¿Tiene futuro la izquierda? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Tiene futuro la izquierda?

Las clases trabajadoras, atraídas por los partidos de ultraderecha, han comenzado a abandonar a la izquierda en muchos lugares de Europa.

Este fin de semana han suscitado mucho interés las elecciones en Suecia, con especial atención a un partido, el de los Demócratas Suecos, que representa en el país nórdico el ascenso de la extrema derecha antiinmigración. La formación ha cosechado un 17,6% de los votos, convirtiéndose en la tercera fuerza del parlamento y poniendo de manifiesto la crisis de los partidos tradicionales. Los socialdemócratas han sido las siglas más votadas con un 28,4% de los sufragios, pero se trata del peor resultado histórico de un partido que ha ganado todas las elecciones en Suecia en el último siglo.

Aunque las formaciones clásicas se han conjurado para tender un cordón sanitario que mantenga a los Demócratas Suecos lejos del poder, su presencia ha condicionado la campaña y el discurso de todos los partidos. Así, el programa de los socialdemócratas abogaba por priorizar el empleo de los ciudadanos suecos por encima de la mano de obra inmigrante y todos los grandes partidos han llevado la creciente preocupación por la “seguridad” a sus eslóganes de campaña.

El endurecimiento del discurso de la izquierda con respecto a la inmigración es un fenómeno que no solo se circunscribe a Suecia y que obedece a un intento por frenar la fuga de apoyos de las clases trabajadoras hacia opciones de derecha nacionalpopulista. En torno a un cuarto de los votos que los Demócratas Suecos obtuvieron el domingo provenía de la izquierda. Algo parecido está sucediendo en Alemania, donde la copresidenta de Die Linke ha impulsado una corriente que aspira a recuperar a los votantes que cambiaron la izquierda por la ultraderecha de Alternativa por Alemania. El movimiento Aufstehen (En Pie), al que se han sumado representantes de los socialdemócratas alemanes del SPD y de Los Verdes, aboga por un control férreo de las fronteras y la inmigración, y critica a los liberales por su discurso “moralista”, que no tiene en cuenta las condiciones “materiales” y la “inseguridad” que padece la clase trabajadora.

En Pie se ha mostrado cercana a las posiciones del nuevo gobierno italiano, que encabeza la coalición populista formada por el Movimiento Cinco Estrellas y la ultraderecha de la Liga. El ejecutivo italiano aúna un discurso de estricto control migratorio con la protección de los trabajadores, en un estilo que se ha hecho popular entre la alt-right europea y que se ha dado en llamar “chovinismo de bienestar”. En esta línea de acción se sitúa su reciente propuesta, el llamado Decreto Dignidad, que ha concitado, también en España, las alabanzas de una parte de la izquierda: hace unos días, el diputado de Podemos Manuel Monereo, el exlíder de Izquierda Unida Julio Anguita y el profesor Héctor Illueca firmaban un artículo en este sentido.

El ascenso de la ultraderecha europea da cuenta del declive del sistema de partidos tradicional, dominado por la competencia entre un bloque conservador y otro progresista. Nos hemos adentrado en un nuevo mundo “tripolar”, por usar el término popularizado por Oesch y Rennwald, en el que los partidos nacionalpopulistas son capaces de recabar apoyos a ambos lados del espectro ideológico. O dicho de otro modo: son capaces de superarlo. La socialdemocracia ha pasado de ser hegemónica en el viejo continente a perder un 40% de sus apoyos en las últimas décadas, y su declive plantea algunas preguntas sobre el futuro de la izquierda.

Hace unos días, Pablo Simón atendía estas cuestiones, que tienen que ver con la ruptura de las coaliciones de votantes que hicieron posible, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, las grandes victorias de la socialdemocracia. Hoy en día, las dos partes de esa alianza, las clases trabajadoras y las clases medias educadas, tienen intereses a menudo enfrentados: mientras que los primeros viven la incertidumbre y la inseguridad de un mundo globalizado y en rápida transformación, los segundos se sienten integrados en las sociedades liberales y cosmopolitas.

De este fenómeno es fácil que se siga una evolución divergente. Las clases trabajadoras han comenzado a abandonar a la izquierda en muchos lugares de Europa, mientras que esta todavía es capaz de retener el voto de los “profesionales socioculturales”. La respuesta a este movimiento puede ser un giro en el programa de las formaciones de izquierda para endurecer su discurso con la inmigración, buscando así recuperar a los votantes fugados hacia la extrema derecha, tal como sucede en Suecia, en Alemania o en la Francia de Mélenchon. O bien puede, como sugería Simón, asumir que su caladero de votos hoy está en otra parte, para construir, a partir de él, una nueva coalición de electores.

Efectivamente, la izquierda podría aceptar que quizá ha pasado el tiempo de movilizar a las clases trabajadoras para apostar por la representación de profesionales urbanitas y liberales. No obstante, como señala Simón, ello “puede hacer que sus programas se escoren hacia políticas menos redistributivas”, disminuyendo su preocupación social.

Esa evolución divergente de la izquierda desemboca, en cualquier caso, en menos izquierda. Por un lado, mantener la representación de las clases trabajadoras conduce a un discurso más autoritario o antiliberal, que choca con la vocación universalista y emancipadora de la izquierda clásica. Por el otro, cambiar la representación de los trabajadores por las clases medias educadas y liberales tiene consecuencias sobre la redistribución y la lectura de la política de clase tradicionalmente asociada a la izquierda; y, en último término, supone un avance hacia posiciones de centro liberal-progresista.

Ambas posturas protagonizan tensiones en toda la izquierda europea. En cualquier caso, estos dilemas solo son pertinentes en un mundo en el que el eje izquierda-derecha continúe siendo una línea divisoria que guíe la competición política. Y eso es lo que tendremos que comprobar en los próximos años.