Se puede hacer otra política | Letras Libres
artículo no publicado

Se puede hacer otra política

Ahora que hemos comprobado que la pandemia no ha cohesionado el país, es momento de preguntarse qué país queremos que resulte de esta crisis y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.

En mitad de la incertidumbre no resulta fácil contestar ciertas preguntas: ¿Acentuará la crisis de la Covid-19 la deriva populista? ¿O se estrellará la retórica identitaria frente a la solidez de la realidad económica y social? ¿Cederá la polarización a la necesidad de colaboración y acuerdo? Sin embargo, sería aconsejable que comenzáramos por convenir que ninguna de las respuestas está escrita todavía, que es tanto como asumir una carga de responsabilidad sobre nuestro futuro inmediato. Así, las preguntas más importantes debieran ser: ¿Qué país queremos que resulte de esta crisis? ¿Y qué papel estamos dispuestos a jugar para que el resultado final se parezca lo más posible a esa proyección?

Hemos comprobado que una pandemia no cohesiona un país como una guerra. Al otro lado no hay un “ellos” que combatir, un enemigo con rostro que genere la solidaridad y la camaradería horizontal del “nosotros”. También hemos descubierto que el césped luce siempre más verde en el jardín del vecino: hay quien envidia estos días el gobierno responsable que disfrutan algunos países, y quien echa de menos la leal oposición de otros pagos.

La discrepancia es necesaria. No hay liberalismo sin pluralismo. Y una democracia necesita un gobierno capaz de liderar la acción política, pero también una oposición fuerte que lo fiscalice, tanto más si el Ejecutivo ha asumido todo el foco mediático y concentrado poderes extraordinarios, como es el caso de un estado de alarma. Sin embargo, la polarización es un proceso de deformación del pluralismo que lo socava: por un lado, se produce el señalamiento moral de un adversario considerado ilegítimo y al que se trata de expulsar del sistema; por otro, el pluralismo queda fosilizado en dos únicas alternativas monolíticas y antitéticas, que se enfrentan como dogmas.

En situaciones de crisis, esto plantea un reto para la democracia liberal. Hay quien pensará que los analistas políticos somos unos agoreros que siempre andamos profetizando amenazas contra la democracia. Pero, como ha dicho Timothy Snyder, “la historia de la democracia es la historia de los desafíos de la democracia”. Hasta ahora, quienes la desafían no han logrado imponerse, pero eso no significa que debamos darla por sentada. Conviene recordar que las instituciones liberales no son el estado natural de las cosas políticas, sino un prodigio humano delicado, una anomalía histórica formidable y preciosa que no se puede defender sola. Y eso nos devuelve a las preguntas importantes: ¿Cómo queremos que sea el futuro y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo?

Los partidarios de la democracia liberal deberían tener clara su respuesta. La crisis sanitaria, económica y social no debería conducir también a una crisis del modelo político. Y para ello toca defender el liberalismo, sus instituciones y sus valores, o sea, el pluralismo, el escrutinio del poder, el compromiso constitucional y una noción de soberanía encarnada en la ciudadanía, nuestra mejor construcción moral, que es, sobre todas las cosas, una idea de igualdad y libertad.

Urge defenderlo frente a quienes lo amenazan desde posiciones populistas o autoritarias, pero también de quienes pretenden arrogárselo simplificado en una caricatura: el liberalismo no es una ideología de la tacañería fiscal ni un argumento, como ha recordado Daron Acemoglu, contra medidas de salud pública que salvan miles de vidas. Y tampoco un enemigo del Estado, que ha de ser provisor allá donde el sector privado no puede ser una garantía: en la salvaguarda de la libertad y la privacidad individuales, y en la prestación de servicios públicos con igualdad de acceso, con especial devoción por los vulnerables.

El liberalismo ha de celebrar también la Ilustración, tanto en su filosofía política como en su dimensión racional y científica, y una pandemia constituye una gran ocasión para lo segundo. Sin olvidar que eludir la fiscalización pública y la rendición de cuentas trasladando ambas a unos expertos a los que se hace pasar por decisores y responsables políticos va tanto en detrimento del paradigma científico como de la democracia. Es, por tanto, una actitud antiilustrada.

En la práctica, todo esto se traduce en el deber de erosionar las dinámicas de polarización y populismo que suponen un reto a la democracia liberal. La gran conmoción ocasionada por la pandemia y sus consecuencias socioeconómicas puede ser la ventana de oportunidad para imponer un punto de inflexión en la deriva política de la última década. Cabe otra forma de hacer política. Una alejada del regate corto, la jugada maestra, el jaque mate y la mala fe, en la que las estrategias de partido se alineen con los intereses de los ciudadanos. Soy de la opinión de que las estrategias del “cuanto peor, mejor” fracasan en el medio plazo y, sobre todo, tengo un problema ético con ellas.

Solo los perdedores de la polarización pueden romper el equilibrio bipolar de la guerra política. En España, ese papel lo puede desempeñar Inés Arrimadas como líder de Ciudadanos. Tener solo diez escaños debería servir, al menos, para reducir los niveles de presión y de ansiedad en la formación naranja, que no necesita participar del tacticismo tempestuoso de quienes ambicionan conquistar el poder o conservarlo. La debilidad de Ciudadanos es su mejor fortaleza: puede dedicar todos sus esfuerzos a tratar de hacer las cosas bien. Puede responder ante cada toma de decisión con lo que más convenga al país, sin perderse en cálculos electoralistas. Tendrá que hacerlo con la confianza de que, tarde o temprano, las urnas recompensen a los políticos que actúan con responsabilidad y sentido de Estado, y con la tranquilidad de que, si no lo hacen, al menos, Arrimadas podrá sostenerse la mirada en el espejo cada mañana. Además, incluso desde el punto de vista táctico, esta actitud es la única que permite a Ciudadanos diferenciarse de los demás partidos de la oposición, mucho mejor dotados para la competición agria.

Con todo, no será sencillo. Los ganadores de la polarización no concederán fácilmente el fin del bibloquismo. Quizá así se entienda mejor que Sánchez haya anunciado un pacto aritméticamente innecesario con Bildu justo después de pactar con Arrimadas la prórroga del estado de alarma. Cualquiera pensaría que lo que busca el presidente con su marrullería es sabotear cualquier posibilidad ulterior de acordar por el centro. El episodio ha despertado no pocas críticas a Ciudadanos, a quienes se ha llegado a acusar de sostener el gobierno de Sánchez. Sucede, sin embargo, que el PSOE gobierna en plenitud de legitimidad democrática aupado por otros socios, y que su caída política habrá de precipitarla la ciudadanía en las urnas. Hasta entonces, el papel de la oposición, especialmente en un momento de crisis sin precedentes como el actual, no es derrocar al gobierno, sino trabajar en beneficio de los españoles, fiscalizar la acción del Ejecutivo, tratar de minimizar sus excesos y aportar estabilidad a las instituciones.

Lo más grave que cabe imputar a Arrimadas en esta peripecia parlamentaria es cierta candidez, que no suele ser un valor en política. No obstante, ¿a qué precio puede haber tendido Sánchez su trampa? Entre el exceso de buena fe y la exhibición de una inconmovible ausencia de principios, muchos votantes de centro y centro-izquierda apreciarán el gesto de Arrimadas. Cada vez es más difícil encontrar razones para justificar el comportamiento del presidente y sus socios de gobierno.

Ciudadanos debe continuar erosionando el equilibrio polarizador y ensanchando el centro, que es el único lugar posible para el reencuentro de una nación, allí donde una sociedad es capaz de alcanzar consensos. Es preciso admitir que el partido no siempre estuvo a la altura de esta empresa. Y no ha de temblarle el pulso ante determinadas críticas. Pero revertir una tendencia política de años exigirá algo más que la decisión y la valentía de un grupo parlamentario de diez diputados. Defender los valores de la democracia liberal es un compromiso que nos concierne a todos, también a los medios de comunicación y a la universidad, que con tanta frecuencia han participado de la polarización que se practica en el Congreso. No se me pasa por alto que para los periodistas y los académicos romper la disciplina de bloques tiene costes. Habremos de reconocer, por tanto, a quienes arriesguen su pluma en este empeño.

Por último, pensemos de nuevo en cómo queremos que sea España después de la crisis y qué estamos dispuestos a hacer para llegar a ser ese país. Se puede hacer otra política. Cambiarla es tarea de todos.