Un despacho vacío | Letras Libres
artículo no publicado

Un despacho vacío

En las últimas décadas hemos asistido en Europa a dos fenómenos simultáneos y emparentados: el declive progresivo de las formaciones tradicionales y la fragmentación de los sistemas de partidos.

 

En la primera planta del palacio del Congreso de los Diputados se encuentran los despachos de las cuatro vicepresidencias y las cuatro secretarías, además de los de sus respectivos asistentes, que forman, junto con la presidencia, situada en la planta baja, cerca del hemiciclo, la Mesa del Congreso. Sobre las enormes puertas de madera de doble hoja que jalonan su entrada, el visitante podrá leer: “Secretaría segunda”, “Vicepresidencia Primera”, “Secretaría de la Secretaría Cuarta”, “Secretaría de la Vicepresidencia Tercera”. Y así.

Pero hay un despacho más que poca gente conoce. Una de las puertas, de dignidad idéntica a las otras, carece de letrero que la identifique: da acceso a las estancias que componen el espacio reservado al jefe de la oposición. En España, el líder de la oposición no tiene otorgado un estatus distintivo que se traduzca en diferencias salariales o de rango respecto al común de diputados (sí sucede en el ámbito regional, en Cataluña), pero sí goza de un cierto reconocimiento simbólico que se colige de su ubicación en el Pleno, confrontada con la del presidente del Gobierno, o en detalles como este despacho de la primera planta de Palacio.

Pero este despacho no existió siempre. Dicen que fue Gregorio Peces-Barba, primer presidente socialista del Congreso, quien creó la figura del jefe de la oposición. Preguntado por la razón, Peces-Barba argumentó que, tras las elecciones de 1982 que llevaron al PSOE al gobierno, se produjo un hecho singular en la oposición: “Alianza Popular tenía más diputados que todos los demás partidos juntos, casi el doble”. A esa motivación podemos añadir ahora alguna más de carácter estratégico: 1982 fue el año del derrumbe del centro. El hundimiento de UCD permitía vislumbrar un escenario cuasibipartidista en el que el PSOE rivalizaría con AP, después PP, en una relación dialéctica que beneficiaría a ambas partes. Así, la designación de un jefe de la oposición reforzaba esa lógica de dos partidos.

En sistemas de tradición bipartidista, el jefe de la oposición suele gozar de un estatus especial. El caso paradigmático es el británico, donde el líder del segundo partido más votado en las elecciones recibe el título de Muy Leal Oposición de su Majestad, tiene rango de ministro y es considerado como el primer ministro “en espera” del “gobierno en la sombra”. Esta consideración desborda el margen de lo simbólico y ha sido objeto de atención para los teóricos políticos.

Raymond Aron consideraba que la figura del jefe de la oposición establece una de las diferencias entre los sistemas bipartidistas y multipartidistas, y también una ventaja de los primeros sobre los segundos. Más allá de las fortalezas que se observan habitualmente en el bipartidismo (la simplificación de los procesos, la estabilidad del modelo, la formación de gobiernos monocolor con mayor capacidad para la acción política), Aron se fijó en la representación: “El bipartidismo significa que en todo momento hay un partido en el gobierno y otro en la oposición, y este último se reconoce en una función oficial, pues al líder de la oposición se le paga como si ejerciera una función de dirección. De ahí resulta que no existe un número X de partidos, sino un gobierno y un contragobierno, de modo que siempre se tiene la sensación de que el poder no lo ocupa tan solo una fracción de la comunidad, sino el conjunto de la comunidad con una orientación determinada”, escribe en Introducción a la filosofía política (Página Indómita, 2018).

Sin embargo, en las últimas décadas hemos asistido en Europa a dos fenómenos simultáneos y emparentados: el declive progresivo de las formaciones tradicionales y la fragmentación de los sistemas de partidos, en los que ganan peso las opciones populistas, liberales o verdes. Detrás de este proceso hay múltiples variables que van desde la atomización de las identidades, fruto de las transformaciones económicas y laborales, y con base en el cambio tecnológico, hasta la crisis de la representación que ha horadado los apoyos de las siglas socialdemócratas y conservadoras en todo el continente.

La comunidad a la que hacía referencia Aron ha dejado de sentirse representada por la dialéctica de dos grandes partidos clásicos, transformando el parlamentarismo y la formación de gobierno. En Francia, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales se disputó entre la nueva plataforma liberalprogresista de Macron y la derecha nacionalpopulista de Le Pen. En Italia gobierna la coalición populista formada por el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga. En España la lógica bipartidista que había predominado desde el final de la Transición se vino abajo en 2015, inaugurando un parlamento con cuatro grandes fuerzas parlamentarias.

El nuevo escenario europeo presenta características propias que quizá merecieran un nuevo estadio en la metamorfosis del gobierno representativo descrita por Bernard Manin. Tras la Segunda Guerra Mundial, la competición partidista estuvo protagonizada por formaciones de vocación mayoritaria que necesitaban tejer grandes coaliciones interclase de votantes para ser capaces de disputar el gobierno. Es un esbozo a grandes rasgos que necesitaría ser matizado en cada caso atendiendo al modelo político de cada estado y a su sistema electoral. Ese modelo, de algún modo, obligaba a los partidos a ser inclusivos y a ampliar las fronteras de sus electorados. Tras la fragmentación de los sistemas de partidos, sin embargo, formaciones que no podrían aspirar a ser mayoritarias en una lógica de dos grandes partidos se tornan competitivas. En el contexto actual, un partido que se mueve en el umbral del 20% de los votos puede condicionar o protagonizar una elección, bien generando un movimiento de “cordón sanitario” en su contra, bien participando en la formación de gobierno, bien liderándola.

En ese sentido, hoy los partidos no necesitan ser tan inclusivos para competir en un entorno fragmentado y puede decirse que su vocación es, por tanto, menos representativa, en el sentido que le daba Aron. Pero, en cambio, la atomización del modelo exige que las formaciones tengan una mayor capacidad para negociar y llegar a acuerdos que permitan la articulación de mayorías: ya no es posible gobernar de espaldas a la mitad de un país. Puede decirse que, en el escenario clásico dominado por dos grandes partidos, las coaliciones de votantes se tejían ex ante, esto es, antes de la elección, mientras que en el modelo fragmentado esas alianzas se establecen ex post, tras conocerse los resultados electorales. 

Existe un debate sobre el carácter transitorio o permanente de esta deriva fragmentaria. ¿Se ha perdido para siempre la lógica de los dos grandes partidos o es fruto de una coyuntura política y económica temporal y reversible? El impacto del cambio tecnológico sobre la economía capitalista ha atomizado el binomio de clases que guió la política materialista del siglo pasado. Tal vez quepa preguntarse si la posmodernidad puede generar nuevos binomios identitarios que apelen al conjunto de la comunidad. Por el momento, lo único que sabemos es que, desde 2015, el despacho del jefe de la oposición en el Palacio del Congreso ha estado casi siempre vacío.