Show must go on! | Letras Libres
artículo no publicado

Show must go on!

Hoy la política democrática es más que nunca simulación, una farsa: asistimos a la permanente puesta en escena de unos actores que defienden con pasión y brío su propia permanencia.

Dicen que, en las primeras proyecciones de los hermanos Lumière en París, los espectadores creían estar presenciando algo real, a pesar del blanco y negro que brillaba desde aquellas primeras pantallas de lienzo o tela, y lo mismo ocurrió en España con las primeras proyecciones del kinétograph organizadas en la Barcelona de1896. Curiosamente, la universal fascinación por el cinematógrafo no se define tanto por su parecido con la realidad como por el embrujo onírico de la luz (primero gris y plata, luego adornada con toda la paleta de colores) que permitía una representación de la vida, una farsa que, a través del desarrollo del lenguaje fílmico, se convertía en espectáculo mágico, pero sobre todo en ceremonia, en ritual sagrado o interpretativo. Y se me antoja que hoy la política democrática, ese espacio donde se dirimen las feas controversias que definen crudamente la ambición de poder, es más que nunca simulación, afectación, fingimiento o farsa y que, cegados por el brillo de las candilejas, asistimos a la permanente puesta en escena de unos actores que defienden con pasión y brío su propia permanencia en escena, sin que a nadie importe el texto de la obra o el contenido de los soliloquios que presenciamos mientras devoramos nuestra diaria ración de palomitas.

Esta representación permanente, distinta de la honda dignidad consustancial al teatro (ese lugar donde “la humanidad se enfrenta a sí misma”, en palabras del gran Arthur Miller), se aleja hoy de la magia soñadora del discurso fílmico para tornar en puro producto televisivo. Se trata, por supuesto, de un serial en las antípodas de la alegre y compleja utopía democrática de The west wing y más cercana a la hedionda farándula de Sálvame o, aún peor, al rancio forofismo deportivo de Jugones. ¿Cómo interpretar si no que convirtamos en guía interpretativo y referente periodístico (es un decir) a quien fuese el Director de Comunicación del Real Madrid? En cualquier caso, obcecados como estamos en gritarles a los políticos nuestras falsas verdades del barquero, denunciamos con pretendido escándalo el abandono de las formas y fondos de una actividad que debería realizarse (así lo decimos, casi sin que se nos escape una carcajada) de forma desinteresada, con el bien común y la prosperidad de la ciudadanía como únicos y gloriosos objetivos. “¿No son ellos, acaso, servidores públicos?”, nos preguntamos, desviando la responsabilidad hacia una suerte de aristocracia del poder a la que, sin embargo, observamos deslumbrados y, por supuesto, votamos.

Porque lo cierto es que somos los árbitros del juego, y son nuestra permisividad y sed por el escándalo las que posibilitan el festín. Deseamos, aunque lo neguemos con fiereza, el reality permanente, la eterna pelea de gallos, el combate de gritos y gestos que ensordecen el atronador silencio que habita tras las palabras que definen o acompañan a la política. Periodistas, expertas, opinadores, moderadoras… Todos estamos en el plató, hechizados por la luz del espectáculo, sin que importe el erial que olfateamos tras la luminosa y divertida tragicomedia que domina la programación. Porque no importa que no haya proyecto o presupuestos, o cambio de modelo productivo; no importa Europa ni la absurda posibilidad de un pacto educativo, ni siquiera las cifras de la pandemia que monopolizan las cabeceras y telediarios sin que haya forma humana de formarse una opinión prudente sobre qué hacer o cómo hacerlo. Así que no nos engañemos: lo que importa es el desfile de estrellas, la gala fastuosa, que no pare la fiesta. Espectadores satisfechos del programa que queremos, es hora de que gritemos juntos: Show must go on!