Si lo hacen los míos, está bien: sectarismo partidista y guerra psicológica | Letras Libres
artículo no publicado

Si lo hacen los míos, está bien: sectarismo partidista y guerra psicológica

El escrutinio se vuelve radical cuando no gobiernan los nuestros. Una medida o declaración política puede ser el fin de la democracia o pragmatismo según quién esté detrás.

Hace unos días, la cuenta oficial de Twitter de la Junta de Andalucía publicó un mensaje en recuerdo del asesinato de Blas Infante, uno de los ideólogos del andalucismo. En el tuit se hablaba de “fallecimiento por fusilamiento”. No tardaron en señalar ese “eufemismo” varios usuarios. El nuevo gobierno andaluz de PP y Cs con el apoyo parlamentario de Vox estaba blanqueando un asesinato fascista. Poco después, se descubrió que que el gobierno anterior, del PSOE, había tuiteado exactamente el mismo mensaje en años anteriores. Lo que entonces era irrelevante es hoy una prueba de inmoralidad.

Pasó exactamente lo mismo cuando el nuevo gobierno andaluz presentó una campaña contra la violencia de género que usaba actrices sonrientes. El mensaje era “Ella ha sufrido malos tratos. Pero la vida siempre es más fuerte”. Varios medios y la oposición la consideraron frívola e insensible y un ejemplo de que el nuevo gobierno no se toma en serio la violencia de género. Pero la campaña era muy parecida (si no calcada) a la de años anteriores, tanto de la Junta como de otras comunidades. Y en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género se recomendaba un tono positivo y optimista en las campañas. Quizá el ejemplo más sorprendente de disonancia (o sectarismo cínico) es el de Natalia Salvo, directora del Instituto Aragonés de la Mujer, que criticó duramente la campaña pero en 2017 elaboró una muy parecida.

Son incoherencias útiles: el gobierno y sus medios afines (en este caso, RTVE ha jugado un papel importante) crean una polémica superficial, que se desmonta fácilmente, para cavar trincheras. Lo importante es el impulso y efecto inicial; aunque no pasa mucho tiempo hasta que se descubre la falsedad, en las primeras horas el bulo se extiende y sepulta las informaciones que lo refutan. La controversia inicial siempre tiene más recorrido que las refutaciones; los tuits con datos falsos siempre tienen más retuits que las rectificaciones.

Esta estrategia es común en el juego político. Lo preocupante es cuando los ciudadanos interiorizan y hacen suyos argumentos de los spin doctor. El asesor de comunicación cobra para hacer guerra psicológica, pero hay quienes utilizan sus mismos argumentos para defender su identidad ideológica y política. A veces la disonancia deja de ser simplemente una adhesión a un proyecto político y se convierte en una visión del mundo. La ceguera se vuelve una especie de iluminación individual: la identidad depende de una visión de túnel.

El escrutinio se vuelve radical cuando no gobiernan los nuestros. Una medida o declaración política puede ser el fin de la democracia o pragmatismo según quién esté detrás. Lo hemos visto, por ejemplo, en EEUU: la victoria de Trump ha rescatado el periodismo estadounidense, que ha encontrado en el análisis de cada tuit y gesticulación populista de Trump una fuente de ingresos. De pronto, prácticas que no son exclusivas del actual presidente se dibujan como excepcionales y sin precedentes.

Un caso interesante es el de Cambridge Analytica. El reciente documental de Netflix El gran hackeo cuenta la historia desde la visión autocomplaciente del establishment progresista estadounidense: una historia oscura de propaganda ilícita, robo de datos y manipulación de las mentes.

Cambridge Analytica era una empresa de propaganda y marketing político que obtuvo 87 millones de datos de Facebook para crear perfiles psicológicos de votantes estadounidenses, a los que luego apeló con mensajes personalizados. La empresa trabajó para las campañas de Trump y el bando del Leave en Reino Unido. En marzo de 2018, The Guardian desveló sus estrategias de propaganda y que Facebook le había proporcionado sus datos de usuarios; la empresa tenía que haberlos borrado tras un tiempo pero no lo hizo.

La estrategia de Cambridge Analytica no es nueva. En The age of surveillance capitalism, la profesora de Harvard Shoshana Zuboff afirma que las campañas de Obama de 2008 y 2012 usaron estrategias digitales igual de agresivas o más que las que usó la campaña de Trump con Cambridge Analytica. Uno de los principales responsables fue Eric Schmidt, el CEO de Google. En ella también trabajaron dos exempleados de Cambridge Analytica, Christopher Wylie (el que desveló toda la operación al Guardian) y Brittany Kaiser (la protagonista de El gran hackeo).

La campaña de Obama recopiló datos de más de 250 millones de estadounidenses. Una de sus fuentes era Facebook. Zuboff cita una investigación de un periodista del New York Times que afirma que se buscaba garantizar el secretismo no solo para mantener la competitividad frente a los adversarios sino porque “les preocupaba que prácticas como el data mining [extracción de datos] y las analíticas incomodaran a los votantes.” ¿Es malo obtener datos sin permiso para campañas políticas que alteran el comportamiento de los votantes? Depende de quién lo haga.

Lo deprimente de la nueva conciencia sobre la privacidad online es que solo se ha producido cuando hemos descubierto que usaban nuestros datos los partidarios del Brexit y Trump. Es decir, el verdadero problema no era la violación de nuestra privacidad; el verdadero problema era que esa violación de la privacidad había servido para que ganaran los malos.

Cuando lo que importa es el quién y no el qué, cuando lo primordial es el posicionamiento y la ventaja estratégica en una guerra psicológica, la política del establishment acaba dándole excusas e incluso la razón a sus críticos populistas.