Sé quien te dé la gana | Letras Libres
artículo no publicado

Sé quien te dé la gana

Tachar la igualdad de logro conformista implica ignorar tanto cincuenta años de avances como la realidad de países que aún castigan la homosexualidad con pena de muerte.

Recientemente The Guardian ha publicado un artículo de Peter Tatchell que conmemora los cincuenta años de Stonewall. En él declara el fracaso del movimiento LGBT+. No sus fracasos pasados y lo que podría hacer para mejorar, sino su verdadero final. En lugar de haber seguido persiguiendo el objetivo inicial de una “democracia sexual”, que acabaría con la vergüenza y la represión, la monogamia y la familia tradicional, con objeto de alcanzar una total libertad sexual, Tatchell lamenta que todo se haya quedado en nimiedades como el matrimonio igualitario o el derecho de adopción. En vez de tratar de alcanzar la utopía de una vida comunitaria y cooperativa basada en la subversión radical del género y las relaciones abiertas no posesivas, el movimiento se ha conformado con hacer campaña por la igualdad.

Estos comentarios son un poco desquiciados. Tachar la igualdad de logro conformista implica ignorar tanto cincuenta años de avances como la realidad de países que aún castigan la homosexualidad con pena de muerte. Lamentar la desaparición de la utopía sexual revolucionaria revela el escaso interés de Tatchell por unos objetivos de cambio realistas. Objetivos, por cierto, que se van cumpliendo. España es uno de los países más tolerantes del mundo con la causa LGTB+. Todo esto no quita para que las reivindicaciones tengan que seguir, para que las manifestaciones que defiendan la libertad y la igualdad aún sean necesarias. Una de las polémicas inaugurales del nuevo ayuntamiento de Madrid ha sido la retirada de parte del mensaje de las banderolas preparadas para el Orgullo de este año, que recordaba las aportaciones de activistas históricos. En materia de derechos, cualquier pequeño logro es importante –aunque los del matrimonio y la adopción no son precisamente pequeños–, lo que significa que las batallas no están siendo en balde.

A pesar de esto, podría estar de acuerdo, matizándolos, con algunos puntos de Tatchell. Habla, por ejemplo, del hermanamiento con el establishment neoliberal. El tema de la mercantilización del Orgullo aparece todos los años, y es verdad que resulta ridícula la manera que tienen los negocios de vestirse de arcoíris cuando llegan estas fechas. No obstante, es un problema de las grandes ciudades, y siempre surge la pregunta de qué le parecería a un homosexual de un pueblo perdido de La Mancha que colgaran una bandera de ese bar en el que los parroquianos hablan de “maricones”.

También está la llamada a la libertad sexual; remover los roles de género y deshacerse de la represión sexual, poner en tela de juicio la monogamia y la familia. Estamos lejos de haber eliminado la vergüenza, de haber alcanzado la libertad en lo público, así como de haber roto el tabú que en muchas circunstancias todavía supone la cuestión de los pronombres, el poliamor, o incluso las parejas de hecho con hijos, por citar solo algunos ejemplos. Es obvio que esto debe formar parte de la reivindicación, pero… ¿es que acaso no lo hace? El movimiento LGBT+ existe más allá de los problemas que todos los años por estas fechas salen a relucir. Y continúa enfrentándose a problemas y abogando por estas cuestiones aunque los logros no se visibilicen de manera contundente. Tatchell habla de cómo todas aquellas ideas eran revolucionarias hace cincuenta años, y señala que aún siguen siéndolo. Esta crítica velada suena demasiado al juego de épater le bourgeois, lo que solo frivoliza el tema.

La idea que más me ha llamado la atención del artículo se relaciona con esto de los logros: “Parece que muchos de nosotros preferiríamos adoptar las tradicionales aspiraciones heterosexuales, en lugar de criticarlas y esforzarnos por una alternativa liberadora.” Hay en todo el texto una identificación tácita entre tradición y heterosexualidad, y entre heterosexualidad y represión, de la que se deduce que toda forma de vida que no sea “alternativa” va en contra de las aspiraciones de libertad. Pensando así, tiene sentido que a Tatchell le parezca poca cosa el derecho al matrimonio. La causa originaria (siempre el problema de lo originario) no hacía campaña por la igualdad con lo heterosexual, sino por liberarse de ello. El grito de batalla era “innova, no te integres”. El matrimonio es una institución heterosexual que hace que aquellos miembros del colectivo que lo persigan pierdan su facultad crítica, se conviertan en hetero homos (sic), con mentes heterosexuales en cuerpos queer. La familia es una prisión que esclaviza a las mujeres y a los futuros niños LGBT+.

La pregunta que surge de manera natural ante esto es: ¿y por qué? ¿Qué hay de terrorífico en querer hijos, una casa, un perro, que te va a llevar a dejar de estar comprometido con lo LGBT+? ¿Acaso no es lo más elemental que una persona puede pedir para su vida estabilidad, seguridad, tener esto en la misma medida que cualquier otro? Da la impresión de que negar esta posibilidad incurre en la misma constricción de libertad contra la que precisamente se protesta. Y se podría ir más allá: ¿es necesario el sistema de pensamiento queer –sea lo que sea esto para Tatchell– para llamarse a uno mismo LGBT+? ¿Nadie fuera de lo LGBT+, nadie dentro de los valores e instituciones mainstream puede estar comprometido con ello?

Tatchell termina diciendo que la comunidad LGBT+ ha sucumbido al conformismo, la respetabilidad y la moderación. Que se lo digan al chico al que hace poco en Barcelona querían “sacar a hostias la mariconería” por vestir como le dio la real gana. Igual su caso no es el principio de ninguna revolución, pero sí denota más valentía, y es desde luego es más realista, que decir que todo está acabado.