuestra que para tener un orden político estable hacen falta tres elementos: un Estado fuerte, imperio de la ley y rendición de cuentas.

¿Cómo escribes un libro de casi seiscientas páginas (con letra pequeña), veinticinco páginas de citas, y la ambición de explicar las instituciones políticas desde el inicio de la humanidad hasta la Revolución francesa, de las bandas de cazadores basadas en el parentesco a Voltaire? Este era el objetivo de Francis Fukuyama en su monumental (y sin embargo notoriamente legible) Los orígenes del orden político (es importante el plural).

Mi reseña, teniendo en cuenta el tamaño e importancia del libro, va a tener dos partes. En la primera, aquí, voy a reseñar la lógica de los argumentos que expone Fukuyama. En la segunda, voy a dedicarme a la crítica.

Hay una idea clave en el libro. Si deseas tener un orden político funcional que permita el crecimiento económico y proporcione a la población libertad frente a la arbitrariedad del soberano o la opresión de sus semejantes, necesitas tres componentes: un Estado fuerte (I), imperio de la ley (II) y rendición de cuentas (III).

Puede parecer al principio que esto no es nada nuevo, pero sí que lo es la manera en la que Fukuyama presenta su caso. Es necesario un Estado fuerte que proporcione bienes públicos (especialmente orden público, protección de la propiedad privada y defensa frente a ataques externos). Pero el Estado fuerte tiene que “atarse” por dos lados: por arriba (por así decirlo) por una ideología que imponga límites al Estado: esto es el imperio de la ley. La soberanía por sí misma, aunque es poderosa, tiene que estar sujeta a la ley. La segunda limitación viene desde abajo: el Estado necesita ser aceptado, es decir, rendir cuentas a la gente (donde “gente” se puede definir de muchas maneras). Así conseguimos lo que parece imposible: tenemos un Estado fuerte que no puede comportarse como desea y que necesita algún tipo de consentimiento de aquellos a los que gobierna.

Estas tres patas independientes permiten a Fukuyama demostrar cómo se consiguió una de ellas en algunas sociedades, dos en otras dos, pero que solo se unieron las tres en la Inglaterra del siglo XVII. China es el caso que Fukuyama denomina “formación estatal precoz”. La dinastía Qin fue la primera en crear un Estado: un proceso que, según Fukuyama, es fundamentalmente antinatural porque tener un Estado significa tener que luchar contra el “patrimonialismo”, la tendencia innata de la gente a favorecer a sus parientes o a los de su tribu. El Estado, por el contrario, requiere reglas claras e impersonales y un sistema de progreso basado generalmente en criterios como el mérito. La dinastía Qin en China, a través de una centralización despiadada, y derrotando a varias aristocracias regionales, consiguió eso. Pero lo consiguió, según Fukuyama, demasiado pronto. China por lo tanto construyó un Estado poderoso -algo todavía difícil de alcanzar para muchas comunidades todavía hoy, dos mil años después de que lo consiguiera China- pero no creó nunca el imperio de la ley ni la rendición de cuentas. Ha sido absolutista desde el principio hasta hoy.

La ausencia del imperio de la ley no significa por supuesto que no hubiera ley. Lo que hoy llamamos “gobierno de la ley” (al contrario que “imperio de la ley”) es lo que en China era legalismo: la habilidad del emperador para crear leyes a voluntad, y hacer que se cumplan. No había anarquía ni anomia pero tampoco había un imperio de la ley que limitara al Estado: un conjunto de reglas que pudieran cambiarse solo a través de procedimientos previamente aceptados.

Hubo casos de Estados que tuvieron una especie de forma primaria de imperio de la ley: reglas religiosas que limitaban la habilidad del soberano para hacer lo que quisiera. Pero a esas sociedades les faltaba o bien rendición de cuentas o bien rendición de cuentas y un Estado fuerte. Las religiones, según Fukuyama, eran útiles a la hora de crear un imperio de la ley porque colocaban la soberanía bajo una ley superior: la divina. Este es el caso del Islam (los omeyas, abasíes y más tarde los otomanos y mamelucos), de la India gracias al hinduismo y el budismo, y de Europa gracias al cristianismo (o más bien gracias al catolicismo).

La ausencia de un imperio de la ley en China tiene que ver con la ausencia de una religión codificada con sus reglas divinas. De hecho, la codificación de una religión -ser una “gente del libro”- es lo que Fukuyama cree que es necesario para la creación de un imperio de la ley temprano. Escribir reglas divinas, personificadas en un grupo de estudiosos u órdenes religiosas (ulemas, brahmanas, los clérigos cristianos), cuyo principal objetivo es controlar su aplicación, limitaba el poder arbitrario de los sultanes, príncipes indios y reyes europeos.

El caso de los otomanos es digno de elogios porque fueron capaces de crear un Estado fuerte y un imperio de la ley precoz (el posterior, como he explicado, gracias al Islam). El Estado fuerte se construyó sobre los pilares del devşirme, la práctica de secuestrar a niños cristianos para crear un cuerpo de soldados de élite y esclavos administradores. Esto (una práctica horrible en muchos aspectos) permitió a los otomanos crear un Estado no patrimonial, mantener a los aristócratas a raya, y no dejar que el parentesco y las relaciones familiares dominaran el Estado. La decadencia otomana comenzó cuando los jenízaros fueron finalmente capaces de aprovechar su ventaja y “repatrimonializaron” el Estado junto a magnates para favorecer a sus hijos. Una aristocracia de una generación es la mejor manera de asegurar un Estado fuerte no patrimonialista. Pero es difícil conseguirlo porque existe el deseo de la gente de transmitir su ventaja a sus descendientes.

La rendición de cuentas es lo último que aparece. Hasta las revoluciones democráticas europeas, era casi completamente inexistente (los sultanes no tenían que pedirle permiso a la gente para hacer algo) y era, como mínimo, limitada. Consiguió superar el poder de la aristocracia, el clero o la alta burguesía y puso límites al soberano, principalmente en el control de los nuevos impuestos (las Cortes en España, los parlamentos regionales en Francia, el Zemski Zobor en Rusia). Pero hasta la aparición del parlamento inglés la rendición de cuentas no solo estaba limitada a unas pocas clases, sino que se ejercía y se obedecía de manera esporádica. Creció o disminuyó según los poderes relativos del soberano y la aristocracia.

¿Cuándo comienza el declive del orden político? Cuando el Estado es incapaz de reformarse a sí mismo para responder a nuevos retos (como, por ejemplo, un vecino poderoso) y cuando sufre un proceso de “repatrimonialización”. La sección sobre la decadencia no es exactamente novedosa (la incapacidad de reformarse no es muy original), pero el énfasis en la “repatrimonialización” como fuente de la decadencia nos permite ver mejor que el Estado sigue siendo una organización antinatural en el sentido de que está en constante peligro de sucumbir a los instintos más atávicos de la naturaleza humana, es decir, preferir a los nuestros que seguir reglas impersonales.

Tener un Estado fuerte es por lo tanto luchar constantemente contra la familia. El cristianismo, según Fukuyama, era especialmente efectivo luchando contra los vínculos familiares; la historia de China se puede resumir como un conflicto eterno entre el Estado y la familia. Cada vez que le das un trabajo a tu amigo o primo, estás “repatrimonializando” el Estado. Y piensa lo antinatural que es comportarse de manera equitativa con todo el mundo, porque eso significa, como dijo Montesquieu, que “el hombre virtuoso no tiene amigos”.

En el próximo artículo, daré mi opinión sobre la organización del libro y haré algunos juicios críticos.

Traducción del inglés de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor: glineq.blogspot.com